La oscura semana en la que secuestraron a Quini

El rapto se produjo días después del 23F y llegó a reivindicarlo un autodenominado Batallón Catalano-Español que no quería que 'un equipo separatista gane la Liga'.

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Paco Álvarez
Paco Álvarez
Periodista, escritor y traductor lliterariu d'italianu. Ye autor de les noveles "Lluvia d'agostu" (Hoja de Lata, 2016) y "Los xardinos de la lluna" (Trabe, 2020), coles que ganó en dos ocasiones el Premiu Xosefa Xovellanos.

Sucedió en una semana que pasaría a la Historia con tintes de suspense y dramatismo: el lunes un grupo de guardias civiles a las órdenes del teniente coronel Antonio Tejero tomó el Congreso en una intentona golpista, el jueves Leopoldo Calvo-Sotelo tomó posesión como nuevo y precario presidente del Gobierno y el domingo un acontecimiento a medio camino entre la crónica deportiva y la crónica de sucesos convulsionó de nuevo a la opinión pública. Esa noche el máximo goleador de la Liga salió del estadio Camp Nou tras fabricar dos de los goles con los que el Barcelona goleó al Hércules de Alicante (6-0). Enrique Castro Quini se fue a casa, luego debía ir a El Prat para recoger a su mujer y a sus hijos, que llegaban en un vuelo procedente de Asturies tras pasar unos días en Xixón, pero no llegó al aeropuerto barcelonés: fue abordado por dos individuos que a punta de pistola lo condujeron hasta una furgoneta y lo encerraron en un cajón de madera. Comenzaba así un secuestro de 24 días que culminó con la liberación del jugador en el sótano de un taller de motos del barrio zaragozano de Tenerías y con la detención de sus tres secuestradores, dos electricistas y un mecánico desempleados, sin antecedentes penales y cuyo único móvil es que necesitaban dinero.

La esposa del futbolista, Mari Nieves Cañada, dio la voz de alarma después de que El Brujo no fuera a recogerla a El Prat ni lo hallara tampoco en el piso que habitaban en la Gran Vía de Carles III. Telefoneó al defensa vasco José Ramón Alexanco, amigo y compañero de Quini en la plantilla barcelonista, y seguidamente se pusieron en contacto con los dirigentes del club presidido por Josep Lluís Núñez, quienes informaron al Cuerpo Nacional de Policía y al gobernador civil de Barcelona de la misteriosa desaparición del delantero internacional.

La noticia no llegó a tiempo para las ediciones de los periódicos deportivos y generalistas que desembarcaron en los quioscos al día día siguiente (faltaban aún quince años para que naciera el periodismo en internet). De hecho, el diario deportivo catalán Sport hablaba del delantero asturiano únicamente en positivo, en uno de los titulares de primera página: Quini, con 18 goles, lanzado hacia el Pichichi. En el entorno del barcelonismo la goleada ante el Hércules había despertado una justificada euforia, el equipo estaba a sólo dos puntos del primer clasificado, el Atlético de Madrid, con el que se vería las caras en el partido de la jornada siguiente, y el argentino Helenio Herrera, que aquel año cerraba su dilatada trayectoria de entrenador como técnico precisamente del Barça, pronosticó tras la rotunda victoria frente al conjunto alicantino que «ganaremos al Atlético el próximo domingo».

Fue en las horas matinales del lunes cuando saltó la conmoción y la confusión. Medios de comunicación deportivos y de información general, periodistas españoles y extranjeros se agolparon a las puertas del domicilio de Mari Nieves y Quini, por allí empezaron a desfilar directivos del club y compañeros de vestuario para recabar información y mostrar su apoyo a la familia. El único precedente conocido de un rapto de un futbolista de primera línea lo había protagonizado dos décadas antes el argentino Alfredo Di Stéfano, delantero del Real Madrid, que en 1963 estuvo retenido tres días en un apartamento de lujo de Caracas por miembros de la organización guerrillera Fuerzas Armadas de Liberación de Venezuela que lo secuestraron, aprovechando una gira de partidos amistosos del equipo merengue por Sudamérica, con el objetivo de atraer la atención internacional sobre la situación política que vivía Venezuela.

El único precedente de un rapto de un futbolista lo había protagonizado dos décadas antes el argentino Alfredo Di Stéfano

Entre las falsas reivindicaciones del secuestro de Quini despuntó la de un grupo autodenominado Batallón Catalano-Español, el cual justificaba la acción diciendo que no iba a consentir «que un equipo separatista gane la Liga española». Eran los años de plomo de los atentados de ETA y los GRAPO, por la extrema izquierda, y del Batallón Vasco Español, por la extrema derecha, de modo que no cayó en saco roto esa cuestionable autoría, si bien los investigadores policiales sospechaban desde el inicio que el móvil más probable de aquel secuestro era la extorsión económica.

El martes, un día y pico después del secuestro, el titular de Sport apuntaba: Quini, secuestrado. Y añadía un subtítulo sensacionalista, alarmista: 350 millones o lo matan. En las fechas siguientes los diferentes periódicos fueron dando tumbos entre el pesimismo y la esperanza: Sin noticias sobre Quini o Cunde el pesimismo sobre el desenlace del secuestro, advertían unos diarios; Ambiente de solución en el caso Quini o Se espera un rápido desenlace, aventuraban otros rotativos. Uno de los dos hermanos del delantero, el emblemático portero sportinguista Jesús Castro (que años más tarde murió ahogado en la playa cántabra de Amió tras lanzarse al agua para salvar la vida de un hombre y dos niños en apuros), pidió públicamente a los secuestradores que se pusieran en contacto con él para transmitirle sus peticiones, las que fueran. El padre y la madre de Quini difundieron una carta dirigida a los secuestradores en la que decían: «Sus hijos, Enrique y Lorena, no hacen otra cosa que preguntar por él. Les imploramos en nombre de toda nuestra familia la liberación de Enrique».

Los secuestradores dieron señales de vida pasados dos días: querían cien millones de las antiguas pesetas (600.000 euros al cambio). Incluso para el Barcelona aquello suponía una cifra brutal, pero el club estaba dispuesto a pagar, y necesitaba una resolución rápida: llevaba seis años sin ganar la Liga y esa temporada había tirado la casa por la ventana con la compra, a dos de los mejores clubes canteranos del fútbol norteño, de dos futbolistas para reforzar la zaga y el ataque, respectivamente: Alexanco, por el que había pagado cerca de cien millones de pesetas al Athletic, y el propio Quini, por el que le había desembolsado algo más de ochenta millones al Sporting. Antes de consumar su fichaje, el delantero ovetense que se formó en el Ensidesa de Avilés y se consagró en el Sporting se había convertido en una obsesión, porque la cláusula de retención de aquellos tiempos actuaba como medida proteccionista a favor de los clubes humildes frente a los grandes adinerados y el Barça llevaba años intentando ficharlo; Quini se había convertido también en una pesadilla, porque se hinchaba a meter goles con todos los rivales que le ponían por delante y había llegado a tumbar él solo al Barcelona con tres tantos en un partido liguero en El Molinón.

Entre las prisas y la incertidumbre

El club azulgrana quería celeridad en la resolución del secuestro no sólo por la necesidad de recuperar a su mejor delantero, que lideraba la clasificación del Trofeo Pichichi de máximo goleador (y al final de esa temporada, a pesar del paréntesis de su secuestro, Quini revalidó el galardón de máximo realizador de Primera División que había conquistado con el Sporting un año antes), sino por las consecuencias anímicas que pudiera acarrear para el resto de la plantilla barcelonista alargar esa situación. Estas no tardaron en manifestarse: el centrocampista alemán Bernd Schuster anunció que si el futbolista asturiano no era liberado «yo no jugaré, porque además de piernas tengo corazón, y sólo quiero que vuelva Quini», y el extremo danés Allan Simonsen no se presentó a uno de los entrenamientos a la hora fijada y cundió el pánico ante el temor de que también él hubiera sido secuestrado. La junta directiva del Barça decidió poner guardaespaldas a varios jugadores, teniendo en cuenta además que antes del caso de Quini algunos de ellos ya habían recibido amenazas de diversa índole.

La competición liguera siguió adelante en las tres semanas y media de cautiverio de El Brujo, pero aquel Barça que antes del secuestro de Quini estaba en buena situación para asaltar el liderato se desplomó anímicamente, perdió sus siguientes partidos ante el Atlético y el Salamanca, sumó únicamente un empate frente al Zaragoza. En el encuentro frente al equipo colchonero en Madrid, el sustituto de Quini en la delantera fue el andaluz Andrés Ramírez, que lució en su camiseta el número 14, algo insólito en aquellos tiempos en los que los jugadores del equipo inicial de cada equipo debían numerarse del 1 al 11, porque once eran y son los jugadores que saltan al campo. Él, por solidaridad y respeto, se negó a lucir sobre su espalda el 9, el dorsal de siempre de Quini, primero en el Sporting y luego en el Barça.

La junta directiva del Barça decidió poner guardaespaldas a varios jugadores

Los contactos entre los secuestradores y la familia del jugador comenzaron a aportar claridad al caso. Uno de los captores telefoneaba a diario al domicilio del futbolista y hablaba con Mari Nieves. El teléfono estaba intervenido por la policía, que llegó a la conclusión de que «los delincuentes eran tontos, llamaban siempre a la misma hora y se tiraban hablando media hora», en palabras de Juan Martínez, uno de los inspectores que participó en aquella operación. Los secuestradores exigieron el ingreso de los cien millones de pesetas en una cuenta bancaria del Credit Suisse en Ginebra. El rastreo del titular de esa cuenta (para lo cual fue preciso negociar por vía judicial entre España y Suiza el levantamiento del proverbial secreto bancario del país helvético), unido al marcado acento maño que tenía el autor de esas llamadas telefónicas diarias allanaron el camino para marcar en el mapa el paradero del futbolista.

Enrique Castro fue liberado al inicio de la primavera de 1981, en la noche del 25 de marzo, justo cuando la selección española conseguía, con él como gran ausente, su primera victoria en el legendario estadio londinense de Wembley frente a Inglaterra (1-2), y en ese partido sustituyó a Quini en la delantera el navarro Jesús María Satrústegui, delantero de la Real Sociedad. El Brujo fue encontrado por la policía en un zulo de los bajos de un taller de motos en la calle Jerónimo Vicens de Zaragoza. Sus captores lo habían retenido allí durante todo ese tiempo, alimentándolo a base de bocadillos y con la compañía de un pequeño televisor portátil, algunos libros, un colchón, una manta a cuadros, un orinal y poco más. Le habían dicho que lo admiraban como futbolista y que no tenían intención de hacerle daño, pero el futbolista confesó más tarde que temió por su vida. Así fue que esa noche, cuando vio entrar en el zulo a una persona empuñando una pistola, «me quise cubrir con el colchón que tenía, porque pensé que me iban a disparar», reconoció. Se trataba, en realidad, de un inspector de Barcelona, que «me dijo: “Tranquilo, soy policía”. Y entonces yo empecé a llorar».

En las horas siguientes a la difusión de la noticia de su liberación, una multitud flanqueó la Diagonal para recibir a Quini. Cuando llegaron a las inmediaciones de la Jefatura Superior de Policía de Cataluña, los conductores de los coches camuflados en los que viajaban el futbolista y sus rescatadores pusieron en marcha las luces giratorias, en parte para abrirse camino entre la muchedumbre que estaba invadiendo la calzada, en parte también para hacerle saber a toda aquella gente que llevaba horas allí esperando que El Brujo Quini estaba de vuelta sano y salvo, y entonces estalló el aplauso en Vía Laietana. El delantero tuvo que salir a saludar minutos después desde el balcón de las dependencias policiales.

Quini aparecía agotado, grogui, en las fotografías en blanco y negro difundidas tras su liberación, si bien aseguró que los secuestradores lo trataron bien en todo momento. Durante el juicio a sus captores, celebrado dos años después, manifestó ante el juez su renuncia a cualquier indemnización económica por parte de los acusados y en uno de los recesos del juicio invitó a tomar un café a la mujer de uno de los secuestradores. «Todos merecemos una segunda oportunidad», señaló al respecto años más tarde. Los secuestradores aprovecharon esa segunda oportunidad y tras cumplir condena rehicieron sus vidas sin volver a delinquir. Quini llegó a reunirse con uno de los secuestradores, El Brujo le estrechó la mano, charlaron cordialmente, le dio su número de teléfono móvil y le dijo: «Puedes llamarme cuando quieras». Mantuvo, asimismo, una estrecha relación con el inspector andaluz del grupo antiatracos de Barcelona que entró en el zulo de Zaragoza para liberarlo.

Quini renunció a SOLicitar indemnizaciones a sus escuestradores

En el treinta aniversario de su liberación invitó a comer a aquella veintena de policías que habían trabajado en su liberación; eran todos hombres menos una mujer, la que se ponía al teléfono haciéndose pasar por la mujer de Quini los días en que llamaba el portavoz de secuestradores y la voz de Mari Nieves, quebrada por la tensa espera y por la angustia, no podía responder.

Adiós a la Liga y título de Copa ante el Sporting

Tras el secuestro, la carrera futbolística de Quini continuó con el declive natural de un delantero centro de 31 años. Al día siguiente de su liberación se reincorporó a los entrenamientos. El siguiente rival del Barça era, nada menos, el Real Madrid y él quería vestirse de corto y jugar ese partido, pero su estado anímico no se lo permitió, así que se tomó unos días de descanso… y el Barça sucumbió en el Santiago Bernabéu (3-0). Definitivamente, el trofeo de campeón de Liga se alejaba, un año más, de las vitrinas del Camp Nou, pero en esa temporada aciaga quedaba aún la esperanza de agarrarse, aunque fuera un mero premio de consolación, a los orejones de la Copa del Rey. Se la llevaron a Barcelona tras vencer en la final del estadio Vicente Calderón al mejor Sporting de todos los tiempos por 3-1, con dos goles del propio Quini. Por ironías del destino, el jugador más querido en la historia del club gijonés fue el que le robó la ocasión de lograr un título. Al Sporting se le presentó otra oportunidad al año siguiente, en su segunda y última final copera, que perdió en el estadio José Zorrilla de Valladolid frente al Real Madrid (2-1).

Aquellos dos balones que Quini mandó a la red de la portería del Sporting le pasaron factura en cuanto volvió a Xixón de vacaciones: incomprensión, comentarios despectivos, insultos de aficionados que se cruzaban con él en la calle y en los chigres… Tras su etapa de cuatro años vistiendo la camiseta barcelonista, volvió al club gijonés para cerrar su carrera como futbolista y en las gradas de El Molinón (el estadio centenario que ahora lleva también su nombre) la afición hizo tabula rasa y volvió a rugir a orillas del río Piles el grito de «¡Ahora, Quini, ahora!», que provocaba el miedo escénico entre porteros y defensas rivales cada vez que El Brujo rondaba el área del equipo visitante dispuesto a hacer magia con sus piernas o con su cabeza.

Este sábado se cumplió el tercer aniversario de la muerte de Quini, este lunes se cumplen cuarenta años de aquel secuestro que agravó la angustia colectiva en una oscura semana de febrero.

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