“Cada una practica el feminismo desde su trinchera, y la mía es la trinchera literaria”

Pilar Sánchez Vicente lanzará este año dos nuevas novelas: 'Sangre en la cuenca', ambientada en el Nalón, y 'La hija de las mareas', que se desarrolla en el Xixón de los siglos XVIII y XIX

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Paco Álvarez
Paco Álvarez
Periodista, escritor y traductor lliterariu d'italianu. Ye autor de les noveles "Lluvia d'agostu" (Hoja de Lata, 2016) y "Los xardinos de la lluna" (Trabe, 2020), coles que ganó en dos ocasiones el Premiu Xosefa Xovellanos.

Escritora prolífica, autora de best-sellers, feminista incansable, buena conversadora, muy activa en redes sociales, detallista y cercana con sus lectoras y lectores: en la dedicatoria de libros suele combinar unas palabras manuscritas, el sello de un tampón de tinta específico para cada título y, si el tiempo alcanza, hace florecer incluso la policromía con su juego de rotuladores (y no es casual que con ellos refleje en ocasiones los tres colores de la bandera republicana). Pilar Sánchez Vicente (Xixón, 1961), historiadora de formación y archivera en la Administración de justicia, responde sin reservas en esta entrevista para Nortes, donde nos ofrece la primicia informativa de que este año publicará dos nuevos títulos: Sangre en la cuenca, que presentará en julio en la Semana Negra, y La hija de las mareas, que publicará en octubre y cuya protagonista es una hipotética hija de Gaspar Melchor de Jovellanos con la que recorre el periodo floreciente de Xixón en los siglos XVIII y XIX.

¿Cómo surgió la idea de escribir una novela sobre la muerte y sobre el sector funerario?

Yo soy muy de pisar charcos. Acabé metida en el ‘caso Marea’ hasta arriba, porque falsificaron mi firma, yo era compañera de Renedo y para colmo la que trabajaba conmigo de auxiliar administrativa era la mujer de Riopedre. Para mí fue dramático, y a eso se unió una intervención quirúrgica, que fue cuando escribí Operación Dracul, y el suicidio de una conocida y tres casos de conocidos a los que les diagnosticaron cáncer; uno de ellos era más bueno que el pan, un interino al que había instrumentalizado Marta Renedo. Se le quedó el pelo blanco de un día para otro y murió de cáncer de estómago con treinta y cinco años, mientras los médicos le decían que lo que sufría era ansiedad por lo que había pasado. En aquellos tiempos yo tenía que ir dos o tres veces al tanatorio cada mes, y me llamaba la atención el funcionamiento perfecto de aquel engranaje tan pulcro y diáfano.

¿A qué cree que se debe que la muerte siga siendo un tema tabú, sobre todo en las sociedades occidentales?

Vivimos una cultura en la que nos quieren hacer ver que somos eternamente jóvenes, en la que El Corte Inglés marca los ritmos y no valen los gordos ni los feos ni los tuertos ni los viejos… ni tampoco nos morimos.

Memento mori (recuerda que morirás), como dice la frase latina que da nombre a la funeraria que aparece en su novela…

Claro, memento mori, porque nos morimos todos, aquí nadie queda. En algunas culturas indias se iban al bosque o a la montaña para morir con serenidad. Yo en esta novela soy el personaje de la escritora que planifica su muerte, hace su fiesta, la disfruta, la vive. Cuanto más claro tengas el sentido de la muerte, más claro tendrás el sentido de la vida, porque la vida es un regalo, el tiempo pasa a una velocidad increíble y no sabemos si la muerte nos va a llegar con veinte, con treinta años o en la vejez.

Tras más de una docena de libros publicados, con Mujeres errantes llegó su consagración como autora superventas. ¿Cómo encajó ese éxito?

Para mí fue una sorpresa total. Mujeres errantes la mandé a Roca con el título de Cimavilla paradise, pero mi editora dijo que no lo veía, porque era un título muy local. Quizás lo mejor que se haya dicho de ese libro fue lo que comentó Rafa Gutiérrez Testón, librero de La Buena Letra: que se convirtió en una novela de fondo de estantería y siempre hay alguien que la pide. Ese libro debería estar ya retirado, porque las novelas tienen una vida muy breve, detrás de cada de ellas vienen tropecientos mil títulos, y como mucho se mantiene en internet y en las librerías que nos tratan estupendamente. Pero, de hecho, Mujeres errantes tuvo un recorrido tardío.

En sus novelas alterna territorios muy cercanos, como los barrios gijoneses de Cimavilla y el Natahoyo, con otros lejanos, como Argentina, Rumanía o la Nicaragua de los tiempos del cura guerrillero Gaspar García Laviana. ¿Qué le inspira esa dualidad geográfica?

El mundo es muy grande y cada novela es un universo. Cada persona que lee la novela lo hace con sus propias claves y construye una novela distinta. En La muerte es mía se pueden hacer miles de interpretaciones, porque la relación con la muerte es distinta para cada persona. Esta novela es muy especial, pero así y todo en ella recojo los ritos funerarios de diferentes países, culturas y religiones, porque del mismo modo que intento recuperar desde mi visión literaria el protagonismo de la mujer, intento transmitir eso que considero que son valores, cosas elementales que tenemos olvidadas. Y el hecho de saber que el mundo es grande hay que reflejarlo. De alguna manera existe el ‘efecto mariposa’, las personas no son setas que nacen, crecen y mueren en una esquina, son esporas que viajan en el tiempo y en el espacio.

En su doble condición de historiadora y escritora, ¿cómo logra el equilibrio entre la lealtad a los hechos históricos y esa ‘traición’ literaria que supone escribir ficción?

Al principio me sentía mucho más atada, pero hace tiempo que ya no me supone un problema, porque el sustrato de la novela, la época de la que se trate, los detalles mínimos de lo que los personajes beben, qué comen o los nombres de las calles por dónde pasean, está vigilado, cuidado y medido. Pero, cada vez más, los personajes de mis novelas levantan el vuelo.

Las mujeres quedamos siempre orilladas en los procesos históricos

Una constante en sus libros es el compromiso de dar voz a las mujeres que quedaron orilladas en los grandes procesos históricos.

Las mujeres quedamos siempre orilladas en los procesos históricos, las grandes y las pequeñas, pero a mí me gusta dar voz a las mujeres pequeñas, que en realidad son las enormes. Cada una practica el feminismo desde su trinchera, y desde que hace veinte años escribí Comadres yo tuve claro que la mía es la trinchera literaria. Porque estudié Historia y ahí realmente te das cuenta de que el borrado de las mujeres en la Historia viene desde la era de las cavernas; ahora estamos descubriendo que el 75% de las manos que aparecen pintadas en las cuevas son de mujeres.

Si el reflejo de las mujeres en la literatura universal es escaso, en los textos de Historia es aún más insignificante, ¿no?

El verdadero problema no está en los libros de Historia, sino en los libros de texto, que es donde construimos la realidad de la juventud y ahí no hay apenas referentes femeninos. Porque si buscas en redes sociales puedes encontrar cientos de páginas web de mujeres literatas, mujeres con conciencia social, mujeres que tuvieron un papel relevante, sin contar que, tanto en literatura como en obras históricas, la mayoría de quienes firmaron libros como anónimos son mujeres. Es necesario que en ese magma que va cociendo y del que forman parte los libros de texto la juventud encuentre una igualdad de representantes. En el imaginario colectivo la persona que hace filosofía siempre tiene barba, siempre es un paisano. Y las escritoras parece que siempre hacemos literatura de mujeres y para mujeres, y con esa idea tergiversada ya no te leen los hombres. Pero esto también es una cuestión de clase social, fundamentalmente eso, porque las Botín, las infantas o la hija del fundador de Zara no tienen ningún problema con la igualdad. El problema aparece según vas bajando escalones sociales y ves cómo se invisibiliza a las mujeres.

En La muerte es mía plantea el debate de la eutanasia. La jerarquía eclesiástica ha mantenido siempre posturas reaccionarias respeto a derechos como el divorcio, el aborto, la muerte digna o los derechos del colectivo LGTBI. ¿Qué opina al respecto?

En la Iglesia también ha habido personajes como Gaspar García Laviana, los de la Teología de la Liberación o los curas de la iglesia de San José en Xixón, pero la jerarquía eclesiástica siempre estuvo al lado de los Franco, los Videla y los Reyes Católicos, que con la Inquisición pusieron en marcha un terrorismo conjunto de la Iglesia y el Estado para aniquilar toda forma de disidencia. Y las Cortes de Cádiz ni siquiera se plantearon para el sufragio universal que las mujeres pudieran votar. La rémora que arrastramos en ese sentido es muy grande, y fue provocada por la jerarquía de la Iglesia católica. Ese segado que viene desde los Reyes Católicos, ese segar, matar, quemar, eliminar disidencia y tapar todas las bocas, hace que cualquier episodio liberal no dure más que cuatro o cinco años; en cuanto los liberales levantan la cabeza les cae una hostia. Aquí seguimos teniendo el franquismo en las instituciones, la estructura del viejo régimen, con los militares, el clero y la Iglesia unidos en una santa triada. ¿Pero cómo puede ser que el presidente del Consejo General del Poder Judicial salga al lado de un crucifijo? ¿Qué clase de justicia tenemos? Son las herencias que Franco se encargó de resucitar y esa caspa no nos la hemos quitado de encima.

¿Qué piensa, como historiadora, de esa apología del olvido que hacen sobre todo las fuerzas políticas de derechas frente a la memoria histórica o memoria democrática?

¿Pero qué están diciendo cuando aquí hubo más muertos que en el régimen camboyano de Pol Pot? Los ‘suyos’ robaron, porque no es sólo que llenaran de muertos las cunetas, es que les robaron el patrimonio, es que a los rojos les robaron tierras, joyas, huertas, dinero e incluso robaron sus hijas e hijos recién nacidos.

DOS NUEVOS LIBROS ESTE AÑO

Su estilo como escritora es cuidado pero accesible para un público de toda índole. ¿Es una accesibilidad buscada, intencionada?

Yo pienso que hay que escribir para que te entienda todo el mundo. Para mí la prueba del algodón es que me lea gente a la que no le gusta el género de la novela. Y también acostumbro a dejar recados en las novelas: las mujeres, las bibliotecas, el amor por los libros o el Natahoyo, que sale en todas, son pinceladas constantes en mis libros…

¿Nos puede avanzar cuál será su próximo proyecto literario?

En la Semana Negra de este año se presentará Sangre en la cuenca, que se venderá en combo con Operación Dracul. En esta última la historia se desarrollaba entre Rumanía y España, en la nueva el escenario es la cuenca del Nalón.

¿Va camino de una trilogía?

La editorial Orpheus está interesada no en una trilogía, sino en una serie completa con la inspectora Ocaña, que de hecho también aparece en La muerte es mía, aunque ahí es donde menos se sabe de ella.

¿Y con Roca Editorial tiene algo entre manos?

Sí, en octubre saldrá La hija de las mareas, que en realidad es la hija de Jovellanos. Lo de hacerla hija suya fue un capricho, porque encajaba bien. Y a doña Xosefa le invento un noviu gaiteru que va a tocarle la gaita al convento de noche. Esta novela me permite recorrer la época histórica más boyante de Xixón, cuando éramos el puerto del norte. Roca va a apostar fuerte por ella, mi editora dice que es muy buena. Fue la primera vez que pude escribir dedicándome a ello sin tener que alternarlo con el trabajo, durante el confinamiento. Cuando nos dejaban salir de casa sólo de ocho a diez de la mañana yo iba por el Muro y estaba viendo la flota de Mariano Renovales lanzando obuses, aquel desembarco parecido al del Normandía y saliendo contra él los mamelucos franceses desde el Piles, con mi personaje Andrea Carbayo de Jovellanos viéndolo desde las dunas que había en el arenal de San Pedro…

¿La inspiración para esta novela le vino durante el confinamiento?

En realidad fue a partir de la publicación de Mujeres errantes, que es un retablo del siglo XX pero nace de más atrás. Con ella empecé a hacer itinerarios por Cimavilla, me remontaba millones de años, con el nacimiento del peñasco que da nombre a la ciudad, y a partir de ahí iba avanzando, porque la historia es un continuum. En aquellas visitas guiadas me di cuenta de que lo que faltaba era la historia del periodo boyante de Xixón, en el siglo XVIII, con el marqués de Revillagigedo y el tránsito y la riqueza que había en torno al puerto, mientras en Uviéu no había más que conventos e iglesias, olor a incienso y sótana y el poder de la Real Audiencia, las tropas que la defienden, las tropas eclesiásticas… Hasta la Universidad estaba dominada por el clero.

Fizo usté dalguna incursión lliteraria n’asturianu. ¿Nun se plantea escribir una novela nesta llingua?

Nun me siento cualificada y téngo-y munchu respetu a la llingua. Faigo incursiones, porque escribo poesía n’asturianu, agora toi collaborando col programa Sentir Asturies de RPA, participo en xuraos lliterarios… Pa eso nun tengo problema, pero pa sacar una obra nun me siento cola mesma seguridá que tengo en castellanu. Historia breve d’Asturies tornómela Chema Vega, yo prefiero que me traduzan el llibru.

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