“El Antiguo lo limpiaron los mismos bares que ahora molestan a algunos carcas”

Una conversación con Waldo Valbuena, libertario, hostelero nocturno y activista vecinal en diversas plataformas y asociaciones.

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Héctor González
Héctor González
Es historiador, sindicalista y anarquista.

Una de las características fundamentales de las ciudades de medio o pequeño tamaño son sus personajes populares, es decir, aquellos que sin ostentar un lugar privilegiado en la vida de la ciudad son, sin embargo, conocidos y reconocibles allá por donde van. Los que escuchan un ¡Coño! ¿A dónde vas? a cada cuatro pasos y que están metidos siempre en todos los fregaos y saraos que existen.

Como afortunadamente Oviedo es más que la Calle Uría, Canteli y Almeida, también cuenta con un buen puñado de este tipo de personas. Entre ellos está Waldo Valbuena (Oviedo, 1956), hostelero de la noche (que no del ocio nocturno, como le gusta remarcar), integrante de la asociación vecinal Oviedo Redondo y personaje del Oviedo popular y populoso con el que repasamos algunas cuestiones de la capital asturiana a través de un informal recorrido sobre su vida y sus reflexiones.

Una juventud entre vino y manifestaciones

Waldo nació en 1956 en el Sanatorio Miñor, la actual sede de la Fundación Gustavo Bueno , “en el mismo sitio que Leticia, esa que pusieron de Reina, lo que pasa yo nací antes”; en el seno de una familia de clase media, acomodada y totalmente apolítica, en la que “nunca se hablaba de sexo ni de política”. Su padre, que había estudiado Comercio, era mayorista de vino que “traía a granel de La Mancha, en camiones o trenes. Cuando  la época de la construcción de ENSIDESA vendía mucho por Avilés, aquello yera vender, vender y vender…”. También Oviedo, porque contrariamente a lo que pueda parecer hoy, “Oviedo nunca fue sidrera, en Gascona solo había una sidrería, El Ferroviario, lo del Bulevar de la Sidra empezó hace relativamente poco. Aquí no se bebía sidra porque la sidra huele y antes había serrín y eso, en esta ciudad no estaba bien visto”. En sus recuerdos está alternar por Pumarín, bebiendo clarete “a cantidad”, pero la sidra era algo excepcional “cuando ibas a un merendero o de excursión… bueno y cuando murió Franco, ahí bebí sidra también”.

El ambiente apolítico del hogar era sincero, no un apoliticismo franquista: “Mi padre nunca me puso la mano encima y siempre tuve una libertad plena en casa, pero plena de verdad. Nunca me abroncaron, por ejemplo, solo alguna vez si me detenían en una manifestación”. Sin embargo la escuela era diferente. Tanto en el Auseva como en el Alfonso II tuvo que convivir con el autoritarismo del régimen, lo que le fue llevando hacia posturas antifranquistas: “mira yo soy antifranquista por aprendizaje: tuve que aguantar a los curas en la escuela con todas sus historias, luego procuraba moverme con gente de barrio, fui conociendo anarquistas, hice un año de Filosofía, donde estaba Gustavo Bueno y toda la izquierda…”.

Este antifranquismo natural le llevó a movilizarse desde principios de los años 70, concretamente desde la huelga de la minería de 1971. Durante aquellos años Waldo participaba en  manifestaciones y saltos, muchas veces organizados en la Facultad de Filosofía en presencia de la policía secreta, pero como “éramos tantos y organizábamos tantos saltos, para que no saliera mal, al final siempre podíamos hacer unos cuantos”. En una de estas jornadas un grupo de policías “me metieron pa un portal y me dieron unas hostias. Entre ellos estaba Agustín Luis Criado, que luego fue Jefe de la Policía Municipal de Oviedo”.

Dos sucesos marcaron esta etapa de juventud. El primero fue la muerte de Carrero Blanco: “aquello fue la muerte más aplaudida que vi yo nunca en este país y se vivió con una naturalidad espasmosa”. El segundo fue también otra muerte, en este caso la de Franco: “fue una fiesta, andábamos por la calle con una alegría… yo no recuerdo tener miedo. Íbamos por la calle sin conocernos de nada, pero nos mirábamos unos a otros con una cara de alegría enorme, como si nos conociéramos de toda la vida, como si hubiéramos salido a la calle por primera vez después de estar años encerrados en casa”.

El final de la dictadura y la transición se vivió con una gran efervescencia política y personal, en la que las inquietudes sociales se relacionaban con las culturales, con un hambre, por ejemplo, de música: “de aquella comprar por aquí un disco de Bob Dylan era tarea imposible, había que conseguirla de fuera. Total, que nos pasábamos las cintas unos otros, las grabábamos 160 veces, que luego ya ni distinguías los instrumentos ¡Pero daba igual!”.

En aquellos años Waldo se posicionó con las alternativas rupturistas, con las que a día de hoy se identifica todavía más, a pesar de su derrota: “fruto de la reforma tenemos ahora la mierda de sistema que tenemos, pero al final transigimos un poco y miramos pa otro lado. Nos engañamos a nosotros mismos pensando que todo el mundo se había hecho demócrata, pero cambiar un uniforme o una toga no te saca el franquismo de encima”.

Su acratismo vital y sus posicionamientos rupturistas lo llevaron a entrar en la CNT allá por 1977, gracias a conocidos y colegas que ya militaban en ella. “Estabamos en un local semi clandestino que era un garaje, allí íbamos a organizar cosas. Recuerdo que fuimos muy activos cuando la huelga de la construcción”. Tuvo que abandonar la Confederación en 1978, al ser requerido para realizar la mili: “me destruyeron el carné y todos los papeles en los que aparecía porque de aquella no se sabía lo que podía pasar y actuábamos así por seguridad. Luego al volver seguí simpatizando, pero ya no me afilié, eran ya los 80 y aquello era década”.

Los pubs, el Antiguo y La barrina

“El cambio de década fue muy potente”. La diferencia entre los 70 y los 80 se notó a muchos niveles. De las expectativas de cambio a social se pasó al asentamiento de la democracia y a un cambio en las actitudes juveniles. Entre todas la novedades no fue la menor el hecho de que comenzasen a abrirse pubs: “no sabíamos lo que era un pub, estábamos a acostumbrados a los chigres, el vino y la sidra. De repente comenzaron a abrirse y claro, se llenaron, estábamos ávidos de música”. Entre estos nuevos bares se encontraba el Cechini, un local donde la juventud “nos juntábamos a charlar, hacer la revolución, tocar la guitarra, tomar unos vinos, fumar unos petas y comer un bocata de cecina. Ya no era como en los años previos, pero sí que se mantenía un cierto compromiso político, más informal si quieres”.

Paralelamente al hachís entró la heroina, una droga que “arrasó” también con parte de la juventud ovetense, que se refugió en el Antiguo: “de aquella este barrio se convirtió en una zona marginal, de espaldas a Oviedo, aunque estaba en el centro. En la Plaza del Paraguas, por ejemplo, vivía gente a la intemperie, con sacos. Era un barrio de gente mayor y de yonkis que daba algo de miedo”. A finales de la década aquello comenzó a cambiar, empezaron a abrirse más bares y pubs y eso “provocó que la gente que habitaba en la calle se fuera, porque buscaban zonas más tranquilas y la calle Mon se estaba llenando de gente. Es que el Antiguo lo limpiaron los mismos bares que ahora molestan a algunos carcas y vecinos”.

Desde entonces se constituyó como un “espacio de libertad que encaja mal con cierta idiosincrasia de la ciudad”. Para cierta parte de Oviedo el Antiguo representa “el mal. Es un problema moral e ideológico. No les gusta que la juventud pueda estar de noche por ahí y que ellos no sepan que pueden estar haciendo, aunque no sea nada malo. Ahora con la pandemia están felices”. Aunque la prensa suele recoger problemas de seguridad ciudadana en la zona: “es que cae un vaso y ya hubo una reyerta, pero cuando pasa lo mismo en otras zonas no sale en el periódico. Los mayores problemas de delincuencia no están aquí y eso lo reflejan las estadísticas”.

La relación de Waldo con los bares va más allá de su uso y disfrute. Desde hace 29 años regenta con su socio un bar de noche en la zona, La Barrina, aunque siempre compatibilizó su negocio con otros trabajos, por ejemplo con el empleo en un estudio de arquitectura, en el que estuvo 25 años. “Empecé hace casi 30 años, que abríamos a las 8 de la tarde y poníamos un poco la música que nos gustaba”. El paso de los años y la evolución de gustos y costumbres ha hecho que el negocio se reinvente: “ahora abrimos a las 11 y porque nos da vergüenza abrir a la 1, que para nosotros era suficiente porque lo que nosotros hacemos es trabajar la noche dura, de 1 a 5 de la mañana, con la gente que sale tarde, después de haber cenado”.

¿Y la música? Pues también ha vivido su evolución: “yo mantengo una línea música que oscila entre lo latino y el indie, que ahora por fin empiezan a decir cosas interesantes de escuchar. Nos vamos moviendo de estilos, porque tienes que reinvertarte y moverte”. La música latina que se escucha por la noche conlleva algunas reflexiones: “en los últimos años el reggaeton nos conquistó. Es algo curioso porque a nadie le gusta, pero todo el mundo lo pide. Vas a un bar por la noche, donde a nadie le gusta, pero siempre que cae alguna canción reggaeton ¡Coño la gente lo baila!. Es la reconquista de los latinos, que se vengan de lo que hizo Colón. No se puede hacer peor putada a un pueblo que llevarles la religión y comerles el tarro. Esa putada no debieran de perdonárnosla nunca y nunca lo pagaremos lo suficiente. Entonces ahora lo que estamos sufriendo es algo como la venganza de Moctezuma y nos traen a Maluma”.

Los bares de noche y la pandemia

“Cuando el año pasado vino la pandemia lo primero que pensé fue en La Nueva España. Me dije: `Hostia, no hay fútbol, no hay procesiones de Semana Santa… con qué va a llenar el periódico La Nueva”. Superada esta primera preocupación la hostelería y su futuro ocuparon sus pensamientos. En un principio la incredulidad no dejó pensar en si la situación de cierre sería indefinida. Nadie podía pensar que tras un año los bares de noche estarían en la situación actual. “Abrimos tres semanas en julio, para que no quedaran 100€. Un año después fíjate cómo estamos. Tenemos que pagar el alquiler, que hace poco que hemos conseguido que el casero nos lo suspenda; hay que pagar la tasa de basuras, que no generamos; a la gestoría, para ayudas y el ERTE; luz; agua… vamos, 300€ fijos de gastos con un negocio cerrado” ¿Y qué ayudas han percibido? “5.000€ para todo el año. 5.000€, que es la ganancia bruta en un mes normalito. Pero lo peor no es esto, es la incertidumbre y el no saber que va a ser de esto en el futuro, para poder tomar decisiones”.

 En definitiva, una situación precaria y falta de perspectiva porque aun en el supuesto de que los bares de noche vuelvan a abrir “hay que ver en qué circunstancias porque nosotros vivimos de que los bares estén petados, cuando no cabe un alma más es cuando nosotros ganamos dinero, con la reducción de aforos a lo mejor no compensa. Y luego a ver cómo responde la gente, que igual no quiere acercarse a los bares de la noche por miedo”. Y es que los pequeños hosteleros de la noche no son personas que se hayan hecho de oro con sus negocios, tampoco lo han pretendido: “a mí es que me gusta la noche, mi clientela me produce placer, si no no estás a las 5 de la mañana regentando un bar porque esto no da para chalets o lujos, da para vivir y ya”.

Para defender sus derechos los bares de la noche se han organizado en una asociación específica, ABACO, al entender que OTEA no defiende sus intereses sino los de los grandes hosteleros. No obstante tienen un vocal en la misma “porque nos permite hacer oír nuestra voz, que se nos escuche, sacar información, etc. estamos ahí porque podemos canalizar protestas y llegar a la administración”.

El Oviedo popular y los chiringuitos

ABACO se mueve más bien la margen de OTEA, pero Waldo casi está en su contra porque esta asociación y la parte conservadora de la ciudad están tratando de cargarse la identidad popular  de Oviedo, entre ello los chiringuitos: “Se quieren cargar la esencia de San Mateo por la presencia de los grupo de izquierda y porque hay unos chiringuitos populares y alternativos. De mano se las han llevado a la Losa porque allí están los de su cuerda, tanto los vecinos como los hosteleros. Se habla poco además de cómo están en contra de los chiringuitos, pero como luego les han dejado a coste cero el espacio público a los hosteleros de su cuerda”.

Los chiringuitos y San Mateo como elemento fundamental de la cultura popular ovetense se van abriendo paso en la conversación: “hay que entender y defender que no se pueden despopularizar las fiestas para privatizarlas y los chiringuitos de San Mateo son elementos participativos y de cultura popular. Son cosas que le aportan a la ciudad y a la sociedad. Un local en el que te ponen copa de balón, rompeburbujas y zanahoria no aporta nada a la sociedad, a la gilipollez a lo mejor sí. Los chiringuitos y sus actividades, las fiestas populares, sí”. Esta forma de ocio no es una competencia desleal y tampoco se reivindica desde el egoísmo: “a mí no me molestan para mi negocio, yo los defiendo por principios. Y no es que los negocios del Antiguo ganemos más por ellos, al contrario. Ganamos más porque abrimos más días, pero el fin de semana hacemos menos caja. Sin embargo, no es una cuestión de competencia desleal, es que hay una fiesta y hay que entenderlo, nosotros tenemos el resto del año para ganar dinero”.

Hay gente muy defensora de las tradiciones, pero solo de algunas. El resumen final podría ser el siguiente: “yo cuando viene gente de fuera a Oviedo y me dicen lo bien que está y cuánto les gusta les dijo: `hay un Oviedo de gente y un Oviedo de gilipollas´. Los llevo a la calle Manuel Pedregal pa enseñárselo: `mira a derecha y a izquierda que vas a ver a todos lo gilipollas de Oviedo juntos ”.

Un Oviedo circular frente lo cuadriulado

La preocupación por el Antiguo y lo popular ha desembicado en los últimos años en la creación de diversas agrupaciones y plataformas en su defensa, entre ellas la asociación vecinal Oviedo Redondo, nacida hace cinco años y de la que Waldo es portavoz y miembro fundador: “somos una asociación que defendemos la participación ciudadana, una ciudad sostenible, un ocio respetuoso con la ley, pero ocio al fin y al cabo. Estamos en todas las plataformas que existen en la ciudad y que defienden estos valores. En el caso del Antiguo defendemos un barrio que sea fuente de ocio, de creatividad, de asociacionismo, etc. y estamos en contra de la gentrificación que estamos sufriendo en los últimos tiempos y que pretende, por ejemplo, expulsar a los bares de la zona”. Pero en el barrio también existe otra asociación vecinal, la del Oviedo Antiguo, que se sitúa en las antípodas de la primera: “Oviedo Antiguo son unos carcas que están en contra de todo lo que signifique participación ciudadana, felicidad y alegría. Son unos infelices y les molesta que los demás sean felices. Ven un concierto en el Paraguas, ven a la gente reírse y pasarlo bien y lo llevan mal”.

Oviedo Redondo forma parte de la plataforma para salvar la Fábrica de Gas: “queremos un suelo limpio y con todos los edificios en pie. Queremos que un conjunto, que es único en España, que sea un foco de creación para el Oviedo Antiguo, que lo saque de la abulia actual y que se integre con otros buenos proyectos que hay sobre la mesa, como el Bulevar o la conservación de la Fábrica de Armas”.

El movimiento asociativo y la participación han llevado a Waldo por diversos derroteros complementarios. Desde hace unos meses conduce un espacio en Radio QK dedicado al movimiento vecinal, en el que los diferentes presidentes de las asociaciones de vecinos de la ciudad acuden para hablar de la actualidad de sus barrios “pero no llevo a los del centro ¡Eh! Para mí eso no son barrios”. Otra de sus actividades ha sido participar, prestando su imagen, en la campaña del tripartito por la participación ciudadana “una cuestión fundamental, en la que no estamos educados y que necesita de años pa desarrollarse. Fíjate, ya puedo decir que tengo un book de modelo”.

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