La República por venir: pasados y futuros posibles

¿Qué conversación puede entablar la España de 2021 con la España de 1931?

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Christian Ferreiro
Christian Ferreiro
Graduado en filosofía por la Universidad de Oviedo/Uviéu. Inculto cinematográfico en tratamiento. Esperando ser docente de secundaria en un futuro no muy lejano.

«En esta hora solemne […] proclamo el Estado Catalán de la República Federal Española, y, en establecer y fortificar la relación con los dirigentes de la protesta general contra el fascismo, les invita a establecer en Cataluña el Gobierno Provisional de la República, que encontrará en nuestro pueblo catalán el más generoso impulso de fraternidad en el común anhelo de edificar una república federal libre y magnífica»

Así habló Lluís Companys, el entonces president catalán, en el balcón de la Generalitat de Catalunya. Era octubre de 1934 en pleno «bienio negro», el gobierno contrarreformista cuyo partido hegemónico era la CEDA de José María Gil-Robles, conocido admirador de Mussolini. Se vislumbraba el final de una Segunda República en la que se intentó abrir una brecha en el corazón mismo del problema de España: su forma de Estado. ¿Qué conversación pueden entablar la España de 2021 con la España de 1931?

Como bien nos cuenta el historiador Xavier Domènech en su último y crucial texto, Un haz de naciones, estamos inmersos en una crisis de Estado. Más concretamente, en una crisis del Estado unitario que se comenzó a construir deliberadamente a mediados del siglo XIX, que tendría su punto álgido con la Primera Restauración Borbónica en 1874 y cuya forma estructural aún sigue vigente en nuestros días. Estudiar más y mejor esta cuestión arrojará más y mejor luz sobre las sombras que quedan del período de la Segunda República todavía hoy, a 90 años de su proclamación por las plazas de España.

Este estudio conlleva una reflexión; y la filosofía puede ser una poderosa aliada. Contra el historicismo —es decir, la aspiración a un saber absoluto a partir de la reducción de toda explicación a términos historiográficos—, la hermenéutica puede sernos de gran utilidad: concibe al ser humano como un ser histórico, situado espaciotemporalmente, pero sin aspirar a ninguna explicación total de la realidad —lo cual es imposible, dicho sea de paso.

Kant distinguió entre «fenómeno», que es aquello que podemos conocer mediante las facultades de la sensibilidad y del entendimiento, y «noúmeno», que constituye el límite del conocimiento, la barrera entre lo que puede conocerse y lo que no. Por tanto, ya Kant postuló la imposibilidad del conocimiento de la realidad en su totalidad, pues siempre habría un límite más allá del cual no se podría ir. Frente a toda una tradición moderna posterior, en la que la ciencia vendría a «desvelar la verdad» que hay tras «las apariencias y los prejuicios», la hermenéutica, como disciplina filosófica, ha venido mostrando la imposibilidad de eliminar esos prejuicios. Todo lo contrario: los prejuicios —es decir, todos los condicionantes que nos constituyen como sujetos a una tradición cultural, un momento histórico concreto, unos antecedentes biográficos, una pertenencia a una clase social, unos elementos simbólicos y sentimentales, etc.— configuran las visiones e interpretaciones del mundo.

Prácticamente todas las filosofías del siglo XX han venido a remarcar el carácter histórico del ser humano, como seres en la historia. Tomando como punta de lanza a la hermenéutica, debemos tomar conciencia de nuestros prejuicios antes de todo intento de comprensión e interpretación de cualquier acontecimiento histórico. De este modo, para enfrentarnos a las contradicciones históricas de la Segunda República necesitamos realizar aquello que Hans-Georg Gadamer, el gran filósofo influyente de la hermenéutica contemporánea, denominó «diálogo», entendido como la característica universal de nuestra experiencia con el mundo: toda afirmación se basa en la respuesta a una pregunta. Con el fin de entender mejor en qué consistió la Segunda República, debemos saber cuál es la pregunta que le queremos hacer a la España de 1931. En filosofía, se trata de encontrar el problema y, por tanto, de plantearlo, más aún que de resolverlo. Pero plantear el problema no es simplemente describirlo, sino inventarlo. Planteamiento y solución se hallan, pues, muy cerca de la equivalencia.

¿Qué debemos preguntarle a la España de 1931 —y, por tanto, a la España de 2021? La Segunda República pretendía, en última instancia, proponer una alternativa posible al modelo de Estado que hasta entonces se había venido gestando desde las élites a lo largo del siglo XIX: un Estado liberal con una fuerte concentración de poder en el centro —competencias administrativas, poder militar, poder judicial, hacienda, control de las diputaciones y municipios— como correlato necesario del nuevo modelo económico capitalista, todo ello dirigido por las viejas y nuevas clases dominantes. Este Estado liberal centralista y este modelo capitalista serían dos caras de una misma moneda, excluyendo todo tipo de democracia, derechos sociales o redistribución de la riqueza. La Segunda República vino a impugnar este modelo, no sin profundas dificultades, debilidades y contradicciones internas. Para comprender mejor aquella realidad, y proyectarla sobre nuestro presente, conviene rescatar la intervención que Amadeu Hurtado, representante de Minoría Catalana, hizo en las Cortes Constituyentes del 13 de mayo de 1932, en el debate sobre el Estatut catalán: «la expansión del espíritu ciudadano, cuyo impulso salió de las tierras catalanas hace más de treinta años, hará desaparecer no ya la monarquía, que ya está ausente, sino el sentimiento monárquico que ha quedado aún dentro de España».

Ese mismo modelo de Estado liberal centralista es el que sigue vigente, aún hoy; pero en grave crisis sistémica: todavía no hemos comprendido la profundidad del ciclo político que se abrió con el 15M —del que se cumple ahora una década— y sus consiguientes movilizaciones. El 15M vino a impugnar un régimen, el de la Constitución de 1978, que no logró salvar con éxito las contradicciones de la realidad plurinacional constitutiva de España. Esta impugnación volvió a abrir una brecha que nos conecta con la España del XIX y con la Segunda República, y que hoy Vox, con un proyecto de cierre reaccionario, pretende clausurar de manera definitiva. Hoy, todavía inmersos en esa crisis sistémica, debemos estar en condiciones de proponer una alternativa de Estado posible, que logre ser percibido por una amplia mayoría como de utilidad general. La República no debe ser solo un mito melancólico de un pasado que nunca fue tan bueno como nos lo contaron: mirando solo hacia el pasado, sin nuevos horizontes que ofrecer, al final acabará por desaparecer. La República debe ser una convicción, fruto de una profunda reflexión moral y política. La República debe ser, primero, un mundo posible.

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