“Cultura es tanto una película de los Oscar como el cuento que le cuentas a tu hijo para que duerma”

Jazmín Beirak Ulanosky, responsable de Cultura de Más Madrid, explica las líneas maestras de su modelo de política cultural

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David Sánchez Piñeiro
David Sánchez Piñeiro
Graduado en filosofía por la Universidad de Oviedo/Uviéu. Doctorando en la Universidad Complutense de Madrid. Escribe de filosofía, política y cultura en La Trivial.

Jazmín Beirak Ulanosky nació en Madrid en 1978, pero no es una “madrileña de muchas generaciones”. Hija de exiliados de la dictadura argentina, es historiadora del arte y ha sido diputada en la Asamblea de Madrid durante las dos últimas legislaturas, primero por Podemos y después por Más Madrid. En la actualidad es responsable de Cultura de la formación liderada por Íñigo Errejón y forma parte de la candidatura de Mónica García para las elecciones autonómicas madrileñas del próximo 4 de mayo. Acostumbrada a responder preguntas dictadas por la actualidad informativa más inmediata, aprovecha esta entrevista para explicar las líneas maestras del modelo de política cultural en el que ha estado trabajando durante estos años. También nos adelanta algunas ideas sobre la cultura que aparecerán en su próximo libro en la editorial Ariel.   

¿De qué hablamos cuando hablamos de cultura? ¿En qué piensa Jazmín Beirak cuando utiliza la palabra “cultura”?

De cultura se ha escrito mucho y se ha puesto el acento en muchas dimensiones diferentes. Tenemos, por ejemplo, la clásica oposición que ha diferenciado entre la cultura como arte y una definición más antropológica que entendía la cultura como un modo de vida. A mi juicio, la primera se queda muy estrecha, pero la segunda es una especie de totum revolutum muy amorfo que tampoco es capaz de expresar la especificidad de una experiencia muy concreta. Cuando se habla de cultura se piensa en las grandes obras, pero también se olvidan las prácticas culturales cotidianas. Se habla de la cultura como industria económica y también se habla de la cultura como derecho. A la propia función de la cultura se le han dado muchas acepciones diversas e incluso muchas veces contradictorias: se habla de la cultura como instrucción, pero también como entretenimiento; de la cultura como evasión, pero también como formación del juicio crítico; se habla de la cultura como un espacio de consenso, pero también como un espacio de conflicto, subversión y transformación. Creo que todas estas definiciones u otras maneras de aproximarse a la cultura dan cuenta de lo que la cultura significa. 

La pregunta que me hago es, ¿para hacer política cultural es necesario tener una definición clara y cerrada de lo que es cultura? Mi respuesta sería que no. La cultura si tiene algo es que está viva, que muta, que la estamos modificando permanentemente, que la reinventamos. Para hacer política cultural no es tan necesario que nos pongamos de acuerdo cuando hablamos de cultura. De hecho, cuanto más resuelto y más clausurado esté el término menos capaces vamos a ser probablemente de hacer políticas para que la cultura se multiplique, prolifere, para que se multipliquen los formatos, las escalas, las experiencias, las propuestas. Hay que renunciar a una definición tan clausurada.

“Cuando se habla de cultura se piensa en las grandes obras, pero también se olvidan las prácticas culturales cotidianas”

En un interesantísimo artículo de hace unos años con José Enrique Ema, apostábais por una política cultural que se alejase tanto del modelo de libre mercado (“la cultura como mercancía”) como del modelo intervencionista (“redes clientelares y rígidos controles ideológicos”) y que tuviese dos ejes: autonomía y sostenibilidad. ¿Sigues creyendo en ese modelo?

En ese artículo trasladábamos una hipótesis que creo que sigue totalmente vigente. Clásicamente nos hemos movido entre dos modelos: el que se ha llamado “modelo francés”, en el que hay un compromiso con la cultura por parte del Estado a través de la financiación, pero a costa de un fuerte intervencionismo y por otro lado estaría el “modelo anglosajón”, en el que el Estado se retira en pro del mercado y la sociedad civil, en el que existe lo que es rentable y accede a la cultura quien tiene recursos. Estos dos modelos nunca han existido de modo puro y ahora mucho menos, pero al final nos ponen en la disyuntiva de tener que elegir entre recursos o independencia. Es decir, el modelo de la institucionalización te garantiza unos recursos -en teoría, porque los presupuestos de cultura ya sabemos cómo son en realidad- y sacrifica una independencia. El modelo liberal garantiza una independencia y una autonomía, pero sacrifica esos recursos. 

La cuestión es que no hay que elegir entre recursos o independencia, sino que se necesitan recursos que estimulen la independencia. ¿Por qué? Porque la cultura no nace de las instituciones, la cultura la hacen los múltiples y diversos agentes profesionales, colectivos no profesionales, comunidades que crean y comparten cultura. El papel de lo público no es generar la cultura, sino que es generar las condiciones para que se pueda producir y compartir cultura. Este sería ese tercer modelo poner el acento en las condiciones, en dejar de ser un Estado proveedor y pasar a ser un Estado que facilita el acceso a la producción y participación cultural. 

Planteas que es difícil que la cultura sea más valorada políticamente “porque la experimentamos como algo asociado a nuestro tiempo libre, o porque está en todos los rincones de nuestra vida y, al acompañarnos de maneras invisibles, cuesta pensarla como derecho”. ¿Crees que esta percepción ha cambiado con la pandemia y los confinamientos?

El confinamiento ha generado distintas percepciones. Por un lado es verdad que mientras estábamos encerrados era evidente que la cultura tenía mucha presencia, nos hacía más llevaderos esos momentos: desde ver series en plataformas hasta hacer manualidades con nuestros hijos. Lo que ha pasado posteriormente es que el cierre de los espacios culturales ha permitido evidenciar lo extensa que es la cadena de valor cultural y todos los empleos asociados a la cultura. En la Comunidad Madrid, por ejemplo, el 4% del empleo tiene que ver directamente con la cultura, y eso si no contamos lo indirecto.

También ha quedado en evidencia la poca atención que tiene para la clase política la cultura. Ha costado mucho que se la considere como un bien esencial. Esa falta de valoración social que existía antes de la pandemia sigue siendo muy patente. 

Parece que la cultura es un asunto sólo de la gente del mundo de la cultura que pide ayuda para hacer sus cosas, pero que no tiene nada que ver con el resto. Este divorcio entre cultura y sociedad es nocivo para quien vive en la cultura, pero también es un problema para la sociedad en su conjunto, que de alguna manera pierde toda la potencialidad que puede desplegar la cultura. Con la pandemia, en cierto sentido, hemos vuelto a la idea de que la cultura es secundaria, de que hay otros asuntos más urgentes, de que ya se la atenderá cuando haya más recursos. Es importante tomar conciencia de que estamos en un momento de definir cuáles van a ser los pilares que van a articular la sociedad futura y no podemos equivocarnos de nuevo dejando la cultura fuera de ellos. 

“No hay que elegir entre recursos o independencia, sino que se necesitan recursos que estimulen la independencia”

Constatas una diferencia significativa entre las protestas contra los recortes en sanidad y educación, que reúnen tanto a profesionales como a usuarios, y las protestas contra los recortes en cultura, que tienen un carácter “exclusivamente profesional”. ¿Qué se puede hacer para que la cultura deje de ser percibida como algo que solo atañe a los que se dedican a ella?

Como decía, existe una percepción de que los asuntos de la cultura sólo tienen que ver con la gente de la cultura, por eso en aquellas mareas sólo se congregaba gente del sector, porque no se sentía que con los recortes a la cultura se estuviera perdiendo un derecho que era de todos, como sí se percibía con los recortes en la sanidad y la educación. Ese es uno de los problemas: de no ejercer el derecho a la cultura se ha olvidado que es un derecho. Esa falta de relevancia tiene que ver con la propia historia de España, pero también con la política cultural que se lleva haciendo desde los inicios de la democracia en el ámbito estatal y, por lo menos en lo que respecta a la Comunidad Madrid, también desde el ámbito autonómico. Se trata de un modelo que se ha caracterizado por poner la cultura como recurso de otros intereses. Por ejemplo, como punta de lanza de relaciones internacionales, para dinamizar sectores extractivos como pueden ser el inmobiliario o el turístico. Con esto no quiero decir que no haya una alianza entre turismo y cultura, pero lo que se ha hecho normalmente es poner la cultura al servicio del turismo, también por haberse centrado más en la producción, la promoción y la exhibición en lugar de hacerlo en el acceso, la participación y la recepción. Además, priorizando siempre los grandes nombres, los grandes equipamientos y las grandes empresas. Aunque ha sido una política cultural que se ha centrado fundamentalmente en el sector profesional, no ha sido el conjunto del sector profesional el que se ha visto apoyado e impulsado. 

Por último, y para mí es una de las cuestiones más centrales, se ha construido una política cultural basada en una idea de la cultura como algo extraordinario y separado de la vida cotidiana, como si la cultura fuera un compartimento estanco que se disfruta sólo en unos momentos de ocio. Eso es un problema muy importante. Cultura es tanto llevar una película a los Oscar como el taller de teatro de un centro cultural o el cuento que le cantamos a nuestro hijo para que se duerma. La persona que gana un Goya por la mejor banda sonora, por ejemplo, tiene mucho que ver con que exista una red potente de escuelas públicas de música que generen vocaciones y aficiones. Forman parte del mismo circuito. Restaurar ese divorcio y reconectar la cultura con la vida cotidiana es hoy la misión última de una política cultural.

Has señalado que en la Constitución española la cultura no está considerada como un derecho fundamental y que sería necesaria una ley estatal de cultura que siguiese, por ejemplo, el modelo de la ley de Derechos culturales aprobada en Navarra en 2019. 

La Constitución incluye la cultura en el bloque de principios rectores de la política social y económica, que tienen como característica que no son vinculantes directamente, sino que tiene que haber una ley para poder reclamarlos ante la justicia. Le pasa lo mismo a vivienda y medioambiente. Si lo pensamos son derechos que cuando se construye la Constitución no estaban en el centro de los debates del 78 pero que ahora son centrales en nuestra sociedad. Como no hay una ley de cultura, pues efectivamente no es un derecho que se pueda reclamar.

La función de la política cultural es garantizar esos derechos culturales. Es cierto que no es algo que esté muy reconocido, porque el objeto es indefinido y es complicado acotarlo jurídicamente, pero ya hay muchas voces que hablan de la necesidad de reconocerlos. Está, por ejemplo, la Declaración de Friburgo sobre derechos culturales. La Relatora Especial sobre los derechos culturales también es una figura importante. En España existen muchas instituciones, expertos y expertas que trabajan en esta línea y, efectivamente, una de las primeras traslaciones al papel que tenemos es la Ley de Navarra, que es pionera. En el Ayuntamiento de Barcelona, no a nivel legislativo pero sí a nivel de política cultural, en torno a los derechos culturales. En el Observatorio Vasco de la Cultura también se ha hablado de este tema. Es un clima que poco a poco se va consolidando y tiene que ser el marco para abordar la política cultural. Por parte de Más Madrid vamos con la propuesta de elaborar una ley de cultura y derechos culturales de la Comunidad de Madrid.

“De no ejercer el derecho a la cultura se ha olvidado que es un derecho”

¿Cómo valoras la gestión de la política cultural durante la pandemia? Has denunciado que las medidas adoptadas tanto por el gobierno de España como por el de la Comunidad de Madrid “son ineficaces para el sector”.

La actividad cultural se caracteriza por la intermitencia, por lo tanto los marcos para justificar la actividad no son los mismos que en otras actividades profesionales. A nivel estatal ha sido muy poco ágil y se ha tardado mucho en reconocer la importancia económica y el desastre que estaba suponiendo para el sector profesional. Es llamativo porque en la pasada legislatura se hizo un trabajo impresionante con el informe del Estatuto del Artista, que lo hicieron todos los partidos por unanimidad y que funcionó como una Biblia donde están escritos todos los pasos que hay que dar, donde están identificadas cuáles son las tuercas que hay que ajustar para que la máquina funcione bien. Hubo una comprensión generalizada de lo que supone la intermitencia del trabajo artístico, que no es lo mismo que la temporalidad. Sin embargo es como si hubieran retrocedido décadas, cuando el itinerario está muy claro. 

Por lo que respecta a la Comunidad de Madrid, a la cultura le ha pasado como le pasa a la hostelería: “no cierro, pero tampoco ayudo”. Es cierto que en Madrid la actividad cultural sigue y eso es muy bueno, no hay que cansarse de repetir que la cultura es segura, que no ha habido ningún rebrote asociado a la actividad cultural, pero también es cierto que esa apertura sólo está siendo sostenible para los espacios públicos y muchas salas privadas están cerradas, tanto temporal como definitivamente. Las que abren lo hacen en unas condiciones donde la rentabilidad es muy difícil y para sostener a esos espacios en la Comunidad de Madrid no hay ningún tipo de ayuda. Si no se hace nada, y ya se llega tardísimo porque hay muchos espacios que han cerrado para siempre, vamos a salir de todo este ciclo con un ecosistema cultural muy mermado y con una pérdida de diversidad cultural brutal. Sólo los que sean más grandes o tengan más recursos van a poder aguantar y pasar al otro lado. Que existan propuestas distintas para distintos públicos es lo que enriquece la cultura. Esa pérdida de diversidad es una pérdida colectiva.

Te presentas en las listas de Más Madrid a las próximas elecciones autonómicas del 4 de mayo. ¿Cuáles serán las principales propuestas culturales del programa electoral de vuestra formación?

Lo primero es sostener al sector para que aguante hasta que esto pase. En ese sentido lo que haremos será poner en marcha un plan de ayudas directas para pagar el alquiler, los gastos de gestión, los suministros, el personal… es decir, para que todos aquellos espacios que no tienen ingresos o los han visto reducidos y siguen teniendo gastos puedan aguantar. También pondremos en marcha un protocolo que permita reanudar las actividades culturales cumpliendo con las garantías de seguridad sanitaria, porque este período de anormalidad va a permanecer unos cuantos meses y ya es hora de intentar adaptar la actividad cultural para que pueda retomarse. Por otro lado, tampoco hay que olvidarse del acceso a la cultura, que es algo que en estos meses ha pasado bastante desapercibido. Hay muchas personas que han visto tocados sus ingresos y eso ha afectado a su capacidad de acceso a la cultura, porque han perdido el empleo, porque están en ERTE, porque son autónomos y sus ingresos han bajado… Vamos a poner en marcha una renta cultural para que puedan contar con este apoyo para el acceso, a través de bonos culturales, acuerdos público-privados y distintas maneras de instrumentar ese incentivo. Es un apoyo para el acceso, pero indirectamente también revierte en el sector porque es consumo que se hace en el sector. También creemos que es hora de comenzar a introducir incentivos a la demanda en cultura como se hace en otros sectores, como por ejemplo el automóvil.

En el ámbito audiovisual creemos que hay que aumentar la financiación de Telemadrid para que pueda realmente contribuir a impulsar el sector audiovisual. Esta es una asignatura pendiente en nuestra región para la cual solo hace falta voluntad política. El programa no lo hemos pensado, como se suele hacer, en torno a sectores, sino que hemos identificado una serie de ejes transversales que creemos que deben ordenar la política cultural de la Comunidad: financiación, descentralización de la cultura para vertebrar la Comunidad, feminización, educación, políticas de públicos o democracia cultural en la que abordamos cuestiones que tienen que ver con la inclusión, la participación, la transparencia y también la evaluación, que es algo que apenas se suele hacer en política cultural, pero que es fundamental para poder hacer una rendición de cuentas y para mejorar las políticas públicas.

“Es difícil, pero hay opciones de transformar esa huida hacia adelante de Ayuso en una oportunidad”

Las encuestas electorales que se han ido conociendo hasta el momento coinciden en dibujar un crecimiento lento pero progresivo de Más Madrid. Aún así, parece que no será fácil que las fuerzas progresistas puedan superar en escaños a la suma de PP y Vox. ¿Cómo afrontáis la campaña?

La convocatoria de las elecciones es una irresponsabilidad que en realidad sólo está motivada por los intereses de Isabel Díaz Ayuso y del PP de intentar cambiar de socio de gobierno ante unas encuestas que efectivamente se les anunciaban como positivas. Efectivamente, todo apunta a que el PP va a duplicar votos; lo que no está tan claro es que realmente vaya a poder sumar con Vox y con Ciudadanos. Hay muchas cosas que están todavía en juego. En las últimas semanas ha habido muchos datos que revelan que si en determinados barrios y municipios donde la abstención es más alta se movilizase el voto, probablemente el bloque del PSOE, Más Madrid y Unidas Podemos podría llegar a sumar. En Madrid hay cierta resignación de que siempre va a gobernar la derecha y que no vamos a poder hacer nada por evitarlo, pero la realidad es que en los últimos años las cifras siempre están muy ajustadas, nos solemos separar por 1 o 2 escaños. Es difícil, pero hay opciones de transformar esa huida hacia adelante de Ayuso en una oportunidad para terminar con más de 25 años del PP en la Comunidad.

Acabas de anunciar que en la primavera de 2022 publicarás un libro sobre cultura y política cultural. ¿Nos puedes adelantar algo sobre sus contenidos?
Es un proyecto que me hace mucha ilusión, porque me va a permitir compartir todo lo que he aprendido y reflexionado estos años desde que estoy en política institucional, gracias a haber estado tan cerca de donde se configuran las políticas, pero sobre todo de haber conocido a muchísima gente muy valiosa que está trabajando en otras maneras de pensar la cultura. Me hace especialmente ilusión poder hacer esa devolución y cristalizar estos años de aprendizaje. Aún está en construcción, pero muchas de las ideas tienen que ver con lo que hemos hablado, es decir, con el papel que puede tener la cultura en la construcción de un nuevo modelo, con su falta de relevancia social y las razones de esa falta de relevancia, que probablemente tienen que ver con cómo se han hecho las políticas culturales, y con la necesidad de cambiar el paradigma de política cultural para que la cultura pueda realmente desplegar toda su potencialidad de transformación y de generación de un mundo mejor.

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