“Una izquierda que no claudique ante los poderosos”: 35 años de IU

El historiador Pablo Batalla escribe sobre los primeros pasos de la coalición, impulsada en 1986 por el PCE tras el referéndum de la OTAN.

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Pablo Batalla
Pablo Batalla
Es licenciado en Historia. Ha sido colaborador en medios como La Voz de Asturias o Atlántica XXII y en la actualidad coordina la revista digital El Cuaderno y dirige A Quemarropa, el periódico de la Semana Negra de Gijón. Su último libro es "La virtud en la montaña. Vindicación de un alpinismo lento, ilustrado y anticapitalista" (Trea Ensayos).

Una «izquierda fuerte y unida. Una izquierda que no claudique ante los poderosos, que ofrezca otra política y otra forma de hacer política. […] Para emprender una acción eficaz contra el paro, para retomar el empeño de la neutralidad, para afrontar la marginación juvenil, la discriminación de la mujer, la situación de pensionistas y jubilados». Una izquierda que pudiera «emprender las transformaciones que reclama la sociedad española: la nacionalización de la Banca, la reforma agraria, la configuración de un Estado federal, la reforma democrática de la justicia, del ejército, de los cuerpos de seguridad del Estado, de toda la Administración». Corría el mes de junio del año 1986 y ésta era la carta de presentación, en Asturias, de una coalición de partidos a la izquierda del PSOE recién conformada, que concurría, con Manuel García Fonseca el Polesu como cabeza de la lista regional, a las elecciones generales convocadas por Felipe González tras ganar por los pelos el referéndum de aquel año sobre la permanencia en la OTAN. Su nombre, Izquierda Unida. Sus propuestas para el Principado, una reforma del Estatuto de Autonomía con el fin de conseguir el máximo nivel de autogobierno que señala la Constitución, la cooficialidad de la llingua, un plan estratégico de Hunosa con horizonte en el año 2000 que asegurase su viabilidad, un plan de reindustrialización de las cuencas, la creación de departamentos de investigación tecnológica o la denuncia del acuerdo con la CEE en aquellos aspectos especialmente lesivos para el campo asturiano.

Una izquierda neocontestataria

Lo había dicho en El País, en 1984 —aunque luego no apoyará a IU—, José Luis Aranguren: hacía falta «una izquierda neocontestataria», alternativa solvente y creíble al felipismo; a la «política de centro derecha y de debilidad frente a los poderes reales de fuera y de dentro de un Gobierno al que no se pedía, ciertamente, socialismo, pero sí firme política de izquierda». Una ambición, ésta, que no respondía únicamente a claves españolas, sino que entroncaba con un cierto espíritu de época, marcado por el declive soviético, las transformaciones vertiginosas del tejido productivo alumbradas por la mecanización y la informatización y, sobre todo, la emergencia de nuevos y rumbosos movimientos sociales. El color de la hora era morado feminista, blanco pacifista, verde ecologista, e innovaciones como el desconcertante partido antipartidos que Los Verdes aseguraba ser en Alemania despertaban curiosidad fuera de sus países como las vías posibles para la refacción de una izquierda exhausta, asediada en todos los frentes por la ofensiva neoliberal, y que en la gran derrota de los mineros británicos veía el ocaso heroico, ocaso al cabo, de los treinta gloriosos.

El aggiornamento era una obligación aún más imperiosa para el sufrido PCE, que acababa de sufrir una dolorosísima debacle en las elecciones del ochenta y dos. No seducían ya al mercado electoral la hoz y el martillo del gran partido del antifranquismo, del cual se imponía, en consecuencia, una transformación más o menos profunda sobre la base de reconocer —como hacía la revista Nuestra Bandera que «hoy la articulación de la sociedad se presenta mucho más compleja», que «está cambiando profundamente la propia composición interna de la clase obrera» y «los hábitos de vivir» y «no hay posibilidad de conectar, a partir de viejas fórmulas ritualistas, con todo lo que bulle de nuevo —y de aparentemente inaprensible— en las nuevas generaciones y las nuevas subjetividades de la sociedad española de nuestros días». Un año más tarde, esta voluntad transformadora recibía un nombre: política de convergencia. «Un PCE integrador» y «audaz» debía ser capaz —explicaba el secretario general Gerardo Iglesias en una entrevista para el entonces periodista de Mundo Obrero Antonio Pérez Henares— de integrar en su proyecto político todas las demandas sociales que se mueven en una orientación de progreso. No sólo aquéllas con las que nuestro Partido conecta de modo más natural, sino las nuevas demandas de cambio y de transformación que nacen de la crisis global del sistema y del modelo de vida: la salvaguardia de la paz, la defensa de la ecología, la lucha contra la marginación, el derecho a la diferencia, la potenciación de nuevos valores culturales, la profundización en la liberación de la mujer, etcétera.

Aquel mismo año iniciaba su andadura la primera expresión de estos propósitos, muy exitosa por lo demás: Convocatoria por Andalucía, que obtendrá un fastuoso 18% de los votos en las elecciones andaluzas de 1986. Y se abrían también las tortuosas conversaciones que fructificarán en la fundación de IU; de una IU más pequeña de lo que se hubiera querido: no se había podido convencer, por ejemplo, a los cortejados, pero no seducidos, Euskadiko Ezkerra, Esquerda Galega o Liga Comunista Revolucionaria. Tampoco a la Unidad Comunista del defenestrado e iracundo Santiago Carrillo. Pero sí habían accedido a coaligarse con el Partido Comunista de España el de los Pueblos de España (PCPE), la Federación Progresista de Ramón Tamames (FP), el Partido de Acción Socialista (PASOC) —heredero del PSOE histórico de Rodolfo Llopis—, el Partido Humanista, el Carlista y la minúscula pero linajuda Izquierda Republicana. Y con esos mimbres, un puñado de independientes e Iglesias de candidato se tejió el cesto.

Unas negociaciones tortuosas

No fue pequeño, en todo este proceso, el papel de Asturias, y no sólo por ser la región natal del candidato, siéndolo, también, de algunos primeros espadas de los otros partidos, como el avilesino —aunque residente en Madrid— Alonso Puerta, del PASOC. El sufrido Principado, que en 1982 había enviado a las Cortes a uno de los únicos cuatro diputados que cosechó el PCE —Horacio Fernández Inguanzo, el venerado Paisano—, tenía sus propios motivos para impulsar una izquierda fuerte a babor del PSOE. La reconversión industrial hacía estragos en la región, donde una vasta movilización obrera encontraba su epicentro en Gijón, escenario de cuatro huelgas generales sólo en el año 1984. Los onerosos peajes de la entrada de España en la Comunidad Económica Europea golpeaban al sector agroganadero, y había, también, un animoso movimiento anti-OTAN en el que descollaba la figura del ya excomunista Vicente Álvarez Areces, particularmente fuerte, de nuevo, en Gijón, ciudad de la que había generado algún impacto en la prensa nacional la originalidad de su manifestación en el ciclo de movilizaciones antiotanistas de finales de 1985: la confluencia de tres columnas, blanca, roja y azul, en el paseo de Begoña al grito de «Narcís Serra, vete tú a la guerra». Mundo Obrero recogía el apoyo a la política de convergencia de algunos militantes de base del PCE de la región: así, por ejemplo, Francisco González el Cordobés, secretario general del Sindicato Regional de Pensionistas de Comisiones Obreras, que en abril de 1985 publicaba una tribuna abierta en la que advertía de que «lo peor que nos puede pasar en este tiempo es que perdamos el olfato político» y sobre el «gran reto que tenemos todos los comunistas» de «ofrecer una alternativa de progreso a la actitud inconsecuente, al servicio del empresario, del Gobierno socialista», que sólo la convergencia resolver.

Converger se procuró también en Asturias, y hacerlo con las mismas fuerzas con las que se negociaba en el resto del país, excepción hecha de una: el Partido Carlista, virtualmente disuelto en el Principado tras la muerte de Miguel Virgos. Alguna presencia había del Partido Humanista y del PASOC, si bien de este último partido —leemos consignado en El Comercio— «no sabían ni las restantes fuerzas asturianas integrantes de Izquierda Unida de la existencia de una estructura orgánica en esta región». Su rostro más conocido era el sindicalista Antón Saavedra, un felipista entusiasta que dejó de serlo cuando su alineamiento con el cada vez más díscolo Nicolás Redondo llegó a generarle auténticas trifulcas con defensores de las tesis gubernamentales como José Luis Corcuera, con quien Saavedra estuvo, un día, a punto de liarse a puñetazos —lo que fue evitado por un grupo de compañeros— después de que el futuro ministro del Interior llamara «hijo de puta» a Redondo en su presencia.

Eran más nutridas las huestes asturianas, y más sólida la organización regional, del PCPE y la Federación Progresista, pero, precisamente por serlo, estos dos partidos, comunista ortodoxo el uno, ecologista el otro, chocaron durante las tortuosas negociaciones que alumbraron la coalición hasta el punto de que la FP declinase participar en las listas. Del PCPE, su secretario general en Asturias era Mario Huerta. No costó demasiado el acuerdo con esta escisión del PCE, motivada, en su día, por el rechazo al eurocomunismo carrillista: muerto Carrillo, se había acabado buena parte de la rabia, y el PCE, al mismo tiempo que la política de convergencia, había aprobado la apertura de negociaciones para restaurar la unidad de los comunistas. A finales de abril de 1986, el Comité Regional del PCPE aprobaba un documento, apalabrado con el PCE, que concretaba la voluntad común de trabajar por la formación de una plataforma electoral de izquierda amplia en Asturias y, en una segunda fase, por el logro de la unidad orgánica de los comunistas en un solo partido, que sería el PCA. En cuanto a la Federación Progresista, su coordinador regional era el técnico de ENSIDESA, afiliado a Comisiones Obreras, José Antonio Velasco; y el partido generaba algún ruido en prensa proponiendo, por ejemplo, plantear en foros internacionales la cuestión del Castillo de Salas. Regionalista también, simpatizaba con el movimiento de reivindicación lingüística. Su máximo órgano directivo regional (integrado por Amador Fernández, Julio Sánchez, Miguel Ángel González, Faustino del Río, Elías Domingo, Alberto G. Lorenzo, Elisa Rivas, Carlos Ignacio Suárez, Fernando F. Antuña y Joaquín Friera) se llamaba Xunta, y asturiano y asturianista era por lo demás uno de los miembros prominentes del partido en Madrid: el economista David Rivas, futuro candidato de Andecha Astur, muy cercano por entonces a Ramón Tamames.

PCPE y Federación progresista pugnaban por la segunda plaza

El gran punto de fricción entre PCPE y FP era la pugna por el segundo puesto en la lista regional al Congreso. Se le había prometido al PCPE, pero lo reclamaba la FP, indignada por que se le propusiese tan sólo el cuarto puesto y compensarla con el «estrellato» de la candidatura al Senado. Ni PCPE ni la FP aceptaban esta solución, la FP llegó a proponer que la segunda plaza fuera para un independiente y Ramón Tamames accedió a firmar la quinta plaza, pero ello fue rechazado por los militantes asturianos, que acabaron por renunciar a participar de cualquier manera en las candidaturas. No dejaron, eso sí, de pedir el voto para la coalición y se mantuvieron en la comisión política, al estar convencidos de la proyección futura de la plataforma. Finalmente, las listas —en las que tampoco se incluyó a miembros del PASOC al no encontrarse «ningún aspirante que encajase» en las premisas de la coalición— quedaron conformadas por miembros del PCA (el Polesu, Emilio Huerta, Rubén Fernández Casar, Celia Cortina y Alberto Rubio), el PCPE (segundo puesto para Mario Huerta y primera suplencia para Juan Manuel Sánchez) y el Partido Humanista, que se hizo con el octavo puesto de la candidatura al Congreso (José Antonio López) y el segundo de la lista al Senado (Carmen Álvarez). A la Cámara Alta, concurría como cabeza de lista Francisco Javier Suárez, del PCA —a la sazón portavoz de IU—, y no, como llegó a parecer posible en algún momento, el filósofo Gustavo Bueno, posibilidad de la que El Comercio consignaba que era «saludada por la práctica totalidad de los integrantes» de la coalición. La lista al Congreso integraba por lo demás a sendos independientes: el sindicalista Octavio Monserrat y el psiquiatra Guillermo Rendueles. Y el tercer puesto de la plancha senatorial correspondía al historiador David Ruiz, del PCA.

Una campaña bronca

Cerradas las listas, se crearon cuatro comisiones integradas por representantes de todas las fuerzas políticas de la coalición: política, programa, financiación y campaña. Una campaña, la nacional de IU, que se iniciaría en Gijón, prueba del carácter emblemático que esta ciudad en estado de movilización permanente había adquirido para el movimiento obrero y los disidentes del felipismo (el diario ultraderechista El Alcázar había llegado a considerar Gijón como un «banco de prueba de la estrategia revolucionaria»). Fue ese pistoletazo de salida asturiano un mitin de mediodía en el Museo del Pueblo de Asturias, con intervenciones de Guillermo Rendueles, el Polesu, Ramón Tamames, Ignacio Gallego (secretario general del PCPE) y Marcelino Camacho, secretario general de Comisiones Obreras, que manifestó su opinión de que «de alguna manera, salvando las distancias, Izquierda Unida representa la misma esperanza que el Frente Popular en 1936». También, por supuesto, de Gerardo Iglesias, quien proclamaba que «Fraga no corta orejas ni rabos, sino que además le van a sacar a almohadillazos del ruedo político porque ha sido un chollo para Felipe González. El voto útil ahora es Izquierda Unida». Un Iglesias que trataría de aprovechar políticamente, a lo largo de la campaña, las torturas sufridas en Asturias durante el franquismo a manos de Antonio Garrido, policía por cuyas manos pasó en Avilés y que aquel 1986 fungía como jefe superior de policía de Madrid: el PSOE felipista —afeaba Iglesias— auspiciaba a sabiendas una «mafia» de «torturadores».

Carrillo, fuera de IU, aseguraría que IU era «enterrar al comunismo» español

La campaña asturiana consistiría en una sucesión maratoniana de actos con médicos, sindicalistas, barrios, asambleas de pozos mineros… El Polesu celebraba, decía a El Comercio, «la oportunidad de comunicarme con las gentes de Mieres, Nalón, trabajadores de Ensidesa, hay que […] adquirir compromisos, para escuchar las preocupaciones y los problemas de Asturias; para que éstos sean escuchados en el Parlamento». Pero este antiguo sacerdote no sólo escuchaba, sino que también instruía: hablaba a los trabajadores que se reunían con él de causas que, no por no concernirles directamente, podían serles ajenas en tanto participaran del espíritu internacionalista del que en otras ocasiones —como la Güelgona del sesenta y dos, sufragada en parte por una vasta solidaridad mundial— habían sido beneficiarios. Así, en un pozo de Hunosa, unos 350 trabajadores le escuchan que «lo que está pasando estos días en Sudáfrica es una auténtica vergüenza para la humanidad, aquí no valen solamente palabras, hay que fijar posiciones por parte de los Gobiernos europeos y el español, pues mientras se condena el régimen, al mismo tiempo se le venden las armas para que sigan reprimiendo y asesinando en ese pueblo, uno de los valores de la izquierda ha sido y es la solidaridad con los oprimidos, la solidaridad internacional». El Comercio consigna que «en todas sus intervenciones hay una constante a la ética política, a rescatar para esta palabra sus esencias». Consigna también que, en un acto en Cudillero, lo invitan a sidra y le preguntan: «no te conocíamos, ¿por qué os atacan tanto? ¿Por qué les preocupa tanto que la izquierda se una?».

Los atacantes eran fundamentalmente dos: el PSOE (uno de cuyos candidatos, José Federico de Carvajal, decía que IU era «una torre de Babel a la que sólo le falta el papa Clemente [el de El Palmar de Troya] para completar el cartel») y Carrillo, que basó la campaña de UC en afirmar que la suya la única candidatura comunista y que «eso que se llama Izquierda Unida» suponía «enterrar al comunismo» español. Aseveraba el antiguo secretario general que «hacer de un partido comunista un partido progresista, en connivencia con la Banca y el capital privado, es hacer un partido socialista, y para eso que se vayan al PSOE»; afirmaba en Gijón que «el voto dirigido a Izquierda Unida es un voto perdido», y en Oviedo, que IU era el resultado «caótico, heterogéneo», de los «buenos submarinos» que el PSOE debía de tener en el PCE. Una acusación, ésta de connivencia con el felipismo, que él mismo recibía de vuelta:  Ramón Tamames ironizaba que «a Carrillo le han puesto una cama en TVE. Da la impresión de que vive allí, de tanto que sale por la televisión, lo cual es bastante indicativo de para quién está trabajando». A Iglesias (a quien Alfonso Guerra acusó de ir «cargado» a los mítines), Carrillo lo despreciaba como «un chico bonito que cambia la mina por unos pantalones de colores».

El día electoral —22 de junio— llegó y el resultado no fue malo, pero tampoco bueno, y sí decepcionante: siete diputados, muchos menos que los doce que un sondeo hecho público inmediatamente después de terminado el plazo para votar había otorgado a IU desatando la euforia en la coalición, en cuyos locales —consignaba El País— se descorcharon botellas de cava y se inició una charanga. Tal como se ufanaba el diario de PRISA, «la realidad es que este pueblo quiere seguir siendo gobernado por Felipe González». En Asturias, IU incrementó sólo ligeramente el resultado del PCE en 1982: algo más de 2000 votos, equivalentes a 1,2 puntos de su porcentaje sobre el total de votantes. Con respecto a las autonómicas de 1983, se registró un ligero descenso que correspondía en gran medida con el resultado de la UC carrillista. Los mejores resultados los obtuvo IU en las zonas mineras: un 20% de votos emitidos en Mieres y Langreo.

Un sabor agridulce, pero un inicio; una primera piedra. IU, después, no se disolvería, sino que proseguiría una andadura procelosa, altibajuda, caracterizada por algo así como la «mala salud de hierro» que se le atribuía a Elizabeth Taylor, alternancia vertiginosa de picos esperanzadores, enormes chascos y depresiones profundas. Siempre en el alambre, nunca despeñada, IU ha perdurado hasta hoy, en que su coordinador general se sienta en el Consejo de Ministros, y la última página de su trayectoria aún no se ha escrito.

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