Ventana roja

Con Laura Casielles (Pola de Siero, 1986), poeta y periodista, retomamos la sección de #Hastaeldiafragma, un diálogo entre texto y fotografía para indagar en las huellas que ha dejado la pandemia en nuestras vidas

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Redacción Nortes
Redacción Norteshttps://www.nortes.me
Te contamos lo ocurrido centradas en la periferia.

Hace un año, durante las semanas de confinamiento, la poeta y periodista Laura Casielles escribía estas líneas para acompañar esta imagen de Iván G. Fernández, fotógrafo de Nortes y promotor de la sección #Hastaeldiafragma. Un año después, retomamos este diálogo entre texto y fotografía para seguir indagando en las huellas que ha dejado la pandemia en nuestras vidas.

Cuando la pandemia llegó a Colombia, empezaron a aparecer pañuelos rojos en las ventanas. Eran una señal de que se necesitaba algo. Un pañuelo rojo en la ventana significaba: en esta casa hace falta comida de manera urgente.

Cuando el hombre al que llamaban el Califa murió, en España también empezaron a aparecer pañuelos rojos en las ventanas. En este caso, eran señal de duelo y de resistencia. Un pañuelo rojo atado al balcón significaba: en esta casa se admira a quienes luchan porque a nadie le falte lo que tienen otros.

Toda ventana es un misterio. En Tierra de los hombres, el relato de sus experiencias como aviador, Antoine de Saint-Exupéry describía lo que pensaba al pasar volando y ver sus luces dispersas: “Cada una señalaba, en ese océano de tinieblas, el milagro de una consciencia. En ese hogar se leía, se reflexionaba, se intercambiaban confidencias. Ese ese otro, tal vez se intentaba sondear el espacio, se hacían cálculos sobre la nebulosa de Andrómeda. En aquel se amaba (…) Entre esas estrellas vivientes, cuántas ventanas cerradas, cuántos hombres dormidos”.

Toda ventana es un mensaje. En estas semanas raras, al abrirlas para mirar afuera, también nos hemos dejado ver. Con el tiempo detenido y la calle en suspenso, las fronteras de lo público y lo privado se han definido de nuevas formas y hemos visto ventanas rojas de necesidad, ventanas rojas de resistencia. Ventanas y balcones primorosos: esa delicadeza en la que el cuidado de lo propio da alegría a quien pasa por delante por azar. Pero también ventanas que gritaban auxilio por soledad, pobreza o miedo.

En el encierro, hablábamos desde nuestras ventanas.

Y hemos visto las señales. Ese mapa titilando de misterios y mensajes. Como cuando el aviador pasaba sobre la llanura y, al ver las luces, escribía: “Hay que tratar de encontrarse”.

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