Combatir el fascismo a hostias: ventajas e inconvenientes

Tres veteranos de la lucha antifascista madrileña relatan en Mieres su experiencia confrontando físicamente la violencia neonazi de la capital.

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David Artime
David Artime
Periodista y escritor. En 2009, ganó el premio de narrativa en lengua asturiana de la editorial Trabe con la novela "La Bufanda", en la que aborda el mundo de los ultras de fútbol.

Serge Ayoub es un conocido ultraderechista francés con cabeza rapada (y alopécica), bíceps hinchados y cuerpo de pillier de equipo de rugby. Cuando en una entrevista le preguntan por el asesinato del antifascista Clément Méric durante una agresión en París en 2013 (a Ayoub se le investigó por sus vínculos con los tres acusados) culpa directamente al líder izquierdista galo Jean Luc Mélenchon por haber llamado a retomar la calle para luchar contra el fascismo. “¿Retomar la calle cómo? ¿por la fuerza?”, ironiza el ultra, después de recordar que Méric era un estudiante de Ciencias Políticas “físicamente débil”, y que mejor hubiera hecho en luchar contra el fascismo escribiendo poemas en su ordenador que peleándose.  

Con “tomar la calle” Mélenchon seguramente no quería decir que había que salir a liarse a hostias con los neonazis, pero Ayoub lo interpretó así. Y claro, para un matón fascista como él lo de liarse a hostias es patrimonio de la ultraderecha.

Probablemente no le falte razón. Es un hecho que la gente de izquierdas prefiere las manifestaciones, los conciertos y las asambleas a los gimnasios de MMA. Los militantes de sindicatos y organizaciones progresistas no suelen ser muy aficionados a pegar puñetazos, patadas y palizas, arte en el que los ultraderechistas se han mostrado siempre más diestros. Pero ¿qué ocurre cuando eso cambia? ¿Qué pasa cuando los antifascistas, hartos de soportar la violencia neonazi, deciden pasar a la acción utilizando sus mismas armas?

La capital francesa es un buen ejemplo. Los antifascistas parisinos parecen haber tomado buena nota, incluso desde antes de la muerte de Méric. La ciudad de la Torre Eiffel no es precisamente un lugar cómodo para un fascista. Desde principios de los años 90 grupos antifas, cansados de agresiones neonazis, han empezado a coquetear con bates de beisbol, puños americanos, y deportes de contacto. Lo explica muy bien el reportaje Antifa, Chasseurs de Skins Pero no hay que irse tan lejos en el tiempo. En las manifestaciones de los Gillets Jaunes, la imagen de los fascistas corriendo perseguidos por grupos antifas violentos y organizados ha sido habitual.

La creación de las baf en 2003 supuso “la superación del victimismo” y el inicio de la acción combativa antifa

Algo similar parece haber ocurrido en Madrid. Al menos así lo han explicado en Mieres este domingo Claudio, Lucas y Jota, en el marco de les Xornaes Antifacistes que acoge la villa de la Cuenca del Caudal. Se trata de tres veteranos de la acción directa que los antifas madrileños emprendieron a partir de 2003, año de fundación de las Brigadas Antifascistas, BAF.

En realidad ya antes, a finales de los años 90, se había comenzado a responder a las agresiones, habituales por aquel entonces. Eran los tiempos en que la moda skin calaba desde los fondos de los estadios a las zonas de marcha, y los neonazis campaban a sus anchas por Moncloa, Argüelles y otros barrios de la capital. Cualquier persona con aspecto punki o progre podía ser víctima de ataques. En el metro había a menudo que ocultarse. “Tuvimos que hacer frente a toda esta violencia. Ir armado se convirtió para nosotros en una obligación”, explica Jota, que recuerda que en los ambientes antifas se empezó por aquella época a llevar navaja, cadena y puño americano por lo que pudiera pasar.

Los ponentes posan tras la charla. FOTO: Nortes.

Pero fue realmente en marzo de aquel 2003, cuando la creación de las BAF marcó un hito. “Se superó la etapa del ‘no ponernos a su nivel’, se rompió con el victimismo, y se adoptó una actitud guerrera y cazadora”, comenta Claudio. “Había que dejar de lamentarse y empezar a ir a buscarlos y a pisarles la puta cabeza”.

Las ‘cacerías de nazis’ comenzaron a ser habituales en la capital, según recuerda, y entonces ser neonazi “comenzó a ser peligroso”. Jota recuerda cómo los ultras tuvieron que empezar a tapar los parches fachas de sus cazadoras y a mirar muy bien por dónde andaban. Explica que cada vez había más grupos antifascistas organizados en todo Madrid, y que había fines de semana en que dos grupos antifas coincidían en la misma estación en busca de ‘presa’.  

EL ASESINATO DE PALOMINO, UN REVULSIVO  

El asesinato de Carlos Palomino en 2007, lejos de amedrentar el movimiento, supuso un revulsivo. “Fue algo horrible, pero lograron confirmar el compromiso de mucha gente para exterminar a esta gentuza”, afirma Claudio. Su satisfacción no es compartida por Jota: “es una puta mierda que tenga que morir un chaval para que la gente se conciencie de que hay que combatir el fascismo en la calle”. 

A partir de entonces, afirma Claudio, hubo una concienciación general en todo el estado. “Se juntó la rabia de mogollón de gente que tenía claro que había que dar una respuesta”, explica. Los nazis, continúa, “iban acojonados a sus manifestaciones porque sabían que estaríamos allí haciéndoles frente”. Como ejemplo pone la concentración de la organización fascista Nación y Revolución en la plaza de Tirso de Molina en 2008, que “no duró ni diez minutos” porque el movimiento antifascista madrileño preparó una contra que acabó en batalla campal.

Incidentes durante la concentración neonazi en Tirso de Molina (Madrid) en 2008. Montaje de davidcontragoliath.org.

No es que se haya ganado la guerra, ni mucho menos. En Madrid, igual que en París, sigue habiendo nazis organizados y violentos. Pueblos como Alcalá de Henares o barrios como Canillejas, feudos tradicionales de esta gente, son un buen ejemplo, sin olvidar el Frente Atlético y lo que queda de Ultras Sur. Pero la capital ya no es un paseo triunfal para ellos, que cuando organizan un concierto tienen que alquilar un restaurante de bodas en un sitio perdido, y el que quiere ir tiene que llamar a un teléfono para conocer la ubicación, explica Lucas. Los tres ponentes señalan que esto es un motivo de orgullo para el movimiento antifascista madrileño.

REPRESIÓN JUDICIAL

No ha sido un camino de rosas. Además de Carlos Palomino, por el camino se han quedado agresiones, navajazos, multas, condenas y algunos encarcelamientos. El mismo Claudio ya ha desfilado tres veces ante los tribunales y tiene otras dos causas pendientes. “La represión ha sido brutal”, se queja. Una represión que, según señala, no se ceba igual cuando se trata de combatir las agresiones del otro bando. Si bien la condena al asesino de Palomino fue contundente (26 años), no fue en así en otros casos.

En estes Xornaes de Mieres se proyectó el sábado la película La Mort de Guillem, sobre el asesinato del joven antifascista valenciano Guillem Agulló. De los cinco acusados, cuatro resultaron absueltos, y el declarado culpable, Pedro Cuevas, cumplió cuatro de los 14 años a los que fue condenado. Más reciente fue el caso de Jimmy (ni un solo procesado), e igual de sangrante el de Roberto Alonso de la Varga, que dejó tetrapléjico a un congoleño en Alcalá de Henares y la Fiscalía ni siquiera pidió el ingreso en prisión hasta que el diario Público publicó un reportaje alertando de que permanecía en libertad.

En Asturies sobran los ejemplos de la laxitud de la justicia con la violencia de carácter fascista. No hace ni un mes que el TSJA anuló la sentencia contra los Ultra Boys acusados de los incidentes en el derby de 2017. Antes hubo otros archivos de causas y absoluciones en conocidos casos de disturbios y agresiones. Ya en 2017 el diario El Comercio alertaba de esta situación. Solo en el caso del ataque al bar La Folixa en Cimavilla en 2018 han llegado a producirse condenas de cárcel (ocho acusados aceptaron penas que van de seis meses a tres años y nueve meses).

Después constatar que no es una estrategia precisamente fácil, cabe preguntarse si no es más efectiva la movilización y la denuncia pública y judicial, que la confrontación directa. Para Claudio ambas formas de lucha son complementarias y necesarias. Antes Jota ya había insistido en que este camino lo emprendieron en los años 90 no por gusto, sino porque no les quedó otro remedio. “Y éramos una panda de adolescentes los que empezamos a dar esta batalla, porque los partidos y sindicatos de izquierdas estaban a otra película”, añade.

Parece que eso ha cambiado en los últimos tiempos, a raíz de la irrupción de Vox y la necesidad del compromiso antifa que han asumido los principales partidos progresistas. La instalación de una placa en memoria de Palomino en el Paseo de Las Delicias, el reconocimiento por parte de Pablo Iglesias de la lucha antifascista de Bukaneros o la misma organización de estas jornadas en Mieres son gestos que Claudio valora como muestras de una toma de conciencia que antes no había.

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