Oviedo es la Sillicon Valley de la hostelería y todos los ojos están puestos en ella

El final de los los chiringuitos no es la privatización de las fiestas porque las fiestas nunca fueron públicas, sino populares.

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Javier Martínez
Javier Martínez
Es licenciado en historia, acupuntor y participa en Radio Qk desde los años 90.

La resaca continua después del mejor San Mateo de la historia, por lo fallido claro. Nunca estuvo Oviedo más guapo, y a su luz crepuscular del verano tardío no le acompañó por primera vez en años el olor a Semana Negra. Uno podía ir cada mañana a la Catedral a disfrutar de la misa cantada sin tener que chapotear entre orines por el tránsito de Santa Bárbara o aguantar al personal de guardia en el Mabalax. Este año en Oviedo empezaron a perder sus hojas los árboles y nadie follaba en los parques.

Por la calles de la ciudad todos sabíamos que ese experimento de ingeniería social traería consecuencias. Oviedo es un centro gerontológico urbano a medio camino entre la “Nueva Armonía” de Robert Owen y la Atenas de Pericles. Se respira paz social. No hay tensiones más allá de si es mejor el revés a dos o a una mano o si ampliar la Cocina Ecónomica a la Fábrica de Gas. Mientras el resto del país combate frente al comunismo aquí sacamos las barras de los bares a la calle. Si el enemigo es el fascismo nosotros comemos bocadillos de lomo con queso vegano mientras resolvemos nuestras diferencias jugando al minigolf.

Desde hace unas semanas hay un debate en cada corrillo, en cada cola para acceder a la oficina del servicio publico de empleo o en cada grupo de WhatsApp que esta agitando la convivencia pacífica de la ciudad. La propuesta de la patronal de hostelería de suprimir los chiringuitos de San Mateo, tiene a la ciudad polarizada. Una parte pequeña pero bien relacionada del gremio más castigado por la pandemia que asoló la capital, pide un cambio en el modelo de gestión de las fiestas como revulsivo económico. Meses de cierres, de toques de queda, de limitaciones de horario y aforo, de ERTEs, de EREs, de despidos encubiertos, se van a solucionar al parecer asumiendo la gestión de unas casetas en la calle muy lucrativas para el que controle la gestión de compras y proveedores pero que condenará a la ruina al resto y cavara una fosa mas profunda para aquellos a los que  no les quedó más remedio que recurrir a las “ayudas” de los ICO, o que siguen esperando el “tocote” de las ayudas del Barbón. Oviedo es la Sillicon Valley de la hosteleria y todos los ojos están puestos en ella. Expertos internacionales están tratando de analizar dónde esta exactamente el negocio a no ser que el negocio sea exactamente que no haya negocio.

“Desde el año 83 la calle es de los chiringuitos”

Al otro lado de las planchas están los chiringuitos sociales, herederos de un modelo de fiestas populares importados desde Bilbao por Felipe Fernández entonces asesor de la SOF y hoy vocal en el consejo de Liberbank. Desde el año 83 la calle es de los chiringuitos. Las cosas cambiaron mucho desde entonces. Donde antes había partidos políticos repartiendo condones ahora tenemos Startups políticas o partidos en deconstrucción, pero hay cosas que permanecen. Los chiringuitos siguen siendo una fuente de ingresos fundamental para un buen puñado de asociaciones culturales, vecinales o deportivas, lejos de lo que se cree, en las calles de Vetusta nadie escapa a las complementarias de hacienda. Es un secreto a voces que quienes mas agradecieron este descanso festivo debido a la crisis sanitaria fueron los organizadores de estas chiringuitos acostumbrados a dejarse sus vacaciones y sacrificar horas y días para sacar adelante las fiestas. Las malas lenguas dicen que los observadores internacionales están muy interesado en este modelo de negocio: los trabajadores no cobran, solo colaboran, y no se necesita capacitación, es el futuro de la era postcapitalista, las posibilidades de que por afinidad lo implante Duro Felguera son muy altas.

Todo en esta ciudad deja un poso amargo como a fábrica abandonada. Los chiringuitos son por desgracia la ultima oportunidad para una generación de trabajar juntos, en una época donde el aislamiento social se multiplica, en la era de los likes y la cancelación, lo que antes era banal o anecdótico empieza a ser de vital necesidad, para entenderlo hay que alejarse de la comunicación política, el YouTube y de los fuegos artificiales. El final de los los chiringuitos no es la privatización de las fiestas porque las fiestas nunca fueron públicas, sino populares. Confundir lo uno con lo otro es como ir a un concierto de la OSPA pensando que vas a ver a C.Tangana. Hay algo asquerosamente atractivo en deambular cualquier  noche  comiendo un bocadillo de calamares del Club Ciclista Colloto entre el bullicio, dejarse caer por el Rincón Cubano y ver a un montón de gente desconocida roneando entre loas a la Revolución Cubana. A escasos metros la Cofradía de los Estudiantes baña de incienso y mirra la Plaza Porlier, mientas los seguidores del Oviedo, esa cruz tan pesada, prometen volver a primera. De fondo todavía suena “Ellos dicen mierda y nosotros amén” en el Pinón Folixa. Hay algo sucio ahí, nada puro, todo esta mezclado, pero significa que todavía estamos vivos.

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