Alberto Korda, mucho más que el fotógrafo del Che

Se cumplen veinte años de la muerte del fotoperiodista cubano que atrapó con su cámara instantes irrepetibles en la isla antes y después del triunfo de la Revolución

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Paco Álvarez
Paco Álvarez
Periodista, escritor y traductor lliterariu d'italianu. Ye autor de les noveles "Lluvia d'agostu" (Hoja de Lata, 2016) y "Los xardinos de la lluna" (Trabe, 2020), coles que ganó en dos ocasiones el Premiu Xosefa Xovellanos.

-¿Conoces la foto del Che? -me preguntó mi redactor-jefe.

-¿Qué foto del Che? -respondí preguntando con esa chulería sin tamizar que se tiene a los veinte años.

-Joder, la foto icónica del Che. Esa en la que aparece con la mirada perdida en el horizonte.

-Sí, claro que la conozco -dije cayendo del guindo. Yo había hecho buena parte del Bachillerato con esa imagen tatuada en la carpeta plastificada con la que iba al instituto-. Esa imagen la conoce el mundo entero.

-Pues el fotógrafo que la hizo anda por Gijón, en visita privada.

-¡Hostia!

-¿Por qué no le pides una entrevista?

Le pedí una entrevista, y me la concedió. Alberto Korda estaba pasando unos días de vacaciones en casa de un gijonés, un viejo conocido suyo. Supongo (lo supongo porque no lo recuerdo) que me presenté ante ellos dos balbuciendo. Balbucí también (eso lo recuerdo más que lo supongo) cuando Alberto Korda clavó en mí su mirada negrísima, medio oculta tras la grisura del humo de su cigarrillo, una mirada que parecía opaca y dormida pero que estaba llena de luz y de vigilia. Recuerdo también su voz, grave y penetrante como esos vientos remotos que revolucionan un océano. Yo hice mis preguntas, él me dio sus respuestas. Yo quería hablar de cómo y cuándo gestó aquella fotografía del Che, él quería hablarme de otros proyectos, más cercanos a la fotografía artística y contemporánea y a las profundidades de la fotografía submarina (que había practicado durante muchos años) que a las superficialidades que a veces se imponen en la fotografía de prensa. Me contestó sobre lo primero, le repregunté sobre lo segundo… Creo que reflejé honestamente ambas cosas, aunque el titular de la entrevista se lo entregué a una reflexión suya sobre esa imagen del Che, cómo no.

La fotografía icónica que Alberto Korda le hizo al Che Guevara en marzo de 1960 en La Habana.

Supongo (más que suponerlo estoy casi convencido) de que Alberto Korda estaba ya cansado de toda esa cohorte de periodistas que, fuera donde fuera, en cualquier rincón de América o de Europa, le preguntábamos machaconamente por lo mismo: esa foto que había captado a principios de marzo de 1960, mientras el revolucionario cubanoargentino Ernesto Guevara lanzaba al horizonte una mirada de dolor, de tristeza y de revancha, durante un funeral de Estado por las víctimas de La Coubre, un buque de pabellón francés que había saltado por los aires en La Habana en un atentado terrorista organizado por la CIA y que había dejado más de un centenar de muertos. Cumplidor conmigo y con su anfitrión gijonés, que había mediado para que nos concediera aquella entrevista para El Comercio, contó, por enésima más, cómo se inscrustó en el objetivo de su cámara aquel momento irrepetible. Años después, leyendo entrevistas y artículos sobre Alberto Korda, supe que había una frase de El principito a la que le gustaba apelar y que seguramente aportaba ese ingrediente de magia que, más allá de que él estuviera en el momento y en el lugar apropiados, hizo que captara esa imagen imborrable que dio la vuelta al mundo: “Sólo se ve bien con el corazón, lo esencial es invisible para los ojos”.

El fotógrafo retrató en febrero de 1959 a una niña con una muñeca de palo que había encontrado en un basurero.

A mí me encanta su Niña de la muñeca de palo. Me encanta su Fumadora de Habanos. Me encanta El Quijote de la farola. Me encanta su Brisas del mar, una foto que hizo en 1957, cuando se dedicaba a la fotografía publicitaria… Contaba que dejó de fotografiar la belleza de aquellas mujeres que protagonizaban las campañas publicitarias para fotografiar la belleza de la Revolución Cubana.

El 26 de julio de 1959, frente a la Biblioteca Nacional de La Habana, Korda retrató a ‘El Quijote de la farola’.

Alberto Korda nació en El Cerro, un barrrio humilde de La Habana. Fue el hijo único de un ama de casa y de un obrero ferroviario destinado en el servicio de telégrafos. Trabajó en una empresa estadounidense de jabones y detergentes y en otra multinacional yanqui de máquinas de escribir. Un día, a su padre le regalaron una máquina fotográfica y él se adueñó de ella: la llevaba en su maletín de comercial mientras recorría las calles de La Habana y, entre visita y visita, disparaba con ella sobre la realidad tremenda de la capital cubana de aquellos tiempos, en la que imperaban la mafia y las multinacionales y en la que reinaban la dictadura y la miseria. A Alberto Korda empezó a crecerle la conciencia: “Yo comprendía que aquel mundo no podía seguir así. Decidí que, aunque fuera fotógrafo, aunque no fuera guerrillero que había luchado en la sierra, ni mucho menos, debía dedicar mi trabajo a la revolución que nos prometía cambiar esas desigualdades”, dijo años después.

Este martes se cumplieron veinte años de la muerte de Alberto Korda (La Habana-1928-París, 2001), que se llamaba en realidad Alberto Díaz Gutiérrez. Y fue mucho más que el autor de la imagen Che. Pero esa imagen resume una parte importante de su identidad y de la identidad de un pueblo. Alberto Korda fue, en sus propias palabras, “un humilde fotógrafo de una islita de once millones de habitantes que hizo una imagen que supera el número de reproducciones de cualquier otra imagen de la historia de la fotografía. Y mis nietos, mis tataranietos, dirán: ‘Coño, mi abuelo, mi tataranieto fue un tipo de mérito’. Yo tuve la suerte de hacer esa foto y poder dejarle algo a la Humanidad. No dejo grandes palacios, yates, dinero en los bancos ni nada de eso: dejo una muestra de mi trabajo en el paso por este mundo”.

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