La comunidad añorada: precipicios y certezas

No se trata de revitalizar certezas del pasado, sino de construir nuevas certidumbres basadas en alternativas reales de iguadad y libertad para el presente y el futuro.

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Juan Ponte
Juan Ponte
Músico y filósofo. Concejal de Cultura y Participación Ciudadana en el Ayuntamiento de Mieres. Forma parte de la Fundación de Investigaciones Marxistas y del Consejo de Redacción de la revista LaU. Es mienbro de la dirección federal de IU y su responsable de formación ideológica de IU.

Es evidente que el discurso ayusista ha funcionado en la Comunidad de Madrid porque se retroalimenta con la estructura productiva y financiera de la misma. Tal estructura es el verdadero esqueleto que sostiene un modelo económico-político capaz de configurar, simultáneamente, espacios de sentido (algo que trasluce en fenómenos como la segregación urbana de las clases acomodadas respecto de las familias trabajadoras -el “separatismo de los ricos”-), habitus o prácticas sociales (como la matriculación en escuelas concertadas, la contratación de planes de pensiones y seguros de salud privados, etc.) y un modelo normativo de subjetivación (el emprendedor individual competitivo, aclimatado al “sálvese quien pueda”) que orienta las aspiraciones sociales de una buena parte de la ciudadanía madrileña. Para entender esto, hemos de advertir que más de la mitad de la población de Madrid se considera a sí misma “de clase media-media”, según el dato recogido por Rodrigo Amirola y Julio Martínez Cava en su excelente artículo “Madrid 4 M: ¿de la excepcionalidad de la pandemia al Rubicón de la derecha?”.

Sin lugar a dudas, como decimos, los parámetros ideológicos de Ayuso y su equipo nacen de las entrañas mismas del neoliberalismo económico, ejercitado intensamente en la Comunidad de Madrid y agitado con no menos pasión por sus voceros mediáticos, bien regados de ayudas públicas del gobierno autonómico (es falso que el neoliberalismo acabe con las instituciones públicas; más bien las pone al servicio del capital y los intereses privados). Y todo ello, por supuesto, posibilitado por el socavamiento, durante décadas, del poder asociativo y de negociación colectiva de la clase trabajadora en el mercado laboral (tanto bajo gobiernos liberal-conservadores como “socialistas”, digámoslo al pasar).

Ahora bien, el discurso de Ayuso no es un mero reflejo de las fuerzas productivas y las relaciones sociales existentes, o una emanación suya. En las mismas condiciones, hubieran sido posibles otros marcos narrativos o planteamientos de campaña que resultaran más o menos exitosos. No, la relación entre las estructuras productivas y los mecanismos ideológicos no es mecánica, el nexo no es necesario. Pero lo cierto es que el PP madrileño logró idealizar y capitalizar una supuesta forma de vida (la cotidianidad “a la madrileña”), compenetrándose con los afectos y agitando los deseos de la mayoría que otras fuerzas políticas se arrogaban representar. Si la hegemonía supone una “cultura vivida” y mineraliza como “estructura de sentimientos” -aprovechando la expresión de Raymond Williams-, habrá de reconocerse que Ayuso supo conectar hegemónicamente y traducir a sus claves ideológicas el estado anímico imperante en la comunidad madrileña.

“Las ganas de ir a un concierto, abrazar o tomar unas cervezas fueron inteligentemente agavilladas por la estrategia de Ayuso”

Las ganas de ir a un concierto con los amigos, abrazar a nuestros familiares y seres queridos, tomar unas cervezas mientras conversamos distendida o acaloradamente en los bares; todas esas energías y formas de goce fueron inteligentemente agavilladas por la estrategia de Ayuso en un contexto de pandemia en el que nuestros movimientos estaban limitados por razones sociosanitarias -estado de alarma, cierres perimetrales, etc.-. No es de extrañar que la estrecha concepción negativa de la libertad como eliminación de interferencias en nuestros movimientos, en la que se apoya la derecha ultraliberal, haya encajado tan bien en esta situación social. Tampoco es inocente que Ayuso haya puesto como ejemplo de libertad el no volver a encontrarte con tu ex pareja (¿cuál?) en la ciudad, pues subraya el momento de desconexión (que no independencia) implícito en dicha concepción negativa del término. Claro que es posible sentirse o ser libres así -y tanto-, pero también puede ocurrir que lo seamos tomándonos precisamente unas cañas con esas personas, si merece la pena, desde el reconocimiento y respeto mutuo.

Y es que, en palabras de Marx, la libertad no se basa solamente en “evitar esto o aquello”, sino en la “fuerza efectiva para hacer valer nuestra individualidad”. Las dimensiones negativa y positiva de la libertad son dos caras de una misma moneda. Y es en sociedad como nos individualizamos. La esencia del ser humano no es inherente a cada individuo, sino que es coextensiva al conjunto de sus relaciones sociales. Por eso la identidad se dice de la diferencia, y no al revés. Quien se quiera encontrar a uno mismo habrá de buscarse entre los demás. Tal es la interpretación que hacemos de los hermosos versos de Vicente Aleixandre: “Cuando, en la tarde caldeada, solo en tu gabinete, /con los ojos extraños y la interrogación en la boca, /quisieras algo preguntar a tu imagen, /no te busques en el espejo, / en un extinto diálogo en que no te oyes. /Baja, baja despacio y búscate entre los otros. /Allí están todos, y tú entre ellos. / Desnúdate, fúndete y reconócete.” (“En la plaza”).

Por todas estas razones, debemos comprender que el individualismo es antes una vigorosa representación intencional, o imaginaria -no por ello menos material y con consecuencias claramente apreciables-, que una realidad efectiva, empírica. En suma, el individualismo es imposible. Como también dejó escrito Marx, “los miembros de la sociedad burguesa no son átomos”, pues los átomos se bastan a sí mismos y se dan en el vacío absoluto, mientras que -para bien y para mal-, vivir siempre es con-vivir. De ahí que cuando las izquierdas políticas, de espaldas a esta reflexión marxiana, critican al capitalismo por su individualismo, estén replicando paradójicamente una concepción tradicional contrarrevolucionaria: la idea de que el individualismo moderno provoca un desgarramiento en la comunidad primitiva, lo que vendría a ser -a no dudar- la concreción política del cuerpo místico de Cristo.

Pero el curso de los acontecimientos no pasa por la disyunción comunidad plena/ individuos atomizados. Existen diversas formas de comunidad, atravesadas por antagonismos internos y enfrentadas históricamente entre sí, en las que se conforman distintos modelos normativos de individuo político. Individuo y comunidad se presuponen políticamente, como en geometría proyectiva lo hacen el punto y la recta: el punto es la intersección entre -al menos- dos rectas, así como la recta es el nexo de diversos puntos.

“No es el lazo social el que está en peligro, sino determinadas modalidades del lazo social”

Así, no es el lazo social el que está en peligro, sino determinadas modalidades del lazo social. La desmembración total del tejido comunitario, un lisado que borre de enteras toda forma de vínculo (temores -insistimos- de abolengo estrictamente reaccionario), es irrealizable. La cuestión es más compleja: ¿qué vínculos sociales son hechos trizas?, ¿por qué?, ¿cuáles merecen ser recompuestos?, ¿para qué? Y ahí es donde empieza la discusión rigurosa. Lo demás son falsos debates alterados con muñecos de paja. Por ejemplo, cuando hablamos de “defender a las familias”, ¿nos estamos refiriendo a su derecho al acceso a la vivienda, a la reducción de la jornada laboral de sus miembros, a la corresponsabilidad en los cuidados, a la gratuidad de la educación de 0 a 3 años, que puedan disfrutar de permisos de maternidad y paternidad iguales e intransferibles o, por contra, a la disponibilidad permanente de las mujeres para las tareas reproductivas, domésticas y los cuidados de las personas dependientes, a restituir el modelo del “hombre-proveedor” y las “mujeres- vasija”, a la reproducción de los patrones heteronormativos? ¿Qué tipo de familia es el que queremos promover, en definitiva? Y cuando reconocemos la importancia de la comunidad, ¿de qué comunidad estamos hablando, de una comunidad de singulares con igualdad de derechos o una comunidad cerrada sobre sí misma, de una compacidad axfisiante, profundamente identitaria, que asimila diferencia y desviación?

En relación con esta cuestión, la de la reconstitución de la comunidad, podríamos distinguir con Sheyla Benhabib dos posibles enfoques: de acuerdo con una visión integracionista, “la postmodernidad” habría triturado todo sentimiento de pertenencia a una comunidad orgánica, rompiendo los códigos de civilidad y las buenas costumbres. Por consiguiente, la solución para resolver los problemas actuales de anomia, alienación o atomización social se basaría en el retorno o la recuperación de un esquema sustancial de principios y valores; por el contrario, desde una perspectiva participacionista -la que sostiene la autora- el problema no radicaría en la supuesta desaparición de una comunidad idealizada, sino en la pérdida de agencia -o de iniciativa-, de las clases subalternas a consecuencia de las contradicciones existentes entre las distintas instituciones (económicas, políticas, familiares, etc.) en las que están involucradas. Así, siguiendo el modelo participativo, “el sentimiento público que se estimularía no sería el de la reconciliación o armonía”, sino la posibilidad de “tener voz en los acuerdos económicos, políticos y cívicos que definen nuestras vidas en comunidad”.

En otras palabras, no se trataría del vano intento de revitalizar certezas del pasado, de aferrarse a identidades pretéritas, como de construir alternativas reales de igual-libertad para el presente y futuro, sembrando así nuevas certidumbres. A este respecto, resulta interesante comprobar cómo tales planteamientos se están solapando o confundiendo en las intensas polémicas de las redes sociales a raíz de la reciente intervención de la escritora Ana Iris Simón en la Moncloa, en el marco del programa Reto Demográfico del documento España 2050. Intervención sumamente relevante en la medida en que ha permitido remover algunas de las ideas filosóficas trascendentales que estamos analizando en este artículo, como las de comunidad, igualdad o libertad.

En cualquier caso, no es cierto que todos los lazos sociales se vuelvan precarios, provisionales o inestables en la “modernidad líquida”, porque el debilitamiento de unos grupos sociales -dominados- siempre implica la potenciación de otros colectivos -dominantes-.Así, en el presente, los poderes neoliberales laminan determinadas identidades colectivas al tiempo que se fortalecen otras, enfrentadas dialécticamente.De este modo, la segmentación de la clase trabajadora (mediante la dispersión de la producción, la rotación de la mano de obra, los procedimientos de subcontratación, la eliminación de convenios colectivos, etc.) hace más eficiente la acumulación de capital para un selecto club empresarial, aumenta el poder de estos y difumina la identidad de aquellos; las personas que sufren la precariedad en su día a día, para las que el ascensor social no existe y no pueden lograr el exigido éxito individual, cada vez sienten más soledad, estrés, desorientación y depresión, mientras los ricos se alejan de los pobres protegiéndose en sus urbanizaciones de lujo, evitando así compartir los problemas (de salud, vivienda, transporte, etc.) de las familias con rentas más bajas; se deconstruyen los moldes pretéritos de lo que entendíamos como  amistad, pero las conexiones interindividuales proliferan en las redes sociales más que nunca,  etc. Algunos se desvanecen, otros mutan, pero los vínculos sociales siguen definiendo nuestras identidades, siempre en tránsito.

¿Por qué, entonces, el individualismo circula ideológicamente por las arterias del capitalismo neoliberal? Por un lado, en un sentido negativo, porque al predicar desde un enfoque nominalista que “la sociedad no existe” (“there is no such thing as society”), siguiendo la estela de la Dama de Hierro, permite invisibilizar los mecanismos que generan las desigualdades sociales y las formas de dominación: la explotación laboral, el racismo, la discriminación sexual y de género, etc. Añadamos no obstante, como nos advierte Wendy Brown, que también el neoliberalismo, consectario del conservadurismo moral, pretende paliar los efectos corrosivos del capitalismo mediante el apuntalamiento de aquellas instituciones que han demostrado “ser históricamente adaptativas”, tales como -casualmente- la familia (“[…] There are individual men and women and there are families”, “Hay hombres y mujeres individuales y están las familias”, matizaba Margaret Thatcher), el matrimonio o la religión.

Por otro lado, en un sentido positivo, ya lo hemos dicho, porque el individualismo propone ideológicamente una forma de vida que conforma el deseo subjetivo y social. La ideología no es un velo que oculta la “auténtica realidad”, sino una condensación de perceptos, afectos y conceptos que baliza nuestras biografías, que nos constituye como sujetos. No es un cúmulo de errores epistémicos contrapuesto a la verdad científica -como se cree desde cierta interpretación intelectualista- sino que supone encuentros y desencuentros entre cuerpos afectivos, anuda vivencias y arraiga en territorios particulares. El asunto es cuál es la forma de interacción política implantada.

El neoliberalismo produce un espacio agonístico en el que los sujetos compiten entre sí incesantemente. Bajo esta óptica, cada individuo ha de concebir a sus pares como mero sustento de sí mismo. Se promueve lo que Colette Soler bautizaría como el “narcisismo del escabel”: me comparo con los demás para ser mejor y alzarme sobre ellos: “aquí estoy Yo”. Los otros deben afirmar mi deseo. Estas formas de comparación y competitividad extremas generan afectos específicos de odio y envidia, “si el otro parece mejor dotado”, o a la inversa, “de orgullo despectivo o indiferente cuando no se duda de sí”. El neoliberalismo se muestra como una forma de neodarwinismo social: en la lucha social, sólo sobreviven los más aptos. Y de este modo se expresaba Ayuso en campaña, sin tapujos: “es una forma de entender la vida que consiste en pelear, luchar y sufrir, que es difícil pero apasionante”. Faltaría, eso sí, el corolario: quienes fracasan es porque se lo merecen, pues han desaprovechado las oportunidades ofrecidas, no han demostrado ser válidos como emprendedores. Dadas las circunstancias, si queremos triunfar deberemos ser empresarios de nosotros mismos, convirtiendo nuestra vida en capital propio que debe ser arriesgado e invertido.

La promesa es sentirnos superiores (“espejito, espejito…), ampliar nuestro goce y satisfacer las aspiraciones individuales haciendo de la competencia una forma de vida. ¡Sálvese quien pueda! Absolutamente perverso, concluiremos. El problema es que para hacer frente a este modelo ideológico- político no alcanzará con señalar sus contradicciones y denunciar las injusticias que ocasiona. Y será un error suponer que si el modelo neoliberal es asumido se debe a que el pueblo es ignorante, ciego e insensato. Habrá que defender otras propuestas políticas, de signo contrario, que sean más potentes y cristalicen en deseos y creencias compartidas. Como expresaba Foucault, “no se construye una base política sólida negando al contrincante y su capacidad de acción, se resiste construyendo una opción”. Nadie dijo que fuera fácil. No hay tiempo que perder. 

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