“El sindicalismo de clase necesita escuchar más al movimiento feminista”

El historiador y sindicalista Gonzalo Wilhelmi publica 'Sobrevivir a la derrota. Historia del sindicalismo en España. 1975-2004'.

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Héctor González
Héctor González
Es historiador, sindicalista y anarquista.

Gonzalo Wilhelmi (Madrid, 1976) es informático de profesión e historiador por vocación. Tras “Romper el consenso. La izquierda radical en la Transición (1975-1982)” llega su nuevo libro, “Sobrevivir a la derrota. Historia del sindicalismo en España. 1975-2004”. Pero hay más. Wilhelmi es un sindicalista de dilatada trayectoria. En la CNT, en CCOO y en CGT. En el sector de mensajería, en la hostelería y en el ferrocarril. En resumen, por experiencia, conocimientos y conciencia, Wilhelmi sabe un par de cosas de sindicalismo, quizá por eso la editorial Akal le encargó esta obra en la que repasa la historia del movimiento obrero desde la Transición hasta la segunda legislatura de Aznar.

¿Porqué un libro sobre sindicalismo en democracia?

Aunque parezca increíble, no hay libros de carácter general sobre los sindicatos en España a partir de la década de los 90. Los pocos estudios que se han publicado se centran en la transición y en el mejor de los casos llegan hasta la huelga general del 14-D de 1988 y poco más. Solamente los sindicatos nacionalistas vascos, ELA y LAB, han hecho un esfuerzo por analizar su historia hasta comienzos de los 2000, pero para el conjunto de España apenas hay publicaciones en esta etapa. Y es algo sorprendente, porque el periodo de los gobiernos de Felipe González y de José María Aznar ha sido tan decisivo como la transición o incluso más. Y en estas décadas, los sindicatos de clase han tenido un papel central en el desarrollo del Estado del bienestar, en la resistencia a la reconversión industrial, en la oposición a las políticas económicas neoliberales de los gobiernos del PSOE y del PP y de la Unión Europea, y también en propuestas muy avanzadas como la justicia fiscal, los ingresos mínimos garantizados o una democracia más profunda que no consista solo en elegir a representantes sino también participar en las decisiones más importantes.

Por otro lado, las publicaciones sobre sindicalismo analizan una sola organización y así tenemos muy buenas historias de CCOO, de UGT, de ELA, de LAB o de la Corriente Sindical de Izquierda, pero al final, cada persona tiende a interesarse solo por la evolución del sindicato en el que milita o con el que simpatiza. Y de esta manera se profundiza aún más la separación entre las distintas centrales sindicales. Así es difícil analizar los resultados de las distintas estrategias con una mirada que llegue más allá de los límites de la propia organización y que se pregunte si el resto de sindicatos acaso acertaron también alguna vez, e incluso si se puede aprender algo de ellos. Por eso en este libro analizo la historia de los principales sindicatos de clase de ámbito español, CCOO y UGT, y también la de las centrales nacionalistas ELA, LAB, CIG e Intersindical Canaria, que tienen mucha fuerza en sus territorios, sin olvidar otras organizaciones sindicales como USO, CGT o CSI, o los sindicatos sectoriales como CSIF (funcionarios), SATSE (enfermeras). También incluyo a un gran desconocido, pero de gran importancia: el sindicalismo policial.

El título es muy sugerente, pero “sobrevivir a la derrota” puede transmitir cierto pesimismo

Intento expresar en pocas palabras la difícil situación de las últimas décadas y por otro lado, la voluntad y la capacidad de levantarse y seguir luchando. La derrota sindical ha sido muy dura. Los principales sindicatos de clase, desde CCOO y UGT hasta ELA, LAB y CIG coincidieron en plantear como objetivos la creación de empleo, la reducción de la precariedad, que afecta especialmente a las mujeres y a los jóvenes, y la extensión de la protección social y solamente consiguieron avances sustanciales en el ámbito de la protección social. La derrota también ha afectado a los sindicatos más pequeños y radicales, como CGT, la CSI asturiana o la Intersindical Canaria, que no han conseguido incidir en el diálogo social de ámbito español, que es el más determinante.

“La derrota sindical ha sido muy dura”

Se ha definido a los sindicatos como los parientes pobres de la transición y como las organizaciones que más contribuyeron a asentar la democracia

Cuando se analiza la transición se suele poner el foco en el papel de los reformistas de la dictadura, encabezados por el rey Juan Carlos y el presidente del Gobierno Adolfo Suárez. Evidentemente, estos dos dirigentes tuvieron un papel central, pero su cultura política no era democrática, su proyecto para el cambio político era mantener la dictadura con cambios cosméticos. Fueron las huelgas obreras y las movilizaciones del antifranquismo las que los forzaron a abandonar su plan inicial y a liderar una transición a la democracia. Sin la presión de las huelgas, las manifestaciones y las demás protestas, organizadas sobre todo desde Comisiones Obreras, que fue primero un movimiento ilegal y después un sindicato, el resultado hubiera sido muy diferente. Y la oleada de protesta, especialmente intensa en 1976, no fue flor de un día, sino el resultado acumulado de décadas de trabajo de organización del movimiento obrero y de las organizaciones antifranquistas, principalmente el PCE y también la izquierda radical.

“Los sindicatos de clase han sido esenciales para el desarrollo del Estado del bienestar”

A partir de los 80, la influencia de los sindicatos ha ido en declive, aunque siguen siendo las mayores organizaciones de este país. Creo que los sindicatos de clase han sido esenciales para el desarrollo del Estado del bienestar, para sacar adelante algunas medidas que han tratado de reducir la pobreza y la desigualdad y también han sido esenciales para el desarrollo de la propia izquierda, aunque a algunos sectores a veces les cueste reconocerlo. Y hoy siguen siendo igual de esenciales.

Introduces la palabra “cuidar”. Al sindicalismo se le achaca no haberlo prestado demasiada atención a los cuidados ¿Qué hay de cierto?

El reconocimiento de la importancia del trabajo de cuidados se la debemos, como tantas otras cosas, al movimiento feminista. Las feministas de los sindicatos de clase (primero en CCOO y años después en el resto de las organizaciones) defendieron desde muy pronto que limpiar, cocinar y cuidar a mayores y pequeños en el ámbito familiar era tan trabajo como el trabajo que se hacía en las empresas. Por eso reclamaban el fin de la división sexual del trabajo, que asigna a los hombres la mayor parte del trabajo pagado (el empleo) y a las mujeres la mayor parte del trabajo de cuidados gratuito. También incidían en que lo que había que repartir no era solo el empleo, sino todo el trabajo, el pagado y el no pagado, porque de lo contrario, no habría igualdad entre hombres y mujeres. La verdad es que en los sindicatos de clase, en general, les hicieron poco caso y siguieron durante muchos años considerando que el único trabajo existente es el que se hace a cambio de una remuneración.

El texto es una reivindicación, sobre todo, de los sindicalistas de base, del delegado, que no siempre goza de la mejor prensa posible, no sé si ganada a pulso o no.

La ofensiva contra el sindicalismo de clase por parte de la derecha, los empresarios y los medios conservadores ha logrado difundir ciertos lugares comunes con gran efectividad: que los grandes sindicatos de clase tienen muchos liberados, que se preocupan principalmente de los intereses de los sindicatos y de los afiliados en detrimento de los colectivos más desfavorecidos como precarios y desempleados, que las bases sindicales son luchadoras pero los dirigentes son conservadores, que las subvenciones les impiden movilizarse mucho para no poner en riesgo su propia existencia… En el libro se analizan críticamente todas estas cuestiones para que sea la lectora quien saque sus propias conclusiones, pero resumiendo mucho, y aunque pueda parecer chocante, en España los sindicatos de clase reciben pocas subvenciones, tienen pocos liberados a tiempo completo, y salvo en algunas ocasiones concretas, han centrado su actividad en conseguir mejoras para los sectores de trabajadores más desfavorecidos como parados y precarios, a pesar de que en esos sectores la afiliación sindical es muy baja.

“Los sindicatos de clase reciben pocas subvenciones”

¿Hasta que punto está presente el sindicalismo en nuestra vida, aunque no estemos afiliados?

Cuando el empresario decide saltarse la legislación laboral, o vender la empresa, o reducir plantilla, o cambiar la organización del trabajo o cerrar, el impacto en la vida de las personas trabajadoras es tremendo. El resultado, en gran medida, depende de la capacidad de organización y movilización y para esto hacen falta sindicalistas y sindicatos. Recojo muchos ejemplos de situaciones que parecían irresolubles y sin embargo, se salvaron gracias a la imaginación, la creatividad, la audacia y la capacidad de resistencia de los trabajadores. Y esto también es sobrevivir a la derrota, aunque sea en el ámbito local.

En el ámbito general, el sindicalismo de clase, el que busca la mejora de todos los trabajadores y no solo los de una categoría o sector, ha sido clave en la vida de la mayoría trabajadora, aunque no trascienda todo lo que debería. Gracias a la movilización y la negociación de los sindicatos de clase, se pusieron en marcha las pensiones no contributivas, que beneficiaban sobre todo a las mujeres dedicadas al trabajo de cuidados en el ámbito familiar sin recibir un sueldo a cambio y que al llegar a la edad de jubilación quedan en una situación muy complicada. Gracias a la movilización y la negociación, se crearon los ingresos mínimos vitales, con cuantías muy bajas, es cierto, pero algo mayores en los territorios como País Vasco y Navarra, donde los sindicatos presionaron más. Gracias a la movilización y la negociación de los sindicatos se evitaron recortes en las prestaciones a las personas paradas. Sin sindicatos de clase, con voluntad de movilizarse y de negociar, la realidad laboral de muchas personas sería la de levantarse cada día y esperar en una plaza o conectado a una app a que el empresario decida si te contrata para ese día o no. Esta realidad, que pasa hoy en día solo en algunos sectores como la construcción, el campo, el reparto de comida a domicilio o incluso la sanidad (donde hasta profesionales de alta cualificación como los médicos encadenan contratos de semanas o incluso de días), sería la norma general de no existir sindicatos de clase. A pesar de todas sus limitaciones y errores, los sindicatos de clase son una de las pocas protecciones que quedan para la mayoría trabajadora.

Por otro lado, hay aspectos del sindicalismo muy poco conocidos que afectan a cuestiones centrales como la seguridad ciudadana, que influye mucho en las condiciones de vida, a pesar de que el nivel de delitos en España es relativamente bajo. Las políticas de seguridad ciudadana, incluso cuando se promueven desde gobiernos de izquierda, no pueden desarrollarse sin la participación del sindicalismo policial. Hubo una época, no muy lejana, en la que los sindicatos mayoritarios de la policía no eran de ultraderecha sino que eran progresistas y no se preocupaban solo de mejorar sus condiciones laborales, sino también de desarrollar un modelo policial no represivo y orientado a proporcionar seguridad a la sociedad y especialmente a los sectores más desfavorecidos y discriminados. De este aspecto tan desconocido del sindicalismo también hablo en el libro.

Suele decirse que el franquismo creó la clase media. Desde entonces  nada habría cambiado, pero tú incides en que España siguiendo un país de clase trabajadora

Los datos de la EPA están ahí. La idea de España como un país de clase media es efectivamente un mito de la dictadura franquista, tan falso como la supuesta estabilidad laboral o que durante el régimen fascista había empleo para todos. Ninguna de las tres cosas es cierta. A mediados de los 70, la clase trabajadora suponía cerca del 80% de la población y la clase media algo más del 15%. En las últimas décadas, la clase media profesional ha crecido mucho, hasta acercarse al 25%, y la clase trabajadora se ha reducido hasta el 65%, pero sigue siendo la mayoritaria. La clase trabajadora es hoy diferente a la de los años 70, entre otras cosas, las personas empleadas en el sector servicio tienen más peso que los obreros industriales, existe un importante sector de origen magrebí, latinoamericano y del este de Europa… pero la clase trabajadora sigue siendo la mayoritaria., como hace cincuenta años.

Hablando de inmigración ¿Qué papel ha desempeña el sindicalismo para integrar a los trabajadores migrantes?

Los sindicatos de clase fueron, junto a la Iglesia, de las primeras organizaciones en defender a las personas trabajadoras que comenzaron a llegar de Marruecos, de América Latina y del este de Europa a finales de los 80. CCOO, UGT y USO pusieron en marcha asesorías jurídico-laborales gratuitas para inmigrantes y defendieron que mientras trabajaran en España eran parte de la clase trabajadora española y por tanto merecedoras de los mismos derechos laborales, sociales y civiles que el resto.

Desde CCOO se desarrolló una campaña de denuncia y movilización para reformar la Ley de Extranjería y acabar con las expulsiones de inmigrantes sin papeles, proteger a los solicitantes de refugio político, reconocer el derecho a la reagrupación familiar y asegurar a los trabajadores sin papeles derechos laborales y acceso a las prestaciones sociales, a la educación y a la formación profesional y al seguro de desempleo. Dentro de sus organizaciones, los sindicatos de clase dejaron claro que aquel trabajador que pretendiera mejorar su situación discriminando a los inmigrantes quedaría fuera del sindicato y debería defenderse solo. Quizá una de las intervenciones sindicales más importantes se dio en el año 2000, durante las agresiones racistas contra los temporeros magrebíes de la localidad almeriense de El Ejido. CCOO se implicó a fondo en las movilizaciones de rechazo, con su secretario general Antonio Gutiérrez a la cabeza, y tuvo un papel clave en la resolución de uno de los mayores brotes de racismo en España.

“Hay sindicatos que respaldan a los sectores más luchadores y hay sindicatos que prefieren un mal acuerdo a un conflicto largo”

Se acusa al sindicalismo de estar desvinculado de los trabajadores… Sin embargo siguen estando ampliamente respaldos

Efectivamente, a mediados de los 2000, las personas trabajadoras afiliadas a los sindicatos eran algo más de 2,5 millones y las que participaban en las elecciones sindicales 6,5 millones. Hoy posiblemente esas cifras se queden cortas. Los sindicatos más respaldados son sin lugar a dudas los sindicatos de clase, y dentro de estos hay organizaciones que apuestan más por la movilización y la confrontación para conseguir buenos acuerdos que supongan mejoras y otras que prefieren negociar el mal menor y solo movilizarse en los casos más extremos y durante el menor tiempo posible.  Estas dos estrategias no son fruto de cúpulas sindicales desconectadas de la realidad sino que responden a realidades muy asentadas en la clase trabajadora. En la mayoría de los conflictos, en la mayoría de las empresas, se pueden reconocer sectores obreros que se identifican con cada una de estas dos estrategias. Hay sindicatos de clase que respaldan a los sectores más luchadores y hay sindicatos de clase que prefieren un mal acuerdo a un conflicto largo. Quizá se pueda achacar a los principales sindicatos de clase de ámbito español que no hayan apoyado lo suficiente a los sectores más decididos a movilizarse y que hayan sido excesivamente conservadores en este ámbito.

Existe una tensión constante entre sindicalismo de servicios y de movilización. Sindicalismo mayoritario o sindicalismo radical ¿Esa dicotomía es real?

La tensión entre proporcionar servicios laborales individuales como asistencia jurídica o asesoría y movilizarse para lograr mejoras laborales y sociales colectivas siempre está ahí. Los sindicatos de clase necesitan hacer las dos cosas, porque es lo que necesitan y demandan las personas trabajadoras y porque las dos cosas son necesarias para trabajar y vivir con condiciones razonables.

La identificación del sindicalismo mayoritario con la moderación y del sindicalismo minoritario con la radicalidad, entendida esta como voluntad de confrontación con empresarios y gobiernos para lograr buenos acuerdos, creo que no es cierta. ELA y LAB en el País Vasco y Navarra y la CIG en Galicia, que son sindicatos mayoritarios en sus territorios, desarrollaron otra estrategia basada en la movilización continuada, que en el caso vasconavarro logró mejoras sustanciales, especialmente en el salario social para reducir la pobreza.

A pesar de tu trayectoria y tus posiciones políticas, realizas una defensa de las organizaciones sindicales mayoritarias, sobre todo de CCOO.

Más que defender a una organización en concreto, he tratado de explicar los logros y las limitaciones de las estrategias de todas las centrales sindicales, comparando los resultados de unas y de otras. Cada lectora podrá sacar sus propias conclusiones, pero parece claro que en el ámbito local, de empresa y sector, el sindicalismo de movilización y participación es el que consigue mejores resultados, con diferencia. Y sin embargo, ese modelo sindical, que es compartido por las centrales nacionalistas  vascas, gallegas y canarias, por CGT en toda España, por sectores de CCOO y de USO y por un enjambre de pequeñas organizaciones de empresa, sector o territorio, no ha conseguido influir en el diálogo social de ámbito español, que es donde se deciden las leyes sociolaborales más influyentes, y tampoco ha logrado una coordinación efectiva con los sindicatos de clase del resto de Europa. En cualquier caso, bienvenido sea el debate sobre las distintas estrategias sindicales y sus resultados, porque hasta el momento solo se ha producido dentro de cada sindicato y limitado a sus propias actuaciones. Espero que el libro fomente este debate y lo amplíe. 

Otorgas amplios espacios al sindicalismo minoritario o radical. A pesar de su limitada representación ¿Qué ha ofrecido al conjunto de la clase trabajadora?

El sindicalismo de participación y movilización, el que confronta con los empresarios y el gobierno y mantiene la presión hasta lograr buenos acuerdos o todo lo que la situación permite, se ha demostrado como el más efectivo en el ámbito local, de empresa o sector, para resistir los abusos empresariales, evitar los despidos masivos o incluso los cierres de instalaciones y también ha demostrado su capacidad de eliminar o reducir las discriminaciones de las mujeres, de los nuevos contratos, de los precarios. Es en los contextos de participación directa y de movilización donde sale lo mejor de las personas trabajadoras: salen las propuestas más imaginativas, las ideas más audaces, los comportamientos más solidarios. El sindicalismo radical, por pequeño que sea, es importante porque ofrece esperanza y porque demuestra que aceptar el mal menor no es la única opción, que existen alternativas.

¿Por qué sus alternativas no se plasman en una mayor implantación?

En el País Vasco, Navarra, Galicia y Canarias, la implantación del sindicalismo de movilización es bastante importante, pero es cierto que en el conjunto de España, donde la referencia es CGT, la incidencia es menor. La fragmentación en un archipiélago de pequeños sindicatos de empresa o sector es un freno al desarrollo de este tipo de sindicalismo. Las dificultades para establecer alianzas y colaboraciones que permitieran intervenir en el diálogo social de ámbito español con una estrategia diferenciada a la de CCOO y UGT, una estrategia basada en la movilización para negociar mejoras para los colectivos más desfavorecidos, y para negociar reformas legales que limiten el poder de los empresarios en los centros de trabajo, también suponen un freno.

Analizas al sindicalismo de nacionalista. Parece que ofrece alternativas diferentes a las del resto estado

Los sindicatos nacionalistas del País Vasco, Navarra y Galicia, y en menor medida también en Canarias, han demostrado que el sindicalismo de movilización y participación da resultados y además, conecta con la mayoría de las personas trabajadoras. Estos modelos sindicales son muy poco conocidos fuera de sus territorios, son esenciales para comprender la evolución del sindicalismo en el conjunto de España y también una buena referencia para cualquier sindicalista, sea de la organización que sea.

En los años 90 años se entró en un periodo de bonanza económica, pérdida de influencia sindical, cambios en los modelos productivos…

Tras asegurar con negociaciones y medidas concretas las mejoras arrancadas en la huelga general del 14-D de 1988, CCOO y UGT renunciaron a la movilización general mantenida en el tiempo que les permitiera negociar aspectos de la política económica, aumentar la protección social, especialmente de las personas más desfavorecidas o reformar la legislación para evitar los abusos empresariales. No dejaron de movilizarse, pero limitaron la presión a conflictos en las empresas donde eran más fuertes y dejaron las protestas generales para responder, muchas veces de forma testimonial y poco efectiva a las reformas laborales y a las políticas antisociales.

Creo que una parte del descrédito de CCOO y UGT se debe a este aspecto, un descrédito que no afectó tanto a las centrales sindicales (grandes o pequeñas) que siguieron apostando por la participación y la movilización. Otro factor, no menor, fue la campaña de la derecha y de la ultraderecha, especialmente a través de sus medios de comunicación, en contra del sindicalismo de clase en general y especialmente en contra de CCOO y UGT, cuyos dirigentes sufrieron una persecución mediática intensa, con bulos y noticias falsas incluidas. Hoy, la cacería de los medios conservadores se dirige contra líderes y organizaciones de izquierda y cuenta además con la participación de jueces y de policías, pero la lógica es la misma. Quizá las centrales sindicales harían bien en prepararse para lo que se les puede venir encima.

Hoy día parece que la situación se está revertiendo y que los sindicatos gozan mejor salud ¿Cuáles son sus retos de presente y de futuro?

Los retos son tremendos porque el futuro se presenta complicado. Creo que el sindicalismo de clase necesita escuchar más al movimiento feminista, y especialmente a las feministas que forman parte de los sindicatos, porque el feminismo es imprescindible para que el sindicalismo se oriente a lograr mejoras para toda la clase trabajadora y no solo para una parte, unas mejoras que tienen que centrarse sobre todo en los sectores con peor situación. Para lograr estos avances generales, que mejoren la vida sobre todo de los colectivos que peor lo están pasando, no basta con los convenios colectivos y la organización sindical en la empresa. Hace falta también y sobre todo, movilizarse de forma mantenida en el tiempo para negociar medidas generales que reduzcan la pobreza, la desigualdad y conseguir reformas legales que den más garantías a las trabajadoras en las empresas. Muchas veces, por ejemplo en las pequeñas empresas, el empresario tiene tanto poder que la persona  no tiene una vía efectiva de reclamar que se cumpla la ley y la única norma válida es la voluntad del jefe. Otro reto, y no pequeño precisamente, es incorporar el enfoque ecologista a la acción sindical, porque de lo contrario, será muy difícil intervenir en las reconversiones que están por venir, para asegurar que los cambios productivos necesarios se acompañen de medidas que ofrezcan medios de vida suficientes en los territorios

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