Siria: fragmentos de una vida (rota)

Tamara Albotros, artista siria residente en Oviedo, sueña, entre otras cosas, con abrir una galería a la que atraer 'a la gente que yo quiero. Y quiero ayudar allí, pero el problema es más grande que yo'

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Elena Plaza
Elena Plaza
Es periodista, formadora en cuestiones de género, contadora de historias y enredada entre ruralidades.

Hace un par de años trabajé en la organización de un encuentro internacional con juventud europea y un porcentaje importante de jóvenes procedía de la Europa de los Balcanes: de la antigua Yugoeslavia. Se considera joven a los menores de 30 años. Todos ellos, de Serbia, Croacia, Bosnia-Herzegovina, Kosovo… eran niños de la guerra, habían nacido durante el conflicto. Para mí, en mi referencia más cercana, los niños de la guerra es la generación de mis abuelos, una generación que ya va desapareciendo. Y esto te hace darte cuenta de tu postura de privilegio.

Privilegiada, a la par que culpable, se siente Tamara Albotros (Damasco, Siria, 1998). Tenía 13 años cuando comenzó la guerra y 19 cuando salió del país. Hoy tiene 23, pero se siente infinitamente mayor. Así es como ella se retrata. Porque Tamara Albotros es pintora, es ilustradora. Comenzó la carrera de Bellas Artes en Damasco pero la tuvo que dejar cuando los bombardeos hicieron imposible seguir estudiando. El camino se convirtió en un infierno que pasó de los 30 minutos de desplazamiento a las dos horas y media. Y ésa es la metáfora de la vida de Tamara desde ya antes de que estallara la guerra.

FOTO: David Aguilar

Ser diferente duele

Tamara lleva el sufrimiento consigo. Siempre se sintió diferente, y le gustaba serlo. “En Siria hacía para ser diferente, con rastas, tatuaje o piercings y tenía mi gente. Aquí ser diferente duele”.

Es la tercera de tres hermanos. El primero en irse fue su hermano, que le saca siete años, a Estados Unidos, aprovechando que tienen un tío allí. Su hermano es ingeniero. Hanan, la madre de Tamara, siempre pensó que la guerra sería por poco tiempo, por eso se mostró reacia a abandonar su país. Finalmente Tamara salió de Siria en enero de 2017 y llegó a España en marzo de 2018, mientras que su madre abandonó el país en octubre de 2017, para asentarse en Ávila en enero de 2018. Su hermana, once años mayor, ya estaba instalada en EE.UU., donde es arquitecta.

Aunque su destino en Europa era España, se dirigió a Alemania. Era allí donde se había instalado su ex novio y otros amigos, y donde en realidad ella quería estar. Las oportunidades son mejores: “allí hay derechos, se puede estudiar sin dinero, como en Holanda, Francia. La situación de los refugiados es mejor que en España. Aquí la Universidad cuesta dinero y el material también. Yo trabajo, ahorro para estudiar Bellas Artes. Tengo ese complejo, yo quiero estudiar. Mi madre siempre nos insistió en ello”.

FOTO: David Aguilar

Tras pasar por un campo de refugiados, donde las condiciones no eran del todo dignas, acabó en la calle para finalmente entregarse a la policía y que la trajeran a España. Su visa sólo le permite viajar al país para el que lo saca. “Hay muchas maneras de llegar aquí, no sólo en patera. Yo vine en avión, vine con visa. Tuve visa muchas veces y a España vine una vez por turismo, no como refugiada. Y yo no quiero ser refugiada. Si no puedo estar aquí y tampoco en Siria, estaré donde quiera”. Es el dolor, supongo, del sentimiento del apátrida, de quien no se siente de ningún lado, de quien no puede estar en ningún lado. De quien siente que no encaja en ninguna parte. “Encajaría en mi estudio. Yo creo que nunca voy a encajar en ningún sitio y tengo miedo de conocer a gente”.

Es la pregunta del de dónde eres lo que la asusta. Por su aspecto pasa por europea. De hecho Tamara tiene unos increíbles ojos verdes inmensos. No se corresponde con la imagen que tenemos en el Occidente todopoderoso de cómo tiene que ser una persona árabe. Siria y Líbano son países que sufrieron una fuerte colonización, de ahí los rasgos más europeos que se puedan encontrar.

Al escucharla hablar la confunden con italiana. El temor viene por los estereotipos. Cuando dice su origen la conversación deriva hacia el mismo lugar del que se quiere alejar: “has visto gente muerta”, que lo mismo puede ser una pregunta que una exclamación o una afirmación. “Estoy harta de esas primeras conversaciones. Si son así, no voy a poder tener amistades. También me encuentro la respuesta de ‘ya no me cuentes más’. Esa primera conversación aquí empieza y aquí acaba”.

Tamara junto a su madre Hanan Albotros en Oviedo FOTO: David Aguilar

Tiene miedo de conocer a gente y se siente mucho mayor que la juventud local de su edad. Incluso mayor que sus propios hermanos “porque ellos no vivieron lo mismo”. Pero sí que encontró a esa persona con la que no mantuvo esa primera conversación. Y con ella convive hoy en día. “Si tienes dudas, pregunta y aprende, pero no te quedes con el estereotipo de tu mente”.

“Siento ese rechazo por ser de Siria, que parece que sólo soy de donde nací. Estoy harta de justificarme. Necesito tener preparadas respuestas para salir de ese molde: Soy de Siria, no soy musulmana, vivo con mi novio, no quiero hijos”, dice con ese dolor que sienten quienes lo sufren de verdad.

“Creo que los árabes tienen la idea de que en Europa no hay ignorancia y hay derechos humanos, pero nunca vi tanta. La gente aquí no pregunta, comenta. No investiga sobre la gente, sólo se queda con los estereotipos. Y estoy harta de estereotipos. Si yo puedo hacer algo, dar otro punto de vista sobre los refugiados… que lo son porque han tenido que abandonar su país. Y eso no me hace, no nos hace, un tipo de persona, sino que es una situación desencadenada por una guerra”, reivindica con ardor y lágrimas que empañan su intensa mirada.

“Intento decirme que soy más fuerte que todo esto. Tengo que quererme mucho. Estoy muy orgullosa de mí misma y me quiero mucho, porque si no, no me hubiera metido un año en casa para aprender el idioma para poder buscarme la vida. Desde los tres años quise ser independiente y ser yo. A veces salen voces de tu cabeza de cosas que te dicen, y te las crees”. Por eso es consciente de la importancia de cuidarse psicológicamente, de entenderse a sí misma, a pesar de no poder pagarse una psicóloga. “A mi madre no le puedo contar porque tiene un carácter duro, no muestra emociones. Le pregunté si quiere saber lo que viví en Alemania y me dijo que no, pero la entiendo: también se tiene que proteger”.

FOTO: David Aguilar

Y quién protege

Lo que vivió en Alemania la marcó, y también lo que vivió al llegar primero a Madrid y después a Gijón, donde la ONG que la acogió la internó en una especie de centro de salud mental dando por sentado que tenía un trauma, aún sin diagnóstico mediante. Su madre fue dirigida a Ávila porque no hay agrupamiento familiar al ser Tamara mayor de edad. Sola y sin conocer el idioma, sabiendo que tienes a alguien en esa lejanía que también supone la cercanía.

Al final, tras mucho sufrimiento, le reconocieron que estaba allí por error. Ya no la podían mentir más. Fueron seis meses en los que la vajilla era de plástico y la comida líquida. En los que no enseñan a ser autónomos. Tras independizarse en un piso de Oviedo, se pasó un año encerrada para aprender el idioma. “Tenía miedo porque no sabía cómo se decían las cosas para salir a buscar trabajo. Si no es por la ayuda de mi hermano, me quedo en la calle”.

Consiguió reunirse con su madre y entrar en una formación de una cadena de supermercados, donde trabaja desde diciembre, “pero no soy pescadera, yo soy pintora, reivindica con orgullo.

Los privilegios

“Desde pequeña ya sé que el mundo es una mierda. Antes de la guerra ya sabía qué era una dictadura. No me acuerdo de mi padre, que falleció cuando tenía 8 años, pero sí que me decía ‘no digas el nombre del presidente, que las paredes tienen oídos’”. Ésa es parte de su herencia, su legado.

La situación en Siria no es muy prometedora a pesar de las elecciones. “No sé si va a ganar Bashar al-Assad. La gente tiene hambre. Yo me fui antes de tener hambre. Intento compartir cosas con gente que no sabe nada, intento reducir la ignorancia: que no sólo hay guerra, que ese problema lleva ahí 60 años, 20 años con Bashar y 40 con su padre. Como estaba la gente aquí con Franco, que no podía decir ni mu”, refiere.

FOTO: David Aguilar

Cuenta de una foto en la que aparecía un niño durmiendo en la calle al lado de un cartel de la campaña de Bashar. “Media hora duró la foto, el propio fotógrafo borró hasta su cuenta por miedo. Con el coronavirus dicen que sólo se infectaron 25 personas, pero todos mis amigos lo han pasado. La gente ya salió a decir que no quiere a Bashar, pero yo no sé si va a seguir viva. Que se vaya”, reclama Tamara.

“No sé qué es la felicidad y sé que no se busca, pero sé que tengo que estar satisfecha con lo que soy, con lo que tengo. La vida no te deja en paz. Y pido perdón cuando no es cosa mía. No sé por qué pido perdón”, se atormenta.

Por la sensación de vivir en el privilegio. Dice que hay gente que le comenta qué suerte tienes de que haya guerra en tu país y puedas vivir aquí. “Y cuando veo a esa gente en Ceuta… paro de ver. Y me siento culpable porque tengo la opción de parar de ver. Vivo con mi chico, que es maravilloso y nada machista. Y soy privilegiada, y me siento culpable porque vengo de un país donde la gente no es privilegiada”.

Tamara Albotros, artista siria, sueña, entre otras cosas, con abrir una galería a la que atraer “a la gente que yo quiero. Y quiero ayudar allí, pero el problema es más grande que yo”.

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