Nicolás Muller o la fotografía contra el espectáculo

Muller fue un hombre que anduvo mucho, vivió tiempos difíciles y olió de cerca la sangre; pero no por ello olvidó la fraternidad, despreció la inteligencia ni dejó de apreciar las cosas bellas

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Bernardo Álvarez
Bernardo Álvarez
Graduado en psicología y ahora periodista entre Asturias y Madrid. Ha publicado artículos en ABC, Atlántica XXII, FronteraD y El Ciervo.

Decía el otro día el fotoperiodista Álex Zapico, a propósito de una serie de fotografías suyas publicadas en Nortes, que “las fotos en blanco y negro no tienen maquillaje. De alguna manera cuentan la historia real de lo que está sucediendo sin colores que nos distraigan. Nos llevan al espacio, el tiempo y el momento de la realidad”.

Ahora que las imágenes son el único régimen al que obedecemos por instinto, la fuente última del poder que nos disciplina—“el espectáculo no es un conjunto de imágenes, sino una relación social entre personas mediatizada por imágenes”—, es un alivio mirar a veces fotografías que son como asomarse a una ventana sobre el valle o frotarse los ojos con el agua helada que baja de los neveros. Hasta el 5 de septiembre, el Museo de Bellas Artes de Asturias acoge las fotografías de Nicolás Muller como un reducto donde el mundo y sus formas se revelan con esa belleza y esa consistencia que la mirada bulímica y superficial del espectáculo le arrebata.

Muller, un judío húngaro nacido en 1913, recaló en Asturias tras un largo periplo por Alemania, Francia, Italia, Portugal y Marruecos, siempre con el aliento de la bestia fascista soplándole en la nuca. En Andrín, a pocos kilómetros de Llanes, se instaló con su familia en la década de los 70 y allí vivió hasta su muerte en el año 2000. El centenar largo de fotografías expuestas son el testimonio de un hombre que anduvo mucho mundo, que vivió tiempos difíciles y olió de cerca la sangre; pero no por ello olvidó la fraternidad, despreció la inteligencia ni dejó de apreciar la franqueza de las cosas bellas.

Las fotos de Muller manchan al espectador, lo salpican y lo apelan sin remedio. Nos sumergen a la fuerza en lo que somos, aunque queramos vivir de espaldas a la verdad que late en sus instantáneas: pescadores con las manos sucias, mujeres de mirada cansada, cielos grises e inmensos, llanuras pedregosas y calles vacías. No hay trampa ni maquillaje en estas fotos que son solo (y nada menos) una destilación exacta de los elementos primariosluz, movimiento, perspectivade nuestra percepción y nuestra experiencia del mundo.

En la exposición, titulada “Viento Norte”, conviven paisajes exultantes y magníficos; escenas urbanas de una cotidianeidad tierna y simbólica y un rosario de manos, ojos y mejillas que dan fe de la sensibilidad y la empatía de Muller para con su prójimo. Hay redes de pesca, mercados de queso, procesiones de Semana Santa, callejones de Tánger, poblados mineros, campesinos, gaiteros y adolescentes jugando a las cartas en el puerto.

La mirada de Muller es todo un patrimonio antropológico que recoge las fatigas y las alegrías de lo que fuimos y seguiremos siendo, por más fantasías transhumanistas que nos deslumbren. En los textos que acompañan a la exposición, obra del poeta José María Parreño, se dice con acierto que el trabajo, y por tanto el esfuerzo casi siempre ingrato, es uno de los temas principales en la obra del húngaro-asturiano. No se debe entrar al museo si es solo para hacer arqueología de costumbrismos regionales o como si consultásemos un archivo de folclorismos ya extintos.

Sería de una miopía imperdonable hacerlo. La obra de Muller tiene una inequívoca vocación universal porque nos habla en el lenguaje que nos es más propio y que todos compartimos. Un lenguaje que no podemos no entender y que celebra la tragedia y la grandeza de ser humano desde lo que tenemos más cerca: las redes de pesca, las casas con paredes desconchadas y las arrugas en la frente.

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