Centeno y cerveza artesana para revitalizar Los Ancares

Una familia de esta comarca entre Lugo, León y Asturies cultiva centeno para producir la marca 'Colmo', que dona la paja a recuperar las cubiertas de los hórreos de la zona.

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Diego Díaz Alonso
Diego Díaz Alonso
Historiador y activista social. Escribió en La Nueva España, Les Noticies, Diagonal y Atlántica XXII. Colabora en El Salto y forma parte del consejo de redacción de Nortes.

En octubre de 2017 grandes incendios asolaron toda Galicia calcinando 62.000 hectáreas en toda la comunidad. La comarca de Os Ancares, situada en la provincia de Lugo, y cuyos límites más extensos abarcan también parte de León y Asturies, fue una de las más afectadas: 4.000 héctares de esta reserva natural ardieron durante casi una semana a causa de tres incendios originados en el concejo de Cervantes. El acontecimiento sacudió la conciencia de la sociedad gallega, todavía muy vinculada al campo, y fue el punto de partida del cineasta Oliver Laxe, originario de la zona, para su laureada película “O que arde”. El fuego también supuso un shock y una catarsis para Manolo Rodríguez. El desastre que quemó su tierra no habría sido posibles sin el abandono del medio rural, de los pueblos, caminos y campos de los Ancares. Manolo decidió entonces junto a su familia y algunos vecinos hacer su aportación a la lucha contra nuevos incendios, recuperando en fincas abandonadas de Vilarello la plantación de centeno, cereal tradicional de esta comarca agreste y montañosa, resistente a las heladas y los inviernos duros.

Volver a plantar centeno no es cosa fácil, pero Manolo está acostumbrado al trabajo duro y a poner en marcha empresas arriesgadas. Es un enamorado de su tierra, de la que estuvo forzósamente separado durante casi tres décadas, y a la que le costó mucho sudor y esfuerzo volver. Como otros tantos jóvenes de la zona emigró en los años 60 a Francia en busca de las oportunidades laborales que la economía de subsistencia de su pueblo le negaba. De Francia pasó a Barcelona y allí conoció a su mujer, Carmen Romero, otra lucense de Os Ancares, que había llegado en los 60 a Catalunya para trabajar como niñera en una casa burguesa del barrio de Pedralbes. Se enamoraron, se casaron y tuvieron dos hijos. En los años 70 entraron a trabajar en fábricas de electrodomésticos del área metropolitana de Barcelona. Uno en la Vanguard y otro en la Philips. Su situación económica mejoró, pero nunca olvidaron el pueblo. Apasionados de la montaña, en unas vacaciones en Los Pirineos franceses empezó a rondarles una idea: ¿Por qué no montar un hotel de montaña como los franceses en su tierra natal?

En los años 80 el turismo rural era una idea en pañales en toda España, pero todavía mucho más en los remotos Ancares. La electricidad había llegado en los 70 a la comarca, las comunicaciones eran pésimas y aún quedaba gente viviendo en pallozas, construcciones redondas de piedra y tejado vegetal que Los Ancares comparte con Ibias, en Asturies, y El Bierzo en León. “Nos tomaron por locos” recuerda Carmen. Estaban muy integrados en Catalunya pero la tierra “tiraba mucho”. A pesar de las dificultades y de los grandes periodos de separación que supuso para el matrimonio poner en marcha un negocio a 1.000 kilómetros de Barcelona, decidieron vender su casa e invertir todos sus ahorros en construir un hotel en Piornedo. El primero en la historia de esta aldea de 36 habitantes que ha terminado haciendo del turismo su principal actividad económica. Manolo y Carmen no tenían ni idea de hostelería pero les sobraba entusiasmo. “Fue una ilusión de jóvenes” recuerda Carmen, que tuvo que aprender de cero a cocinar para grupos grandes en una aldea que tiene a casi una hora de mala carretera la tienda de alimentación más cercana. Dejaron Barcelona, se lo jugaron todo a una carta, y afortunádamente la apuesta les salió bien.

En diciembre de 1990 abrían un hotel de montaña que sigue a día de hoy funcionando todo el año con varias personas empleadas. La pasión por los Ancares se ha transmitido de padres a hijos. Mireia, su hija, estudió turismo y recorrió el mundo antes de regresar a Piornedo, el santuario familiar, que no le apasionaba tanto como hoy cuando era más joven. Después de viajar y vivir en varios países tomó la decisión de reconciliarse con el pasado y regresar a las raíces familiares. Ahora es la que explota el hotel con su pareja, Manu Gutiérrez, topógrafo originario de Ponferrada, capital de la vecina comarca de El Bierzo. Interesado tanto en el mundo de la cerveza artesanal como de la arquitectura tradicional, Manu propuso a su suegro hacer cerveza con el grano del centeno que había comenzado a cultivar en Vilarello, usando la paja para otro proyecto: colmar, reteitar o retejar los hórreos y pallozas de la zona, muchos en estado crítico, algunos de ellos recubiertos con chapas de zinc para evitar su definitivo derrumbe, o ya completamente desnudos sin cubierta, solo con el esqueleto en pie. De esa idea de “economía circular” surgió la cerveza Colmo. Colmo se llama así porque el colmo es una unidad de paja, pero también la técnica que tradicionalmente se usa para recubir los tejados de hórreos y pallozas en Los Ancares.

En diciembre de 2019 la familia producía sus 500 primeros litros de cerveza y usaba la paja para reteitar un hórreo de su propiedad en la aldea Vilarello. Un pequeño paso para el hombre, un gran salto para los Ancares. Este año la producción de Colmo ya ha sido de más de 6.000 litos. La cerveza ha sido presentada en festivales de cerveza artesana, se vende en internet, bares y tiendas especializadas de Galicia, Asturies, León, Madrid y Barcelona, pero sobre todo en el Hotel de Piornedo, en el que también están apostando por los menús cocinados con esta cerveza.

Para redondear la apuesta por la economía local, Colmo tiene un ligero toque a miel de brezo, la miel típica de la comarca. No por casualidad, la rama de brezo se usa como beo para rematar los teitos o cubiertas vegetales, y así sujetarlos bien frente al viento y los temporales. Manu se siente satisfecho de haber producido algo “que la gente ya identifica con los Ancares y que genera mucho interés y curiosidad”. Reconoce que a cuatro euros la botella no es una cerveza barata, pero señala que producir cada litro lleva mucho trabajo detrás, y que el consumidor es cómplice y entiende que ese precio funciona también como una donación para recuperar el patrimonio etnográfico de Los Ancares.

Queda ahora pendiente que otros vecinos se animen a usar la paja que producen para reteitar sus hórreos y pallozas. “Ojalá el ejemplo se contagie” afirma Manu, orgulloso de la nueva cubierta que luce el hórreo familiar. ¿El siguiente paso? Realizar todo el proceso de la producción cervezera en los propios Ancares. Ahora se envía la matería prima para su elaboración a Milana, una pequeña fábrica artesanal de Valladolid. Pasito a pasito. “Estamos orgullosos de estar recuperando patrimonio y revitalizando estas montañas” concluye Manu con una caña rubia de Colmo en la mano.

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