Detrás de la urbe está lo que fuimos

Una mirada retrospectiva a la geografía del Gijón previo al desarrollismo.

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Para las jóvenes y no tan jóvenes generaciones esta fotografía quizá solo sea el reflejo de una ciudad malcrecida, tal como hicieron no pocas en este país, muy cerca de una de las bahías costeras más hermosas del norte de España. Para las generaciones que tenemos una memoria de bastante más de medio siglo, la imagen no logra sustituir del todo la que mantenemos nublada por el tiempo desde los años de nuestra lejana niñez. 

Quienes en la década de los cincuenta y primeros sesenta teníamos el arenal de San Lorenzo, la pesca con caña y el Parque de Isabel la Católica como motivos preferidos de esparcimiento, desde que nos llevaron de la mano grande nuestros padres o abuelos, el trayecto en mi caso hasta la playa o hasta el parque a lo largo de El Muro se nos fijó en el recuerdo como un camino de ansiedad, con todo a favor para que algunos detalles urbanos de aquel paseo quedaran impresos en el cada vez más difuminado horizonte de nuestra memoria. 

Creo recordar que el primer edificio elevado que se construyó en El Muro fue el de la cafetería México Lindo y que a lo largo de los años sesenta fueron cayendo una tras otra todas las edificaciones de una o dos plantas que ocupaban los amplios solares de la avenida, para convertirse en pocos años en esa muralla de altas construcciones que se levantó aceleradamente sin respetar lo que el sol representa para los usuarios locales y turísticos de las playas, máxime para una playa del norte. 

Mandaron más la desbocada codicia de la especulación urbanística y los lamentables modelos que a un ritmo no menos galopante se levantaron por esa misma década en las costas del Sur y Levante. El resultado es el que es, por más que se apliquen retoques en las fachadas de los edificios y se hagan experimentos peatonales poco ambiciosos y escasamente convincentes como el del Cascayu

Los gijoneses se han acostumbrado con el tiempo a lo que fue en aquellos años del desarrollismo un deplorable urbanicidio, con el sacrificio de magníficas edificaciones históricas que lloramos en el retrovisor sepia de las viejas fotografías. De este sentimiento se libran quienes no tienen memoria vital para valorar como impostación la imagen que sugiere con su punto de mira la fotografía de mi estimado amigo Goti del Sol, intérprete de esa perspectiva como aguzado compañero de la generación memoriosa.

Detrás o antes de esos elevados edificios fronteros a la arboleda del parque gijonés de la reina católica, están las aldeas, los bosques y montes del concejo, aquello que conformó la vida cotidiana de nuestros antepasados y fue su despensa de proximidad durante siglos. Buena parte de lo que somos procede de lo que ellos fueron y vivieron, por más que nos creamos y seamos hijos de nuestra época -con todos sus incuestionables adelantos-, como ellos lo fueron de la suya.

En cierto modo, detrás de esos rascacielos estamos los que nos criamos y crecimos con la leche de las vacas que pastaban en nuestras praderías, hacíamos los recados de nuestras madres en unos marcados y tiendas de ultramarinos con productos de la propia tierra que habitábamos, y conocimos después los lentos y apagados estertores del campo que nos dio de comer. 

El máximo respeto para esa memoria, porque las huertas y praderas, los castañares, las pomaradas, los nogales y los ablanos siguen ahí, y puede que algún día vuelva a ser necesario lo que ahora forma parte de nuestro olvido y permanece abandonado a su suerte, con haber representado tanto en el pasado. 

De momento, hay quienes, entre la pandemia y la contaminación ambiental, se han buscado ya su parcela lejos del mundanal ruido, garantizándose -eso sí- una buena cobertura comunicacional para vivir lo mejor posible en el mundo que nos toca.

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