La savia del idioma

Si quitamos de la boca de la gente todos aquellos sonidos con los que mejor traduce sentimientos y vivencias, nos podríamos quedar sin los matices más necesarios de la misma lengua

Recomendados

Paquita Suárez Coalla
Paquita Suárez Coalla
Escritora en asturiano y en castellano, traductora y profesora en el Borough of Manhattan Community College, de la Universidad de la Ciudad de Nueva York.

Hace un año largo, cuando en Nueva York ya habíamos empezado las clases universitarias online debido a la pandemia, les pedí a mis estudiantes que escribieran un diario personal dos veces a la semana que, a modo de gimnasia mental, les ayudara a pensar en español y a organizar ideas y sentimientos. No es la primera vez que les pongo esta actividad a mis alumnos, pero sí era la primera vez que la tenían que hacer en medio de una circunstancia tan excepcional como una pandemia. Normalmente, cuando las clases eran presenciales, yo elegía un tema, o les daba un título y, durante diez minutos, los estudiantes escribían libremente sobre el tema que les había dado. El resultado de esta práctica de escritura, que suelo revisar con tranquilidad y placer, esquivando las reglas de ortografía que siempre hacen ardua la lectura, acaba siendo más interesante desde un punto de vista humano que lingüístico, siendo de todos modos el aspecto lingüístico, y ese incumplimiento ocasional de la disciplina ortográfica, el que me permite transitar por el mundo de esos estudiantes míos que han llegado a las aulas de la universidad por los caminos más incómodos de la vida. Sus narraciones son casi siempre un homenaje a la tradición oral de la que vienen, y hay a veces en ellas una intuición de lo que debiera ser la lengua escrita que los encargados de crear sus normas vamos olvidando. Ya en el I Congreso Internacional de la Lengua Española, celebrado en Zacatecas en 1997, Gabriel García Márquez había propuesto una simplificación de la gramática –“para que la gramática no acabe simplificándonos”, dijo– y el mundo de la academia se le echó encima. Si Gabriel García Márquez lo hizo o no por provocar no sabría decir, pero razón no le faltaba, porque escribir albahaca, hacienda o hueco con h, o sin ella, es fonéticamente irrelevante y el uso obligado de esa letra muda en las palabras que la lleven no deja de ser parecido a tomar el vino en un vaso para agua o el agua en una copa para vino. Quienes saben cuál es el recipiente destinado a ingerir un líquido u otro es porque tienen los recipientes suficientes para hacerlo y, sobre todo, para distinguirse de quienes usan el mismo vaso para beber lo que sea.

Todos los semestres dedico una parte importante de las clases a explicarles a mis estudiantes la diferencia entre haber y a ver, entre hacer y a ser, entre hay, ahí y ay; les digo que lo correcto es haya y no haiga, que el verbo haber solo se conjuga en tercera persona del singular, y, como consecuencia, no se puede decir habían o hubieron; que trajistes o trajieron no es correcto, y que aunque lo pueden decir cuando hablan no se espera que lo escriban. Y en cuanto les digo esto, siento como un eco incómodo de mis propias palabras y me pregunto, con cierta mala conciencia, que por qué si pueden hablar así, si de hecho hablan así porque lo han oído repetidamente a sus familiares y en la comunidad en la que crecieron, no pueden escribir de la misma manera. Me sé las respuestas de memoria, pero evito transmitirles mis propias dudas y objeciones en voz alta, en principio porque mi responsabilidad, por decirlo de esta forma, es enseñarles a escribir como se escribe y no como se habla y, además, porque sé bien lo que representa para mis estudiantes que les explique las complejidades de la acentuación, y la diferencia entre un diptongo y un hiato, y que lleguen a la conclusión de que casi lo entienden, aunque después de meses de instrucción sigan escribiendo llegarón con acento y pajaro sin él. Cuando al final del curso les pregunto qué han aprendido en la clase de español, esperando que me hablen de las lecturas que hicimos o de las películas que comentamos, son muy pocos los alumnos que no quieran compartir la impresión que parece haberles causado el descubrimiento de algo en realidad tan abstracto como la organización de las palabras en agudas, llanas, esdrújulas y sobresdrújulas y el uso–yo aseguraría que para ellos casi ornamental– de la tilde. El impacto que la acentuación gráfica parece tener en todos me hace preguntarme si no será el mismo que provoca el descubrimiento de cristalerías y cuberterías en la gente que usa el mismo vaso para el agua o el vino, o el mismo tenedor para la carne y el pescado y que, cuando se hace de rigor, comparte (como recuerdo que compartíamos en mi casa) un mismo cuchillo en la mesa; gente, en definitiva, que está al margen del círculo de distinción y se ha quedado fuera de la “ciudad letrada”.

De esa ciudad no letrada es de la que llegan la mayoría de mis estudiantes y su confusión constante en el uso de la b y de la v, o su insistencia para evitar las eses del plural en los hablantes caribeños, y que los profesores de gramática corregimos reiteradamente en sus composiciones, es un recordatorio de un origen que yo conozco y comparto parcialmente y del que me acuerdo cada vez que mi madre nos envía desde Candamu una tarjeta postal o una carta y escribe bamos con b y jente con j. Aun así, mi madre es capaz de escribirnos una carta, cosa que no hubieran podido hacer ni su propia madre ni su abuela, que firmaban con una cruz. Por eso, en cuanto pasan los primeros minutos que me lleva adaptarme a su ortografía personal, y en cuanto soy capaz de ver más allá de las puras formas, reconociendo de paso que una de las mejores cosas que yo he hecho en la vida es aprender a escribir sin errores, me empiezo a sentir empequeñecida ante sus historias y entiendo perfectamente que el fondo y la forma de lo que cuentan son las dos caras de un mismo relato.

Nada de lo que digo significa, en absoluto, que no reconozca los beneficios de esa artesanía de la escritura que yo les explico con pasión, y que de verdad me gustaría que aprendieran, supongo que por la misma razón por la que, con más intuición que conocimiento, mis padres se empeñaron en que mi hermana y yo rompiéramos las costuras de nuestro círculo y nos pusiéramos al nivel de cuantos iban a clases de ballet o de piano, de cuantos viajaban por los veranos a Francia o a Inglaterra para aprender o perfeccionar idiomas o, principalmente, de cuantos eran capaces de llenar un formulario sin miedo a equivocarse. Confieso que sigo llenando formularios con miedo a equivocarme –y con razón porque casi siempre me equivoco– pero el saber que hambre se escribe con h debido a que viene de esa f latina que acaba desapareciendo en nuestro idioma, me da el estatus de quien conoce la historia del castellano, aunque la verdad es que yo puedo recordarlo desde antes de haber estudiado los orígenes del español gracias a la lengua que aprendí de pequeña con aldeanos como mi padre y mi madre que decían fueya, fartucu y fíos, en lugar de hoja, harto o lleno e hijos.

Cuando mis estudiantes escriben rufo en lugar de techo, o llaman bildin al edificio y boila a la caldera del agua no están destrozando el inglés ni el español ni poniendo en evidencia la falta de conocimiento de los dos idiomas, sino que están contando su historia personal a través de cada una de las letras que usan para nombrar la realidad que les ha tocado vivir. Y la realidad que les ha tocado vivir es casi siempre una realidad cruda y sin filtros, que empieza con el camino que sus padres, o ellos mismos en bastantes casos, tuvieron que iniciar en las maltratadas tierras de América Latina para acabar en muchas ocasiones en los barrios más maltrechos de los Estados Unidos. A lo largo de ese camino, y mientras cruzaban una frontera detrás de otra, es muy probable que hayan tenido que ir añadiendo sonidos nuevos a los que conocían, disimulando los que pudieran comprometerlos, como en el caso de muchas gentes procedentes de América del Sur y de Centroamérica, que hacen esfuerzos para pasar por mexicanos en cuanto dejan atrás Guatemala, y moldeando al final del recorrido la morfología y la sintaxis de las lenguas que acabarán por reunirse en sus bocas  y en las que se empezarán a reflejar todas las cicatrices que, desde el inicio, ese recorrido les ha ido tatuando.

Foto: RAE

Durante el último año y medio, y desde que el estado de alarma empezó a organizarnos el día a día, nuestra realidad lingüística se ha visto necesaria y parcialmente uniformada, y palabras que apenas habíamos articulado hasta entonces, pasaron a formar parte de una hora a la siguiente del acervo semántico más común de cualquiera de nosotros. Lo mismo mi padre y mi madre, que estuvieron todo este tiempo atendiendo la huerta y los animales como lo hacían hasta ahora, que mi hermana y yo, que tuvimos que trasladarnos del salón de clase al de nuestra casa para seguir enseñando, hablamos con la misma naturalidad del “coronavirus”, el “confinamiento”, la “cuarentena”, y pronunciamos la palabra “vacuna” con el espesor que le proporciona la esperanza que hemos puesto en este vocablo, de repente, mágico. Aun así, y entendiendo que no puede ser de otra forma, se echa siempre en falta una mirada poética que se encargue de representar todos aquellos otros matices de los que el lenguaje científico no puede responsabilizarse. Y el matiz, como la vida misma, se encuentra con frecuencia en lo que se sale de la norma y llamamos error. Y de errores, precisamente, es que se nutre el tejido de cualquier lengua. Pienso, por ejemplo, en el amplio espectro de verbos irregulares que se encuentran en el castellano y que los niños que empiezan a hablar desafían constantemente. Pienso en aquellos términos como janguear, frisar, biles… que escuchamos a diario quienes vivimos en Nueva York, y a los que el diccionario de la Real Academia Española –estoy segura– tendrá que acabar brindándoles el espacio que de momento les niega. Pero pienso ahora mismo, sobre todo, en los diarios que han escrito mis estudiantes durante el semestre, y en los que tuve la suerte de encontrar la versión lingüística más creativa, y en ocasiones más exacta, de lo que se está viviendo.

La destreza de estos alumnos para estirar el lenguaje y acomodarlo a lo que quieren expresar permite que en el momento en el que la lengua se automatiza y se hace insuficiente acabe recobrando la savia que la mantiene viva. “Yo nunca he tenido un hermano mayor –empieza escribiendo en su diario una de mis alumnas–. Soy la mayora de mis hermanos”, sigue diciendo, y cuando dice “mayora” en lugar de “mayor”, yo me paro, leo con una atención con la que no hubiera leído de haber usado el término correcto y lo primero que pienso es que esta estudiante ha entendido perfectamente mis explicaciones sobre el género gramatical del español. Cuando otra estudiante habla del estrés que a ella y a su familia les ha generado el estar “cuarentenados”, me detengo inmediatamente, reviso con lupa la palabra y me maravillo de su habilidad para recuperar la eficacia que, de tanto haberla tenido que usar, ya no alcanza a tener la expresión “en cuarentena”. La realidad que muchos de mis alumnos han tenido que vivir desde que se inició la pandemia es difícil de contener dentro de los límites ordenados de cualquier gramática y aunque el error no sea intencional –que no lo es– se hace, después de tantas eventualidades desabridas, justificable: “Hoy me enteré de que el abuelo de mis primos se contactó con el virus y perdió esa batalla”, me escribe otra estudiante que ha perdido también a su abuela, que ha tenido a su madre en el hospital durante seis semanas, a la que se la han muerto un tío y  un primo y que sospecha –o más bien sabe– que ella misma, aunque no hubiera sido oficialmente diagnosticada, pasó el coronavirus porque, a lo largo de nueve días, se quedó sin el sentido del gusto y del olfato. También su padre, que lleva cuatro años en una cárcel de la República Dominicana, se ha contagiado, y aunque ya su padre está bien, y ya ella se recuperó, y ya al fin le dieron el alta a su madre y está en casa, es mi estudiante quien sigue navegando a la familia sin más carta de navegación que la que día a día pueda ir improvisando. La estudiante es relativamente parca al mostrar sus emociones y solo se queja lo justo cuando habla del momento en el que le comunicaron la muerte de esa abuela que la tuvo que criar de niña porque sus padres se habían venido a Nueva York. “Estaba en la habitación cuando me enteré –dice– y me eché a llorar llorando”. Pocos poetas lo hubieran expresado mejor.

Cierto es que lo que en muchas ocasiones cuentan es solo una síntesis de lo que pasan, y no es de extrañar que cuando el pudor los vence, el lenguaje acabe explotando. Hace años, una estudiante mexicana que vivía en Brooklyn me escribió un testimonio en el que contaba cómo su vida había estado determinada por el alcoholismo severo de su padre a quien, después de tres días sin aparecer por la casa, habían encontrado tirado en la calle, muerto, a pocas cuadras del edificio en que vivían. Ella era entonces adolescente y tenía dos hermanas más pequeñas a las que cuidaba cuando su madre no podía. “Aquí tiene el testamento que nos pidió”, me dijo la estudiante cuando me entregó aquel trabajo que más que trabajo era un esfuerzo feroz por organizar la densidad de su corta biografía. “Disculpe que se lo haya dado un poco tarde.” “Testamento”, repetí mentalmente mientras guardaba su testimonio en un fólder. “¿Por qué no?”, pensé cuando pensé en aquellas cinco cuartillas que esta estudiante acababa de entregarme y en las que sin duda habría quedado registrada su herencia personal más íntima.

Reconozco, de todos modos, que me gusta el orden que la gramática normativa le impone a la lengua; soy, además, persona obsesionada con las comas y los puntos cuando escribo; no soporto ver las palabras que lo llevan sin acento; me alivia esa sensación de limpieza casi matemática que me produce el ver cada palabra en su sitio, dibujada exactamente con las letras que le corresponden; escucho con cierta inquietud el ritmo de la prosa y, tal vez por deformación profesional, porque fui correctora de pruebas en varias editoriales cuando llegué a este país, o por rasgos inherentes a mi propia personalidad, soy excesivamente sensible a la parte más técnica de la escritura, pero sé muy bien que si nos empeñamos demasiado en vigilar el idioma, si nos convertimos en sus guardianes y quitamos de la boca de la gente todos aquellos sonidos con los que mejor traduce sentimientos y vivencias, nos podríamos quedar muy pronto sin los matices más necesarios de la misma lengua, y acabaríamos de una vez con toda la poesía que nos aproxima a los bordes más profundos de nuestra vida.

Actualidad

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here