Galardón a la dignidad

Crónica de un emotivo homenaje que Mieres y la Asociación Pozu Fortuna otorgaron al histórico militante comunista Vicente Gutiérrez Solís.

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Héctor González
Héctor González
Es historiador, sindicalista y anarquista.

En el Pozu Fortuna siempre hace frío. El sábado por la mañana, los allí reunidos buscan un rayo de sol que los caliente, alejados de la explanada en la que un pequeño escenario se erige como centro neurálgico. Unos dos centenares de personas se reúnen en el lugar. Hay de todo, viejos, adultos, jóvenes, algún que otro niño que no sabe muy bien a qué ha ido allí y curiosos que se dirigen a otro lugar, pero que prestan atención a la concentración. Todos esperan pacientes.

De repente hace su aparición un coche, que se detiene junto a las escaleras del escenario. De él desciende, lentamente, un anciano matrimonio. Él con camisa, chaqueta desabrochada, boina y una bolsa-bandolera del PCE. Ella con un chaquetón. Decenas de personas se acercan a saludarlos y durante varios minutos no pueden moverse del lugar. Cuando por fin lo hacen, ella se sienta en una silla frente al escenario y él, cuidadosamente, sube los peldaños de la escalera que lo elevan al mismo.

“Forman parte de aquel grupo de personas que nunca son definidos como ‘demócratas de toda la vida‘, pero sin los cuales no hubiera habido democracia”

Tras las presentaciones de rigor, Aníbal Vázquez, alcalde de Mieres, le entrega un galardón al anciano de la boina, pero justo antes de hacerlo, se funden en un abrazo. No se dan la mano, no se dan palmadas, no se dan un abrazo, se funden en un abrazo nada protocolario que dura varios segundos y que tiene un solo sentido: camaradería y reconocimiento. Ambos saben lo que hubo que pasar para llegar a este momento y el peaje a pagar que lo ha hecho merecedor del obsequio. Un peaje que duele.

El galardonado se dirige al público. Con sus 88 años ha perdido buena parte del torrente de voz que lo caracterizó, pero aún tiene de dónde tirar para una ocasión tan especial. Durante unos breves momentos recobra la energía que el tiempo arrebata y se dirige a los asistentes para recordarles que nada ha terminado, que queda mucho por pelear y que es necesario organizarse y militar para ahondar en la memoria histórica… y para conseguir el objetivo de la IIIª República.

Finalizada la entrega de premios, el matrimonio vuelve a reunirse para acercarse a la ofrenda florar que todos los años se realiza en el Pozu Fortuna a los innumerables asesinados por la represión franquista que, entre 1937 y 1940, fueron arrojados en el lugar. Pero durante unos minutos no pueden caminar, los asistentes se agolpan a saludarlos. Una vez acabado el acto, la escena se repite y los ojos de ambos brillan, sobre todo los de él, feliz y abrumado por el reconocimiento. Y también relajado porque los días previos fueron muy tensos, uno no recibe galardones todos los días y es normal ponerse un poco nervioso.

Aunque la mayoría de los asistentes al acto –y posiblemente de los lectores de este artículo– saben de quién estoy hablando, tengo la certeza de que algunos niños y jóvenes –que acudieron con la banda de música– desconocían quién era ese matrimonio que apenas podía moverse sin que varias personas salieran a su encuentro. También tengo la seguridad de que se preguntaron qué habían hecho para merecer tales atenciones.

Acto en el Pozu Fortuna

Él es Vicente Gutiérrez Solís, un hombre de 88 años que lleva 66 de ellos peleando por una sociedad mejor en todos los ámbitos que le han sido posibles: político, sindical, cultural, vecinal y de la memoria. Detenido en ocho ocasiones, torturado otras tantas, encarcelado, deportado, desterrado, exiliado, estuvo casi dieciocho años despedido. Tras la dictadura fue concejal durante tres legislaturas y dirigente vecinal durante más de dos décadas. Siempre al pie del cañón, siempre en la calle. Media docena de líneas que sirven para resumir una trayectoria, pero insuficientes para explicar el enorme significado de la misma.

Ella es Marcolina Argüelles Iglesias, una mujer de 88 que desde muy pronto tuvo que coger el toro por los cuernos y sobreponerse a la represión que se cernió sobre toda su familia y que una vez unida a Vicente, tuvo la enorme responsabilidad de criar a su hijo, Eliseo, con escasos recursos y en soledad, pues su marido siempre estaba detenido, deportado, exiliado, trabajando lejos… o militando en el Partido.

Ambos forman parte de aquella generación que sacrificó sus vidas para devolver la democracia a este país y que nunca dejó de estar activa, peleando y luchando por los derechos colectivos durante más de sesenta años. Forman parte de aquel grupo de personas que nunca son definidos como “demócratas de toda la vida”, pero sin los cuales no hubiera habido democracia y, una vez ella, no hubiera habido otras tantas cosas, como asociacionismo vecinal. Ahí es nada.

Acto en el Pozu Fortuna

En el Pozu Fortuna cuesta ver el sol. Hasta pasado el mediodía los rayos solares no alumbran su explanada que, a media tarde, vuelve quedar en las sombras. Se trata de una macabra coincidencia que va acorde con lo siniestro del lugar durante casi siete décadas. En el Pozu Fortuna siempre hace frío, es la consecuencia lógica de la falta de sol, pero también nos recuerda lo helado de algunos corazones franquistas que, durante décadas, arrojaron innumerables cadáveres a una improvisada fosa común.

Este sábado, como de costumbre, apenas pegaba el sol y hacía frio… hasta que comenzó el acto de entrega de los galardones Pozu Fortuna, que homenajeaban a Vicente Gutiérrez Solís y la Fundación José Barreiro. Los saludos, las felicitaciones y el abrazo entre Vicente y Aníbal Vázquez llenaron de calor un acto de reconocimiento a una de esas personas que Bertolt Brecht definió como imprescindibles.

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