Socialsanchismo y contrarreforma

Lo que realmente teme el presidente es la confrontación con la vieja Europa por culpa de una ministra roja.

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Víctor Guillot
Víctor Guillot
Víctor Guillot es periodista y dirige el Centro de Interpretación del Cine en Asturias. Ha trabajado en La Nueva España, Asturias 24, El Pueblo de Albacete y el diario digital migijon. Colabora en la Cadena Ser. Su último libro, junto a Rubén Paniceres, se titula "Ceniza a las cenizas. David Bowie y la revolución visual de la cultura pop" (Ed. Rema y vive).

El abrazo de Pedro Sánchez y Felipe González en Valencia fue el Abrazo de Vergara, toda una celebración del aparato, con todos los significados del viejo PSOE y el nuevo resumidos, asimilados, fundidos, en un solo significante, en una única acción. Pedro Sánchez es la figura más singular que ha dado la socialdemocracia desde la retirada de Felipe González, principiando un gobierno de diseño resiliente, elegante, posmoderno y sexy, cuyas palabras fungen su significado de forma constante, revalorizadas o degradadas, según sople el viento de las estadísticas y los mercados.

Pedro Sánchez es un psicokiller político y sentimental. Primero fue la reconciliación en el ejecutivo, con Isabel Rodríguez García situada en el mascarón de proa de su gobierno, y después en el congreso, con Antonio Hernando resucitado de entre los muertos que penaban su culpa en el purgatorio del olvido. Por el medio, dejó en la cuneta el cadáver de Iván Redondo.  La reconciliación ha venido precedida de un punto y final a la reforma laboral, anunciada en un congreso  más parecido a un circo americano de tres pistas, al que no le faltaron funambulistas, galvanizado Pedro Sánchez de su propia ideología y el fulgor triunfante, rotundo y vencedor del asesino en serie.

“Pedro Sánchez es un psicokiller político y sentimental”

El caso es que en los últimos días, lo que iba a ser el punto final de la reforma laboral, parece solo la expresión de tres puntos suspensivos. De la derogación, el socialsanchismo ha pasado a la modernización o, a lo sumo, a una operación quirúrgica de la legislación laboral heredada de Mariano Rajoy, que extirpa con cuidado algunos aspectos lesivos de los derechos de los trabajadores pero no nos cura la enfermedad. 

Yolanda Díaz, ministra de trabajo, ha tensado la cuerda, poniendo en práctica toda la gramática institucional y toda la tradición sindical, sin levantar la voz, pero afirmando sin dobleces que su ministerio es el único competente para liderar la mesa de dialogo con la patronal y los sindicatos. Se comprende perfectamente que la ministra de trabajo, militante del PCE, es la mujer que mejor sabe leer el momento político de los españoles, que pasa por rehacer completamente nuestras leyes laborales dotando de más poder a la negociación colectiva, los convenios sectoriales, el empleo indefinido y de calidad.

Yolanda Díaz y el sindicalista Juan Manuel Martñinez Morala, de la CSI, en Xixón. Foto: Iván G. Fernández.

Frente a un PSOE que destruye sus propios referentes, envolviéndolos en papel de celofán, surge una mujer que los consolida, expresando un socialismo cimentado extensa y sólidamente, dotando de temperatura humana y cuerpo institucional todo el andamiaje de derechos que otorgan dignidad a los trabajadores. Y en esas estamos, querido y desocupado lector. Frente a una izquierda anclada en el vacío de la posmodernidad, irrumpe firmemente una voz femenina y racional dispuesta a todo para consolidar los derechos de la clase obrera.

Los últimos días hemos vivido un western de palabras cruzadas en twitter, con correos electrónicos, entrevistas y desayuno televisivos que sólo hacían vivificar el culebrón. Hay quien afirma que Pedro Sánchez no quiere rivalizar con Yolanda Díaz, la mujer mejor valorada de este gobierno por el conjunto de los españoles según todas las encuestas, y que ha puesto a funcionar la maquinaria del desgaste para evitar que le siga haciendo sombra, pero lo que realmente teme el presidente es la confrontación con la vieja Europa por culpa de una ministra roja. No tardarán mucho los comisarios europeos en llamar a la puerta de la Moncloa, como en un día de muertos, alegre y nocturnal,  amenazando al país con la bolsa o la vida, con los fondos de recuperación o la derogación de la reforma, y así en este plan.

Mientras tanto, Nadia Calviño, ministra del dinero, juega al despiste, la distorsión y la manipulación del lenguaje. Quizá la economía es eso, una especulación constante del idioma que va desangrando su verdad original, con  simples significados fluctuantes que buscan marear a la clase obrera. Sin embargo, los trabajadores han fijado su atención en las palabras claras y diáfanas de la ministra que rompen la monotonía de los debates, insuflando contenido a la política y  con todo el sindicalismo español respaldándola, a un sola voz. Los grandes políticos tienen ese aura de estatua viva, inconmovible, guiados por la gravedad de la coherencia, hasta el último minuto. Yolanda Díaz puede preciarse de haber seguido siempre la misma trayectoria. Pedro Sánchez, por el contrario, no hace sino surfear, ondular su imagen según trate con Pepe Álvarez o un comisario alemán. 

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