Prisioneros asturianos fortificaron el Pirineo navarro durante el franquismo

El profesor Fernando Mendiola calcula que casi 200 asturianos trabajaron como esclavos de guerra en la cordillera.

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Marta Rogia
Marta Rogia
Periodista, abogada, guionista. Cinéfila y apasionada de la radio, a la que he prestado voz mucho tiempo. Continúo con mi búsqueda de la autenticidad mediante narraciones que nos conecten a través de la emoción.

La Plataforma por la Defensa de los Servicios Públicos de Avilés y Comarca, organizadora de las III Jornadas de Memoria Democrática de Avilés, programó, para el día 28 de octubre en la Casa de Cultura de la ciudad, una conferencia del profesor de la Universidad Pública de Navarra, Fernando Mendiola, también director del Fondo Documental de la Memoria Histórica en Navarra y miembro del colectivo Memoriaren Bideak (Los Caminos de la Memoria). Mendiola ofreció datos y detalles de los 196 asturianos presentes en los trabajos forzados de la zona pirenaica navarra. La información fue conseguida principalmente gracias al vaciado del archivo de Salamanca o a documentos de Lesaka y Roncal. Sin embargo, el historiador apuntó, con todas las prevenciones de una hipótesis que está sin estudiar, que tal vez esa cifra podría elevarse a unas 300 personas.

Calculó que en Navarra unos 15.000 prisioneros integraron los batallones de trabajadores, que en 1940 por una reorganización burocrática pasan a denominarse Batallones Disciplinarios de Soldados Trabajadores. Y es que aquellos aprehendidos por los franquistas eran trasladados a campos de concentración donde se les clasificaba en alguno de estos tres grupos: encartados, que eran los acusados de un delito y que entraban en el ámbito penal y a veces eran fusilados o ingresaban en la cárcel; afectos,  normalmente soldados de reemplazo que estaban haciendo el servicio militar en zona republicana, a los que se dejó en libertad, pero con el deber de continuar la guerra en el bando franquista; desafectos, que no eran culpables por responsabilidad política, no tenían pena, pero no se les dejaba en libertad como castigo por su simpatía o militancia con partidos o sindicatos, se les quería humillar y doblegar para mostrarles cuál sería su encaje en la nueva España y eran los que nutrían los batallones.

Acabada la contienda civil llegan al Pirineo navarro porque para Franco era prioritario fortificar las fronteras, ya que era un secreto a voces el estallido de la Segunda Guerra Mundial y Francia era un país hostil. De las distintas unidades concentracionarias, el Batallón número 106 fue el que más asturianos aportó, con 119 prisioneros, pero también se movieron en otros cuerpos, como el Batallón Disciplinario de Soldados Trabajadores nº 6 de Igal, el nº 3 Iragi, el nº 12 de Irurita, el nº 100 de Lesaka, el nº 14 de Lesaka.

Había 58 ovetenses, 24 avilesinos, 10 gijoneses, 4 llaniscos, 37 de la zona del Caudal, 5 del Eo-Navia,14 del Nalón, 17 de Narcea, 12 del Oriente y otros 14 que se desconoce su procedencia. Se seguía la política de que no fueran naturales del lugar de destino para evitar lazos de solidaridad.  Las condiciones de vida eran difíciles, con frío, hambre y las labores físicas resultaban extenuantes, pues implicaban en muchos casos la construcción de carreteras como la de Igal-Vidángoz-Roncal o la de Lesaka-Oiartzun, entre otras. Alguno enfermó, como atestigua el registro de seis de ellos, que fueron enviados al Hospital Militar Disciplinario de Pamplona, donde fallecieron.

Uno de ellos, Salvador León, testimoniaba en video: “machacábamos grava, otros iban haciendo la calzada, otros hacían la alcantarilla (…). Ibas a trabajar gratis”. Cuando el investigador recogía las experiencias de esos trabajadores forzados, también se encontró con aportes relevantes de sus familiares. Es el caso de la esposa del prisionero José García Faya, Isabel Martínez, que comentaba que ella pasaba propaganda clandestina desde la cárcel de Oviedo a los valles mineros o que de niña llevó comida en una lechera a unos fugaos que estaban escondidos en una tenada. Mendiola incidió en el papel de las mujeres, que fueron esenciales para el mantenimiento de la familia, pero cuya aportación no se ha distinguido por un sesgo de género en los estudios históricos.

En los últimos tiempos se han realizado reconocimientos al trabajo de los prisioneros

En los últimos tiempos se han realizado reconocimientos, como el monolito instalado en 2004 en el alto del puerto de la carretera de Igal-Vidángoz, cuyo lema reza: “A los dos mil prisioneros antifascistas que abrieron esta carretera, Igari – Bidankoze – Erronkari (1939 – 1941). Vuestra memoria, la libertad”. Allí se celebra también cada año un homenaje en su recuerdo. Pero voces como la de Susana Lusar, directora de la escuela de Roncal, donde en aquel tiempo estuvieron hacinados los trabajadores de la mencionada carretera, reclaman que esa parte de la historia aparezca en los libros de texto, ya que las nuevas generaciones ni imaginan que algo así pudo haber sucedido y no se está contando. En ese mismo sentido, el ponente remarcó que el principal empuje viene del tejido asociativo y que falta más implicación institucional.

Durante el coloquio con el público, el profesor explicó que los campos de concentración franquistas diferían de los nazis básicamente en que estos últimos eran lugares de exterminio, mientras que los españoles eran de detención y trabajo. Luego, tomaron la palabra dos hijas de José García Faya e Isabel Martínez y explicaron que sus padres se habían conocido repartiendo pasquines y que en la dictadura había que guardar mucho silencio por lo que pudiera pasar, pero que “ahora todavía se pretende que callemos, para no abrir heridas, cuando no se cerraron”. La siguiente cita con la memoria histórica será el día 23 de noviembre en la presentación de un libro de testimonios en el Museo de Historia Urbana de Avilés.

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