Asturies campesina, minera y bedesemera

Ricardo Villoria asalta el Museo Etnográfico de Porrúa con una doble exposición que reinterpreta y moderniza la tradición asturiana.

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Diego Díaz Alonso
Diego Díaz Alonso
Historiador y activista social. Escribió en La Nueva España, Les Noticies, Diagonal y Atlántica XXII. Colabora en El Salto y dirige Nortes.

Mezclar latex y pedrería, vestimenta tradicional y guiños a la estética BDSM, es una osadía que resulta doble o triple si además se hace en el Museo Etnográfico del Oriente, en Porrúa, Llanes, todo un templo de la cultura campesina asturiana, que no se ha echado atrás, y ha recogido el guante dando cabida a la arriesgada apuesta artística del creador Ricardo Villoria y la concejalía de cultura, organizadora de la exposición. El artista langreano reconoce que se ha atrevido con algo así precisamente “por no ser llanisco”. Villoria ha ocupado literalmente el museo con una doble muestra de su trabajo, Llabor, que puede verse en las diferentes salas de la casona porruana, y “RCTA (Reinterpretación de la Cultura Tradicional Asturiana)”, que se exhibe en la sala de exposiciones anexa al centro etnográfico. Si la primera consiste en traer al Oriente asturiano su particular visión desoladora y desasogente, en blanco y negro, de las cuencas mineras, la segunda es un retorcido homenaje al traje tradicional para el que Villoria ha trabajado codo con codo con artesanas locales como Josefina Fernández. Un extraño maridaje entre romería de pueblo, con gaita y tambor, y club sadomasoquista berlinés con plataformas, fusta y música techno.

“RCTA (Reinterpretación de la Cultura Tradicional Asturiana)” de Ricardo Villoria.
“RCTA (Reinterpretación de la Cultura Tradicional Asturiana)” de Ricardo Villoria.
“RCTA (Reinterpretación de la Cultura Tradicional Asturiana)” de Ricardo Villoria.
“RCTA (Reinterpretación de la Cultura Tradicional Asturiana)” de Ricardo Villoria.

Nacido en 1986 en la parroquia de Villoria, en el concejo de Llaviana, Ricardo es un producto de esa combinación rural y obrera tan típica de las cuencas mineras asturianas. Hijo y nieto de mineros que eran a la vez ganaderos, siendo un niño encontró en la gaita la manera de canalizar una sensibilidad artística dificil de desarrollar en su entorno: “La gaita me liberó de ir a les vaques con mi padre, y me volqué en ella”. El instrumento le dio muchas alegrías, pero también se terminó convirtiendo en algo monótono y repetitivo. Después de estudiar y trabajar como diseñador gráfico en varias empresas asturianas, decidió marcharse a conocer mundo. Tenía 26 años y acabó en Londres trabajando para la glamurosa revista de un millonario paquistaní. Conoció así el Londres más exclusivo y lujoso, al tiempo que sobrevivía como podía en una ciudad dura y difícil cuando el sueldo da para poco más que pagar un alquiler por las nubes. Una experiencia esquizofrénica, entre la precariedad y la alta sociedad, a la que seguirían una temporada en Madrid y otra en Ourense, esta última trabajando para la firma de moda Carolina Herrera. Entre medias llegarían varias campañas publicitarias impactantes para el Ayuntamiento de Oviedo/Uviéu, atrevidos videoclips para artistas como Rodrigo Cuevas o Fee Reega o el polémico cartel del San Mateo de 2017. Villoria crecía como artista y comenzaba a perfilar su particular mirada al mundo, fetichista, irónica y estoica, pero también crecía dentro de él la señaldá por volver a asentarse de manera permanente en una Asturies que ya echaba de menos. Fue quizá en Londres donde se dio cuenta del enorme potencial de la cultura asturiana y de la necesidad de mostrarla al mundo de una manera distinta. Comenzaba a gestarse un proyecto artístico de largo aliento.

El artista Ricardo Villoria con uno de sus trajes y fotografías en el Museo Etnográfico del Oriente. Foto: Nacho Quesada.
Homenaje a la tonada de Ricardo Villoria en el Museo Etnográfico del Oriente
La matanza del gochu en una de las piezas de Villoria. Foto: Nacho Quesada.
Museo Etnográfico del Oriente, Porrúa, Llanes. Foto: Nacho Quesada

De nuevo en la cuenca del Nalón, viviendo ahora a caballo entre La Felguera y una casa en Ribota, Llaviana, Villoria ha vuelto a mirar con otros ojos a esa cultura tradicional de la que había llegado a cansarse, y con la que vive un periodo de reenamoramiento. También con la llingua asturiana. En su reinterpretación, modernización y maridaje de lo asturiano con otras culturas, ideas y estéticas, está el camino que el artista va a explorar en los próximos tiempos. Lo que ahora puede verse en Porrúa hasta el 5 de diciembre es la punta de un iceberg que promete dar sorpresas. Eso sí, una advertencia: abstenerse puristas.

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