El fetichismo de la cooficalidad

Las crónicas parlamentarias insinúan que empieza Adrián Barbón a estar cansado de tanta cooficialidad.

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Víctor Guillot
Víctor Guillot
Víctor Guillot es periodista y dirige el Centro de Interpretación del Cine en Asturias. Ha trabajado en La Nueva España, Asturias 24, El Pueblo de Albacete y el diario digital migijon. Colabora en la Cadena Ser. Su último libro, junto a Rubén Paniceres, se titula "Ceniza a las cenizas. David Bowie y la revolución visual de la cultura pop" (Ed. Rema y vive).

Empieza Adrián Barbón a estar cansado de tanta cooficialidad. Lo insinúan las crónicas parlamentarias de los últimos días, al observar como el asunto se ha convertido en el cromo con el que se puede canjear un tren en Gijón o una fiscalidad nueva para los ricos. De la amabilidad a la nausea hay tan sólo un par de pasos. Era obvio que un debate tan “amable” como irracional en el Parlamento asturiano, solo podía conducir a una discusión absurda del asunto, que se coló de tapadillo por la puerta de atrás en el último congreso de la FSA sin que sus propios delegados lo pudieran votar en la sesión plenaria. En fin, el mundo es ansí.

Lo cierto es que la cooficialidad actúa en la conciencia de nuestros políticos como un fetichismo sexual. Es la ambición de la carne, que no del idioma, lo que les despierta el libido a todos ellos. La carne necesita saberse deseada y en la cooficialidad han encontrado algunos su propia ley del deseo bondage para saberse normados, encorsetados, en el reconocimiento de un derecho, reconducido al ansia por la lengua. A la vista de nuestros últimos debates en la calle Fruela, nuestros parlamentarios aman la parte por el todo: ese es el fetichismo de la cooficialidad. 

Como diría Foucault, en cada norma está la invitación a su propia violación. Hasta qué punto la cooficialidad alimentará la llingua entre los hablantes o la aniquilará en un clima de crispación y división, es el dilema que Adrián Barbón trata de resolver desde la amabilidad. Pero la amabilidad recurrente ha convertido la controversia política en un prurito constante, un escozor y un picor que empieza a provocar eccemas. Como todo fetichismo, cuando se abusa de él, produce ansiedad, cansancio, abulia y desidia. Y en esas está nuestro presidente, harto de que todos le vengan con la misma cantinela. La cooficialidad, querido y desocupado lector, se ha convertido en una enfermedad atópica, deprimente y estresante.

El filósofo francés Michel Foucault (1926-1984)

La veneración del asturiano que manifiesta Adrián Barbón y, probablemente, su fe al catolicismo hacen que la llingua sólo se pueda conjugar desde la amabilidad, una amabilidad pastoral y religiosa, es decir, desde el deseo y, simultáneamente, desde su propia castración. La amabilidad es una de las formas urbanas que tiene el célibe de expresar su deseo, proclive a no manifestar ninguno. Dicho de otra manera, la amabilidad es la ambición de la carne fraternal convertida en una ambigua y rígida cordialidad que nunca hiere los sentimientos de nadie, nunca ofende, pero que está sospechosamente siempre ahí, tratando de crecer y alimentarse de los restos del deseo que proyectan los demás. Frente a la dureza pétrea y eréctil de la cooficialidad, el sentimiento lúbrico y cívico de la amabilidad para que su consagración se atempere y no duela tanto a quienes no creen en aquella. La cooficialidad se representa como una herida abierta y la amabilidad como un lenitivo dulce y cálido pero que difícilmente la podrá cerrar.  En realidad, Barbón confunde la amabilidad con la sensualidad. Es el problema de ofrecer propuestas desde el paradigma de las emociones, o sea, un puto lío.

Me gusta pensar que la cooficialidad aún reviste esa idea arcana de la autoestima, convertida en un acto de contricción popular de nuestra propia carne. Algunos todavía no se gustan cuando se miran ante el espejo y creen que otro cristal distinto, más grande o con otro marco, les hará parecer mejores, más dignos o, incluso, más libres e iguales. Hace décadas, un nacionalista reivindicaba la oficialidad del gallego, el euskera o el catalán para reclamar su derecho a la diferencia. Como bien decía el ex-presidente Pedro de Silva, allá por el año 96,  el derecho a la diferencia no es otra cosa que el derecho a la diferencia entre pobres y ricos. Hoy, el socialista sentimental asturiano reclama la cooficialidad de la llingua apelando al derecho a la igualdad, al derecho a ser igual que un gallego, un vasco, un valenciano o un catalán, creyendo que eso nos hará más ricos, más libres, más iguales. Se reclama, pues el derecho a la igualdad, aunque después de conseguirla sigamos siendo exactamente igual de pobres.

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