La excepción y la regla

Chicas y chicos es un monólogo que narra la vida cotidiana de una mujer joven, desinhibida, libre, un poco naif, que disfruta de manera relajada y distendida del momento.

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Roberto Corte
Roberto Corte
Roberto Corte (Oviedo, 1962). Vinculado al teatro asturiano desde 1980, y ligado a la autoría y dirección en el ámbito escénico, en la actualidad colabora como crítico en revistas especializadas.

Chicas y Chicos, de Dennis Kelly

Dirección: Lucía Miranda

Intérprete: Antonia Paso

Centro Niemeyer

Sábado 13 de noviembre de 2021

Para no andarme por las ramas, lo diré sin tapujos: no encuentro en el texto de Dennis los motivos del éxito ni la gracia que se le atribuye. El trabajo de Lucía Miranda y Antonia Paso me parece admirable, así que dudo que una propuesta diferente me revele valores que aquí no alcanzo a vislumbrar. Aunque bien sé que la vida te da sorpresas, y que el arte y el hechizo del teatro también.

Grosso modo: Chicas y chicos es un monólogo que narra la vida cotidiana de una mujer joven, desinhibida, libre, un poco naif, que disfruta de manera relajada y distendida del momento. Sabe que el azar y la casualidad también cuentan, y que la ocasión la pintan calva, así que aprovecha las oportunidades que se le brindan para hacerse un hueco laboral en el mercado. Y no le va mal, asciende. Cuando conoce al hombre adecuado forman una familia con dos niños, Dani y Elena. Lo que en el juego Elena construye, al momento Dani lo destruye. La mujer funda después una empresa que prospera. Al marido, por el contrario, los negocios le van fatal y se abandona. Juega a la videoconsola. Finalmente parece que el adulterio asoma las orejas. Roto el amor, comienzan los resentimientos, la envidia y la violencia verbal. La mujer quiere el divorcio, el marido se resiste. Y todo avanza rumbo a peor hasta la catástrofe y el dolor que remata esa biografía, que se cierra ya de marera explícita como un testimonio de denuncia con estadística incluida.

Mis reparos al libreto son dos. El principal es el flujo dialógico-discursivo que se dirige al espectador, esa insustancial cotidianidad repleta de anécdotas anodinas y tópicas que laminan la pieza desde el principio casi hasta el desenlace. En alguna crítica leí que contiene hasta humor, pero yo, desdichado de mí, no lo distingo. Y en segundo lugar está el estallido de violencia al final, contrapuesto al dolce far niente, que hace que todo salte por los aires. Un hecho tan real como la vida misma, incluso en la clase media-alta que nos ocupa, pero que aquí se muestra plano y falto de coherencia argumental interna, al no ser presentado como un hecho excepcional de lesa gravedad, sino refrendado por un discurso-comodín sobre microfísica de poder machista, identidad radical de género y un plural mayestático que… qué quieren que les diga, me deja indiferente. Entiendo que la violencia sobre la mujer es sistémica, pero si lo sistémico es un plasma medular que irradia con igual intensidad y efectos capas de diversa índole y condición, sin graduación ni discriminación disciplinar alguna, sin casuística o poética de determinación, bien sea sociológica, psicológica, cultural, etc… pues el planteamiento de puro líquido se me vuelve gaseoso. Y eso es lo que a mi entender le ocurre a esta pieza, que estamos ante un testimonio impresionista bastante laso e inconsistente, que no quiere reconocerse excepción ni ahondar en la diferencia de su singularidad, sino ser confirmación y regla de la violencia de género. Sin más.

Pero, al igual que ocurre en otras muchas ocasiones, qué importa que estemos ante un texto vulgar y corriente si tras el espectáculo hay todo un equipo artístico creativo dispuesto a darle aliento y vestirlo de la mejor manera. Antonia Paso es una actriz soberbia, enérgica, vitalista, risueña, con mucho encanto. Su arte es hermoso, está lleno de matices y precisión en cada intención, en cada gesto. El ritmo firme y trepidante conseguido junto a Lucía Miranda como directora, es otro de los aciertos. La escenografía de hormigón y arenilla de Anna Tusell, entre zulo o chupano, en conjunción con la iluminación de Yagüe, tan recortada y sugestiva, redondean un producto que ha merecido el reconocimiento de los espectadores hasta llegar a ser finalista al mejor espectáculo revelación en los Premios Max.

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