“Ser sólo extrovertida sin la parte intimista me parece aburridísimo”

Maika Makovski presentó en la Sala Albéniz su nuevo trabajo, ‘MKMK’, inaugurando el Gijón Sound Festival con un concierto en el que entró en “comunión” con el público.

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Víctor Guillot
Víctor Guillot
Víctor Guillot es periodista y dirige el Centro de Interpretación del Cine en Asturias. Ha trabajado en La Nueva España, Asturias 24, El Pueblo de Albacete y el diario digital migijon. Colabora en la Cadena Ser. Su último libro, junto a Rubén Paniceres, se titula "Ceniza a las cenizas. David Bowie y la revolución visual de la cultura pop" (Ed. Rema y vive).

«Juntaros, venid, acercaros al escenario, bastante tiempo hemos estado separados», dijo después de interpretar Scared to dirt, uno de los temas de su último trabajo, MKMK, en la Sala Albéniz, inaugurando el sábado el Gijón Sound Festival. Si hay algo que me fascina de Maika Makovski es la visceralidad con la que asume su oficio sobre el escenario, esa simpática espontaneidad que regala sonrisas, mientras canta y revienta el teclado como si estuviera empujando el vientre y pariendo notas, canciones. Pero también es esa felicidad contagiosa o cierta sensación de haber conquistado un estado emocional parecido que, sin rencor, retoma después de que alguien o algo se la hubiera arrebatado durante un año y medio.

Hay algo genuino y auténtico en ella y su banda. Se nota en el ensayo de sonido previo al concierto. Mariana Pérez Mott, batera, teclas, percusionista y lo que le echen, dirige la prueba mientras no esté Maika. La bilbaína es la jefa que toma el mando. Es fácil percibir que va todo muy rodado. Y aunque la semana los ha llevado a todos por todo el país, Tenerife, Vitoria, Bilbao, no se percibe cansancio. Si un monitor suena poco o mucho, Mariana lo va indicando con un sentido de la responsabilidad casi marcial. Su figura fibrosa, atlética y amazona a la batería es poderosa. Provoca sensación de tenerlo todo controlado. Pura rutina. El ensayo repasa algunas canciones, junto a Liam Malakian, M.T. de Monte, ambos multinstrumentistas, y Dani Fernández, veterano al bajo que no ha soltado el mástil de cuatro cuerdas desde que tenía 15 años. Reaching out to you, Love you Til I die, I live in a boat vuelven a sonar hasta haberse convertido en el estandarte de un disco que provoca entusiasmo.  

Cuando Maika Makovski llega al escenario se sube sin más dilación. A la espera de que se inicie “la comunión” con el público, comienza esta charla.

Te vi y disfruté de la banda como un loco en Avilés, el primer concierto en el que el público pudo estar al aire libre y en pie. Desde entonces, habéis estado currando de un modo casi estajanovista. Esta semana no ha habido descanso, día tras día un concierto. Tengo la impresión de que ha sido un cambio radical

Ha sido un cambio radical. La verdad es que el cambio radical fue el parón. Veníamos de hacer giras de dos conciertos a la semana. Es lo que intentamos recuperar y estamos en ello, pero me hacía muchísima falta volver a la carretera.

Desde Thank you for the boots, un disco íntimo y vitalista, a este último, MKMK, mucho más celebrante, intenso, casi como un manifiesto personal ¿qué ha pasado por la vida de Maika Makovski?

Fíjate que Thank you for the boots yo lo veo como un disco luminoso, pero es verdad que igual tiene más claroscuros que MKMK que es más abiertamente diurno, extrovertido y vigoroso. Tenía ganas de hacer esta música y mientras lo componía me imaginaba como sería esta banda. Tenía idea de que iba a mejorar todas mis expectativas y a la vista está.

Efectivamente, está muy integrada. Da la sensación de que los músicos van pasando por los instrumentos como quien va pasando por estaciones de metro, muy conocidas, casi familiares, haciendo una ruta subterránea por tus canciones. Esto no es lo habitual en una banda.

No es lo habitual quizá porque la persona que va incorporando a los miembros de una banda no tiene el instinto agudo. Yo tenía muy claro que, antes de meter a cualquiera, prefería esperar y encontrar a la persona adecuada. No quería meter a alguien porque sí. Es verdad que era un experimento de la marca ACME porque yo los conocía a todos, pero entre ellos no se conocían. Podía haber pasado de todo, pero estaba tan enamorada de cada uno de ellos por separado que sabía que tenía que salir bien. Lo que no me imaginaba es que fuera tan inmediato.

“’MKMK’ está pensado para una comunión entre el público y los músicos”

¿Es este tu disco más orgánico?

¿Qué entendemos por orgánico?

Pues una identificación tan estrecha entre tu cuerpo, tu cabeza, el instrumento, tu banda y el sonido que todo conforma una unidad.

Puede que eso lo den los años, que la música es una profesión como tantas otras que lleva mucho tiempo aprender, porque exige poner tu propia carne en el asador, aprender y encontrar tu voz de autor. El sitio donde estás tranquilo, bien, a gusto, es fundamental y creo que estoy en ese punto después de tanto tiempo.

Cuando te veo cantar y cuando escucho tus discos, tengo la impresión de que encuentras esa voz sin renunciar ni tampoco ocultar tradiciones sonoras. Me gusta la palabra tradición más que la de influencia. Una tradición que va de Lou Reed, un Lou Reed absorbido por Poe, pasando por el efecto que implica ser producida por John Parrish y que te emparenta con la música de PJ Harvey sin menoscabo de estar haciendo algo muy coetáneo, muy íntimo, vívido o vital, como sucede con Fiona Apple.

Los artistas que me parecen más interesantes son los que intentan contar las facetas de su vida más oportunas. Entonces, ser solamente extrovertido o explosivo sin la parte intimista, buscando sólo la alegría y renegando de tantas otras emociones que podemos sentir me parece muy incompleto y me parecería, sobre todo, aburridísimo.

Es que tus discos no están precisamente compuestos para evadirse, sino para celebrar la música o para desgarrarse con ella. A veces creo que se confunde la evasión con la celebración. Celebrar no es evadirse.

Creo que es cierto. MKMK está pensado para una comunión entre el público y los músicos. La intención era borrar ese abismo que hay entre escenario y público.

Y el público en pie cambia la perspectiva.

Por suerte, cuando comenzó la gira no habíamos hecho ningún concierto con la banda y el público en pie, al contrario de como fue el concierto de este viernes en la sala Helldorado, en Vitoria, donde no cabía un alfiler. Fue un auténtico concierto de rock. Si hubiera vivido esa sensación incomparable y después nos hubieran hecho volver a las sillas, creo que lo habría pasado muy mal. De esta otra manera, pienso que todo está siendo una especie de despegue. Aun así, tengo la impresión de que nos han robado un año y medio.

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