La milonga del «bable artificial»

Todas las lenguas de Europa que hoy son oficiales, recibieron en su día esas mismas burlas por parte de los «ofendiditos» de entonces.

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Ramón d´Andrés
Ramón d´Andrés
Profesor de filología de la Universidad de Oviedo/Uviéu y miembro de la Academia de la Llingua Asturiana.

En el debate público sobre el asturiano, los opositores a su normalización y oficialidad suelen argumentar que se trata de una  «lengua artificial que no habla nadie». Es una cantinela machacona y antigua (andaba yo con dieciocho años por «Conceyu Bable» y era recurrente en los debates de la época), y tan desacreditada desde la Lingüística científica, que la verdad, aburre un poco tener que rebatirla de nuevo. Pero bueno, para eso estamos.

Para empezar, digamos que el topicazo del «bable artificial» tiene dos orígenes: o la ignorancia o la mala fe. Acudamos a la Lingüística, que es la ciencia del lenguaje y las lenguas, donde encontramos los conceptos de uso natural y uso cultivado (o elaborado). Entre las mejores explicaciones que conozco, está la del lingüista madrileño Juan Carlos Moreno Cabrera, en su libro “Cuestiones clave de la lingüística”. Ahí remito a los lectores que deseen ampliar con solvencia lo que les voy a explicar más modestamente aquí.

Empecemos por el uso natural. Todas las lenguas son manifestaciones naturales de la capacidad biológica del lenguaje. Todas las lenguas son, primariamente, instrumentos de comunicación y socialización que se usan en la conversación cotidiana: en casa, en el trabajo, con los amigos y familiares, etc. Forman parte del comportamiento espontáneo y natural de las personas. Primariamente, todas las lenguas son códigos hablados (signados, en el caso de las lenguas de signos) que no necesitan siquiera de la escritura. Imaginemos, pues, una comunidad humana cuyos integrantes emplean a diario su lengua en registros domésticos y puramente coloquiales: es el uso natural de la lengua, y basta que eso se dé para constatar su existencia como lengua viva.

“Todas las lenguas son manifestaciones naturales de la capacidad biológica del lenguaje”

Por su parte, el uso cultivado (o elaborado) de una lengua es lo contrario del espontáneo y natural: es el uso formal que está sujeto a premeditación, intencionalidad y planificación, sometido a ciertas normas convencionales que fija una minoría y que sancionan instituciones como las academias u otras semejantes. Un uso cultivado genera siempre un constructo artificial, en el sentido de que no emana de la espontaneidad del habla cotidiana, sino que está intervenido por artificios diversos que permiten a la lengua ser empleada fuera del puro ámbito doméstico, para pasar a ser vehículo de registros formales e institucionales de todo tipo. El castellano que habla la gente en la tienda o en el autobús es la versión natural del castellano; el que habla el presentador del Telediario, el rey cuando pronuncia un discurso, Elvira Lindo cuando escribe una novela o el Boletín Oficial del Estado cuando publica una disposición legal, es una versión cultivada (elaborada, artificial) de la misma lengua.

Imaginemos que los hablantes de una lengua solo hacen de ella un uso natural (doméstico, informal). Podrían darse dos circunstancias: (a) Los hablantes de esa lengua nunca acceden a registros formales o elaborados, que están fuera de su alcance, y ni siquiera se lo plantean. Se mueven siempre en el uso doméstico y puramente coloquial. (En las sociedades modernas, es muy difícil que eso se dé, pero lo planteamos aquí como pura hipótesis argumental). (b) Los hablantes de esa lengua acceden a registros formales o elaborados, pero para ello aparcan su lengua coloquial y usan otra que ellos consideran más apta para esos fines. (Esto se llama diglosia, en términos sociolingüísticos).

Si los hablantes no se muestran disconformes con los supuestos descritos, no se genera ninguna tensión: esa lengua queda confinada en usos naturales (domésticos y coloquiales), ya que sus hablantes no sienten necesidades lingüísticas de otra índole. Y no hay más, se acabó la discusión.

Campaña de Vox en Mieres.

Pero ¿qué pasa si los hablantes se muestran disconformes con esa situación?

La verdad es que, en el actual estado de nuestra civilización, es difícil imaginar una lengua cuyos hablantes se conformen con usarla solo en el ámbito doméstico. Por eso, vamos a imaginar ―como sucede corrientemente― que los hablantes de una lengua, o una parte cualificada de los mismos, están disconformes con esa situación. Imaginemos que se extiende dentro de esa comunidad lingüística el deseo de acceder, con esa lengua, a usos formales y elaborados, propios de todo tipo de situaciones sociales e institucionales.

Y bien, ¿qué podría decir la Lingüística ante una pretensión tal? Precisamente uno de los descubrimientos más espectaculares de la Lingüística moderna del siglo XX es que ninguna lengua del mundo alberga, en su naturaleza, limitaciones en cuanto a su uso. Es decir, todas las lenguas disponen necesariamente de usos naturales, pero al mismo tiempo todas están capacitadas para desarrollar usos formales, cultivados o elaborados. No se conoce ninguna lengua en el mundo sin esa capacidad. Las limitaciones, cuando existen, se deben a motivos sociales y nunca al propio código lingüístico. Y es que, a fin de cuentas, que una comunidad lingüística desarrolle usos cultivados (elaborados, formales) es una cuestión que se sitúa en el terreno de la soberanía expresiva de los hablantes, del ejercicio de su libertad lingüística individual y colectiva.

Valla publicitaria de la Plataforma Contra la Cooficialidad.

El castellano tiene, con toda legitimidad, su versión natural (en casa, en el bar, en el mercado…) y su versión elaborada (en el parlamento, en los periódicos, en la administración…): jamás nadie llama a esto «castellano artificial», aunque con toda malicia podríamos hacerlo. El asturiano, también con toda legitimidad, tiene su versión natural y su versión elaborada. Esta última no es de ahora: los usos elaborados del asturiano se remontan a la Edad Media (la documentación es abundante), y los literarios son al menos tan antiguos como su literatura conocida (mediados del s. XVII). Desde los años 70 del s. XX buena parte de sus hablantes aspiramos a usar nuestra lengua en más ámbitos (la administración, la ciencia, los medios de comunicación, etc.), y para ello no tenemos más remedio que desarrollar aún más esa versión elaborada de la lengua.

Los que se oponen al desarrollo social del asturiano y su oficialidad utilizan el espantajo del «bable artificial» como estuvieran descubriendo la pólvora; ignoran ―o simulan hacerlo― que todas las lenguas de Europa que hoy son oficiales, recibieron en su día esas mismas burlas por parte de los «ofendiditos» de entonces. Pero lo que les preocupa no es el «bable artificial», que es un simple pretexto: esas personas no piensan utilizar el asturiano en ninguna de sus versiones, ya sea natural o elaborada. Lo que les provoca una antipatía sin límites es que queramos ejercer nuestra libertad lingüística y que se nos reconozcan, a todos los efectos, nuestros derechos lingüísticos. Eso es, en realidad, lo que les escuece. Pero sobre eso la Lingüística no tiene nada que decir, obviamente.

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