No hay fealdad ni hay vandalismo en las barricadas obreras

Las movilizaciones de Cádiz han generado inquietud en quienes respiraban aliviados pensando que la clase trabajadora ya estaba cautiva y desarmada

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Paco Álvarez
Paco Álvarez
Periodista, escritor y traductor lliterariu d'italianu. Ye autor de les noveles "Lluvia d'agostu" (Hoja de Lata, 2016) y "Los xardinos de la lluna" (Trabe, 2020), coles que ganó en dos ocasiones el Premiu Xosefa Xovellanos.

Las imágenes de las movilizaciones de los trabajadores del metal de Cádiz de estos últimos días han generado tanta inquietud como esperanza: inquietud en quienes últimamente respiraban aliviados pensando que la clase obrera ya estaba cautiva y desarmada; esperanza en quienes creemos que la lucha en la calle de la clase trabajadora sigue siendo legítima y necesaria.

Cuando un colectivo obrero protagoniza movilizaciones de tanta magnitud como las del sector naval gijonés en su momento o las del sector del metal gaditano ahora, los del bando de la inquietud responden (a traves de sus prebostes políticos, sus tertulianos periodísticos y sus representantes de las patronales) con un discurso trampero y tramposo que busca desautorizar y criminalizar las protestas etiquetándolas con los habituales -ismos: anacronismo y vandalismo son dos de sus favoritos. Aunque no se atrevan a confesarlo, debe de resultarles anacrónica la existencia de sindicatos de clase, de comités de empresa, de coordinadoras de trabajadoras y trabajadores organizados y rebeldes en una sociedad en la que están incentivando el individualismo, el servilismo del empleado con el empleador, el miedo (un miedo paralizante) a perder las migajas sobrantes del banquete de los grandes poderes económicos. Seguramente ven vandalismo en una hilera de neumáticos ardiendo o en unos cuantos contenedores de basura volcados pero no en un sistema socioeconómico que cada vez deja más gente en la cuneta.

Concentración de apoyo a la huelga de Cádiz, ayer en Xixón. Foto: David Aguilar Sánchez.

Alberto Prunetti ha visitado esta semana Madrid, Xixón y Salamanca para presentar Amianto y 108 metros, los dos primeros libros de una trilogía Working Class que está editando el sello asturiano Hoja de Lata. El escritor toscano, del que tengo la suerte de ser el traductor, compartía estos días con sus lectoras y lectores en castellano una idea en la que viene insistiendo: el relato de nuestra historia, de nuestras historias de trabajo, lucha y dignidad, nos compete y nos pertenece a quienes nacimos y vivimos en la clase trabajadora. Nos corresponde a nosotras y nosotros dar testimonio, narrar nuestra historia, para que no la cuenten por nosotros otros que, con desconocimiento o con intencionalidad, no reconocerán la trascendencia de nuestras causas ni la necesidad de nuestras luchas.

Alberto Prunetti hacía también hincapié en la idea de que, desde siempre, han intentado que creyésemos que la clase trabajadora es fea. Y yo pienso que mucha de nuestra gente ha llegado a creerlo muchas veces: que son feas nuestra heridas y cicatrices, las manos de nuestras madres y padres, resecas, agrietadas, encallecidas o quemadas por la lejía, el electrodo, las herramientas de la fábrica, el agua helada de la obra en la que se remojan los azulejos… Que son feos nuestros valores y nuestras protestas en la calle, nuestra forma de exigir respeto y de defender derechos colectivos.

Uno de los obreros de Cádiz resumía en un par de frases breves la identidad y el motivo de sus movilizaciones: “Somos obreros, no delincuentes. Luchamos por el pan de casa”. En las luchas obreras no hay vandalismo ni hay fealdad, por mucho que los de arriba quieran reescribir la realidad.

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