Tocados de muerte

No hay nada extraordinario en las reivindicaciones de los riders: exigen que se cumpla la ley, que se los integre en una plantilla como asalariados, un sueldo digno para llegar a final de mes

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Víctor Guillot
Víctor Guillot
Víctor Guillot es periodista y dirige el Centro de Interpretación del Cine en Asturias. Ha trabajado en La Nueva España, Asturias 24, El Pueblo de Albacete y el diario digital migijon. Colabora en la Cadena Ser. Su último libro, junto a Rubén Paniceres, se titula "Ceniza a las cenizas. David Bowie y la revolución visual de la cultura pop" (Ed. Rema y vive).

La mani de los riders convocada con el apoyo de la CSI congregó a un centenar de personas en Gijón. No hay nada extraordinario en las reivindicaciones de los repartidores: exigen que se cumpla la ley, que se los integre en una plantilla como asalariados, un sueldo digno para llegar a final de mes. Quiere decirse que el obrero viene exigiendo siempre lo mismo, aunque las relaciones laborales se hayan atomizado, disuelto, digitalizado. Y yo estoy aquí, arrojado como en un mal cuento de navidad, entre esta pequeña multitud a eso de las cinco y media de la tarde. Las manifestaciones del viejo obrerismo se miden en pequeñas multitudes en las que se encuentra uno, innoble, inmerecido e irremediablemente mezclado entre ellas, con su vida, mostrando, como en un laboratorio, toda su condición. Nada me resguarda, nada me defiende.

Ante la llegada de los repartidores, se arremolinan y organizan los manifestantes. Han localizado al encargado de una de las empresas fotografiando caretos con su teléfono móvil, mientras se fuma un canuto filtrado con una boquilla de Winston. Me alegro de haber distinguido el filtro desde tan lejos. Eso significa que aún conservo una buena vista. Como en una comedia italiana, unos parapetados tras la pancarta y otro se encaran, antes de que se inicie la marcha. Todo se queda en nada. Comienza la marcha.

Manifestación de riders. Foto: Carolina Santos.

Me llama la atención como entre los “intelectuales” de la región, lo de los riders ha pasado desapercibido. No sé hasta qué punto los conflictos sociales que forman parte de nuestra vida cotidiana se esquivan, para no contagiarse de ellos. Al final, los riders son esos tipos que suben a tu casa con la comida caliente. Es el inframundo llamando a tu puerta. Que no te jodan sus problemas, piensas. En los últimos años, el interés de la prensa se ha focalizado entre los personajes de la “cúspide” casi hasta convertirla en una obsesión. Los intelectuales españoles siempre han sido cortesanos, siempre han querido vivir “dentro del palacio”. No lo digo como un reproche, sino como una constatación. Pero también han sido populistas y hasta revolucionarios, lo que, en algún momento, les ha obligado tener que ocuparse de la gente. Tengo la impresión de que, si ahora se ocupan de la gente, es siempre a través de una estadística del INE.

“Que los riders sigan viviendo en condiciones miserables y que sólo ocupe una nota a la derecha de una página o una fotonoticia es el síntoma de una deshumanización de los conflictos laborales y, en el fondo, de la lucha de clases”

Ciertamente, que los riders sigan viviendo en condiciones miserables y que sólo ocupe una nota a la derecha de una página o una fotonoticia es el síntoma de una deshumanización de los conflictos laborales y, en el fondo, de la lucha de clases. Pero su salida a la calle desenmascara una parte de la cultura popular urbana, y digo urbana porque, a fin de cuentas, son ellos los que a lo largo de doce horas atraviesan constantemente la ciudad repartiendo comida, de un lado a otro, poniendo en práctica y resolviendo nuestros hábitos de consumo, la velocidad, la inmediatez y su precariedad.

Esto hace que el contraste entre los riders a su paso por Begoña ante los atónitos clientes de las terrazas burguesas del paseo sea todavía mayor. Es el viejo siglo XIX con su tertulia de café, su salón de café, sus señoras de café y sus pasteles de café compartiendo tiempo y espacio con las proclamas espectrales de unos falsos autónomos luchando contra la subcontratación y la precariedad laboral. Esa es, quizá, la clave de esta región, de esta ciudad, impertérrita, congelada en otros siglos, inmune a los virus del XXI, no porque hayan sido vacunados, sino porque ya están muertos, están a otra cosa, a otra novela, una mayormente que no superó el siglo XIX o, con suerte, el primer tercio del XX pero que observa, complaciente, cómo el viejo sindicalismo de clase está tocado de muerte.

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