Un shock combativo

La propuesta de Lima es circular, maratoniana, poderosa y espectacular en iluminación y proyecciones.

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Roberto Corte
Roberto Corte
Roberto Corte (Oviedo, 1962). Vinculado al teatro asturiano desde 1980, y ligado a la autoría y dirección en el ámbito escénico, en la actualidad colabora como crítico en revistas especializadas.

Shock 1 y Shock 2.

Texto: Andrés Lima, Albert Boronat, Juan Cavestany y Juan Mayorga

Intérpretes: Antonio Durán “Morris”, Natalia Hernández, Esteban Meloni, María Morales, Alba Flores, Paco Ochoa, Guillermo Toledo y Juan Vinuesa

Dirección: Andrés Lima

8 y 9 de enero, Teatro Jovellanos, Gijón

Es imposible realizar una crítica exhaustiva de los macroespectáculos de Andrés Lima Shock 1 y 2, porque suman seis horas de duración y generan tal cantidad de imágenes, temáticas y personajes, que cualquier intento de reducirlos a una opinión de folio y medio resultaría siempre, amén de ingenuo, un mero ejercicio de insuficiencia retórica. Vayan pues estas líneas como evidencia de su magnitud.

El teatro documento nace con vocación política y se caracteriza por estar elaborado con actas y testimonios de sucesos históricos que han estremecido a la humanidad. Su principal empeño y valor radica en el esclarecimiento y denuncia de unos hechos que de ordinario se presentan controvertidos, opacos o deliberadamente falsos. El caso Oppenheimer de Kipphardt (sobre la conveniencia o no de lanzar las bombas atómicas), La indagación de Weiss (las responsabilidades individuales en la construcción de los campos de exterminio) o El vicario de Hochhuth (la insuficiente contundencia de Pío XII al condenar el Holocausto), son tres buenos ejemplos de trabajos de este tipo que han pasado a la historia del teatro por su significativa labor de investigación, la elaboración de hipótesis y su demostración documental. El Shock 1 y 2 de Lima, Boronat, Cavestany y Mayorga, no le va a la zaga y bebe de esas fuentes. Se trata de un lúcido friso con un arco de exposición que alcanza desde los años 60 del siglo pasado hasta la II Guerra del Golfo, con proyección explícita y didáctica de La doctrina del shock de Naomi Klein y su capitalismo salvaje, el shock económico-militar, el miedo, el terror, la tortura y la denuncia de las tesis de Friedman y los Chicago Boys. La primera parte, denominada El cóndor y el puma, se ocupa de las dictaduras de Chile y Argentina y sus trágicas consecuencias y la segunda, titulada La tormenta y la guerra, de la Guerra del Golfo de 2003 y de Oriente Próximo. Momento en el que se produce un cambio de siglo y paradigma al pasar a una táctica de guerra convencional. No deja de ser curioso comprobar lo fácil que nos resulta entender y procesar la batalla ideológica y los golpes de estado de los años 70 en plena Guerra Fría y lo mucho que nos cuesta –por no decir que es tarea imposible– comprender esas mismas políticas tras la caída del comunismo en Occidente, ya en la “era de lo falso” y en un mundo cada día más globalizado. Yo recuerdo las manifestaciones contra la guerra de Irak como las mayores protestas sucedidas en la historia de la humanidad. Pero el espectáculo de Lima es también un acto de afirmación contra la frivolidad postmoderna, la publicidad y propaganda (¿se acuerdan de La guerre du Golfe n´a pas eu lieu de Baudrillard, aquel ensayo de 1991?), el mundo líquido reivindicado por los ideólogos oportunistas, los partidarios del “todo vale” cuando los hechos han sido consumados, y contra los que dan por sentado que el acopio de bienes y riqueza para uso particular es el único modus operandi que garantiza el progreso de la sociedad. Conductas y discursos que hoy en día se presentan reforzados por añadidos como la postverdad, las fake news y, en el caso de España, por un revisionismo ultramontano casposo y vergonzante.

Son muchos los momentos y situaciones relevantes que cabría reseñar, pero el articulista ha de conformarse con unas pocas impresiones y detalles. El conjunto de intérpretes congrega nombres veteranos con otros para mí no tan conocidos, que me seducen y atrapan por igual con su arte y belleza. La propuesta de Lima es circular, maratoniana, poderosa y espectacular en iluminación y proyecciones. Consiste en una plataforma que gira ininterrumpidamente –un espacio ritualizado– a la vez que tres superpantallas nos bombardean con imágenes que sirven de contrapunto a los cuadros que se representan. Si el tono general de exhibición de los gerifaltes políticos que aparecen reunidos casi siempre en actos semiprivados se decanta hacia la caricatura, el dolor subyacente de sus terroríficas acciones nos llega a través de imágenes reales. Son especialmente sobrecogedoras las del desesperado intento de salvación de una niña y su inmediato amortajamiento en la guerra de Irak –posiblemente la misma niña que hizo que Francisco Umbral pasara de una indiferencia cínica a la oposición de los ataques–, las de Chile, y Sabra y Chatila donde de paso recordamos a Genet.

Los momentos cómicos se simultanean con testimonios de tortura y terror, tal y como ocurre con la final del mundial de fútbol en Argentina y los asesinatos de Videla. Y ese dimorfismo teatral funciona, el espectador procesa los contrastes con armonía y naturalidad. La interpretación es soberbia y la caracterización camaleónica de actrices y actores, sencillamente magistral. Antonio Durán “Morris” encarna con verosimilitud asombrosa a Allende y Pinochet, y se luce con el complejo y vibrante discurso de Carl Schmitt. Natalia Hernández es una actriz fantástica capaz de compaginar la fragilidad frívola e ingenua de Nancy Reagan, Ana Botella y Marta Sánchez con la ternura más conmovedora en el monólogo final, mirando las estrellas y encarnando a varias mujeres torturadas que perdieron a sus seres queridos. Esteban Meloni alterna con gracia los chutes de Kempes, la crueldad de Videla y la comicidad de un Elvis Presley de cartón piedra. María Morales demuestra ser una gran actriz no sólo con su poderosa interpretación de la Dama de Hierro, un torbellino de mujer de una energía inconmensurable, sino también con la torturada Yamila, de un verismo sangrante. Guillermo Toledo está fabuloso en sus papeles de mandatario: Nixon, George Bush (padre e hijo) y Reagan, con la dosis justa de cinismo elegante y canalla. Paco Ochoa demuestra su enorme vis cómica y don de lenguas como intérprete chileno, Juan Pablo II y Tony Blair. Juan Vinuesa nos hace estremecer interpretando a los siniestros Cameron y Kissinger y nos divierte con el desubicado arribista y pringadillo Aznar. Y por último Alba Flores, a la altura de todos estos grandes intérpretes, se luce como Minal, la hija de la mujer árabe torturada.

En fin, es un placer y una suerte que el Jovellanos haya acogido este macroespectáculo deliberadamente didáctico, crítico y político, tan necesario como saludable si queremos disfrutar de una cartelera plural y de calidad. Los muchos premios conseguidos y el éxito de crítica y público lo respaldan.

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