Sobre el fracaso de una estrategia de desarrollo rural que no desarolla nada

Arrastramos una política regional sumisa a los poderes económicos que no plantea ningún tipo de resistencia a una dinámica global de acumulación y despoblación.

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Manuel Maurín
Manuel Maurín
Es profesor titular de geografía de la Universidad de Oviedo/Uviéu y activista en diferentes movimientos por el derecho a la ciudad.

Quizás porque Asturias aún supera el millón de habitantes y resuena en la memoria una herencia que la sitúa entre las regiones pioneras de la revolución industrial, las publicaciones que recientemente han puesto la voz de alarma sobre la España vacía o vaciada (Del Molino, Cabello, Taibo…) solo la miran de soslayo, centrando la atención en casos como los de Aragón, Castilla y León, Extremadura o Galicia, donde el éxodo rural es una constante de mayor profundidad histórica.

Sin embargo, ni en decrecimiento poblacional, ni en saldo migratorio negativo, ni en desempleo y precariedad, ni en edad media o en envejecimiento, ni en las bajísimas tasas de fertilidad y natalidad, la Asturias del siglo XXI, cuyas cifras nos proporciona el Observatorio del Territorio, se queda por detrás de la llamada España vaciada. Y eso que la perspectiva regional oculta una realidad bastante más grave, que se percibe nítidamente en la escala subregional, aunque para interpretarla adecuadamente es necesario entender también que las variables demográficas, lo mismo que las espaciales, no son independientes de las económicas y que éstas se articulan en modelos productivos y redistributivos más o menos coherentes, sólidos y permanentes.

Despoblación y concentración

Aunque sea mucho simplificar, es importante ver que la cuestión de la despoblación solo es una de las caras de la moneda en cuyo reverso se produce una constante concentración poblacional y que ambas son manifestaciones espaciales del desequilibrio en el reparto de la riqueza que genera la explotación de los recursos (naturales, humanos y técnicos). Un desequilibrio y distribución desigual que se ha venido acentuado al desarrollarse el sistema capitalista de mercado, aunque ya se asentaba con anterioridad en los modelos de redistribución jerárquica de rentas, donde los excedentes generados en el territorio circulaban a través de los diferentes niveles del sistema urbano (villas, capitales provinciales y nacionales, metrópolis) para ser mayoritariamente apropiados, consumidos, despilfarrados y/o transformados en capital fijo (monumentos, infraestructuras, equipado y vivienda) en los principales centros del poder, revalorizando y aumentando constantemente su peso gravitatorio y la capacidad de atracción territorial, en un proceso de incesante retroalimentación.

“En cifras la Asturias del siglo XXI no se queda por detrás de la España vaciada”

El capitalismo se ha asentado sobre esa red urbana preindustrial para darle un impulso mayor con la industrialización y el desarrollo de los nuevos medios de transporte y servicios centralizados, acrecentando el nivel de succión y distorsionando aún más el sistema a favor de la parte alta de la pirámide del poblamiento, o sea, a favor de las grandes metrópolis y megalópolis que compiten entre sí en el nivel superior de acumulación, el internacional, empequeñeciendo no solo a los espacios rurales y las villas, sino también a las ciudades medias.

Foto: David Aguilar Sánchez.

El binomio despoblación-concentración se reproduce en todas partes y en todas las escalas, desde la mundial a la local, y no es solo la causa de los problemas que aquejan a los amplios espacios vaciados, sino también a los espacios de la polarización (problemas de saturación, contaminación, alojamiento, etc.) y, en general, al mundo globalizado, donde la desigualdad, la crisis económica, migratoria, climática y, ahora también, sanitaria alcanzan niveles nunca vistos con anterioridad.

El desequilibrio territorial en Asturias

Si desde esta perspectiva miramos al interior de Asturias pronto vemos como el desequilibrio territorial se manifiesta de una manera paradigmática, concentrando el área central a más del 85% de la población cuando a principios del siglo XIX solo acogía un 5%. También se observa cómo más allá de esa área, donde la industrialización vinculada a la energía del carbón se superpuso a la anterior jerarquización administrativa, la importancia reciente y creciente de las actividades de ocio y turismo está ampliado el espacio atractivo hacia el conjunto del litoral y buena parte del espacio prelitoral oriental, de manera que la Asturias vaciada se extiende fundamentalmente por las montañas meridionales y el ancho occidente interior de la región, donde las densidades de población y los otros indicadores del vaciamiento se sitúan muy por encima de la media regional y al nivel de las peores cifras de España.

Además, y frente a las características que adopta el desequilibrio poblacional en otros territorios, en Asturias la concentración humana se reparte sobre un conjunto urbano polinuclear con graves problemas de ordenación mientras la despoblación afecta también a un hábitat mucho más disperso en el que casi un 90% de los núcleos son caserías o pequeñas aldeas con menos de 100 habitantes y cerca de mil ya se han quedado completamente vacías, algo que (con la excepción de Galicia) no podría ocurrir en ninguna otra provincia española, donde las entidades de población son muy inferiores en número y mayores en tamaño.

Foto: David Aguilar Sánchez.

En otros tiempos se llegó a considerar que, aceptando la imposibilidad de revertir el desequilibrio entre el centro y las alas de Asturias, la consolidación del primero como conjunto urbano cohesionado tendría, al menos, un efecto benefactor para toda la Comunidad Autónoma (la denominada “estrategia de irradiación del espacio central hacia las periferias regionales” que se postulaba en la Directrices Regionales de Ordenación del Territorio de 1991, aún vigentes). Pero la evolución reciente, con el hundimiento definitivo del sector minero-energético y la pérdida progresiva de peso industrial, está convirtiendo al tradicional motor de la economía asturiana en un entramado cada vez más frágil y dependiente del exterior, en una especie de gran almacén logístico de las multinacionales que apenas utilizan más recursos autóctonos que los de la mano de obra, el suelo y la infraestructura de transporte, obligando a la administración a destinar cuantiosas inversiones públicas para tratar de atraer o retener empresas desancladas del territorio mientras se demoran las actuaciones que deberían articular la periferia despoblada y el propio conglomerado metropolitano.

Solar en el que se instalará Amazon en Bobes, Siero. Foto: Iván G. Fernández.

Así que el problema de Asturias no es sólo el relativo a la pérdida de peso de su medio rural, sino también del espacio urbano-industrial, lo que agrava la situación y hace más compleja la solución, si es que se puede hablar de solución sin una profunda transformación del modelo productivo y del propio sistema global en el que se inserta.

La política asistencial como obstáculo

En cualquier caso, y dejando para otra ocasión lo que concierne específicamente al área central (y a la peculiar situación de las comarcas mineras), es necesario reconocer que, aunque no escasean los acertados diagnósticos para la Asturias vaciada, como los que se detallan en el Plan Demográfico del Principado de Asturias (2017-2027) o en el Plan Especial para los Concejos del del Suroccidente Asturiano para el periodo 2015-2025, los indicadores sociodemográficos continúan mostrando año a año una situación más deteriorada y próxima a la irreversibilidad.

Argayu de Salas. Foto: Iván G. Fernández

¿Y cómo es posible que un espacio que pudo garantizar la supervivencia de centenares de miles de habitantes (y las rentas de los grandes terratenientes) durante siglos no sea capaz de mantener hoy densidades superiores a 15 habitantes por kilómetro cuadrado cuando se dispone de medios científicos, tecnológicos y financieros considerablemente superiores a los de cualquier periodo anterior? Pues probablemente, entre otras razones, porque la crisis del campo se viene abordando desde hace décadas, y no solo en Asturias, con medidas de tipo asistencial más que generativo.

Ante la centralización impulsada de manera natural por el modelo redistributivo de mercado se actúa intentando limitar sus efectos más destructivos -lo mismo que se hace con las otras políticas sociales- a través de ayudas correctoras incardinadas en la Política Agraria Común (PAC) y los programas estatales y comunitarios de desarrollo rural que devuelven al campo una mínima parte de la riqueza que ha originado históricamente pero limitándose la Administración, también en este caso, a gestionar “en modo automático” las limitadas y orientadas iniciativas exógenas mientras se desperdicia una gran parte del potencial autóctono.

“La metodología para la ordenación del espacio rural está diseñada de antemano para evitar cualquier conflicto con el sistema de acumulación, que es el causante de la despoblación”

Todo el mundo sabe hoy cuáles son los dos mandamientos básicos para afrontar el despoblamiento en el medio rural, más allá de las medidas paliativas: el aprovechamiento de los recursos endógenos para generar riqueza y la implementación de mecanismos que faciliten el retorno de una parte sustancial de dicha riqueza, especialmente en forma de capital fijo y, sobre todo, tecnológico. Pues bien, los citados Programas de Desarrollo Rural (y ello no es responsabilidad de los equipos técnicos que los redactan sino del marco que se les impone) evitan pronunciarse sobre los mecanismos de retorno, como si hacerlo supusiese un anatema, y diluyen la necesaria estrategia para la movilización de los recursos en listados de propuestas tan completos y atractivos como opacos a los conflictos, carentes de articulación, dialéctica y dinámica de cambio.

En resumen, la metodología para la ordenación y el desarrollo del espacio rural está diseñada de antemano para evitar cualquier conflicto con el sistema de acumulación, que es el causante de la despoblación, y el resultado no puede ser otro que la frustración colectiva ante el fracaso de los sucesivos planes de intervención. La sostenibilidad, la diversificación, la soberanía alimentaria, los Sistemas Agrarios de Alto Valor Natural… ocupan la portada y el apartado de los objetivos, pero terminan siempre por ceder ante la lógica intocable del mercado global.

El monte como ejemplo

El aprovechamiento (o, mejor, desaprovechamiento) de los recursos del monte puede servir como ejemplo del bucle que alimenta la despoblación del campo asturiano mientras se infrautiliza el potencial que podría evitarla o mitigarla.

El monte (incluyendo las superficies de bosque, matorral, roquedos y aguas) ocupa tres cuartas partes de la superficie regional y porcentajes muy superiores en la Asturias de las alas. Antes de que la especialización económica lo disociarse de las prácticas agrícolas y ganaderas jugó un papel trascendental en la economía rural como espacio de aprovechamiento ganadero, agrícola, de abastecimiento de madera y leña, frutos, abono vegetal, caza, pesca… Hoy se reconoce además su importancia como espacio de interés ecológico para el mantenimiento de la biodiversidad, amortiguación del cambio climático, valor paisajístico, uso recreativo y muchas más funciones de interés económico y social.

Lladines (Casu). Semeya: Iván G. Fernández.

Tener una superficie de monte como la de Asturias, cualificada y realzada por la geomorfología del Macizo Asturiano, es disponer de una fuente ilimitada de recursos y así se reconoce en la legislación de montes y ordenación forestal, lo mismo que en el Plan Forestal de Asturias, los Planes Forestales Comarcales y las EDLP (Estrategias de Desarrollo Local Participativo), donde siempre se señalan las abundantes existencias forestales y su importancia estratégica, pero también los obstáculos que dificultan un aprovechamiento rentable: la persistente confusión sobre la propiedad y el deslinde de muchos de los montes, la escasa capacitación de la población rural respecto al manejo de los recursos montaraces, la escasez de personal y la consiguiente mala calidad de los productos, el abandono tecnológico y la ausencia de una industria de transformación, entre otros.

“¿No es una responsabilidad política exigible al gobierno autonómico que se propongan y aprueben líneas de actuación que nunca se llegan a realizar?”

El problema es que este mismo diagnóstico ya se hizo a finales del siglo pasado y se ha seguido repitiendo en los mismos términos en todas las ocasiones en que se renuevan los instrumentos de gestión sobre política forestal o desarrollo rural (la última vez a propósito del debate sobre la revisión del Plan Forestal para el periodo 2021-2031) sin que nada haya cambiado en dos décadas. ¿No es una responsabilidad política exigible al gobierno autonómico que se propongan y aprueben líneas de actuación que nunca se llegan a realizar?

Y mientras los montes de titularidad pública o los vecinales en mano común, donde la intervención directa o indirecta de los servicios forestales y otros servicios públicos es fundamental para el despliegue de las estrategias anunciadas, se mantienen en un estado de reconocida precariedad y desprotección, debiéndose importar materia prima de calidad para la escasa industria regional de la madera y el mueble, los montes privados siguen dedicándose al monocultivo forestal, especialmente de eucaliptos, para los que no solamente se prevé una expansión a partir del área actualmente ocupada, sino la introducción de nuevas especies con capacidad de adaptación a las condiciones climáticas del interior.

Un rincón del monte Naranco. Foto: Iván G. Fernández.

¿Dónde está el impulso mil veces anunciado a la diversificación de los usos del monte y la implantación de modernos sistemas agro-silvo-pastoriles? ¿Cómo es posible que la mayor parte de la extracción forestal se destine a producir celulosa que se exporta íntegramente para ser transformada en otros países por una industria papelera cuyo valor añadido se pierde para el territorio que sufre el impacto de un cultivo tan dañino?

Solamente observando cómo, para la aplicación de la política forestal y sus cauces de financiación, están vigentes -solapándose entre sí- tres demarcaciones comarcales diferentes (el de las Comarcas Forestales, el de las Comarcas Agrarias de la PAC y el de la Red READER de los Grupos de Acción Local para el desarrollo rural) nos podemos hacer una idea del grado de desidia e insolvencia que muestran los poderes públicos hacia el monte de Asturias.

En fin, una mirada a ese monte de la Asturias vaciada nos refleja el fracaso de una política regional arrastrada sin resistencia por la dinámica global de acumulación y despoblación, contradictoria y sumisa ante los grandes agentes económicos, en su mayor parte ajenos al territorio, que son los que dirigen entre bambalinas el rumbo de la actividad productiva y el destino de los fondos públicos.

Esa mirada también permite, no obstante, detectar y corroborar algunas señales (nada nuevas, por otra parte) que podrían orientar el camino para contener la hemorragia demográfica: diversificación, integración, extensificación, cercanía, participación, pero también y sobre todo formación, transformación, valor añadido, retorno, infraestructura, tecnología, socialización… Aunque difícilmente podrán fructificar sin una priorización y articulación estratégica y sin un giro resuelto hacia la perspectiva territorial y la soberanía decisoria.

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