“El periodismo debe hacer que la gente reaccione frente a las injusticias”

Vicente Romero, excorresponsal de RTVE, remueve conciencias con su libro de entrevistas a torturadores, "Cafés con el diablo"

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Marta Rogia
Marta Rogia
Periodista, abogada, guionista. Cinéfila y apasionada de la radio, a la que he prestado voz mucho tiempo. Continúo con mi búsqueda de la autenticidad mediante narraciones que nos conecten a través de la emoción.

Vicente Romero (Madrid, 1947) es uno de los periodistas con más prestigio en la profesión por su labor de corresponsal en el extranjero. Estuvo en la guerra de Vietnam y en Camboya, cubrió los golpes de estado de Chile y Argentina, así como los conflictos en Mozambique, Sierra Leona, Somalia, Siria, la antigua Yugoslavia, Irak o Afganistán. En 1984 se incorporó a RTVE como enviado especial de Informe Semanal, En Portada y el Telediario y asimismo fue colaborador en RNE. Ha publicado varios libros, cuyos títulos, África en lucha; Chile, terror y miseria o Los afrocomunistas: Guerra y revolución en Guinea Bissau, se enmarcan en la temática de política y derechos humanos. Igual que Cafés con el diablo, presentado en la Escuela de Comercio, sede de la Asociación Cultural Gijonesa, organizadora del encuentro, el jueves, 17 de febrero. Conversamos con el autor unos minutos antes del mismo.

Comienza su libro con una afirmación contundente y es que además de torturadores y asesinos apunta a otros diablos, a los que denomina “elegantes”, que le resultan todavía más repulsivos y que están amparados por la legislación internacional. ¿De quiénes estamos hablando?

De los jefes supremos de esos diablos; estamos hablando de los jefes supremos de nuestros gobiernos, de los que gobiernan a nuestros gobiernos, estamos hablando de las grandes corporaciones de capital que mi amigo Jean Ziegler denomina los nuevos amos del mundo”, los sicarios del gran capital.

En ese sentido, muchas grandes corporaciones, como detallaba Ramón Reig en su libro Los dueños del periodismo, poseen empresas informativas como una industria más y dentro de ese engranaje de intereses también navega el periodismo, ¿cree que es posible o en qué medida, una información libre y veraz?

No, la información se ha convertido en una mercancía y los medios de comunicación que producen y comercializan esa mercancía se han convertido en un instrumento de propaganda de conglomerados de empresas que son las que dirigen el mundo. Estamos hablando de que medio millar de las corporaciones controlan más del 60% de la riqueza en el mundo. Y esas estimaciones son del Banco Mundial, que no es precisamente una organización crítica con el sistema capitalista. Esas 500 corporaciones tienen unos consejos de administración cuyos nombres se repiten. Hay una oligarquía financiera y una buena parte son los dueños de los grandes medios de comunicación, de las agencias que no solo se especializan en informarnos de una manera muy deformadora de la realidad, sino que también se encargan de que se oculte otra parte de la realidad. Por ejemplo, antes de ayer Unicef dijo que había 20 millones de personas en riesgo de muerte por la hambruna en el cuerno de África, de los cuales 5 millones y medio son niños. ¿Has leído la noticia en algún medio de comunicación de ayer o de hoy? En Etiopía continúa existiendo una guerra en el Tigray y cientos de miles de desplazados. En las últimas semanas, ¿has leído algo de esa guerra? El Gobierno español, en el que dicen que está la izquierda, sigue sin levantar la ley de secretos oficiales sobre el comercio de armas. Y ha debido de ser por un descuido o por un escape que hace dos o tres días se publicó que siguen vendiéndose armas españolas al Gobierno de Arabia Saudí para que sean empleadas en la guerra del Yemen, de la que ya se ha dejado de hablar.

El panorama no es muy alentador

Nada alentador. Cuando la Organización Mundial del Comercio…¡mira que la liberalización de las patentes de las vacunas y medicamentos contra la COVID dependa de la OMC y no da la Organización Mundial de la Salud! ¡Una pandemia mundial depende de lo que decida la OMC! Aunque en realidad tampoco sería mucho mejor si dependiera de la OMS, porque en su consejo de administración se sientan representantes de las grandes corporaciones de la industria farmacéutica. Cuando votan que no se toquen las patentes, que no se pueden fabricar vacunas genéricas, que se condene a la enfermedad a cientos de millones de personas, ese Gobierno español, que dicen que es de izquierdas, resulta que vota a favor de mantener la patente de ese medicamento. ¿Qué dice la prensa de todo esto? ¿Estamos leyendo editoriales furiosos contra esto?¿Estamos leyendo información de todo eso que está pasando en el mundo? No lo encuentro en ningún sitio. El último grado de información, de lo que se publica y lo que no, está en manos de las grandes corporaciones que cada día nos dicen que estamos en el mejor de los mundos posibles y que no se puede hacer nada más. Cosa que parece que comparten PSOE y Unidas Podemos, porque a nadie se le ha ocurrido tocar la ley mordaza, por ejemplo, etcétera, etcétera.

“La información se ha convertido en una mercancía y los medios de comunicación en un instrumento de propaganda”

Enlazamos esto con el libro, donde se recoge el testimonio de uno de los torturadores del régimen de los Jemeres Rojos en Camboya. Se estima que bajo el gobierno de Pol Pot una cuarta parte de la población camboyana fue aniquilada ante el silencio occidental, ¿solo nos interesa lo que ocurre o afecta a nuestra parte del mundo?

Sí, pero es mucho más grave: Chomsky, ese representante de la extrema izquierda integrado en el sistema americano, defendió el régimen de los Jemeres Rojos a capa y espada. Claro, si se acepta la tesis del terror revolucionario -que no la inventa Stalin, como se suele decir, sino Lenin, que la aplica Stalin, Mao y la lleva a sus últimos extremos Pol Pot-, pues entonces es una cuestión muy coherente, ¿no?

Vicente Romero es el autor de “Cafés con el diablo” FOTO: Luis Sevilla

Según indica en Cafés con el diablo, no todos los victimarios ocupan la misma posición, se da una jerarquía en ese infierno y existen los grandes personajes y los esbirros de estos. ¿Entiendo que cada cual con un perfil psicológico diferente?

En el fondo estamos hablando de seres humanos siempre, de seres humanos obedientes, convencidos, asustados. Lo terrible es que los grandes criminales de lesa humanidad son todos seres humanos, hasta buenos padres de familia. Muchos han actuado por convicción. El teniente coronel Valdivieso [de Argentina] decía: “teníamos que haber fusilado a 40.000 personas para acabar con el problema”. Y estaba absolutamente convencido de lo que decía. Sin embargo, Khan, el camboyano torturador, me decía que sobre todo él tenía miedo. Temía que si mostraba la mínima empatía por el torturado, él resultaría sospechoso y que, por tanto, debía esmerarse en la tortura, torturar bien. Sabiendo que la tortura no vale para nada, que si a ti o a mí nos torturan hasta un punto, confiesas hasta que asesinaste a Kennedy. El ser humano es capaz de absolutamente todo, no solamente del mal. Yo antes de este volumen escribí Donde anidan los ángeles, un libro sobre personas que han dedicado su vida a ayudar a sus semejantes y que demuestra eso, que el ser humano es capaz de absolutamente todo. Mi capacidad de asombro no se sacia por mucho que lea, que hable con ellos, que recoja datos o testimonios, somos un ser terrible.

Hannah Arendt, a la que se refiere en su publicación, acuñó esa frase tan conocida de “la banalidad del mal”, ¿la suscribe?

Sí, pero hay algo más que la banalidad del mal, existe un escalón superior. En el libro lo cuenta Marina Dopazo, que es psiquiatra e hija del comisario Miguel Etchecolatz, uno de los personajes más crueles de la dictadura militar argentina. Ella lo repudió, como muchos hijos de represores y también lo ha psicoanalizado y no dice que el mal fuera una banalidad para su padre ni para sus secuaces. Diagnostica un síndrome de goce del mal, de gozar de ese poder que supone el ejercicio del mal sin límites y sin responsabilidades, de sentirte como un dios, con derecho a la vida y la muerte de los demás y del goce que ese poder te produce.

Después de haber conocido tantos horrores por tantos países, ¿ha observado alguna diferencia cultural que incida de manera significativa entre unos u otros perpetradores, bien para ejecutar esos actos con distinto enfoque, bien por el impacto psicológico en ellos o por el contrario todo ello resulta bastante universal?

No da lo mismo, las culturas son muy diferentes; la valoración de la vida es muy distinta para quien tiene una cultura musulmana que para quien tienen una cultura budista, los valores básicos son diferentes, pero lo que sí es común a todos es la barbarie en nombre de un sistema o de otro. Me parece repulsivo, repugnante y condenable en cualquier sistema, pero es mucho más en el momento en que consideramos que esa cultura es más moderna o más avanzada, de un país rico, con más medios. Pensemos en un analfabeto de Afganistán que comete un crimen o en el crimen igual o peor que cometieron los psiquiatras de EEUU, que cobraron una fortuna por perfeccionar los métodos de interrogatorio forzado, es decir, de tortura. Pues te das cuenta de que esos dos personajes, doctores de la Universidad y en nombre de la ciencia están perfeccionando la barbarie de un analfabeto que parece recién salido de la Edad Media.

“Hay un síndrome de goce del mal, de gozar de ese poder que supone el ejercicio del mal sin límites y sin responsabilidades”

En ese sentido resulta espeluznante su narración sobre Manuel Contreras el Mamo, que se situó al frente de la Dirección de Inteligencia Nacional en la época de Pinochet, que tuvo contacto con la CIA y que recibió formación para hacer interrogatorios con tortura, incluso tenían una asignatura que se denominaba “Estudio del asesinato”.

En las escuelas militares, empezando por las Escuelas de las Américas de EEUU, se ha formado en tortura a grandes grupos de militares de generaciones de prácticamente toda América Latina y efectivamente, la tortura era una asignatura. Y se ve que la aprendieron bien los militares norteamericanos porque ahí están las torturas de Abu Ghraib, cuyas fotografías dieron la vuelta al mundo. Te das cuenta de que se enseña y se aprende como una asignatura política más.

Precisamente muchas veces se informa con contenidos muy cruentos, bueno, no en el libro

El libro no es una galería de horrores, en ningún momento se describen las torturas, se enumeran, pero se cuida no caer en el amarillismo, que no haya ninguna cosa excesivamente escabrosa. Es para informarnos de una realidad que existe, que viene de lejos y que sigue presente, por ejemplo, está Guantánamo. Ahora mismo hemos dejado de hablar de ello, pero sigue funcionando con presos políticos dentro.

En los medios de comunicación masivos a menudo se transmiten imágenes muy violentas, pueden aparecer desde agresiones hasta disparos, muertes, cuerpos mutilados. La pregunta es dónde está el límite; el continuo bombardeo con este tipo de secuencias, ¿nos insensibiliza o son necesarias?

Las hemos convertido muchas veces en un espectáculo. Nos hace más insensibles, nos hace asumir el dolor como algo cotidiano, como algo inevitable. El límite está en el sentido común, en darnos cuenta- voy a decir una cosa terrible- que tenemos que autocensurarnos, poner un límite y ese es explicar claramente el contexto. No basta con decir: “Van a ver unas imágenes horrorosas que pueden herir su sensibilidad”. No. Si le están cortando el cuello a alguien no hay que emitirlo, porque acabamos asumiendo como algo inevitable, como algo cotidiano, ese corte de cuello. Sobre todo los periodistas tenemos que luchar para que la profesión recupere la dignidad, pues la está perdiendo. Tenemos cada vez una información de peor calidad y estamos ahora peor que hace 20 o incluso 30 años en cuanto a información. Y los primeros responsables de eso somos los que trabajamos en los medios de comunicación, que tenemos que apretar a nuestras empresas, que tenemos que exigir una calidad en la información y que tenemos que esforzarnos por conseguir todo esto.

¿Cree que está a nuestro alcance? Los periodistas somos el eslabón más débil de la cadena informativa

No lo sé. Deberíamos probar a ver si está a nuestro alcance. Tenemos que aprender a decir a las empresas en las que trabajamos que no y a sugerir temas y a que se sepa si esos temas salen o no. Debemos hacer ese esfuerzo, porque si no, nuestra profesión pierde el primero de sus sentidos, que no es el de informar, sino el de hacer que la gente pueda reaccionar frente a las situaciones injustas gracias a la información.

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