Un poblado asturiano en Virginia Occidental: “Foco de anarquismo, sin cónsul, maestro ni sacerdote”

Hubo una Asturias replantada en la América profunda, obrera, sufridora. Una Asturias industrial y universal, ilusionada, Una Asturias que ya no existe

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Luis Argeo
Luis Argeo
Es periodista, escritor y cineasta. Junto con James D. Fernández ha sido comisario de la exposición "Emigrantes invisibles: españoles en EE UU (1868-1945)", organizada por la Fundación Consejo España-EE UU.

Fin de semana casero. De manera antojadiza, busco títulos entretenidos para las próximas noches de sofá, títulos que aborden temática de lucha obrera, de huelgas laborales, organización colectiva, solidaridad, caja de fondos, resistencia… Hoy parece terminología en peligro de extinción, etiquetas a punto de ser incorporadas a ese vocabulario de costumbres y tradiciones que conviene proteger más allá de las plataformas de cine a la carta.

Pienso en huelgas. Güelgas memorables. Falta nos hacen. Y aparecen en mi cabeza escenas de películas. Desde Asturias, Remine (2014), de Marcos Merino, ayudó a entender el valor del movimiento obrero en nuestros tiempos. Mi algoritmo la vincula a una nueva serie televisiva, Germinal, superproducción francesa recién llegada a nuestras plataformas digitales, versión ostentosa de la novela de Émile Zola, adaptada a sensibilidades contemporáneas y no exenta de contradicciones. Germinal, a todo color, escarba hacia atrás con ánimo didáctico y reivindicativo. Desde Francia, salto el charco.

Recuerdo vagamente Matewan, película escrita y dirigida por John Sayles en 1987. Cuenta con un reparto primoroso. Los aficionados a la música americana que aún no la hayan visto reconocerán a un jovencísimo Will Oldham en uno de sus primeros papeles cinematográficos. Familias organizadas de este pueblo minero de West Virginia viven entre injusticias, el racismo, la violencia y las pistolas de los años 20 del siglo pasado. Son años de posguerra. Fuera de la ficción, los soldados que han regresado de luchar en Europa reclaman sus puestos de trabajo, que ahora están en manos de inmigrantes. Entre estos – lo he investigado – hay unos cuantos asturianos. No figuran en la película, pero sí en poblaciones similares, peliculeras, aunque reales.

Asturianos en Estados Unidos

Apago la tele, acudo al libro Pinnick Kinnick Hill (Las colinas sueñan en español), de Gavin González, hijo de asturianos afincados en West Virginia durante aquel cambio de siglo. ¡Qué libro! De nuevo entro a aquellos pueblos erigidos por las compañías metalúrgicas para alojar y asistir a sus fervientes obreros, pueblos como Matewan donde tampoco faltan pistolas, huelgas, alcohol ilegal, camaradería, la Mano Negra italiana o el Ku Klux Klan. La trama real de este libro, recordada y novelada por Gavin González, nos traslada a una Asturias replantada en la América profunda, obrera, sufridora. Una Asturias industrial y universal, ilusionada, una Asturias que ya no existe más que en viejas fotografías, recuerdos reinventados y recortes de periódico. Esa Asturias tampoco existe en Asturias, pienso. Este libro me ha trasladado a Spelter y a Grasselli (en la ficción son Coalton y Crosetti), a mis propios recuerdos de una ya lejana visita, cámara en mano, y a la hemeroteca.

La Prensa, N.Y., 9-VI-1919 Meadowbrook, West Virginia.
(La mayoría de los huelguistas son obreros de habla española)
(No quieren mejoras, sólo como antes)
(El espíritu de solidaridad hará extensiva la huelga a otras fábricas)

Sr. Director de “La Prensa”, New York.
Según informes autorizados que recibo de Clarksburg, W. Va, todos los obreros de la sociedad Grasselli Chemical Company se han declaro en huelga.

En Clarksburg se encuentra radicada una numerosísima colonia de habla española, debiéndose a esta causa que la mayoría de los declarados en huelga son de nuestra raza.

El hecho ocurrió el día 2 del presente mes. Tres días después, o sea el día 5, los obreros de la fábrica de Meadowbook, también españoles en su mayoría, entraron en la huelga.


La causa de una y otra consiste en que ambas empresas, sin consideración a nada ni a nadie, y sin tener en cuenta lo caro que resulta la vida por el alto precio que alcanzan actualmente los artículos de primera necesidad, acordaron rebajar veinticinco centavos al día de los sueldos de sus operarios, a partir del primero de junio, y además suprimir un hombre por cada cuadrilla de los catorce que tenía asignado cada horno.

Apenas es un extracto de un interesantísimo artículo que el diario español de Nueva York publicó sobre el conflicto laboral de los inmigrantes asturianos. El mismo conflicto aparece novelado con sumo detalle en el mencionado libro de Gavin González. Un pulso entre realidad y ficción, entre pasado y presente, entre patrones y obreros, va dando forma a este artículo, un siglo después del suceso. Leo en una página del libro:

Los que habían sido los defensores más fuertes del sindicato se estaban quedando sin trabajo y los más débiles cruzaban los piquetes de huelga despreocupadamente. La dirección había conseguido convencer a los obreros de que si se negaban a participar en los esfuerzos de la compañía para que siguiera funcionando la instalación, cabía la posibilidad de que se mudara a otro estado.

Leo y contemplo por la ventana el cielo contaminado de Gijón. Del libro Pinnick Kinnick Hill y del diario La Prensa salto a otro espejo roto donde mirar y recuperar aquella presencia asturiana en Virginia Occidental. Un artículo periodístico impreciso y muy narrativo, escrito bajo seudónimo, con fecha en 1916. Y leyendo en dicho espejo, imagino el peliculón que saldría de aquí:

Zona industrial en Spelter, en el estado de Virginia Occidental

Los españoles en West Virginia
Descubrimiento de 3000 compatriotas
Un foco de anarquismo, sin cónsul, sin maestro y sin sacerdote

Por Alfonso de Castilla
para Las Novedades, NY
24-febrero-1916

Confesando a un ácrata

“… en Clarksburg, el jueves, a las diez. Le espero en el hotel “The Waldo”. He de presentarle a un barbero…”
Así, textualmente, me citaba la anónima confidencia. Tratábase, al parecer, de una sensacional información de periodismo. Se me brindaban, por fidedigno conducto, interesantes revelaciones: un ácrata quería hablarme.
¿Cómo no ir? Marché a Clarksburg -corazón de West Virginia- y me hospedé en “The Waldo”. Y mi estancia, aunque breve, fue intensa en emoción: una emoción muy honda, muy íntima, muy a flor de alma, que es la que hoy quisiera reflejar a los lectores en estas líneas hilvanadas al vuelo.
Puntual, como buen inglés, apareció en “The Waldo” el hombre, que es español.

Se me acercó seguro de no equivocarse, y en castellano, con ligero acento de astur, dijo, tendiéndome su diestra:
-Ya sabía que usted no faltaría. ¿Le sorprendió mi carta? Pues ahora sólo necesito presentarle al barbero..
Hablaba el hombre de prisa, nervioso, como deseando acabar cuanto antes, y a punto estuve de pedirle alguna explicación a su apresuramiento.
No tuve necesidad de hacerlo: él se me adelantó, en cuanto nos vimos fuera del hotel.


-Vamos a Grasselli. Allí nadie me conoce y allí es donde he de presentarle a ese barbero. En Clarksburg no conviene que nos vean juntos.
-¿Por qué? -me aventuré, al fin, a preguntarle.
-Porque… -murmuró casi entre dientes- a los españoles se nos tiene aquí por ácratas.
-¿Cómo por ácratas?
-Sí, señor, sí. Por ácratas, o por anarquistas, que de los dos modos se dice, según acabo de leer en la “Cultura Obrera”.
-¿Y qué “Cultura” es esa?
-La “Cultura Obrera”, de Nueva York… Nuestro libro de texto en castellano: la revista, no ya de mayor circulación, ¡la única! que de nuestro idioma llega hasta nosotros.
-Y según se desprende de sus palabras, la semilla está dando sus frutos..
-Así es. Pero de tales frutos vale más que no hablemos: basta con que usted los vea.
-Pero, usted.
-Yo soy un convencido.
-¿De la eficacia de esos frutos?
-Ahora que nadie nos oye, le diré que no. Pero ¡hay que vivir, amigo! Y aquí viven los que saben. ¿Y quiere usted que le diga qué saben los que saben? Pues… lo que en esa “Cultura Obrera” leen, los que aprendieron a leer, o lo que escuchan si a leer nadie les enseñó.
-¿Y son ustedes muchos?
-En Clarksburg unos tres mil: la mayoría asturianos.
-¿Cuántos habitantes tiene Clarksburg?
-Unos nueve mil. Pero este pueblo es, industrialmente el más importante de West Virginia, y en sus alrededores funcionan numerosas fundiciones de zinc, y fábricas de hojalata, cristal, loza y carbones para la luz eléctrica, llegando a más de veinticinco mil los obreros empleados en ellas. Los principales centros que ahora recuerdo son: Grasselli, North View, Meadowbrook, Adamston, Kelley Hill y Norwood. Son muy importantes las fundiciones de zinc de “Grasselli Chemical Company”, en Grasselli; y en Meadowbrook, la “Clarksburg Zinc”. En North View: las fábricas de hojalata, de “Phipps Sheet and Tin Plate”. En Kelly Hill, las de la “National Carbon”. En Grasselli: las de cristal de “Lafayette Glass” y “Peerless Glass”, en Adamston: la Tuna Glass” y la “West York Glass”. En Clarksburg, la “Norwood Glass” y la “Pittsburg Plate Glass”. En Norwood: la “Hayel Atlas”, la “Owens Bottle”, la “Clarksburg Pottery”, la “McNocoll Pottery”…


Llegamos a Grasselli. Es un gran poblado, sin urbanizar. No hay calles, ni las viviendas, en caprichoso desorden, están numeradas. Cada una de ellas se designa por el nombre del cabeza de familia que la habita.

Preguntamos en una casa: allí viven unos alemanes, y no nos entienden. Preguntamos en otra: son polacos…, y se hacen los suecos. Al fin, vislumbramos una barbería. La barbería es española. Y allí nos entrevistamos con nuestro barbero.

La cultura de los emigrados

El barbero es catalán. Y este catalán es uno de los hombres más ilustrados de Grasselli. Le interrogamos:
-¿Cuántos españoles residen en Grasselli?
-Unos trescientos: la mitad de ellos casados y no abundan los viejos.
-¿Qué jornales ganan?
-Entre $2,25 y $5,25 al día: como en todos estos alrededores. Donde más pagan es en Meadowbrook, donde viven otros tantos: el 80 % de los que allí trabajan. La fábrica de Meadowbrook es la mayor de estos contornos. En ella están dos buenos amigos míos: el maestro Atanasio Fernández y el capataz Manuel González. Llevan aquí ya bastantes años.
-¿Y están satisfechos?
-Hombre, le diré. No puede negarse que se les trata bien y que cobran mejor. Cuando subió el precio del zinc, la fábrica de Meadowbrook aumentó, sin que nadie lo pidiera, todos los jornales: muchos con sus ahorrar tienen casa propia, y algunos hasta tierras.
-Pues, entonces, ¿cómo se quejan?

-¡Tiene gracias la pregunta! Para hacerse respetar. Si los pobres no gritamos de cuando en cuando, ¿qué harían los ricos por nosotros? ¡Los ricos!..

El bueno del barbero, al llegar a este punto, me ofreció toda una selecta conferencia contra el Capital, contra el Orden y contra la Religión. No quise discutirle. El hombre argumentaba con una frase contundente: “¡Lea usted la ‘Cultura Obrera’ y a ver si usted no habla como yo!”

Unas cuantas preguntas más quise hacerle al ácrata barbero.

-¿Y ustedes los españoles que en toda esta región habitan, ¿siguen siendo oficialmente españoles?

El barbero sonrió algo irónico, quién sabe si pensando que él no tiene patria alguna: pero dignose contestar:
-Españoles…, no sabemos si lo somos. España no tiene ni la menor noticia de que existimos aquí. En todos los Estados Unidos solo hay tres Consulados… ¡Cualquiera sabe dónde está el nuestro! De aquí que algunos de nosotros hayan preferido la ciudadanía norteamericana
que por lo menos les protege. Y los demás no hay quien nos ampare.
-¿Y no se han hecho gestiones para conseguir ni un simple Consulado honorario?
-Sí, señor. Hace un par de meses que según hemos sabido, se propuso a Madrid la creación de un Viceconsulado honorario, indicándose para él a un buen abogado italiano, muy amigo de todos nosotros. El señor don Biagio Mercadino y como canciller parece ser que van a nombrar a un español: el joven Cornelio Aizpiru, hojalatero que trabaja en la “Sutter Roofing & Cornice”, en Clarksburg.

-Pues esto ya significa algo.
-Muy poco. Nosotros lo que necesitamos es un Cónsul de carrera y español. ¿Por qué no lo hemos de tener? Y otra cosa que nos urge es la implantación del servicio de giros postales. Nuestros ahorros, que deberían ir a España, ¡se quedan aquí! Ni siquiera benefician, ya que no a nuestras familias, a nuestros bancos.
-¿Y de religión?
-La mayoría no poseemos ninguna. Mejor dicho, aunque la quisiéramos, no podríamos ser más que protestantes…Y en eso han acabado los pocos que aún conservan aquí conciencia religiosa.

-Pero si no tienen ustedes religión, no será por falta de buenas enseñanzas…
-Ni buenas ni malas: la “Cultura Obrera” es todo. Pero esta no es para mujeres y niños y ¡claro! ni aquellas ni éstos, en su inmensa mayoría, aprendieron ni a leer y escribir.
-Entonces viven ustedes completamente alejados del mundo, y mucho más de la patria nativa…

-¡Hasta cierto punto nada más, porque Clarksburg está cerca; y en Meadowbrook, sin ir más lejos, hasta tenemos un magnífico almacén de comestibles, en el que abundan los productos españoles, y especialmente toda clase de conservas. Algo es algo.
-¿Y les obligan a ustedes a surtirse de ese almacén?
-¡No, señor! Compra solo el que quiere y lo que quiere.
¿Y están ustedes fraternalmente unidos los tres mil españoles que por aquí se encuentran?
-¡Qué hemos de estar! Cada uno pertenece a su bando, y nada quiere saber de los otros. La unión repugna a nuestro temperamento.
-Pues la unión sería la fuerza.
-Pero como nosotros nos oponemos a todo lo que se nos quiera imponer por la fuerza.


Pidiendo una escuela

Salimos de Grasselli, regresamos a Clarksburg y aún tuvimos tiempo de ir a Meadowbrook.

Mi cicerone volvió a tomar la palabra para decirme:
-No dude usted, vea lo que vea que los españoles somos sobrios, trabajadores y hasta respetuosos con las leyes. ¡Si usted conociera a los italianos! Lo que pasa a los nuestros es sencillamente que aquí están influenciados por unos trouble-makers cuyas doctrinas anarquistas encuentran campo propicio…
-¿Y a qué atribuye usted esta influencia?
-La falta de educación es la única culpable.

-Y usted, que con tanta cordura me habla y me guía, ¿por qué no influye cerca de sus compatriotas para que vuelvan por el buen camino.?
-Porque yo, señor -balbuceó lentamente y acaso con vergüenza-, ya no sé cuál es ese camino…¡Soy un desdichado! Empecé como esos, renegando hasta de Dios y hoy, casado, ¡con cinco hijos! Sufro a solas, porque a nadie se lo puedo contar, la pena horrible de que estas criaturas mías en nada crean tampoco ¡ni a nadie esperen que les traiga una fe!

Picnic de asturianos en Virginia Occidental

Por eso he querido que usted viniera, que usted se enterase de cómo vivimos, y a ver si usted consigue que alguien vengar a ilustrarnos, a despertar nuestra conciencia y nuestro entendimiento ¡aunque sea un cura que no nos sepa hablar más que de Dios!

Ya en Meadowbrook asistí a una reunión de mineros, españoles todos, que proyectaban -ignore aún por qué- declararse en huelga.
Mi compañero me presentó como uno de ellos y hasta me invitó a que les hablase.
Fueron aquellos instantes de alucinación. Les hablé como a hermanos. Les recordé la patria, les evoqué a los padres que allá quedaron lejos. Y les hablé, sincero, de la necesidad de que se instruyeran, de que aprendiesen a ser algo más que inconscientes instrumentos de trabajo…


Una voz me interrumpió:
-¡Lo que nos hace falta es una Escuela Moderna!

Y otra voz agregó:
-¡Aunque no sea moderna!
Mi compañero me apretó el brazo con íntima emoción.

-Piden porque no saben lo que piden, una Escuela Moderna. En la fábrica donde yo trabajo, la “Clarksburg Zinc Company”, se ha sabido que en North View existe una sociedad secreta de dinamiteros ¡ y a punto han estado de despedirnos a todos los trabajadores españoles!…El director , aunque es judío, ha pedido al Obispo católico de Clarksburg que él interceda y nos hable.


No quise oír más. España tiene en Norteamérica más de setenta mil compatriotas, abandonados, ¡perdidos! Aquí viven sin esperanza de que España les oiga…

A España, que supo descubrir un mundo, conquistarlo, y perderlo, aún le queda algo por descubrir.
Sus propios hijos ausentes.
(Las Novedades, NY, 24-II-1916)

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