Causas y consecuencias de otra maldita guerra imperialista

Si alguien quiere buscar paralelismos debe remontarse a los trágicos días de 1914, en los que las distintas potencias se disponían desangrar a los pueblos de Europa dando comienzo a la I Guerra Mundial

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Raúl Martínez Turrero
Raúl Martínez Turrero
Es abogado, especializado en derecho laboral, director de la revista Nuestra Política, y miembro del Buró Político del Partido Comunista de los Trabajadores de España.

El pasado 21 de diciembre, se cumplieron treinta años desde que se arrió la bandera roja que ondeaba en el Kremlin. La disolución de la Unión Soviética parecía confirmar la tesis popularizada por Francis Fukuyama, que en 1988 había anunciado el fin de la historia.

Con la restauración capitalista en la URSS, y en el resto de países que construían en socialismo en el Este de Europa, decretaron también el fin de las ideologías, de la lucha de clases y el comienzo de la era del pensamiento único. El nuevo orden mundial, proclamado entonces por George H. W. Bush –presidente de los EEUU entre 1989 y 1993-, se mostraba por aquellos días con toda su crudeza. El 17 de enero de 1991, una coalición de 34 países liderados por EEUU iniciaba la Operación Tormenta del Desierto contra Irak. La guerra terminó formalmente el 28 de febrero de 1991, pero comenzó un nuevo y sangriento reparto del mundo. El pueblo iraquí fue bombardeado en julio de 1992, en junio de 1993 y en diciembre de 1998. Finalmente, en marzo de 2003, una nueva coalición imperialista liderada también por EEUU desencadenó la invasión de Irak en una campaña militar que se prolongó hasta diciembre de 2011.

El 11 de diciembre de 1994, el ejército ruso entraba en Chechenia. Comenzaba una guerra que causaría miles de víctimas, con la implicación directa e indirecta de diferentes potencias. ¿El objetivo? El control del Cáucaso, Chechenia, Azerbaiyán y Kazajstán, el dominio sobre los recursos petroleros de la zona y garantizar la irreversibilidad de la restauración capitalista en Rusia y en las antiguas repúblicas soviéticas, abriendo nuevas esferas a la exportación de capital y a la acción de los monopolios.

En paralelo, el desmantelamiento de la República Socialista Federativa de Yugoslavia abrió la disputa imperialista por los Balcanes. Desde 1991 hasta 2001, la lucha entre diferentes burguesías locales y entre las potencias imperialistas se llevó a cabo a través de una nueva guerra que alcanzó su episodio decisivo con los bombardeos de la OTAN (febrero de 1998 a junio de 1999) en apoyo al denominado Ejército de Liberación de Kósovo (grupo terrorista armado previamente por Alemania) que finalizó de con la desintegración de Yugoslavia y la creación de un protectorado de la OTAN.

“Con la restauración capitalista en la URSS decretaron el fin de las ideologías, de la lucha de clases y el comienzo de la era del pensamiento único”

El 11 de septiembre de 2001, las pantallas de televisión retransmitían directo los atentados contra las Torres Gemelas. Los aliados de EEUU de ayer, en la guerra contrarrevolucionaria emprendida en la República Democrática de Afganistán para revertir el curso socialista y debilitar a la Unión Soviética, golpeaban ahora en el corazón de Nueva York. La respuesta no se hizo esperar, George Bush anunciaba el inicio de una nueva guerra con el apoyo de la OTAN y de una coalición imperialista con el objetivo declarado de derrotar a Al Qaeda y a los talibanes, a los que tan sólo unos años antes habían bautizado como “luchadores por la libertad”.

La retirada de las tropas imperialistas de Afganistán, en agosto de 2021, entregando todo el poder a los talibanes, confirmó lo que siempre fue una evidencia: las guerras imperialistas iniciadas en Afganistán, Irak, Yugoslavia, Chechenia, Libia y en otras partes del mundo, poco tienen que ver con los pretextos propagandísticos de quienes tratan de justificarlas.

La guerra, como señaló Karl von Clausevwitz, es la continuación de la política por otros medios. En todos estos casos, de la política imperialista de las distintas potencias en la disputa por los mercados, por los recursos energéticos y las rutas de transporte. En una palabra, por repartirse de nuevo un mundo ya repartido. Y eso es, precisamente, lo que ahora sucede en Ucrania.

La OTAN y las Unión Europea tienen una responsabilidad de primer orden en lo que está sucediendo. Los efectos de las “revoluciones de colores” promovidas por las potencias occidentales durante la anterior crisis capitalista mundial, entre ellas el Euromaidán, demostraron la ingenuidad de algunos supuestos defensores del progreso y la paz mundial, incapaces de entender las dinámicas del imperialismo.

El terrible asesinato de 48 personas en la Casa de los Sindicatos de Odesa, quemadas vivas por fuerzas fascistas ucranianas; o la represión y los constantes intentos de ilegalización del Partido Comunista de Ucrania; la fulminante anexión de la península de Crimea por parte de la Federación Rusa y el inicio de la guerra civil en la región del Donbas, con la proclamación de las Repúblicas Populares de Donetsk y Lugansk; los constantes bombardeos de la población civil desde 2014, con la implicación de las diferentes potencias imperialistas; o el inicio de la intervención militar rusa en Ucrania, tras el reconocimiento de dichas repúblicas, no son episodios aislados.

“Las guerras imperialistas poco tienen que ver con los pretextos propagandísticos de quienes tratan de justificarlas”

El imperialismo lleva décadas acumulando material explosivo. Y cuando nos referimos a imperialismo no hablamos de la política exterior, más o menos agresiva, de tal o cual potencia, sino del capitalismo monopolista, del capitalismo de nuestros días. Con demasiada frecuencia vemos a diferentes analistas separar la política interior de los países de su política exterior o separar artificialmente la economía de la política. Esos ejercicios de manipulación tan sólo buscan favorecer a uno de los contendientes.

No estamos ante una guerra defensiva. Cada uno de los bandos tiene sus argumentos, claro está. Pero todos ellos son argumentos imperialistas dirigidos a justificar y fortalecer sus posiciones. Todas las potencias en liza luchan por mantener o escalar posiciones en la pirámide imperialista. Lenin, en sus análisis sobre el imperialismo y la guerra, dejó escrito algo que conviene recordar:

“… figurémonos a un esclavista poseedor de cien esclavos que lucha contra otro, que posee doscientos, por una distribución más “equitativa” de los esclavos. Es claro que hablar en este caso de guerra “defensiva” o de “defensa de la patria” sería falsear la historia y equivaldría, prácticamente, a una simple farsa de los hábiles esclavistas para engañar al vulgo, a los pequeños burgueses y a la gente inculta. Precisamente así, valiéndose de la ideología “nacional” y de la idea de defensa de la patria, es como la burguesía contemporánea, la burguesía imperialista, engaña a los pueblos en la presente guerra entre los esclavistas por consolidar y reforzar la esclavitud.

Familias cargan sus pertenencias a través del paso fronterizo de Zosin, en Polonia, luego de huir de Ucrania FOTO: ACNUR

El hecho de que la burguesía rusa haya optado por difundir una justificación antifascista de la guerra, no cambia su carácter. Buscar paralelismos con lo sucedido en la II Guerra Mundial es un grave error. Y no sólo porque hoy no exista la Unión Soviética, sino porque tampoco existe el eje nazi-fascista. Los elementos que justificaron las alianzas temporales entre la URSS y los partidos comunistas con sectores de la burguesía para hacer frente al nazi-fascismo no están presentes en la guerra que está comenzando, más allá de la simbología utilizada por cada cual. Defender hoy un supuesto “capitalismo democrático” de la mano de Rusia, acogiendo en el plano internacional las nocivas teorías del mal menor, más allá de elementos sentimentales y del mero subjetivismo, es completamente insostenible.

Tan insostenible y unilateral como defender un genérico “no a la guerra” en referencia exclusiva a Rusia, mientras en el parlamento español se cierran filas con la Unión Europea, se intensifican los preparativos de guerra, se envían tropas y soldados a la zona de conflicto, se apoyan sanciones a Rusia, que representan verdaderos actos de guerra, y se está dispuesto a acoger la Cumbre de la OTAN el próximo mes de junio.

No, no es nuestra guerra. Si alguien quiere buscar paralelismos debe remontarse a los trágicos días de 1914, en los que las distintas potencias se disponían desangrar a los pueblos de Europa dando comienzo a la I Guerra Mundial. En aquellos días terribles, fueron muchos los que se apresuraron a apoyar a su propia burguesía, a declarar su “patriotismo” y el inicio de una “guerra defensiva” que llevó a la clase obrera a servir de carne de cañón en uno y otro lado de las trincheras. Hoy, es doloroso ver como algunos, incluso adscribiéndose a bandos enfrentados, presentan como revolucionario lo que no es más que la repetición de las tesis socialchovinistas que condujeron a la bancarrota de la II Internacional.

Olvidan que en aquellos días aciagos el movimiento obrero mundial se escindió, que el marxismo fue enriquecido por las tesis de quienes llamaron a luchar contra la guerra, a volver las bayonetas contra los opresores y a confraternizar en los frentes de batalla; dando lugar a una revolución victoriosa que conquistó avances desconocidos para la clase obrera de todos los países y se convirtió, a la postre, en el factor decisivo de la victoria antifascista de los pueblos en la II Guerra Mundial, permitiendo durante décadas la convivencia pacífica de los pueblos que de nuevo son conducidos a una matanza.

Soldados estadounidenses descargando vehículos de combate en Rumanía FOTO: U.S Army

¿Cómo se concreta esa lucha en la España y la guerra de nuestros días?

En primer lugar, preservando la independencia ideológica, política y organizativa de los trabajadores y de todos los sectores sociales que nada tienen que ganar en los campos de batalla. Y, para ello, es preciso abrir un frente ideológico contra todas aquellas posiciones que tratan de supeditarnos a uno u otro polo imperialista.

En segundo lugar, luchando contra el “imperialismo propio”. Es preciso oponerse a las políticas encaminadas a la participación de España en la guerra. Oponernos a las sanciones, al envío de material de guerra a la zona de conflicto y exigir la vuelta a casa de las tropas españolas. A su vez, es necesario luchar contra las alianzas imperialistas de las que España forma parte, situando como objetivo político concreto la ruptura con la Unión Europea y la OTAN, impulsando la movilización social contra la Cumbre de la OTAN, que tendrá lugar en próximo mes de junio en Madrid, y exigiendo la desaparición de las bases militares extranjeras en nuestro suelo.

En tercer lugar, practicando un internacionalismo consecuente que respalde y se solidarice con  todas las fuerzas progresivas que en Ucrania, en Rusia y en todos los países, luchan contra la guerra imperialista y contra el imperialismo.

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