Barbonismo Y Diazepam

Nada nuevo bajo este sol que no depara nada nuevo hasta que lleguen las próximas elecciones. Sospecho que la aflicción será el próximo estado de ánimo.

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Víctor Guillot
Víctor Guillot
Víctor Guillot es periodista y dirige el Centro de Interpretación del Cine en Asturias. Ha trabajado en La Nueva España, Asturias 24, El Pueblo de Albacete y el diario digital migijon. Colabora en la Cadena Ser. Su último libro, junto a Rubén Paniceres, se titula "Ceniza a las cenizas. David Bowie y la revolución visual de la cultura pop" (Ed. Rema y vive).

El arecismo fue una fuerza centrífuga de gobierno, el javierismo un ciclón centrípeto de partido, dos maneras de entender, de pelear, de gobernar. Entre uno y otro se fueron elevando tensiones, racionalidades confrontadas que desquiciaron mutuamente a ambos políticos que sólo alcanzaron una convergencia real, una sincronía, cuando irrumpió el sanchismo como un vértigo que acercaba al PSOE al borde del precipicio de las encuestas electorales. Un modelo federal del país logró que el senador y el secretario de la FSA encontraran un espacio común de trabajo y, por vez primera, de complicidad política, que engranaba ahora sí, el mecano del socialismo asturiano, mientras Pedro Sánchez organizaba su regreso subido a una furgoneta del SOMA recorriendo de norte a sur el país, recomponiendo soledades que, en última instancia, se convirtieron en lucientes multitudes hasta llegar a La Moncloa.

Renegado del arecismo siempre y del javierismo después, Barbón surfeó sobre la ola del sanchismo vencedor hasta consagrarse como presidente del Principado y secretario general de la FSA bajo el slogan “O cambiamos o nos cambian”, una versión tan simplista como pobre del “No es no” para analfabetos con el que era prácticamente imposible asumir ninguna tarea de gobierno, pero se podía engatusar como un buhonero fácilmente a una militancia hastiada. A eso ayudó una pandemia que pulsó la fortaleza del sistema sanitario y la demagogia de los muertos, pocos meses después de llegar a la Presidencia del Gobierno para convertir a Barbón en el Santo Feijóo de la política asturiana.

“Su gestión de la crisis sanitaria no tuvo crítica entre los suyos, aunque el Director de Sanidad Pública se perdiera por el camino como un ciego abandonado por su perro lazarillo”

Este fin de semana, una vez reelegido en el cargo, se consagró por aclamación como líder de los socialistas asturianos en el congreso celebrado para darle continuidad por aclamación, a la búlgara, a un proyecto afectado por la pandemia primero y el fracaso del Estatuto después. Crece la flor del uranio, el hongo de la bomba atómica y la peor de las pestes que es el nacionalismo que empobrece la cultura europea.  Su gestión de la crisis sanitaria no tuvo crítica entre los suyos, aunque el Director de Sanidad Pública se perdiera por el camino como un ciego abandonado por su perro lazarillo; su descalabro estatutario en el último itinerario político tampoco logró apaciguar al tornado populista que se alimenta de frases vacías y exhibe sin pudor la peor de las vísceras: el corazón.

La izquierda asturiana vive su sueño más pobre. Quiere decirse que su asturianismo sigue siendo inane, carente de contenido, tan romántico y atrabiliario como lo fue desde el primer día, jugando al dominó de los domingos con la geometría variable de los partidos en los sótanos de Fruela, y practicando la empatía entre el pueblo como si éste necesitara alarmantemente un diván donde explicar los motivos que justifican su suicidio. Barbón ha abandonado la política por la psicología. Más que un presidente es un “coach” con un discurso sentimental y desairado de corte nacionalista que continúa provocando tanta desazón como placidez, al menos, en la mitad del partido. 

El adrianismo es una técnica de Twitter antes que un movimiento político que produce los mismos efectos que el Diazepam. Pero no todos están en esa línea. Agazapados en sus tareas, ni Cofiño, el hombre más astuto de la política asturiana, ni Alejandro Calvo, posible recambio si las cosas van mal dadas, juegan en esa liga. Tampoco lo está Ana González, alcaldesa de Gijón, ni Mariví Monteserín, alcaldesa de Avilés. No es que las ratas abandonen el barco, es que las están echando con sutil elegancia. Algunos de ellos han pasado a ser sólo miembros del comité federal del PSOE, un cementerio de elefantes, a mayor gloria del Secretario General, que sólo convoca el máximo órgano entre congresos para dar solemnidad y ornato a sus grandes decisiones.

Congreso de la FSA. Foto: EFE/Eloy Alonso

El adrianismo es el sanchismo en Asturias, pero menos elegante. Como viene siendo costumbre, en los grandes cónclaves de la FSA todo está embarnecido de un populismo izquierdista, orgullo patriótico y cosas así. Garibaldi elevando el tono de su voz ante la tropa reunida en el estómago de la ballena blanca, el Calatrava. Poco más. No hubo movimientos sospechosos ni cambios de bandera entre corrientes, no hubo revisión de nada, tan solo barbonismo digerido entre los colores de la bandera asturiana que vienen a ser los de Ucrania, antes de que se complete la invasión rusa.

El canto rojo de los hombres crece como una planta doméstica arrinconada en los pasillos del parlamento. Aumenta el nacionalismo de mierda y Pedro Sánchez, solvente en las reuniones diplomáticas, rueda una serie para Movistar que será la mayor campaña electoral de la historia de España desde que murió Francisco Franco. Aun así, el sábado hubo una gran consternación en el Calatrava al saberse por una carta del reino alauí que España había reconocido el Sáhara como territorio autónomo de Marruecos, vulnerando los acuerdos de Naciones Unidas, provocando una crisis diplomática con Argelia y, sobre todo, humillando nuevamente al pueblo saharaui que espera, penitente, a ejercer su derecho a la autodeterminación. Sigue derramándose la sangre en el Sáhara.

Pedro Sánchez, el gran ausente de la FSA, no interrumpió el trabajo del presidente asturiano. Barbón estaba a lo suyo, a un discurso que insistía en que soplaría viento del este, arrastrando un tiempo duro y difícil, en el que nadie, por supuesto, iba a quedarse atrás. Quien dijo que la muerte era un abandono. Lo decía mientras en Oviedo los camioneros colapsaban la ciudad, convirtiendo la gravedad de la inflación en mera circunstancia que la asturianía, como un espíritu romántico, lograría apartar del imaginario de los ciudadanos, al menos, el tiempo que dura un congreso. Nada nuevo bajo este sol que no depara nada nuevo hasta que lleguen las próximas elecciones. Sospecho que la aflicción será el próximo estado de ánimo, casi como una manera de pensar hasta que algo, antes que alguien, motive la existencia de un proyecto nuevo, ya sea una fuerza centrífuga o una resistencia centrípeta. Mientras tanto, el barco está estancado. El mar ruge con fuerza, pero el navío se gobierna como si la quilla rompiera el horizonte bajo una falsa calma chicha. Esto no hay barbitúrico que lo soporte.

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