Ucrania, la guerra prolongada

No parece muy aventurado señalar que Rusia, no ganando, pierde y al mismo tiempo Ucrania, no perdiendo en lo inmediato, gana.

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Tino Brugos
Tino Brugos
Es historiador, profesor de enseñanza secundaria y miembro de la dirección del sindicato SUATEA.

Pronto se cumplirá un mes desde el inicio de la invasión de Ucrania por parte de tropas rusas. Lo que en un comienzo se pensó que sería un conflicto breve, que podría dilucidarse en el plazo de muy pocos días, lleva camino de alargarse en el tiempo. Pronto alcanzará el mes y su final no está nada claro. Lo que estaba previsto como una guerra relámpago fracasó al no alcanzar sus objetivos en los primeros días. Unos objetivos que, por lo demás, nunca han estado claros del todo porque Putin ha sido siempre ambiguo al respecto. Jugando con el lenguaje, la guerra se reduce según sus palabras a una operación militar que aspira a parar un supuesto genocidio que sufre la población rusa de la región del Donbás y a desnazificar el gobierno ucraniano. Supuestamente, se trataría de que, con la primera demostración de fuerza, la parte ucraniana cediera a la presión y se abriera una fase en la que se podrían negociar los aspectos más irritantes desde la perspectiva política rusa. De manera sorprendente, Zelenski, presidente ucraniano, no se ha comportando como hizo Kerenski en 1917, huyendo camuflado en un coche. Igualmente, la población civil no ha saludado de manera efusiva la llegada de los encargados de proceder a la liberación y desnazificación. Desde el inicio se hizo patente la voluntad popular de resistir y, a partir de esta situación, las previsiones empezaron a cambiar.

“Lo que estaba previsto como una guerra relámpago fracasó al no alcanzar sus objetivos en los primeros días”

La guerra relámpago dio paso a la guerra prolongada de la que solo podemos esperar que sea más breve que la experiencia china de los años treinta del pasado siglo que sirvió a Mao Zedong para acuñar el concepto. Lo que sí parece claro, a estas alturas, es que el alargamiento del conflicto nos lleva a escenarios no previstos. En todo caso, no parece muy aventurado señalar que Rusia, no ganando, pierde y al mismo tiempo Ucrania, no perdiendo en lo inmediato, gana. Se trataría así de una aplicación muy sui géneris de los principios de la guerra prolongada al conflicto. Para Rusia, el alargamiento de la situación actual significa un desgaste importante que le afecta en múltiples parcelas (su imagen internacional, las sanciones de Occidente, las bajas militares entre sus propias filas o el riesgo de una protesta interior que desestabilice al gobierno de Putin). Por el contrario, en el lado ucraniano, resistir no es sinónimo de victoria, porque la superioridad rusa es aplastante, pero funciona como un estímulo de orgullo nacional que cohesiona en estos momentos a la sociedad civil. Además, legitima al estado ucraniano ante la comunidad internacional. Nunca tantas instituciones internacionales recibieron al mismo tiempo a cualquier autoridad ucraniana. En todo caso, siendo casi imposible una victoria, prolongar la resistencia abre el espacio paraa que la comunidad internacional pueda intervenir en el conflicto y facilite encontrar una salida lo más airosa posible para la parte ucraniana. Pero, en el lado negativo de la balanza, una prolongación de la guerra implica, sin duda alguna, un incremento terrible de los daños y el sufrimiento entre la población civil.

Vamos viendo el horror

Poco a poco, por nuestras pantallas se va colando el horror de la guerra. En los informativos  tenemos una paradoja. Las imágenes que van apareciendo, cada día con mayor fuerza, nos muestran unos entornos urbanos con una elevada destrucción, nos hablan de armas de precisión, supersónicas y, sin embargo, nos remiten a cifras oficiales de víctimas que se cuentan siempre con los dedos de una mano. Por lo que sea, los datos oficiales procedentes de medios ucranianos intentan minimizar al máximo las bajas propias, pero a la luz de los daños que se pueden apreciar, que afectan a edificaciones completas, el número de bajas tiene que ser muy superior al reconocido en los informes oficiales. Todo ello, sin entrar a valorar las bajas entre los efectivos militares de ambos bandos, que parecen ser también elevadas.

Refugiados ucranianos. Foto: ACNUR.

En días pasado vimos bombardeos de bajos de teatros donde se congregaban varios cientos de personas, pese a que se había avisado de la presencia de menores con carteles visibles desde el aire; unos días antes asistimos al bombardeo y destrucción de una clínica de maternidad con decenas de mujeres embarazadas en camillas, vimos allí a jóvenes poco más que adolescentes, vestidos de soldado, atendiendo a menores que no llegarían, ni con mucho a los diez años, aturdidos por la explosión; en Jarkov se ha disparado contra edificios del gobierno así como contra la gente que estaba haciendo cola frente a una panadería, un episodio parecido al ocurrido en Sarajevo, durante la guerra de los años noventa y otros casos de los que sin duda no  nos estamos enterando.

El calvario de Mariúpol

Pero si algo está llamando la atención de manera creciente es la situación que se está viviendo en la ciudad de Mariúpol, junto al mar de Azov, una localidad que cuenta con cerca de medio millón de habitantes y un importante puerto estratégico.

El drama de esta ciudad comenzó con la crisis del 2014. Ese año, tras la revuelta del Maidán, se produjo el levantamiento secesionista en la región del Donbás y la anexión de Crimea por parte de la Federación Rusa. A partir de aquel momento, Mariúpol se encontró en un lugar marcado por las tensiones y las expectativas de ambos bandos. Para Ucrania se trata de un puerto importante tras la pérdida de Crimea, aunque con problemas objetivos ya que tras la anexión, una de las primeras medidas de Putin fue la construcción de un puente a través del estrecho de Kerch, que cierra el mar de Azov con la idea de unir Crimea al resto de Rusia. Desde entonces, los incidentes han menudeado, alcanzando cierta intensidad en algunos momentos. Por su parte, en el lado ruso, las presiones llegan desde la zona del Donbás, que aspira a ocupar todo el litoral hasta Crimea, incluyendo Mariúpol.

“Uno de los objetivos de Putin es la creación de un corredor que dé continuidad territorial a la parte rusa de Crimea con el resto de la Federación”

No es ningún secreto que uno de los principales objetivos de la ofensiva rusa en la zona es la creación de un corredor que dé continuidad territorial a la parte rusa de Crimea con el resto de la Federación, todo ello con el consentimiento, o no, de la comunidad internacional. A este respecto conviene recordar que el programa político de grupos nacionalistas rusos como el de Vladimir Zirinovski, plantea la necesidad de recuperar para Rusia toda la periferia oriental y meridional de Ucrania, hasta Odessa, entrando en contacto, ya en la frontera de Moldavia, con otro agujero negro separatista rusófono, la República de Trasnistria, que tampoco cuenta con reconocimiento internacional, pero en la que ya está el ejército ruso cumpliendo oficialmente misiones de pacificación. Como en otros casos similares, Trasnistria se ha convertido en un foco de actividad para diferentes grupos mafiosos.

Así pues, nada más iniciada la invasión, el frente en torno a Mariúpol se ha convertido en uno de los cercos más implacables de cara a lograr la rendición y entrega de la ciudad. En unas hipotéticas negociaciones para la pacificación del conflicto, se da por sabido que Rusia no devolverá, bajo ningún concepto, el corredor terrestre del mar de Azov hasta Crimea. Son estos objetivos contrapuestos, la resistencia ucraniana y la presión rusa, los que hacen que el frente de Mariúpol se haya convertido en una verdadera prueba de fuerza en la que ninguna de las partes parece dispuesta a ceder. Rusia está machacando con su artillería la ciudad, con una brutalidad especial, superior a la empleada en otros lugares. En medio de una situación invernal, sin abastecimiento de alimentos, sin agua, electricidad ni calefacción, se puede dar por asentado que los muertos en esa ciudad ascienden a varios miles de víctimas, muy superior a lo que reconocen  las fuentes oficiales. De los diversos intentos para la creación de corredores humanitarios que permitan salir de la ciudad a la población civil más vulnerable, los acordados en torno a Mariúpol han fracasado de forma sistemática. Rusia no parece dispuesta en este caso a ceder. Entrarán en la ciudad a sangre y fuego y se puede anticipar que la masacre está asegurada de antemano. La previsible resistencia numantina en la ciudad hace previsible que estemos en puertas de hechos que solo se pueden calificar de salvajismo. El despliegue de militantes chechenos, curtidos en la guerra contra los islamistas y acusados de múltiples atrocidades, viene a confirmar esta terrible previsión.

Vladimir Putin, presidente de Rusia.

Desgraciadamente, las peores previsiones se van cumpliendo y, en los informativos de la mañana de hoy, martes 22 de marzo, se anuncia el inicio de los bombardeos sobre la ciudad de Odessa. Pronto se iniciarán sobre el resto de ciudades de la parte occidental de Ucrania y la destrucción afectará al conjunto del país.

La crisis de refugiadas

El inicio de la invasión generó una reacción de pánico que provocó la huida masiva de varios millones de personas, creándose en un plazo inferior a una semana un éxodo de centenares de miles de personas, mujeres y menores en su inmensa mayoría, ya que los varones en edad de combatir no pueden abandonar el país. Esa corriente migratoria se ha dirigido hacia los países fronterizos miembros de la Unión Europea. De forma inesperada y contradiciendo las prácticas ante crisis humanitarias similares anteriores, la UE ha practicado una política de puertas abiertas que ha sido acusada en diferentes foros de racista y eurocentrista. En todo caso, este éxodo protagonizado por mujeres y menores de edad además de algunos ancianos y otras personas vulnerables, ha generado una espontánea ola de solidaridad popular.

Familia de refugiados ucranianos. Foto: ACNUR

Pronto han surgido voces de diferentes agrupamientos feministas denunciando la situación y, sobre todo, los riesgos para estas refugiadas. Así, la Plataforma CEDAW (Comité para la Eliminación de la Discriminación hacia las Mujeres)- Sombra España ha llamado a poner en práctica la Plataforma de Acción de Beijing que insta a los estados firmantes a tomar medidas para proteger a mujeres y menores de las redes de tráfico de personas y explotación sexual, a promover una cultura de paz basada en los valores del diálogo, tolerancia y respeto y a incrementar la participación de las mujeres en los espacios de decisión sobre la resolución de conflictos.  Todo ello después de señalar su rechazo a la guerra impulsada por Putin en contra del pueblo ucraniano, manifestar su solidaridad con la sociedad civil rusa que se opone a la guerra y apoyar solidariamente a los millones de víctimas de los otros conflictos olvidados.

Por otra parte, bajo el título de “Resistencia feminista contra la guerra”, se hizo público días atrás, un manifiesto internacional firmado por numerosas mujeres pertenecientes a diferentes sectores sociales y políticos en el que denuncian de manera rotunda la invasión militar rusa y la existencia de miles de víctimas, pronunciándose en contra del envío de armas y de la subida anunciada en varios países del presupuesto militar y la escalada belicista.

Es posible, y deseable, que ante una prolongación del conflicto surjan iniciativas desde el mundo feminista capaces de cuestionar los valores patriarcales y machistas vinculados a la guerra y las soluciones violentas a los conflictos, similares a los que ya aparecieron en los años 90, durante las guerras balcánicas, como fue el caso de Mujeres de Negro, capaces de abrir espacios de encuentro entre mujeres que superaban las líneas étnicas.

El ovillo de la OTAN

En ocasiones anteriores he intentado señalar la responsabilidad de la OTAN en la gestación de la crisis actual mediante el desarrollo de una política de seducción en la que, lamentablemente cayeron los políticos ucranianos, deseosos de encontrar un paraguas que les protegiera de la creciente amenaza rusa. No es la primera ocasión ni será, posiblemente la última en la que los cantos de sirena de la organización militar atlantista embarra el campo de juego para mejorar sus posiciones, basadas siempre en la amenaza y la superioridad militar.

Sin embargo, esta constatación no debería impedir ver la realidad que tenemos delante, marcada por la agresión de un país a un estado vecino, con la utilización de la fuerza militar bruta y atacando de forma reiterada a la población civil. Una parte de la izquierda sigue empeñada en compaginar dos tareas simultáneas, la denuncia de la guerra y de la OTAN como responsable último de la misma lo que lleva a desarrollar un confuso discurso. A diferencia de lo ocurrido en otras ocasiones en las que la parte agresora aparece con claridad y se denuncia su actuación (casos de Israel en Palestina, los USA en Irak o Afganistán, por poner algunos ejemplos), esta vez, a pesar de aparecer claramente la fuerza agresora, la condena se realiza en muchas ocasiones con la boca pequeña desviando rápidamente las explicaciones hacia el campo de la OTAN, generando de este modo un extraño relato que evita entrar de lleno en las causas inmediatas del conflicto desencadenado a partir del inicio de la invasión rusa. Puede resultar sorprendente pero estamos asistiendo a un conflicto de dimensiones continentales para el que la izquierda, por primera vez en décadas, no alcanza a ofrecer un relato sólido y coherente con el desarrollo de los acontecimientos. Es posible que la mezcla de preparativos para organizar actividades en contra de la Cumbre de la OTAN en Madrid, prevista para junio, esté impidiendo limpiar y fijar el ámbito de intervención. No deja de ser sorprendente esta actuación máxime si se compara con lo que está ocurriendo en otros países europeos en los que se está produciendo una movilización generalizada de solidaridad con el pueblo ucraniano, en contra de la invasión rusa, en apoyo a quienes en Rusia se atreven a desafiar la propaganda oficial y por la paz para proteger a la población civil afectada por los bombardeos indiscriminados. Lo que debería de ser el objetivo prioritario, un alto el fuego inmediato para favorecer un clima de distensión y desmilitarización que permita la retirada de las tropas invasoras, queda subsumido por otro elemento añadido como es búsqueda de argumentos probatorios que permitan incluir a la Alianza Atlántica dentro de los responsables directos del desastre, en igualdad de condiciones. Siendo indiscutible la relación de la OTAN con el calentamiento previo de la situación, lo que aparece con claridad en los momentos actuales es la responsabilidad inmediata de Putin como elemento desencadenante del conflicto. En el momento actual es él quien tiene la llave para detener la destrucción y la masacre que genera esta guerra.

PD: Como decía el entrañable Forges en sus viñetas publicadas en El Pais, “No te olvides del Sahara”.

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1 COMENTARIO

  1. No es verdad que dos no pelean si uno no quiere. Y es evidente que no todas las guerras son iguales, aunque sus consecuencias en destrucción y muerte sí lo sean. La izquierda española en este momento da grima en este tema. Ni se ha movilizado en contra de esta brutal invasión ni ve con buenos ojos que otros (la población ucraniana residente en España) lo haga. La OTAN es culpable de muchas cosas, pero tener a Rusia de vecino no debe ser una situación fácil. Los países subyugados por la URSS en el pasado no parece que tengan mucho interés en seguir en su esfera de influencia. Por algo será. Buscan una protección que de momento solo les ofrece la OTAN, para bien y para mal. Pero Ucrania llega demasiado tarde al club. Las repúblicas bálticas y todos los antiguos países del Pacto de Varsovia se han cobijado en el paraguas atlantista. Ucrania se rezagó y así le está yendo.
    En fin, como la cosa bélica parece que durará aún un tiempo más o menos prolongado, tiempo habrá de analizar los derroteros que tome. Análisis como los de Brugos son interesantes y marcan líneas de análisis que habrá que tener muy presentes.

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