“En Nicaragua dormíamos con un AK en la cabecera de la cama”

Minero jubilado, hijo de una familia de campesinos sin tierra, Javier Arjona es un referente de los movimientos sociales y el internacionalismo asturiano.

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Pablo Batalla
Pablo Batalla
Es licenciado en Historia. Ha sido colaborador en medios como La Voz de Asturias o Atlántica XXII y en la actualidad coordina la revista digital El Cuaderno y dirige A Quemarropa, el periódico de la Semana Negra de Gijón. Su último libro es "La virtud en la montaña. Vindicación de un alpinismo lento, ilustrado y anticapitalista" (Trea Ensayos).

Del sol de los labrantíos de la Vera extremeña a las tinieblas telúricas de la mina asturiana; del destajo jornalero del tabaco y el pimentón al estajanovismo de la hulla. Más tarde, tres años en la jungla alegre y violenta del trópico nicaragüense, brigadista internacional del sueño sandinista. Y desde entonces decenas, cientos de viajes a América Latina, donde ha visto, como el Che de la zamba de Víctor Jara, «selvas, pampas y montañas», y sobre todo ha conocido y se ha comprometido con pasión con sus habitantes. Javier Arjona (Jaraíz de la Vera, Cáceres, 1956), referente de la cooperación internacional en Asturias, activista del Comité de Solidaridad con América Latina y Soldepaz Pachakuti, ha visto mucho mundo, lleva toda la vida intentando cambiarlo, y una vez salió en Aló, presidente y Hugo Chávez le cantó «¡Granada, tierra soñada por mí, mi cantar se vuelve gitano cuando es para ti!».

Javier, naces en Extremadura en 1956, hijo de campesinos sin tierra. ¿En qué parte de la región?

En Jaraíz de la Vera, norte de Cáceres. Una comarca agrícola potente.

Eres hijo de campesinos sin tierra. ¿Cuál fue el paisaje —me refiero al paisaje social— de tu niñez?

Me tocó trabajar la tierra desde muy pequeño, pero también irme muy rápidamente. En época de Franco, se hacían regadíos y las familias se desplazaban. A mí, en ese período, me tocaba quedarme con las abuelas. A los diez años, conseguí una beca y me fui a Trujillo, a la pensión La Troya, a estudiar un bachillerato laboral. Estuve allá siete años. ¿El paisaje social? Una sociedad con mucha represión. La gente tenía mucho miedo y estaba muy sometida al régimen.

¿Qué significaba ser un campesino sin tierra?

Un método de explotación muy intenso. En lo que respecta a mi familia, se cultivaba sobre todo tabaco y pimientos; el famoso pimentón de la Vera. Eso requiere mano de obra, que ponían las familias campesinas. Las tierras eran del patrón y los trabajadores eran los llamados medieros: la mitad se la lleva el patrón. Las familias, a veces, tenían que contratar jornaleros; nuestra familia, por ejemplo, los contrataba.

¿El patrón contrataba a una familia y esa familia gestionaba el trabajo como le pareciera, subcontratando a otros si era preciso?

Exacto. Y, al final, los resultados se dividían en dos: la mitad, para el patrón.

Feudalismo puro y duro.

Totalmente. Después, lo he visto en algunos sistemas de América Latina.

En Extremadura, ¿sigue existiendo?

Sí, lo que pasa es que ahora vas para allá y te encuentras un cambio bestial. El trabajo que hacíamos nosotros, ahora lo hacen los inmigrantes marroquíes. Te los encuentras en todos los pueblos de la Vera.

¿Qué clase de gente eran los patronos? ¿Aristócratas, todavía?

Había de todo. Eran paternalistas (y te explotaban más por ser paternalistas; te sacaban más el jugo).

¿La propinilla y el chocolate con churros para los niños que hacían la Primera Comunión y ese tipo de cosas?

Sí. Prebendas para nosotros, para los guajes. La explotación, de todas maneras, era bestial.

Javier Arjona en La Revoltosa de Xixón. Foto: David Aguilar Sánchez

¿Conociste las puebladas?

No. En aquella época ya no las había. El 25 de marzo extremeño había sido muy reprimido. Uno de mis abuelos sí que tenía algunas historias que contar, pero en general mi familia no conoció aquello.

Pero resurgieron con la Transición, ¿no es cierto?

Sí, pero a mí ya me pillaron en Asturias.

¿Tu familia estaba politizada? ¿Tu compromiso político viene de ahí?

No, no. Yo me politizo ya en Asturias.

Vienes con dieciocho años.

Voy a hacer la mili a la Virgen del Camino, en León. Voluntario (risas). Estaba en un período en el que no sabía qué hacer. La familia quería que estudiara, pero no había condiciones. Así que, entre que decidía y no por dónde tirar, decidí adelantar la mili. Estuve en Aviación, en una base militar con mucha gente muy jovencita; adolescentes que estaban estudiando mecánica de aviación. No era mi caso, pero estábamos todos mezclados. Recuerdo mucho frío y muchas guardias. El caso es que allí conocí a gente minera, de los que hacían tres meses de mili. Ya sabes que los mineros tenían esa prerrogativa: hacía falta el carbón, hacía falta producir, y ellos hacían una mili más corta. Algunos de aquellos mineros me contaron que aquí había trabajo. Y en cuanto acabé la mili, me vine para acá y al día siguiente ya estaba trabajando. Que se lo cuenten a los jóvenes de ahora (risas).

Javier Arjona en la Revoltosa. Foto: David Aguilar Sánchez

Ya en Asturias, ¿en qué pozo recalas?

En el Sotón. Llegué el primer día al Sotón y allí estuve hasta el final; veinticuatro años en total, desde el setenta y cuatro hasta que me prejubilé.

Y ¿cómo es esa llegada de un joven campesino extremeño a la mina asturiana? Eran contextos muy distintos; duros ambos, pero de diferente manera.

Totalmente. Me sorprendió, en primer lugar, la cantidad de gente; mil personas en el mismo centro de trabajo. También me sorprendió el trato respetuoso de los ingenieros. Los mineros ya habían conseguido una serie de conquistas y, entre ellas, esa. La explotación era tremenda, claro, pero no había aquella sumisión absoluta a los señoritos, aquella jerarquía estricta, que yo había conocido. También me sorprendió lo organizada que estaba la gente. Lo vi en seguida, a pesar de la clandestinidad. Llego en un momento álgido de movilización y me toca una comisión obrera ya con dieciocho años. «Este guaje parece que estudió algo, que vaya para allá». Me implico también con la Asociación de Vecinos de L’Entregu y con la asociación cultural de La Laguna: charlas, actividades… Por allá pasaba todo el mundo; Benigno Delmiro tiene algo escrito sobre La Laguna. Gente muy diversa: desde Juanín [Muñiz Zapico], que murió al poco tiempo en un accidente, hasta gente de la cultura que después se haría muy conocida, como Chus Pedro y la gente de Nuberu, o que ya lo era, como Víctor Manuel. Y asambleas a todas horas. A mí me tocó presentar muchas, algunas históricas, como cuando las Madres de la Plaza de Mayo fueron a mi pozo y las presenté yo a los mineros.

Javier Arjona sostiene el megáfono mientras habla Hebe de Bonafini, lider de Madres de Plaza de Mayo, a los mineros del Pozu Sotón.

¿Militancia política, también?

Inmediatamente, y en el PCE.

¿Por qué el PCE?

Era lo que había, lo que se movía en los dos lugares que te comento: la asociación de vecinos y La Laguna. En el pozo, en aquel momento, había como cien afiliados a la agrupación clandestina del Sotón.

“En Asturias la explotación era tremenda pero no había aquella sumisión al señorito de Extremadura”

¿Cuál es tu trabajo en la mina?

Picador. Estuve tres meses de guaje y el resto, picador.

¿Recibes algún tipo de formación para serlo?

Sí, de tres días. Había un centro de formación de HUNOSA que todavía existe para cosas culturales, El Trabanquín, en el que, para entrar en la mina, te daban un día de formación y te mandaban para dentro. Para hacerte picador eran otros tres días; una especie de simulacro interno del pozo. Recuerdo que, a la vez que yo recibía aquella formación, la recibieron treinta y cinco saharauis que entraron cuando yo, aunque rápidamente estalló la guerra y se fueron. Hacían falta manos e iban a por ellos, como a por andaluces o extremeños: eran españoles como nosotros, claro. Mucha gente no aguantaba el encierro y acababa yéndose, y eso que, muchas veces, venían de situaciones difíciles. Conocí a uno que venía de las campanas que hay debajo de Arcelor: un trabajo durísimo. Sin embargo, no se adaptó a la mina: le parecía mucho más difícil que lo otro. Trabajábamos casi siempre a destajo. Había un pequeño sueldo fijo, pero la mayoría de lo que cobrabas, lo cobrabas por lo que rascabas.

Estajanovismo soviético.

Igual, igual. Te pagaban por centímetros. Tanto medían que avanzabas en la capa, tanto te pagaban. Así todos los días, aunque, como había mucha conflictividad, y había reclamos de todo tipo, era raro el mes que se trabajaba completo. La empresa terminó inventándose un sistema en el que, por cada día que no trabajaras por lo que fuera, te quitaban muchas primas. Proporcionalmente, perdías mucho, pero era inevitable, por lo menos entre picadores.

Mucha gente dejaba la mina y se iba a Gijón a trabajar a los astilleros o la siderurgia, trabajos duros, pero que se consideraban más livianos. ¿No te tentó?

No surgió la ocasión, no.

Javier Arjona en la Revoltosa. Foto: David Aguilar Sánchez

Había muchos extremeños en las cuencas. ¿Hacíais alguna piña especial entre vosotros?

No, no. Igual que no conocí el menor tratamiento racista o xenófobo hacia los extranjeros o hacia los que veníamos de otros lugares del país y teníamos otro acento, tampoco sucedía que nosotros nos agrupáramos o nos segregáramos. De hecho, hacíamos jornadas culturales tipo semana de Extremadura, sobre todo en Blimea, donde había un activista cultural del PCE muy potente, y costaba que los extremeños vinieran. No había ningún tipo de distanciamiento. Ni siquiera con los saharauis, más allá de llamarlos a todos Mohamed y ese tipo de cosas. Dos de ellos, por cierto, se quedaron y se jubilaron conmigo y por ahí andan todavía con sus familias, en L’Entregu. 

Saltando por un momento al presente antes de volver al pasado para seguir repasando tu vida, ¿qué te parece esta repentina decisión del Gobierno Sánchez de reconocer la marroquinidad del Sáhara y renunciar al compromiso de España con su independencia?

No sé si conoces a Juan Luis Vallina Ariznavarreta. Con él fundamos la Asociación de Amistad con el Pueblo Saharaui en el año ochenta y ocho. Había habido una antes, jurídica, de juristas nada más, con Antonio Masip, pero la anularon. En el ochenta y ocho creamos esta otra que primero era Amigos del Magreb, y luego se circunscribió al Sáhara. Ahora se llama Asociación Asturiana de Solidaridad con el Pueblo Saharaui. Vallina —que fue emigrante en Alemania, concejal en Llanera y ahora vuelto a Siero, y escribió hace poco un libro de memorias— tenía un taller mecánico en Lugones que era el lugar donde se cargaban todos los camiones para el Sáhara. A lo que iba: aunque yo me especialicé, por así decir, en América Latina, llevo atento al Sáhara toda la vida. Y comparto lo que dijo el otro día Gervasio Sánchez aquí en Gijón: lo que ahora consuma Sánchez, Felipe González lo creó y Zapatero lo desarrolló. Sánchez solo da la puñalada final. Y la da porque se lo ordena el secretario de Estado de Estados Unidos. Nuestro sometimiento a Estados Unidos, nuestra falta de soberanía, son absolutos y hacen que el Gobierno esté dispuesto a ir contra todo y contra todos en este tema: contra sus socios de Gobierno, contra todos los partidos y contra la solidaridad intensa que ha habido en este país hacia el Sáhara, y sigue habiendo. Las bases del PSOE están aterradas, pero lo está hasta gente del PP. Este tema ha sido muy amplio, no solamente algo de la izquierda-izquierda.

Volviendo al pasado, ¿qué caminos te llevan hacia la especialización de tu militancia en la solidaridad internacional?

Conocer e interesarme por la situación latinoamericana. En el ochenta viajo a Cuba de vacaciones y después vuelvo sin parar, todos los veranos: viajes de grupo en casi todos los casos; brigadas. En el ochenta y dos vamos a Nicaragua, cuando ya estaba empezando fuerte la guerra. En el ochenta y tres volvemos; ya se había construido aquí el COSAL [Comité de Solidaridad con América Latina]. Y en aquel momento decido quedarme. Estaré tres años ininterrumpidos allá.

¿Qué Nicaragua te encuentras?

Un desastre. La guerra, como te comentaba, había empezado ya. Se había producido una ocupación de la enorme cantidad de empresas que tenía la familia Somoza. La nacionalización, allá, fue fácil: todo lo de Somoza, para el Estado. En agricultura, seguían un modelo de agricultura intensiva, con muchos agrotóxicos y otras porquerías; no había otra concepción y en aquel momento no había más remedio. Se cultivaba, sobre todo, algodón y tabaco. A mí me toca ir a una zona de frontera con Honduras, Jalapa, donde colaboramos con un proyecto que tenían los estudiantes de montar un instituto agropecuario. Una zona muy peculiar, con un microclima en el que se da todo lo que siembres, pero donde la riqueza mayor que tienen es el tabaco; tabaco de puros, que tenía mucho valor en aquella época y ahora, y un cultivo al que no me costó adaptarme porque venía de la práctica del tabaco en Extremadura.

¿Cómo vives la guerra?

La guerra fue dura. Yo hacía de profesor, y estudiantes míos no murieron, pero sí hermanos y familiares suyos. Llegaba la Contra, que entraba desde Honduras, hacía sus escaramuzas militares y volvía a Honduras a protegerse. Una cosa que hacían, como los galerones —o sea, los secaderos— de tabaco nicaragüense son de madera, era quemarlos. Lo tenían muy fácil. En aquel momento, el Gobierno de Reconstrucción Nacional que se llamaba dice: «armas para el pueblo». Entregaron armas a todo el mundo y era la propia gente la que defendía todo aquello. Nosotros ocupamos una finca de un gringo, un yanqui, que se había ido, pero por deudas, no por contradicción con los sandinistas. Su establo, que era de primera categoría, fue adaptado como dormitorio de estudiantes y nos pusimos a cultivar las tierras. Hacíamos guardias y dormíamos con un AK en la cabecera de la cama. Estuve con un AK tres años y medio. Ahora presumo de pacifista (risas).

La realidad tiene estas contradicciones… Es fácil ser pacifista a miles de kilómetros del conflicto.

Claro. Allá era todo defensivo. Te defendías de gente que entraba y destruía. El ejército sandinista estaba conformándose y nos pedía ayuda. Nuestros estudiantes eran aguerridos, por así decir, y negociábamos: os mandamos a tanta gente una semana, quince días… Y se iban; tenían que interrumpir las clases para irse. Yo, a veces, tenía que ir con ellos.

Javier Arjona durante la conversación con Pablo Batalla. Foto: David Aguilar Sánchez.

¿Llegaste a sentir tu vida en peligro en algún momento?

No, la verdad es que no. En parte por aquello de no tenerlo en cuenta. Pero dábamos clase en salas muy precarias que construimos y mientras volaban las katiushas de parte a parte. Psicológicamente, allí había muchísimos problemas, y no solo porque te mataran a familiares. Pese a todo, en esas condiciones se construyó una escuela agropecuaria que todavía existe en aquella región fronteriza cuya capital se llama Las Segovias.

Y que sale en la famosa El Cristo de Palacagüina de Mejías Godoy: «Por el cerro de la Iguana, montaña adentro de Las Segovias…».

Es su propia región; él es de esa zona en la que también combatió Sandino y donde hay otro pueblo cerca que se llama Ocotal y donde Sandino les dio fuerte; los echó, vamos. Ganaron a los marines norteamericanos. Aquella escuela agropecuaria, que ahora es no sé si de los jesuitas, religiosa, yo volví por allá a visitarla veinticinco años después, porque me nombraron padrino de la primera promoción. Se formaba a técnicos medios en agronomía: gente muy de embarrarse las botas, de soltar latinajos para nombras las especies, gafas de sol… Una pinta muy singular. Eran todo campesinos que querían formarse; además había necesidad de ellos. Yo coincidí allá con dos o tres profesoras de Madrid, León, etcétera. Fue una experiencia impresionante. Era un ambiente muy creativo: podías hacer lo que quisieras. Todo el mundo estudiaba, todo el mundo quería estudiar. Luego les costaba mucho, pero se esforzaban. Un poco lo que cuentan aquí de antes de que nos derrotaran; de los inicios del movimiento obrero, cuando las casas del pueblo, las sedes anarquistas, los socialistas, todas, eran centros de mucha actividad cultural, porque la gente quería formarse. Yo vi eso en Nicaragua, que duró hasta el año noventa. Todo era muy improvisado, porque yo no sabía más que lo que había aprendido en el bachillerato laboral y trabajando; no era del gremio de la enseñanza. Pero algo aporté.

Me imagino una suerte de aplicación, de manera espontánea, de aquello de Paulo Freire: la pedagogía de la opresión. Aprender, ante todo, los mecanismos por los que uno es oprimido, y liberarse.

Sí. Hace unos años estuvimos presentando con Carlos Beristain el libro que hizo sobre la desaparición de estudiantes de Ayotzinapa, en México, y cuando él hablaba de las escuelas normales de México, que siguen la filosofía de Freire y me parece ahora cumplen cien años, yo veía mucho parecido con lo que hacíamos allí. En efecto, aplicábamos aquella práctica sin haberla leído, improvisando.

¿De qué dabas clase?

Un poco de campo, algo de biología y genética… Pero todo muy básico. Tampoco sus profesores tenían mucha formación. Era una zona apartada y solo iban los que no podían encontrar trabajo en la capital. Había algunos maestros viejos y buenos, pero que no eran del gremio del campo, y había una mujer de Madrid, Nieves, que había estudiado para perito. Todo era muy improvisado. Cogíamos a técnicos de las empresas estatales y los traíamos a dar charlas prácticas. Si lo hacían bien, el tabaco servía; si no, se caía: no había nada más efectivo. Algunos se quedaron en el gremio e incluso acabaron convirtiéndose en empresarios exitosos. Hubo de todo. Fue una experiencia realmente novedosa y una cosa muy interesante. Aquí se mantenía muy viva la solidaridad, y cualquier cosa que pidieras —y no teníamos Internet— tenía una respuesta. Por ejemplo, el sindicato minero de Comisiones mandó para allá una cantidad enorme de materiales. Algunos no servían, pero otros todavía están allí: libros, folletos agrícolas… Recuerdo que le compré a Chus Pedro, que durante un tiempo, de joven, se dedicó a vender libros, una enciclopedia de veintipico tomos y me la llevé para allá. Cuando volví, ¿te puedes creer que seguía en la biblioteca? Toda manejada, manoseada, pero allí estaba, totalmente desactualizada, eso sí. Ahora, con Internet, habrán cambiado las costumbres. Me acuerdo también de visitar algunas minas pequeñitas que hay en Nicaragua, la del Limón, por ejemplo, que habían ocupado los trabajadores —poco tiempo, pero la ocuparon y la gestionaron—, identificar algunas cosas que hacían falta y pedirlas. Pedías material, libros, incluso dinero, y te lo mandaban. Me estoy acordando de una ordeñadora mecánica que se mandó desde aquí para que practicaran los estudiantes. Era muy fácil.

¿Más fácil que ahora?

Muchas cosas han cambiado. Con lo de Ucrania, hemos convocado tres concentraciones y no ha ido casi nadie, ni siquiera de partidos que están en contra de la guerra; una situación totalmente distinta a la de Iraq, cuando hubo movilizaciones masivas. Hay muchas oenegés, pero las oenegés tienen partes negativas, y una es que restan participación. Los cosales que organizaban todo aquello no eran oenegés, ni lo son, porque todavía queda alguna. Las oenegés, aunque no lo digan, aunque lo nieguen, practican la caridad, no la solidaridad. Y se profesionalizan. Nosotros íbamos allá a mezclarnos con los nicas, a actuar con ellos incluso en la violencia armada o la defensa del país, y ellos te consideraban uno más, aunque a veces dijeran: «¡Estos españoles nos exigen más que los nuestros!». Éramos duros, los españoles.

Se hace a veces, a las oenegés, la crítica de que llegan a países donde no hay Estado del bienestar, lo proporcionan de facto y facilita que el Gobierno se lave las manos. No hay la implicación con los movimientos revolucionarios del lugar que sí había en el movimiento solidario del que tú formaste parte.

Pero eso pasa allí y aquí. En Gijón, no hace falta ir a otro sitio, hay oenegés atendiendo necesidades sociales que tendría que atender el Estado. Sustituyen al Estado del bienestar y lo hacen más barato. Y son todos buena gente, ¿eh? No tiene nada que ver una cosa con la otra. Pero facilitan que el Estado se desentienda. Allí, más, claro. Y eso, hablando de las buenas. Haya otras que ni lo son; que simplemente obedecen a un «vete para allá, que hay gente que ha puesto tanto dinero, y haz lo que a mí me interesa que hagas». Eso está estudiadísimo, desde Petras en Bolivia hasta en más sitios.

En la Nicaragua que te encontraste, ¿pervivía el recuerdo de Gaspar García Laviana, aquel cura asturiano que murió pegando tiros con la guerrilla sandinista?

Sí, lo que pasa es que yo estaba en el norte, y él había estado más en el sur: Tola y toda esa zona. Pero sí. En general, había una cantidad enorme de mártires, que así los llamaban, a los que se recordaba por doquier. Los contras financiados por Reagan mataban gente todos los días y se la recordaba y honraba junto a los que habían caído antes del setenta y nueve, en la lucha contra Somoza. Mi instituto, de hecho, tenía el nombre de un caído, Moncada. A los veinticinco años, cuando volví, en una cosa que hicimos allí con los estudiantes, estaba su padre; un viejito ya. Me emocionó mucho.

¿Cómo vives hoy la evolución política de Nicaragua; esta deriva autoritaria de Daniel Ortega?

La hemos seguido desde siempre y con atención, por militancia solidaria, así que no nos pilla de sorpresa. Sí que nos cogió de sorpresa lo del noventa; que el sandinismo perdiera las elecciones de febrero, cuando tomó la presidencia Violeta Chamorro, viuda de un periodista asesinado por Somoza, Pedro Joaquín Chamorro. Su yerno, Antonio Lacayo, era el ministro de la Presidencia y quien gobernaba de facto. Tenía también dos o tres hijos sandinistas: las familias burguesas se dividieron. Y eso redunda en lo que está pasando en este momento, en 2022. Yo he vuelto muchas veces a Nicaragua; la última, eso sí, fue en 2012, que ya pasó tiempo. Una vez entramos en Nicaragua desde Costa Rica y nos topamos con carteles de Daniel Ortega con su mujer, Rosario Murillo, y el cardenal Obando, un personaje muy peculiar, que murió el año pasado, o hace dos. Carteles que dicen «Nicaragua solidaria, cristiana y socialista». Obando había sido obispo opositor a Somoza y, luego, obispo opositor al sandinismo. Y Ortega, después del noventa y de los diecisiete años de gobiernos neoliberales que siguieron, cuando vuelve a ganar, lo hace mediante un pacto con este Obando y con un partido que se llama Liberal Constitucionalista, dirigido por Arnoldo Alemán, que había estado en la cárcel, acusado de corrupción. ¿Qué significa eso? Por la vía del pacto con Obando, un retroceso en las leyes de igualdad de las mujeres de cien años, como dicen allá, hasta extremos que ni con Somoza se habían dado; y este lenguaje espiritista que utiliza la Rosario. Por la del pacto con el PLC, que se mantiene hasta hoy, una alianza con el empresariado y con Estados Unidos hasta hace cuatro días que se ha roto. Ahora mismo hace tres años del estallido del dieciocho. Ha habido una represión enorme, y nosotros todo eso lo veníamos viendo. El culmen fue la persecución totalmente cruel contra Ernesto Cardenal.

Sin embargo, una parte de la izquierda insiste en defender a Ortega.

Sí, hay sectores que dicen: «ya, bueno, pero si vienen los otros es peor». Como justificando. Pero es un retroceso impresionante. Se ha muerto en la cárcel Hugo Torres, que había sido general sandinista y sacó a Ortega de la cárcel en un golpe maestro que dieron en el setenta y cuatro. Está en la cárcel la comandanta Dora María Téllez, que hizo el asalto al Palacio Nacional con otros comandantes famosos. Está en el exilio la comandanta Mónica Baltodano, a quien hemos traído a Asturias, y que ha escrito cuatro tomos de Memorias de la lucha sandinista. Está en el exilio Luis Carrión, uno de los nueve comandantes de la mítica Dirección Nacional Conjunta que se forma con la unión de las tres tendencias en las que se había dividido el Frente Sandinista tras la muerte del comandante en jefe Carlos Fonseca. La consigna, tomada del «¡comandante en jefe, ordene!» cubana, era «¡Dirección Nacional, ordene!». Pues bueno, Carrión está ahora en el exilio en Costa Rica: si pone un pie en Nicaragua, lo meten preso. Y así mucha gente a la que nosotros hemos conocido. Vilma Núñez de Escorcia, que padeció cárcel con el somocismo, ahora tiene su casita rodeada y le han robado el Centro Nacional de Derechos Humanos, que tiene detrás un trabajo impresionante. Lo han desmantelado. Toda esta situación, nosotros, desde luego, no podemos compartirla ni de lejos.

“Daniel Ortega fue un chupóctero”

Yo detecto una pervivencia de la mentalidad de la guerra fría en un momento en que la guerra fría ya queda muy lejos; una suerte de nostalgia de los dos bloques en un mundo que se ha vuelto demasiado complicado y a cuya complejidad hay gente que es incapaz de enfrentarse de otro modo que embutiéndola a puñetazos en el viejo troquel bipartito. Estados Unidos es el mal y todo lo que se oponga a Estados Unidos es necesariamente el bien.

Falta que den el paso Cuba y Venezuela, que son los que están sosteniendo a Ortega. Una de las acusaciones que se le hacen a Ortega es haberse aprovechado familiarmente de la ayuda venezolana cuando la había muy potente; dinero que no pasaba por el parlamento ni por el Tribunal de Cuentas y que ahí está. Fue un chupóptero: estuvo sacándole los cuartos a Venezuela a cuenta de la geoestrategia y eso está ahí. Hace poco estuvo aquí Enrique Santiago hablando de los cien años del PCE y alguien le pregunto: «¿Y Nicaragua?». Enrique dijo: «Defendemos los derechos humanos», y hasta ahí. Hasta que Cuba no cambie esa posición geoestratégica que está alimentando al monstruo en este momento, el PCE y otros sectores van a estar muy incómodos con este tema.

¿Cómo y por qué se terminó tu experiencia nicaragüense?

Me voy, aunque no me voy por eso, sino un poco antes, en un momento en el que el gobierno revolucionario quería mejorar sus relaciones con Europa y transmitir buena voluntad a Estados Unidos, y eso pasaba por retirar a los brigadistas cubanos y a los llamados internacionalistas. En Europa, el Gobierno solo se llevaba muy bien con Olof Palme. Felipe González paseaba por el Estado español a aquel hombre tan peculiar que fue Edén Pastora, que primero fue sandinista, pero después, por lo que fuera, se salió y se hizo contra, sufrió un atentado en Costa Rica y, con esa excusa, Felipe se lo trajo para acá y lo anduvo paseando por el país, incluida Asturias. Recuerdo a un dirigente de la cuenca minera, socialista de izquierda, contándomelo después como una putada: «Nos lo pidió Felipe…». Después, en 2006, fue candidato a la presidencia y luego, como perdió, se volvió amigo de Ortega otra vez para que le diera una prebenda en el sur, donde tiene unas fincas y llegó a tener un contencioso fronterizo con Costa Rica, que denunció que estaba depositando sedimentos de un dragado del río san Juan en territorio costarricense. En 2018, era uno de los asesores de la represión. Dos años después murió, dicen que de covid, aunque la familia lo niega. Yo, con él, me acuerdo de una expresión nica que conocí ya en aquella época: «Ya hemos vivido bastante; de aquí p’alante, todo es ganancia». Él tenía propiedades antes y después, más.

Foto: David Aguilar Sánchez

Me decías que no te fuiste de Nicaragua por esa voluntad del gobierno revolucionario de mejorar las relaciones con Europa y Estados Unidos retirando a los brigadistas.

No; eso fue poco después de salir yo de Jalapa. Yo ya había tomado la decisión. Había habido una escaramuza local con los dirigentes del instituto y en aquel momento era difícil tener una confrontación dialéctica con el ejército, y menos nosotros, que no estábamos allá para dar lecciones a nadie. Los estudiantes se pusieron todos conmigo, porque llevaba más tiempo ahí que el propio director, pero me dije: bueno, llevo ya tres años y medio aquí, a lo mejor toca regresar. Y así lo hice.

Después de aquello, vuelves muchas veces a América Latina, pero ya nunca por tanto tiempo, ¿no es así?

Exacto. Vuelvo a América los veranos; el mes de vacaciones. He conocido casi todos los países: Paraguay, Venezuela, Colombia, Ecuador… Me falta Uruguay. Una vez tuvimos intención de pasar el Río de la Plata, pero no nos daba tiempo, y nos quedamos en Argentina.

En 2002 publicas Rebeldes sin tierra junto a Carlos Aznárez, un libro sobre el Movimiento de los Trabajadores sin Tierra brasileño (MST).

En Brasil estuvimos varios años con el MST, visitando los campamentos, los asentamientos después, y asistiendo a algunos congresos, de esos a los que van diez mil personas. O iban, porque, con Bolsonaro, llevan varios años sin hacerlo. Es el movimiento social más grande de América Latina y uno de los mayores del mundo: casi dos millones de personas peleando por una alternativa. Hubo momentos en que aquí había un comité de apoyo y una estructura estatal parecida a la de los cosales con Nicaragua, para ayudarles contra la represión que sufrían. Fíjate, ahora con Bolsonaro, aunque también la sufren, no es tanta; es más débil.

Te voy a hacer una pregunta tonta. ¿Tienes un país preferido, en el sentido de uno con el que te hayas implicado más, o cuya realidad te haya llamado más la atención? ¿Es Brasil?

No, depende del período. Va cambiando. Brasil me ha interesado mucho, pero también Argentina, con las Madres, la lucha contra la impunidad, por los desaparecidos, por los presos… O el tema de los presos paraguayos, a los que visitamos en la cárcel, y sobre los que presentamos aquí un vídeo: seis dirigentes campesinos detenidos en Argentina en 2006 y a los que Cristina [Fernández de Kirchner] mandó para Paraguay en 2008, y ahí están presos todavía. También Ecuador, el movimiento indigenista Conaie, mucha de cuya gente ha venido aquí, y con quienes hemos estado allá visitando selva, montaña y costa, las tres regiones. Luego, hemos estado varias veces en Perú. Uno de los viajes lo hice con un fotógrafo aficionado que era gerente del Alcotan, el antiguo Carbonero; un tipo más bien del entorno del PSOE, pero que procedía del MCE, y con quien hicimos un viaje muy interesante del que resultó una exposición de fotos con Las Segovias. Conocimos el cerro de Pasco, una zona minera impresionante en aquellas alturas de casi cinco mil metros.

“Me entrevistó Chávez y se puso a cantar Granada, tierra Soñada

¿Qué tal la relación con Venezuela?

La hubo muy intensa en época de Chávez; ahora ha bajado muchísimo. Cuando el golpe, del que ahora se cumplen veinte años, estuvo aquí una señora que era presidenta del Instituto Nacional de la Mujer en aquel momento, María León, y que llenó el teatro de Candás a tope. Era otro momento. Había un movimiento de solidaridad muy potente. Hubo dos encuentros estatales aquí en Asturias y, de resultas de uno de ellos, y como era el portavoz en aquel momento, me designaron para salir en Aló, presidente, aquel programa que tenía Chávez. Me entrevistó él mismo y se puso ahí a cantar: «¡Granada, tierra soñada por mí…!». Qué tendrá que ver Granada con Asturias, ¿no? (risas). Era un hombre muy peculiar.

Desde Asturias, también ha habido mucha atención del movimiento solidario hacia Colombia.

Sí. Empezamos sobre todo en el año noventa y nueve, 2000, y hasta 2002, con motivo del Proceso del Caguán, como se llamó: unas negociaciones de paz entre la guerrilla y el Gobierno de Andrés Pastrana celebradas en una Zona de Distensión formada por cinco municipios y donde se acordaba que no hubiera militares, sino solo negociadores, con una policía civil que no llevaba armas. Fuimos allí varias veces; conocimos bien aquel proceso que se quebró cuando llegó Uribe. Por aquellas fechas fue también cuando Javier Orozco, sindicalista perseguido del Incora, el Instituto Colombiano de Reforma Agraria, se exilió en Gijón e iniciamos con él el Programa Asturiano de Protección a Víctimas de Violaciones de Derechos Humanos en Colombia, que lleva ya veintidós años: ahora en mayo van a llegar cinco personas.

Hubo una persona acogida al programa a la que mataron en cuanto volvió a poner el pie en Colombia.

Luciano Romero, sí. Estuvo aquí en 2005 y ese mismo año, en septiembre, lo mataron. Entonces el colectivo tomó su nombre. Más tarde, en 2010, hubo otro caso de otro sindicalista, Henry Ramírez, que pasó por aquí y que, cuando volvió allá, tras el fin de su período sindical, se hizo concejal, y también lo asesinaron. Aquel programa se conectó también a una visita anual a Colombia que, este año, acabamos de hacer en marzo. Hay mucha relación con organizaciones campesinas, indígenas, etcétera, de allá. En mi caso, he hecho como treinta viajes a Colombia. También hemos estado varias veces en Chile con los mapuches y otra gente del sur y del resto del país, visitando, por ejemplo, la mina de Chuquicamata, que es una cosa impresionante, un hoyo enorme en la tierra, y también una empresa pública con conquistas sociales muy importantes. Al lado, hay otras minas parecidas, no tan grandes, que son privadas, y donde las relaciones laborales son de absoluta esclavitud. Es tremendo. A ver qué pasa ahora con este período nuevo que se inicia con el presidente Boric: un gobierno con comunistas, que antes no tenían ni diputados y ahora tienen gobernantes, y la Constituyente. Nosotros tenemos una relación muy estrecha de cooperación y de solidaridad con un grupo de mujeres rurales indígenas que se llama ANAMURI, y que, aunque es una organización pequeñita, tiene tres constituyentes electas. A ver si cambian la Constitución de Pinochet de una vez.

¿Qué valoración haces de la situación general del continente? Chispazos de esperanza como Boric o la previsible caída de Bolsonaro, ¿invitan al optimismo?

Es complicado. La semana pasada tuvimos una charla de Janaina Stronzake, del MST. Bolsonaro está creciendo en intención de voto: no está tan segura la cosa. Y Bolsonaro puede hacer muchas trampas, como ya las hizo hace cuatro años. Lula, además, se ha aliado con un senador de la derecha que será su vicepresidente si gana: Geraldo Alckmin. Puede caer en la misma trampa que Dilma, cuyo vicepresidente, Michel Temer, fue quien le dio el golpe. Lula está viejito, y si gana, pero después le pasa algo, queda el otro. En regímenes presidencialistas, a veces no hay más remedio que formar esas alianzas, pero se pueden hacer otras. En Colombia, la alianza que se llama Pacto Histórico tiene mejor pinta. Estuvimos de observación electoral en las legislativas de marzo, y ahora en mayo son las presidenciales. Conocemos desde hace tiempo a Gustavo Petro, que fue alcalde de Bogotá, y que a mí personalmente no es que me caiga bien, pero lidera una alianza potente de sectores muy diversos y muy de los nuestros. En las primarias que hubo el 13 de marzo, se vio obligado, porque no quería, a poner de vicepresidenta a Francia Márquez, que es una señora negra, de las comunidades negras y la tradición de la diversidad y de la pelea contra la violencia institucional que hay en Colombia. Él hubiera preferido una alianza con los liberales, pero esta señora sacó muchos votos en las generales y le ha tocado ir con ella. Seguramente pierda votos conservadores; es la contrapartida. Pero si todo va bien y no se cargan a ninguno entre medias, que todo es posible, es posible que Colombia entre en una situación nueva. ¿Va a bajar la violencia? Seguramente no. Van a atacarle por todas partes. Los grupos paramilitares son muy intensos, la relación con el Ejército es muy intensa y esta semana salió el jefe máximo del Ejército metiéndose con Petro. ¡Con un candidato, alguien que tiene la obligación de tener la boca cerrada! Es muy complejo, pero es la primera vez en la historia de Colombia que hay una opción de izquierda moderada con posibilidades grandes de triunfar.

Javier Arjona en La Revoltosa. Foto: David Aguilar Sánchez.

¿Qué hay de Perú?

La situación de Perú es muy peculiar, con este hombre, Pedro Castillo, muy debilitado, porque no tiene un partido. Llegó ahí un poco de casualidad y tiene un Congreso adverso, en manos de la derecha y de la extrema derecha, que cada media hora están cambiándole un ministro: tienen esa capacidad. El Congreso de allí no le deja llevar a cabo los planteamientos de cambio a los que se había comprometido y ayer o anteayer trascendía que va a intentar hacer una Constitución, que era uno de sus reclamos. Pero la derecha no se lo va a poner fácil. Allí tienen todavía la Constitución de Fujimori. Luego, en Uruguay ha perdido el Frente Amplio; a ver si recuperan el poder: fue bastante sorprendente que volviera a ganar la derecha allá. En Argentina están peleados el presidente y la vicepresidenta, una ruptura muy dura, según parece, y que se está notando en las movilizaciones. En Ecuador casi gana el candidato de Pachakutik, algo que pasó bastante desapercibido en nuestra izquierda tradicional, donde ha habido una confrontación parecida a la de Nicaragua: «estos indios, ¿adónde van?». Pues casi ganan la primera vuelta. Yo tengo una versión muy anticorreísta de lo que ha pasado allá, más cercana a los indígenas, por cómo los trató.

La deriva del correísmo pilló con el pie cambiado a muchos sectores de izquierda de un modo muy parecido a como lo hizo la del orteguismo.

En su primer mandato, cumplió lo que había prometido en buena parte, pero en el segundo se desdijo de muchas cosas. Había una experiencia muy bonita, que era el yasuní: dejar el petróleo bajo tierra, y él lo apoyaba. Pero en el segundo mandato ya dijo que había que explotar eso y empezaron a explotarlo. Luego está su trato racista a los pueblos indígenas. Quiso quitarles un local del Estado que alguien les había dado en un momento dado y hubo unas movilizaciones tremendas que le obligaron a dar la vuelta. Eso derivó en que su candidato, Andrés Arauz, perdiera ante el banquero Lasso, que pasó a la segunda vuelta por los pelos, superando por muy poco a Yaku Pérez Guartambel, de Pachakutik. La mayoría del parlamento es progresista; la presidenta es Guadalupe Llori, una indígena, miembro también de Pachakutik. Hay una contradicción muy flagrante ahí.

A otro país, Venezuela, le iba mal, pero le va repentinamente bien gracias a la guerra de Ucrania.

¡Lo que vale el oro negro! (risas). En fin, me preguntabas por América Latina en general, y el panorama es diverso, como siempre. Hubo unos años muy esperanzadores de coincidencia de los Chávez, Evo Morales, Néstor Kirchner, etcétera; una situación que ahora no se da. También habría que hacer una valoración serena de hasta dónde llegaron los llamados gobiernos progresistas. No transformaron las cosas y fue muy fácil darles la vuelta, como ha ocurrido en este tiempo en Argentina y otros sitios. La mayor esperanza quizá sea Bolivia, un país muy especial para nosotros, y eso que los indios de la sierra son más cerrados. Hemos tenido mucha relación con ellos; con quechuas y con aymaras, y el propio Evo estuvo varias veces en nuestro local y en más lugares. Nadie le hizo caso cuando vino de sindicalista, y de pronto se convirtió en presidente (risas). Hubo el golpe de Estado, que duró once meses, pero luego llegó la recuperación sorpresiva del Gobierno y de buena parte del parlamento. Con las contradicciones que quieras, pero con una nueva Constitución y una nueva realidad. Cuando visitábamos Bolivia los primeros años, veías a los parlamentarios más en los hoteles que en el parlamento, y eran todos blancos y altos. Ves el parlamento ahora, desde 2005, y qué cantidad de colorido: gente indígena con sus indumentarias; un cambio bestial en lo cultural, de gobiernos cuyos presidentes ganaban con el veinte por ciento a Evo, que llega al sesenta impulsado por la guerra del agua de Cochabamba y todas aquellas movilizaciones impresionantes en las que se ubica También la lluvia, la película de Icíar Bollaín. Hemos tenido la suerte de ir siguiéndolo, de haber estado allí, de haber traído aquí a la comunidad de regantes de Cochabamba, protagonista de aquella movilización del año 2000. Ahora parece ser que hay diferencias en el seno del Movimiento al Socialismo entre una corriente más europeísta, de izquierda más tradicional, y el movimiento indígena, que está dentro, pero con su propia concepción cultural, espiritual, etcétera. Pero todo lo logrado está ahí.

Ya para acabar, quería pedirte una valoración de la situación del movimiento de cooperación internacional en este momento.

Me preocupa personalmente, y preocupa a la mayoría de la gente en estos momentos, que el Gobierno acabe de aumentar sus compromisos de gasto en armas, y que el mundo mundial también lo esté haciendo a instancias de Estados Unidos, con la recomendación de Obama y de Trump de llegar al dos por ciento. Ayer presentaron un aumento tremendo del gasto militar y eso va a condicionarlo todo. Tú puedes hacer las virguerías diplomáticas que quieras, pero si los recursos son para la guerra, habrá más guerra. Y no hay una respuesta potente como la que había en otras épocas frente a las guerras, no solo europeas, sino del resto del mundo. No hay una respuesta al armamentismo, al militarismo. Pero es que ni siquiera hay movimientos de apoyo a Sánchez para el envío de armas. Hay una desidia general. Del movimiento de solidaridad queda una implicación fuerte con Palestina e importante con el Sáhara, pero el resto está muy decaído de un modo que no tiene nada que ver con la pandemia. La pandemia afectó a todas nuestras vidas en muchas cosas, pero esto viene de más atrás. ¿Quién se acuerda hoy del zapatismo, movimiento con el cual hubo una oleada de solidaridad tan fuerte desde 1994 hasta 2005? Hace poco vinieron aquí dos grupos zapatistas que estuvieron una semana y se reunieron con varios colectivos. Fue una experiencia muy bonita, pero nos costó explicar a los jóvenes qué era aquello de Chiapas, qué era aquello de Zapata. Había que empezar de cero: es un movimiento que empezó en 1994, el día en que se firmaba el Tratado de Libre Comercio… Se hizo alguna cosina en Mieres, adonde vino Amparanoia, y en algún otro lugar, pero menores en relación con una etapa en la que estaban todo el rato moviéndose cosas y dinero en apoyo del zapatismo, y dirigentes yendo allá a curiosear. Una reflexión que me hago es que, en Asturias, somos más de implicarnos con los movimientos guerrilleros, y cuando no los hay la cosa decae. Nos implicamos con la guerrilla sandinista, salvadoreña y guatemalteca, luego con los zapatistas… Las construcciones más pacíficas nos seducen menos. Al menos, así ha sido desde que yo recuerdo.

Me temo que nos echan del bar, Javier. Ha sido un verdadero placer.

Muchas gracias, Pablo.

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4 COMENTARIOS

  1. Otro más que se le “voltea la tortilla” o “cambia de rosca” (expresión Nica que se significa: cambiar o traicionar los principios o convicciones). Este oriundo extremeño -curiosamente Tierra de invasores, ocupantes usurpadores de tierras americanas. Estuve de visita en esa zona algún tiempo, principios de los noventa, debido a mis vínculos familiares con una oriunda de esa zona de extremadura de La Vera: Jaraíz de la Vera, Villanueva de la Vera, Madrigal de la Vera, incluso me los recorría haciendo “footing” por toda la carretera que únen esos pueblos-, es ahora un renegado de la causa sandinista: se empapó, ¡succionó la idiosincrasia y el coraje combativo de mis coterráneos patriotas!, y ahora “se mofa” de la gesta histórica de centenares de miles de hermanos sandinistas, que ahora secundan las nuevas generaciones, una generación que defendió con dignidad el intento de derrocar al gobierno sandinista de forma violenta los derechos, avances y logros de esta nueva etapa de la Revolución Sandinista.

    Este extremeño (disfrazado de izquierdista) no cuenta la verdad de los que sucedió en Abril de 2018: un violento y orquestado intento de desestablilizar el orden constitucional de Nicaragua, mediante supuestas manifestaciones “pacíficas” de “estudiantes”.

    Lo que la opinión pública internacional no sabe -y es lo que ocultan los grandes medios de comunicación, en manos de multimillonarios magnates- es que Daniel Ortega, el Gobierno Saninista, tiene el respaldo de más de TRES MILLONES de nicaragüenses, dispuestos, al igual como dice él (el oriundo extremeño, en la década de los ochenta) a empuñar las armas para defender sus conquistas, y es lo que hizo el pueblo nicaragüense en el año de 2018.

    Voy a hacerle algunas correcciones a este “izquierdista” extremeño:

    Mejía Gogoy (Carlos), es oriundo de Somoto (Depto. Madriz). Sí, esa zona comprende los cinco departamentos de llamada “Región de las Segovias”.

    Monseñor Obando y Bravo, no fue opositor al régimen somocista, pero sí del gobierno sandinista en la década de los ochenta, y feroz opositor al sandinismo en toda la década de los ochenta. Miguel D’Escoto Brockman (ex canciller de Nicaragua en los ochenta) fue de los pocos sacerdotes que fue leal a sus principios cristianos y sandinista.

    Sólo un hijo de la señora Barrios viuda de Chamorro, una hacendada oriunda del sureño departamento de Rivas, fue sandinista: Fernando Chamorro Barrios, periodista, estuvo como director del ógano oficial del FSLN “Barricada”, los otros hijos fueron unos feroces y acérrimos antisandinstas. Incluso, Pedrito Joaquín Chamorro Barrios fue dirigente asalariado yanqui de “La Contra”.

    La división del FSLN, ya estaba “en marcha”, es decir ya estaba dividido en tres tendencias antes del paso a la inmortalidad, en Noviembre de 1976, del comandante en Jefe de la Revolución Sandinista, hérore nacional y fundador del Frente Sandinista.

    Los “comandantes” sandinistas que menciona el extremeño han sido juzgados por Incitar a la Violencia y de financiar y dirigir los hechos violentos de Abril de 2018. Nicaragua aplica el Estado de Derecho, al igual como lo aplica el único Reino de la Península Ibérica, léase: “La ley Mordaza”. O el caos nacional, hechos ocurridos el 15-M (15 de Mayo de 2011).

    “¡Dirección Nacional, Ordene!”, supondo que Usted, otrora campesino extremeño, jamás la coreó (o al menos como los miles de jóvenes nicaragüenses empuñando el fusil.

    Un Saludo desde Madrid, de un Internacionalista monimboseño (barrio combativo de Masaya, Nicaragua).

  2. Javier Arjona, fuimos compañeros de trabajo en el pozo Soton y recuerdo como si fuera hoy cuando trajo a las madres de la Plaza de Mayo.

  3. Me ha gustado mucho la entrevista y me han parecido muy interesantes los análisis y reflexiones, sobre todo porque conozco y aprecio a Arjona desde hace muchos años.
    Enhorabuena a los dos y gracias a Nortes.

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