“La mejor forma de desactivar un movimiento artístico no es censurarlo, sino programarlo muchas veces”

Alberto Santamaría protagonizó en La Salvaje la segunda edición de los ‘Alcuentros Nortes’ para presentar su último libro, ‘Un lugar sin límites’.

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Christian Ferreiro
Christian Ferreiro
Graduado en Filosofía por la Universidá d'Uviéu. Esperando ser docente de secundaria en un futuro no muy lejano.

Alberto Santamaría (Torrelavega, 1976) es poeta, ensayista y profesor de Teoría del Arte en la Facultad de Bellas Artes de la Universidad de Salamanca. Como poeta, ha publicado varios libros que fueron recogidos en el volumen El huésped esperado (La Bella Varsovia, 2016). Entre sus últimos libros de ensayo destacan En los límites de lo posible: Política, cultura y capitalismo afectivo (Akal, 2018), Alta cultura descafeinada: Situacionismo low cost y otras escenas del arte en el cambio de siglo (Siglo XXI Editores, 2019) o Políticas de lo sensible: Líneas románticas y crítica cultural (Akal, 2020). Recientemente, ha publicado Un lugar sin límites: Música, nihilismo y políticas del desastre en tiempos del amanecer neoliberal (Akal, 2022), en el que indaga en la cultura y la política de la década de los 70, y su cruce a través de la música. Alberto Santamaría acaba de protagonizar la segunda edición de los ‘Alcuentros Nortes’, que tuvo lugar el pasado viernes en La Salvaje y que contó con la colaboración de la Sociedad Asturiana de Filosofía. Hemos aprovechado para hacerle una entrevista en torno a su nuevo libro y a otras cuestiones relacionadas con la cultura y la política contemporáneas.

¿Por qué el ámbito de la cultura, y más concretamente el de la música, puede ser un lugar privilegiado desde el que mostrar las costuras del neoliberalismo?

En estos últimos años me he dedicado a pensar las relaciones entre cultura y política, principalmente por la carencia de las lecturas que se han hecho al respecto. Tanto el marxismo ortodoxo como el neoliberalismo comparten una misma idea de cultura como algo que se puede separar de la realidad como un celofán. La cultura se suele entender como un elemento de disfrute, de emociones y de imaginación, pero que está al margen de las clases sociales, de la lucha de clases, de la educación… Me interesaba estudiar en qué momento se establece esta conexión. Para ello, los 70 es fundamental. En ese momento, tiene lugar lo que he llamado “activismo cultural neoliberal”: cómo el neoliberalismo produce una relación paradójica con la cultura. Por un lado, concibe la cultura y la política como dos espacios separados, sin conexión. Pero, por otro lado, el neoliberalismo necesita de la cultura para que los sujetos económicos mantengan la adhesión a su relato. Hayek, Friedman, Becker y otros muchos teóricos neoliberales se dan cuenta del error de los liberales clásicos al creer por fe en algo así como el “mercado autorregulado” o la “mano invisible”. Se dan cuenta de que, en realidad, lo que necesitaban eran “mecanismos de corrección”: mediante la toma del Estado, “corregir” y evitar la cooperación, la anticompetitividad… La cultura te permite gestionar las prácticas y las expectativas de la ciudadanía. Así, el neoliberalismo desactivó las prácticas culturales que en los 60 pudieron haber sido transformadoras, y llegamos hasta nuestros días, donde el mundo de la cultura ha sido vaciado. La mejor forma de desactivar un movimiento artístico no es censurarlo, sino programarlo muchas veces.

Alberto Santamaría presentó ‘Un lugar sin límites’ en los ‘Alcuentros Nortes’. Foto: David Aguilar Sánchez (c)

Raymond Williams, en Marxismo y literatura, comenta que la evolución histórica de la tradición marxista debió dar un nuevo giro hacia el análisis más sofisticado de la cultura, pero se quedó en un economicismo que la entendía como mera “superestructura”. ¿Podría recuperarse esa tarea histórica?

Raymond Williams es una pieza fundamental para comprender una manera diferente de relacionarnos con la tradición marxista que se ha recuperado en la actualidad, y que va más allá del mero economicismo. El economicismo nubla la posibilidad de comprender que los factores afectivos son fundamentales. Tú puedes hacer análisis económicos de problemas sociales, políticos y culturales, pero no puedes dar soluciones únicamente económicas a esos problemas. Uno de los grandes triunfos del neoliberalismo es que, cuando queremos abordar problemas como el de la despoblación, acudimos a soluciones únicamente económicas. El hecho de que solo se nos ocurran soluciones económicas a problemas que tienen también factores sociales y culturales dice mucho del triunfo de ese activismo cultural neoliberal. Williams y más autores lograron recuperar los discursos culturales como “estructuras de sentimiento”, como espacios afectivos, territorios que el marxismo despreció históricamente como mero reflejo de la base económica. Esta idea de la cultura tiene que ver con lo que Lucien Goldmann llama la “conciencia posible”, es decir, saber por dónde van los tiros, cuáles son las aspiraciones y deseos de la ciudadanía.

“La mejor forma de desactivar un movimiento artístico no es censurarlo, sino programarlo muchas veces”

En general, en tus libros sueles darle mucha importancia a las obras de los principales teóricos neoliberales, como Hayek, von Mises o Walter Eucken. Esto se diferencia de la crítica habitual al neoliberalismo, que se centra más bien en Reagan y Thatcher. ¿A qué se debe?

La importancia que tuvieron estos autores desde el punto de vista teórico es fundamental, por la gran influencia que tuvieron. A propósito del primer encuentro de la Sociedad Mont Pelerin, Hayek insistía a los ponentes en que no tuviesen prisa, que pensasen algo no para aquel momento, sino para dentro de 40 años. Es la idea de Hayek según la cual los teóricos neoliberales tenían que ser “camellos de ideas”, dealers, que fuesen capaces de difundir sus ideas en los colegios, en los periódicos, en los supermercados… Y acertó. Además, yo recomendaría a cualquier persona que quisiera iniciarse en lecturas de izquierdas que, antes de leer a Gramsci o a Marx, leyese La fatal arrogancia: Los errores del socialismo, de Hayek. En este libro, hay un elemento que emparenta a Hayek con Marx: ambos utilizan la literatura no como ornamento para mostrar lo listos que son, sino porque no pueden expresarlo de otro modo. La cultura tiene una capacidad poética de mostrar en imágenes lo que la teoría no puede. Y Hayek se dio cuenta de esto perfectamente.

En algún momento determinado, has comentado que Friedrich Hayek siempre tuvo presente que, hasta ahora, al capitalismo le ha servido la democracia, pero que esto no asegura que pueda dejarle de servir en un futuro. ¿Cómo relacionarías esta idea con el auge de las extremas derechas a nivel internacional, que cuestionan directamente los sistemas democráticos?

Las clases dominantes siempre han sabido naturalizar sus relaciones con la política y la economía, y la relación entre capitalismo y democracia es un buen ejemplo. Lejos de ser una relación natural, desde los Médici y antes, el capitalismo vivió perfectamente con el absolutismo del Antiguo Régimen. A partir de un determinado momento, ya no le sirvió, y la democracia pasó a ser la referencia. Pero eso no quiere decir que el día de mañana, cuando la democracia no le valga, no la vaya a dejar de lado, como estamos viendo actualmente. Hayek, en Camino de servidumbre, dice que su sueño de organización política es la “dictadura de los buenos”, es decir, los ganadores de la lucha económica. La relación del capitalismo con la nueva extrema derecha o fascismo lo explica muy bien J. G. Ballard en los años 70. Él se plantea cómo será la política en el futuro, y explica que el consumismo lleva al aburrimiento, el aburrimiento lleva a más consumismo, más consumismo lleva a más aburrimiento que, a su vez, lleva a tener más deseos, luego a destapar la violencia solapada y, finalmente, al fascismo. Ballard considera que el fascismo del futuro, que sería el nuestro, se basa en el consumismo. El capitalismo se adaptará a ese fascismo en la medida en que mantenga los niveles de consumo.

Foto: David Aguilar Sánchez (c)

También estudias la importancia de las escenas disco para la creación de comunidades y encuentros. ¿Qué influencia tuvieron en España?

En una parte del libro, traté de estudiar la historia de la música disco para oponerlo al punk. Sin embargo, mientras lo estudiaba, me di cuenta de la potencia política de la escena disco en personas como David Mancuso. En los años 60 y 70, se dieron los primeros movimientos de lo que posteriormente se entenderá por “trasversalidad”: había demandas sexuales, raciales, de clase… En aquellos espacios, primero se reunían para debatir y hacer activismo, y luego, quitaban las sillas y se convertía en un espacio de baile y de cuerpos en movimiento que generaba un tipo de comunidad política. Ese carácter radicalmente político llega a su fin en los 70, algo que se puede ver en Fiebre del sábado noche, la película protagonizada por John Travolta sobre cómo la clase trabajadora va a la discoteca tras la jornada laboral a vivir una vida distinta, al mismo tiempo que convierte la música disco en algo superficial. Cuando esto llega a España, ya no llega con tanta fuerza política. En la ruta del bakalao, por ejemplo, había un sentido de huida del trabajo. Pero ya no tenía el peso político que tuvo en los 70.

Foto: David Aguilar Sánchez (c)

En el libro, comentas que “para el nuevo espíritu del capitalismo era fundamental generar un mercado y un discurso donde la obra de arte se ofreciera como pieza alejada de esa necesidad de cambio que había sido el grito de los años sesenta”. ¿Qué papel jugó, y juega, la precarización de la vida cotidiana en ese modo de entender el arte?

Para el neoliberalismo, es fundamental que exista precariedad. Además, el mundo actual de la cultura vive un drama: por un lado, pensamos que el arte es una práctica relacionada con la imaginación, los sentimientos y las emociones, incluso con elementos mágicos. Pero, al mismo tiempo, queremos ganar dinero. Es decir, cuando decimos que el arte no es una mercancía más, estamos diciendo dos cosas: que es una mercancía y que tiene una realidad distinta. Y este es un problema que no se puede resolver. Existe un problema de base: si nadie te ha pedido que escribas el libro que has escrito, entonces no puedes exigir que te paguen por ello. Mientras estemos dentro de las reglas de juego del capitalismo, este problema seguirá siendo irresoluble.

¿Qué posibilidades podrían darse desde las políticas públicas? ¿Podría haber un tipo de gestión cultural en base a criterios que no sean de precariedad?

Hay una anécdota muy llamativa sobre este tema. Cuando llegó la pandemia, los profesionales del mundo de la cultura mandaron una carta al ministro de Cultura, cuyo único objetivo, lejos de exigir la transformación de las instituciones públicas o una renta básica universal, fue suplicar que no se detuviese el consumo. No fue más que un parche más en un mundo de la cultura que es precario. Habría que buscar soluciones desde dentro. Por poner un ejemplo, el hecho de que coleccionistas y galeristas estén en los patronatos de los grandes museos es delirante.

Foto: David Aguilar Sánchez (c)

También has comentado en alguna ocasión que la diferencia de precios entre una u otra butaca en un teatro es un mecanismo perverso del mundo de la cultura.

Exacto. Sería impensable que, en un servicio público como la sanidad, por pagar más, te diesen cita más pronto. Sin embargo, aceptamos que haya diferencias de precios en una práctica cultural, como en un teatro o un concierto. Es una forma de elitismo desde lo público.

“Es importante construir espacios políticos y culturales que nos permitan salir de la regresión”

En cuanto a la actualidad política, ¿cómo ves la situación de las fuerzas progresistas en España?

Como vengo del punk, parto del hecho de que “no hay futuro”, por lo que construir desde lo que tenemos hoy día es muy complicado. Yo no soy yolandista, y no creo que lo sea nunca. No porque no crea en las posibilidades del proyecto o en su valía, porque también es cierto que Yolanda Díaz ha logrado establecer diálogos y transformaciones. Pero es muy importante la construcción de un proyecto. Y el problema de Yolanda Díaz es un personalismo que a medio y largo plazo puede ser problemático para la construcción de espacios alternativos. Volver a los personalismos y a los juegos carmenistas me genera desilusión. En el fondo, las personas de izquierdas sabemos que el proyecto de Yolanda Díaz puede ser solo un parche. Es importante construir espacios políticos y culturales que, a largo plazo, nos permitan salir de la regresión.

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