“Petro ha dado una lucha muy dura contra la corrupción y la captura del Estado por mafiosos”

La biografía de Javier Orozco zarandea a quien la escucha con el vigor de lo sublime, del romanticismo de la revolución, del heroísmo funambulista del filo precario que separa la vida de la muerte

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Pablo Batalla
Pablo Batalla
Es licenciado en Historia. Ha sido colaborador en medios como La Voz de Asturias o Atlántica XXII y en la actualidad coordina la revista digital El Cuaderno y dirige A Quemarropa, el periódico de la Semana Negra de Gijón. Su último libro es "La virtud en la montaña. Vindicación de un alpinismo lento, ilustrado y anticapitalista" (Trea Ensayos).

Nos citamos con Javier Orozco en una cafetería de una zona de Gijón cuyas calles llevan nombres de descubridores y conquistadores de América. La calle Pizarro desagua en la calle Hernán Cortés. Pinzón, Magallanes o Núñez de Balboa dan nombre a otras pequeñas arterias del proletario barrio de El Cerilleru. Orozco recaló en él cuando llegó a Asturias hace ahora veintiún años, huyendo del riesgo cierto de ser asesinado en su Colombia natal, donde lo perseguían como dirigente sindicalista, y le sorprendió toparse aquellos nombres. Pero no le dejó menos atónito encontrarse otras calles, avenidas y plazas llamadas Carlos Marx o Brigadas Internacionales. Hoy es un asturiano más. Conoce la historia de su tierra de acogida y se la enseña a los compatriotas que llegan a la región acogidos al Programa Asturiano de Atención a Víctimas de la Violencia en Colombia, del cual fue impulsor y es director, y a cuyos beneficiarios —líderes sociales perseguidos como él— cuenta que hubo un tiempo en que España también fue una República, que Asturias la defendió con uñas y dientes de quienes se alzaron contra ella, y un obrero firmaba en ella billetes que se conocieron como belarminos. Siente que su combate, aquel combate y los combates actuales del progresismo español —al que quisiera transmitir la necesidad de la unidad— son la misma; un combate internacional, humano, que una atenta diplomacia de los pueblos debe mancomunar. La biografía de Orozco zarandea a quien la escucha con el vigor de lo sublime, del romanticismo de la revolución, del heroísmo funambulista del filo precario que separa la vida de la muerte, y trae a la memoria aquel verso de Gamoneda: «Había vértigo y luz en las arterias del relámpago; fuego, semillas y una germinación desesperada».

Javier, empecemos por hablar de tu infancia. ¿En qué parte de Colombia naces? ¿Cuándo? ¿En qué contexto socioeconómico?

Nací cerca de la frontera con Venezuela, en un departamento que se llama Santander, en una provincia fronteriza a su vez con una de las regiones en donde se levantó un gran movimiento conservador —godo, le decimos allí—: paramilitares; extrema derecha armada, policía y parapolicía, que se encargaron de perseguir a los liberales del año cuarenta y ocho en adelante. Yo nací en 1960 escuchando historias de la Violencia, que es como han llamado a ese periodo. Mi madre, que es una mujer blanca, de apellido Peñaranda, tuvo que vivir aquella guerra completa en esa región. Mi padre, de origen indígena por mi abuela, venía de un departamento vecino que se llama Boyacá y se vio obligado a emigrar; a desplazarse buscando trabajo y huyendo de esa misma violencia conservadora.

¿A qué pueblo indígena pertenecían los ancestros de tu padre?

Al pueblo muisca, que desapareció. Los acabó la violencia en la época del templo de Sugamuxi y posteriormente la aculturación y el despojo de tierras. El territorio de mi abuela era el resguardo de Tobasía, en Boyacá, y su gente eran los brujos, los médicos y médicas tradicionales, del pueblo muisca. Con ellos fueron especialmente duros, porque los consideraban personas que no portaban la fe y que curaban con la magia. Los exterminaron y llegó una misión de curas jesuitas vascos que llevaron allí la fe católica y enseñaron a trabajar la tierra a los indiecitos que quedaron.

¿De qué época estamos hablando en este caso?

Comienzos del siglo XX. Los jesuitas enseñaron a leer y escribir a los indios y a las indias que se convirtieron al cristianismo y también les dieron apellidos. Por eso yo tengo apellido vasco siendo hijo de una abuelita muy trabajadora e indígena. Mi familia paterna tenía un pedacito de tierra con unas pocas ovejas y dos vacas que yo ayudaba a cuidar cuando iba en vacaciones. Me convertía en pastor.

¿A qué se dedicaba tu padre? ¿Era campesino?

No. Se convirtió en chofer; en conductor asalariado. Los viejos trabajaban mucho, mi padre viajando, mi madre cuidando a los animales y cultivando algo la tierra. Yo soy el mayor de cinco hermanos.

“Nos criamos en un territorio totalmente sometido a la violencia de la derecha. Las historias que yo escuché eran muy graves”

¿Cómo fue aquella infancia…? ¿Santanderina?

Santandereana (risas). Nos criamos en un territorio totalmente sometido a la violencia de la derecha. Las historias que yo escuché eran muy graves. A cuarenta metros de mi casa, en zona rural, asesinaron al abuelo. Después, cuando yo tenía cuatro años, mataron al tío Luis Francisco, que era diputado del Partido Liberal. Había mucha violencia en el ambiente. Era frecuente que mi madre tuviera que salir en medio de la noche a hacer disparos por la ventana de la casa para defenderse o hacer ruido y que no se metieran ahí. Por lo demás, mucha pobreza. Hice ahí la primaria y estudiábamos con vela, porque el hombre había llegado a la Luna, pero a mi tierra no había llegado la energía. Hambre no aguantábamos, eso sí.  Nuestra vida de pequeños, con mis hermanos, era ir al río a pescar, estar en el campo, hacer deporte… Una vida a la vez muy sencilla y de mucho esfuerzo. Éramos muy buenos estudiantes, y a mí, con enorme sacrificio, me enviaron a estudiar a una ciudad vecina que se llama Pamplona.

FOTO: David Aguilar Sánchez

De Santander a Pamplona.

Allí todo recuerda a España.

Pero Santander no se llama así por la capital cántabra, sino por el apellido de un libertador, ¿verdad?

Exacto. Un personaje en mi opinión nefasto para la vida de Colombia, contemporáneo, colega y camarada del libertador Simón Bolívar: Francisco de Paula Santander, que fue un hombre que se dedicó a hacer leyes para que las élites criollas se quedaran con la tierra, con el poder y con todo. Llevamos el nombre de una persona que a mí no me parece muy digna de reivindicar.

¿Qué estudias en Pamplona?

Me hice técnico agropecuario y, siendo menor de edad, a los diecisiete años, gané oposiciones al Estado como técnico. Era muy aplicado a estudiar.

Y entras a trabajar en el INCORA, ¿no es así?

El Instituto Colombiano de Reforma Agraria, sí. Me mandaron de Santander, que fue una tierra colonizada por alemanes y por vascos, al Caribe, que había sido colonizado por andaluces, y donde hubo esclavitud hasta comienzos del siglo XX.

¿Cartagena de Indias, esa zona?

Ahí al lado: San Basilio de Palenque, los Montes de María; María la Baja y María la Alta. Cuando llegué, fue una sorpresa ver tantísima gente negra, porque en mi pueblo no la había. Me encontré con una cultura distinta y me sorprendió la reticencia de la gente negra. Ellos le tenían mucho miedo a la reforma agraria, al reparto de tierras, porque les habían dicho —se lo habían dicho los terratenientes que habían sido los amos de sus abuelos— que la reforma agraria era un tema del demonio; que era cosa de los comunistas y les iban a poner hierro como habían hecho los andaluces, los españoles, en otra época. El Instituto de Reforma Agraria tenía que ir literalmente cazando negros para entregarles tierras, porque la gente tenía miedo. Les decían que era el diablo cubano el que estaba haciendo la reforma.

Justamente iba a preguntarte por la Revolución cubana. Tú naces un año después de su triunfo y te crías conociendo su primer y tremendo impacto en el continente. ¿Qué significó Cuba para las clases populares colombianas a las que tú pertenecías, y para las que, como funcionario del INCORA, trabajabas?

Un impacto muy grande, sobre todo entre el campesinado. Los campesinos se dieron cuenta de que era absurdo que, siendo campesinos de profesión, no tuvieran donde poner a comer un pitu caleya. La tierra estaba en manos de muy poca gente en aquel país que había cambiado de dueño y había pasado del amo español al aparato industrial y militar de Estados Unidos y ellos eran jornaleros; siervos en condiciones de semiesclavitud en muchas zonas con formas de tenencia y de explotación del trabajo semifeudales. La Revolución cubana, pero ya antes la mexicana de Pancho Villa y Emiliano Zapata, abrió los ojos a mucho campesinado colombiano que se decidió a pelear contra el latifundio. Dejaron de temerle al diablo colorao y agarraron esa bandera.

En la biografía de Fidel Castro, Colombia juega un papel capital: vivió allá el Bogotazo, una experiencia clave en la formación de su conciencia política.

Estudiaba para abogado y era miembro de las Juventudes Latinoamericanas, que se oponían a un congreso que hubo en Bogotá de presidentes de las tantísimas dictaduras que había en nuestra América, y habían organizado una contracumbre.  Fidel estaba en Bogotá el 9 de abril de 1948, cuando mataron a Jorge Eliécer Gaitán, un abogado de raigambre popular a quien llamaban el Negro y que cuestionaba que el Ejército disparara a los obreros. Había estado defendiendo a los trabajadores de las bananeras y sabía de lo que era capaz la burguesía colombiana en alianza con las multinacionales: masacrar a su propio pueblo. Gaitán recordaba a toda la gente colombiana aquello que dijo Bolívar: maldito el soldado que vuelve las armas contra su propio pueblo. Su asesinato desató una serie de disturbios que se conocieron como el Bogotazo, y ese Bogotazo dio origen, primero, a una persecución contra todo el liberalismo, y más tarde a un sistema político que, mira tú por dónde, se pactó en Benidorm en el año cincuenta y seis.  Allí, estando Franco al mando en España, los gamonales colombianos del Partido Liberal y el Partido Conservador pactaron parar una guerra en la que no morían sus hijos, sino los de nosotros, y, para evitar una guerra electoral eterna, que cuatro años gobernaría un partido y cuatro años, otro. El Pacto de Benidorm es, entre otros, uno de los orígenes de la guerrilla colombiana, que nace para luchar contra esa alternancia en el Gobierno sin oposición posible. Pues bueno, Fidel había estado en ese Bogotazo, y se dio cuenta a raíz de él de que un pueblo sin dirección política no avanza. En el centro de Bogotá, entre la Calle 19 y el Palacio de Nariño hay veinte cuadras, o menos. Y la multitud, en menos de esas veinte cuadras, se olvidó de a qué iba. En las primeras calles iba a por la toma del poder, pero a mitad de camino empezaron a saquear las ferreterías y los almacenes y se fueron para casa con un machete y una lámpara. La falta de dirección política lleva a eso.

“El Instituto de Reforma Agraria tenía que ir literalmente cazando negros para entregarles tierras, porque la gente tenía miedo. Les decían que era el diablo cubano”

El Che también pasó por Colombia.

Pasó por el país en su famoso viaje en moto, siendo un médico recién graduado. Estuvo en Leticia, en la orilla del Amazonas colombiano. Aquí en Gijón conocimos a su secretaria, Araceli [Ruiz], que vivió en la ciudad. Murió en silencio; ningún medio de comunicación quiso referirse a ella. Los colombianos sí sabemos quién fue y lo que hizo.

Volvamos a tu vida. En un momento dado, pasas de la reforma a la revolución agraria.

El Estado colombiano, para el que yo trabajaba, se vio obligado a hacer la reforma agraria para evitar un levantamiento campesino; una reforma marginal, suave, que apaciguara a la gente y evitara un alzamiento como el cubano. Yo llegué a trabajar a ese instituto sin tener mucha noción de eso, pero pronto me di cuenta de que la reforma agraria sacaba a la gente de la miseria. Me sorprendió ver cómo las familias campesinas negras, de las cuales se nos decía, en un país tan racista y excluyente como Colombia, que eran flojos, que no valían para trabajar la tierra, que no servían para nada —¡pese a que habían sido ellos los que habían levantado las haciendas!—, trabajaba muchísimo y salía de pobre en tres o cuatro años. Vi que lo que hacía como funcionario valía la pena y también tuve contacto con funcionarios del Estado que me enseñaron una cosa que a mí me marcó para toda la vida: como funcionarios, estamos al servicio de los campesinos, no de los gobiernos. Muy pronto decidimos ser funcionarios revolucionarios.

FOTO: David Aguilar Sánchez

Decidimos. Es decir, no se trató de una decisión individual tuya, sino de una pulsión compartida por toda una generación.

Exacto. Cuando yo llegué, ya se estaba creando aquella cultura en la empresa. Éramos cuatro mil trabajadores. Y estábamos dispuestos a acompañar al campesinado en sus aspiraciones de tierra y de servicios del Estado aunque eso nos costara el puesto. Nos vinculamos a las luchas campesinas, indígenas y negras en todo el Estado, haciendo muchísimo trabajo con ellos. Aprendimos de los técnicos más veteranos cómo en tres o cuatro años, como te contaba, con un pedacito de tierra, se salía de la pobreza. Los campesinos aprendían a construir una casa nueva, a dejar de cagar en el monte y hacer una fosa séptica, a dejar de estar revueltos con las gallinas, los cerdos y los perros y separarlo todo, etcétera. Llevábamos desarrollo económico y bienestar social a la gente, y eso me marcó, pero, influido por otros funcionarios más veteranos, empecé a pensar: si esto se podía hacer en el marco del Estado, con una reforma agraria tímida, ¿qué no se podía hacer mediante un esfuerzo que superara lo que hacía el Estado? Entonces me vinculé a luchas en ese momento ilegales de lucha por la tierra y empecé a hacer trabajo político en el Partido Comunista de Colombia – Marxista-Leninista, que tenía un aparato armado que se llamaba Ejército Popular de Liberación.

No era el partido comunista tradicional, sino una escisión, supongo, ¿no?

Una escisión maoísta, sí. Empecé a trabajar desde La Guajira a la frontera con Panamá, capacitando mediante cursos al campesinado y enseñándoles política agraria. Les enseñaba cómo la toma directa de la tierra era un camino viable si el Estado no avanzaba en la reforma agraria legal. Y terminé involucrándome en la invasión masiva de tierras en todo el Caribe para obligar al Estado a pisar el pedal. Me di cuenta de que la revolución no era matar a la gente, sino acelerar los procesos sociales para que la gente viva mejor. Aprendí otra cosa importante, y era que la gente de la guerrilla de las FARC, del Ejército Popular de Liberación, del Ejército de Liberación Nacional, de Autodefensa Obrera, el Movimiento Armado Quintín Lame, el Partido Revolucionario de los Trabajadores y otras muchas insurgencias colombianas tenían un origen común: eran hijos del campesinado sin tierra y de la enorme Violencia del cuarenta y ocho.

El maoísmo, y de ahí su éxito en América Latina y otros lugares, era el comunismo de los campesinos; un socialismo que, a diferencia del leninista, que había desconfiado de ellos, hacía énfasis en la potencialidad revolucionaria del campesinado.

Tal cual. Nos sentíamos como la mecha que encendía la pradera de hacienda en hacienda, de pueblo en pueblo. Varios compañeros funcionarios me decían, de hecho: «Estás jugando con fuego, y te vas a quemar». Era joven; empecé en la lucha a los dieciocho años, con lo que ya completé más de cuarenta. Por un lado, entendía que valía la pena; por otro, no dimensionaba el peligro. Mezclábamos formas de lucha legales con otras que no lo eran, pero que en mi opinión eran legítimas. Se trataba de buscar la manera de vivir en medio de un Estado excluyente y matón. Hicimos una escuela político-militar en el PCC-ML que duró hasta el año noventa. Yo estuve en la desmovilización del Ejército Popular de Liberación en los Llanos del Tigre, en el alto San Jorge; una zona de selva cerca de la frontera con Panamá. Aquella noche, en un campamento a oscuras en la selva, lloré. Estaban entregando las armas más de cinco mil revolucionarios que habían luchado por la tierra para los campesinos.

“La tierra estaba en manos de muy poca gente en aquel país que había cambiado de dueño y había pasado del amo español al aparato industrial y militar de Estados Unidos”

¿Por qué las entregaban?

Porque estábamos convencidos de que mediante la vía armada, en una guerra asimétrica, no teníamos posibilidad de triunfo militar, y había que evitarle al país el sufrimiento de una guerra interminable. Entonces hablábamos de apertura democrática, de Asamblea Nacional Constituyente y de crear un frente popular. Cuando vine a España, dije: «¡Epa! Alguien copió el nombre de aquí».

Pasar de las armas a la desobediencia civil, ¿no es así?

La desobediencia civil en Colombia es silvestre. Nadie que no haya ido a la Universidad sabe qué es eso, pero casi todo el mundo la practica. El colombiano es un pueblo muy insubordinado; la gente tiene la consigna de que el gobierno es de la burguesía, mandan los ricos y yo obedezco las órdenes que me salga de los cojones. La gente se pasa la Ley por el forro.

«Se acata pero no se cumple», aquel dicho de los tiempos del Imperio español sobre las ordenanzas que llegaban de la metrópoli.

Los reyes ordenaban a los conquistadores que respetaran a los indios, porque eran personas, y los conquistadores decían: «Bueno, allá que escriban lo que quieran, que aquí haremos lo que corresponda». Nosotros aprendimos muchas cosas de España, claro. La sociedad colombiana es una mezcla de culturas, pero muy marcada por el gamonalismo, la forma de ocupación del territorio y de explotación del trabajo de los terratenientes andaluces acostumbrados a esclavizar; a ordenar y mandar sobre las vidas ajenas. Pero también nos influyeron mucho el progresismo alemán; la dureza y la afirmación cultural del pueblo vasco; la alegría de la población caribe; el querer mucho la tierra de los indígenas y la forma humilde de estar en el mundo del campesinado. Somos el resultado de toda esa mezcla. Y en esa época de desmovilización del EPL, confiábamos en que el pueblo colombiano refundara y democratizara la República, la sociedad, la propiedad y el conocimiento en una Asamblea Nacional Constituyente. Pensábamos que eso valía la pena y no nos fue mal. La Asamblea Nacional Constituyente quedó conformada por sectores progresistas y exguerrilleros y exguerrilleras que venían del M-19, de la Corriente de Renovación Socialista, del Ejército Popular de Liberación… Organizaciones que nunca renunciaron a la democratización del país. El Partido Comunista Colombiano, la Unión Patriótica; Esperanza, Paz y Libertad; A Luchar… Los nombro porque la historia los olvida, y merecen ser nombrados. Luchaban por la modernización del país, y eso era ilegal. Era ilegal modernizar las formas semifeudales de trabajo asalariado en el país de Macondo, donde masacraron a los obreros bananeros para proteger a la United Fruit Company. ¿Hacer huelgas? Ilegal. ¿Afiliarse a un sindicato? Ilegal.

En 1991 se celebra la Asamblea Nacional Constituyente. Pero aquella también fue la década del Plan Colombia, auspiciado por Washington.

Nos impusieron el modelo neoliberal. El país se democratizó en el texto constitucional, pero siguió habiendo dos y tres colombias: la Colombia de las leyes escritas, la Colombia real —y nuestra lucha, durísima, es que esta se parezca a la formal— y la Colombia que cuentan aquí en Europa. La Colombia formal, la de la Constitución del noventa y uno, es muy amplia en cuanto a derechos, libertades individuales y colectivas, reconocimiento de los territorios, derecho a la tierra, etcétera. Eso que fue lucha del campesinado, los indígenas y exguerrilleros, comunistas y cristianos de base alzados en armas está muy bien recogido, pero luego el consenso de Washington se encargó de que no se cumpliera. Teníamos una Constitución llena de derechos y una sociedad que estaba perdiéndolo todo. Los que veníamos de la lucha social entramos en una crisis grande, porque empezamos a pensar que había sido un error. Lo que decidimos entonces fue fortalecer las organizaciones sociales. Le metimos todo, todo a ese escenario. En mi caso, yo pasé de la dirección del sindicato de trabajadores del INCORA —Sintradin, se llamaba— a formar parte de la dirección nacional de la Federación de Trabajadores del Estado, que éramos medio millón. Y de ahí, a la dirección nacional de la Central Unitaria de Trabajadores.

“El Pacto de Benidorm es, entre otros, uno de los orígenes de la guerrilla colombiana, que nace para luchar contra esa alternancia en el Gobierno sin oposición posible”

La CUT, el sindicato más grande del país.

Y, sin duda, la central obrera más perseguida del mundo. En este momento, tenemos 3129 asesinados. Desde que la fundamos en 1986, no han parado de asesinar a nuestros dirigentes. Hay sindicatos como el de Coca-Cola o el de Nestlé donde no creas que la gente se pelea por ser dirigente: hay que tener mucha convicción, por no decir otra cosa. Lo que la CUT pedía, y es a lo que yo me vinculé, no era tanto que nos pagaran mejores salarios a los trabajadores, no era que nos dieran más vacaciones ni mejores pensiones: era que el Estado cumpliera su papel. Tierra para los campesinos, servicios públicos en salud, educación, vivienda, carreteras, energía eléctrica. Nuestra pelea no era contra el Estado, sino para que el Estado cumpliera su función. Y eso nos costó la vida de muchísima gente.

Salvando enormes distancias, aquello que aquí predicaba Julio Anguita: cumplamos la Constitución, cumplamos la Carta de los Derechos Humanos, y con eso ya estará hecha la revolución. Basta con cumplir leyes ya existentes que no se cumplen para hacerla.

La sociedad humana, y particularmente la de origen latino, es un tanto esquizofrénica. Vivimos una realidad formal y una realidad real y en medio hay una cantidad de personas que creen que lo que están viviendo es lo posible, y que lo que se puede en la realidad formal es, o revolucionario, o ilegal, o imposible. Lo nuestro era lo de Anguita —a quien llegué a conocer después de mi llegada a España—, sí; ese discurso tan sencillo. Que el Estado cumpla su tarea. Somos liberadores del Estado; queremos liberarlo de las élites de terratenientes, de banqueros, de financieros, etcétera, que lo apresan. De la nobleza donde la hay, esa cosa que tan exótica nos parece en Colombia. Ustedes nos ven como exóticos, pero nosotros decimos: anda, para exótico, para arcaico, que todavía haya príncipes y princesas (risas). Esta mañana, el colectivo de colombianos refugiados fuimos a la defensa del tren de cercanías. Nosotros sabemos lo que hay que hacer para defender lo público; damos clase, damos sopa y seco sobre eso. Venimos de ello, y cuando vemos que los trenes desaparecen del Cantábrico por desidia de los gobernantes; o que los médicos excelentes que nos atienden en La Calzada y El Natahoyo, y que nos reciben aunque todavía no tengamos la tarjeta de residentes, y que son personas cercanísimas, profesionales en toda regla, se manifiestan porque no tienen gente, porque les faltan medios, porque no tienen recursos; o cuando vemos cuánto cuesta un recibo de energía eléctrica, o en qué condiciones está la educación, nos duele como si fuera Colombia, porque sabemos que están perdiendo lo que consiguieron con tantísimo esfuerzo en la etapa democrática, y que si se permite que el Estado renuncie a sus obligaciones, nadie más lo va a reemplazar, y de ahí en adelante cada derecho perdido va a costar sangre y lágrimas. Esa lucha por lo público ha sido un peligro mortal para mucha gente en toda Latinoamérica. Yo he perdido a muchísimos amigos del alma y gente conocida. Cuando llegué aquí, dejaba atrás doscientas cinco personas del CUT asesinadas.

FOTO: David Aguilar Sánchez

¿Quiénes son sus asesinos?

La policía secreta colombiana, cumpliendo la doctrina de la seguridad nacional que impuso Estados Unidos para todos los países de América, considerando que todo el que quería cambiar el Estado era un enemigo y había que combatirlo a muerte, porque el Estado está por encima de las personas. La mafia del narcotráfico. Los militares, los paramilitares, la extrema derecha armada; sectores fascistas del Ejército y de la policía. Y multinacionales. Particularmente, denuncio de manera pública a Coca-Cola: doce dirigentes sindicales asesinados en Colombia, algunos de ellos en su puesto de trabajo, lista en mano. Los paramilitares entran a una planta de embotellamiento de Coca-Cola, preguntan quién es Juan, quién es Pedro y quién es María, los matan y les dicen a los obreros: «En setenta y dos horas volvemos, si no se ha desmontado el sindicato, los pelamos». Nestlé: catorce dirigentes sindicales asesinados. Empresas del banano, todas ellas exportadoras subsidiarias de Chiquita Brands, la vieja United Fruit Company: ochocientos y pico de compañeros asesinados. El carbón que llega al puerto de El Musel desde la Guajira colombiana está manchado de sangre del pueblo wayúu, de obreros colombianos. Drummond, Glencore, Xstrata, BHP Billiton, Anglo American… Todas tienen las manos sucias.

“Terminé involucrándome en la invasión masiva de tierras en todo el Caribe para obligar al Estado a pisar el pedal”

En tu caso, ¿por qué vienes a España? ¿Qué amenazas pesaban sobre ti?

Venía de ser miembro del Comando Nacional de Paro de las centrales obreras en la huelga más grande del siglo XX en Colombia. Éramos trece dirigiendo esa huelga en octubre del noventa y ocho. Empezó como una huelga de funcionarios y terminó como una huelga popular. A los dieciocho días de huelga, con gran parte de las capitales de Colombia tomadas por el movimiento obrero, el campesinado y sectores juveniles, nos dimos cuenta de que el pueblo siempre es superior a sus dirigentes. Nosotros no teníamos capacidad para dirigir semejante insurrección. La guerrilla consideró tirar a los combatientes, al acumulado político-militar de la izquierda en esa época, a hacer acciones militares. En un ejercicio de responsabilidad decidieron que no; que aquello era una lucha del pueblo civil desarmado y no queríamos un baño de sangre. Pero después de todo aquello, empecé a recibir más amenazas de muerte, muy serias, como otra gente del Comando. Mataron al primer vicepresidente de la CUT en plena huelga, después de salir de una negociación con el Estado. Yo tuve que huir de la mesa de negociación a una región cerca de mi tierra, y cuando bajó un poco la marea, volví a Bogotá a la negociación final del paro, estando gobernante Ernesto Samper Pizano, que venía del escándalo de que había puesto dinero para elegirlo el cártel de Cali. Llegué al Palacio de Nariño a firmar el acuerdo como integrante del Comando de Paro con una camiseta, un jean y botas de trabajo, y a la entrada, el presidente estaba saludando a los dirigentes del paro y me dijo: «Eres el único que viene disfrazado de obrero». Me dio rabia y le dije: «Aquí el único disfrazado es usted, que lo puso como presidente el cártel de Cali y se disfrazó. Yo soy obrero. Yo vengo de la lucha obrera».

¿Qué pasó después? ¿En qué resultó aquella negociación?

Firmamos un acuerdo que, como todo lo que pasa en Colombia, nunca lo cumplieron. Luego vinieron despidos masivos de trabajadores, apresamientos, asesinatos, privatizaciones a la fuerza… Héctor Mondragón Báez, un maestro de multitudes en Colombia, exiliado en Brasil y ahora en Portugal, nos enseñó algo: el neoliberalismo entró a América del Sur en las botas de Pinochet y a Colombia en los helicópteros del Plan Colombia, una infamia terrible. Nos pusieron entonces a un tipo del narcotráfico, que es Álvaro Uribe Vélez, como gobernante; yo llegué a España justo cuando él llegaba al Gobierno. Distingo mucho entre Gobierno y poder. El Gobierno es transitorio; y el poder, permanente, y lo tienen las élites. Hay gobiernos que se enfrentan más o menos a ellas y hay otros que no. En Colombia, nunca hemos tenido un Gobierno que se enfrentara al poder. En España, lo sabrán ustedes. Aquí en Europa, el neoliberalismo se ha impuesto con mucho contubernio y mucha complicidad de algunos sectores, pero en Colombia y en nuestra América se impuso a sangre y fuego y nos dio una lección que quisiéramos legarle a Asturias y a España: no se gana ninguna lucha de los pueblos si no hay unidad de ese pueblo. A mí me da mucho, muchísimo dolor, aunque no lo exprese de manera pública porque no debo, ver que el esfuerzo de muchos sectores de izquierda, de los cuales no dudo que sean izquierda comprometida con su pueblo, sea buscar la diferencia con el otro más que cómo pelear juntos; cómo subir esta cuesta que se nos puso delante. Me jode mucho ver cuánto cuesta que salgan en grupo a defender lo público, o el derecho de cualquier nieto a hablar la lengua de su abuela. Me jode mucho ver que conquistaron la democracia, pero están empezando a perder derechos, y el ascenso de sectores del fascismo increíblemente legales todavía en el mundo moderno. Esa gente no puede tener un partido legal, porque entonces será legal que los demás se defiendan como puedan y eso será la ley de la selva. La unidad es fundamental, y el programa asturiano ha pretendido ser un ejemplo de ello. Alrededor nuestro están UGT, Comisiones Obreras, Corriente Sindical d’Izquierda, SUATEA… Gente que tiene sus más y sus menos entre ellos, pero que, convocados por la causa colombiana, están ahí todos, junto con otras muchas organizaciones, catorce en total. En Colombia, los que escogen los casos de gente que viene para Asturias son nueve organizaciones, todas de diverso signo político. Hay que aprender a comer sapos y hay que aprender a estar al lado del otro, porque somos clase, o gente marginada, o simplemente pueblo, y no nos podemos dar el lujo de, cuando nos están aplastando, decir «soy mejor que tú y contigo no me junto», porque nos joderán a los dos.

A España vienes por tu matrimonio con una gijonesa.

Fui acogido por mi familia política, que fue muy generosa conmigo, muy solidaria. Ella había llegado allá a hacer trabajo social; auténtico apostolado en beneficio del campesinado, enseñándole a leer, y alfabetizándolo también políticamente. La conocí en la lucha campesina y en el año noventa y cinco ya vine a conocer a su familia. El que era mi suegro era un sindicalista del naval que me contaba la lucha obrera en defensa de los astilleros del Estado. Me identifiqué plenamente con él y con la historia de La Calzada, este barrio que nos acoge y donde nos sentimos como uno más. Entonces, había lucha en la calle; mujeres y familias enteras de los obreros del naval y otros sectores que salían a pelear por sus derechos y por que el Estado tuviera empresas rentables y diera empleo de calidad. Empecé también a estudiar la historia de Asturias y a conmoverme al saber lo que hubo aquí en su época. Se lo cuento a la gente colombiana que viene refugiada: ¿sabíais que aquí hubo una República, y que los asturianos fueron de los últimos en ser derrotados, y que mandaron niños desde el puerto de El Musel para que no los mataran, y que hubo billetes firmados por un obrero que se llamaban belarminos? Cuando cuento esa historia larga, mis compañeros se quedan callados y dicen: «Con todo lo que hemos luchado, fueron más lejos que nosotros, Javier». Les digo: «Fueron lejísimos, pero la gente lo está olvidando. Fueron lejísimos porque tenían muy claro que había que defender su territorio, su cultura, su trabajo, la condición obrera, su dignidad y su pensamiento. Y fueron derrotados». Cuando vamos a la cuenca minera y escuchamos a la gente mayor; o cuando vamos al Pozu Funeres; o a los actos que hay aquí, en la playa del Arbeyal, en memoria de los niños de la guerra; cuando los últimos que quedan —como el Ruso, que murió hace poco en Cancienes— nos cuentan lo que les pasó, nos conmueve mucho, nos sacude. Y nos preocupa algo que también nos preocupa en Colombia: verdad, justicia y reparación. Nos duele y nos preocupa que, mientras que en Colombia, en medio de la guerra y el exterminio de la dirigencia social, del genocidio, hayamos conseguido en el Acuerdo de Paz con las FARC que el Estado reconociera que tenemos derecho a saber la verdad y quién pagó estos crímenes, quién nos mata, quién nos desaparece, quién le quita de manera masiva la tierra al campesinado, quién no permite que el Estado cumpla su tarea, la sociedad española no sepa dónde están sus muertos, sus desaparecidos, quién lo hizo. Al no saberlo, están permitiendo que eso pueda volver a ocurrir, y no se dan cuenta del tamaño del problema que es que una sociedad no se mire a la cara y diga «pasó esto».

“Las guerrillas eran hijos del campesinado sin tierra y de la enorme Violencia del cuarenta y ocho”

¿Cómo fue el proceso burocrático de tu llegada a España? ¿Tu matrimonio lo hizo fácil?

Sí, pero tenía que sacar el visado igualmente. García Márquez decía que España era una abuela desalmada: sus nietos no pueden llegar y golpear la puerta; antes de llegar al barrio, tienen que pedir permiso, mientras que toda América no pide visado a ningún español para llegar a nuestros países. España sigue siendo metrópoli en muchos sentidos. A mí me ayudó Yago Pico de Coaña, embajador español en Colombia en ese momento. Venía de ser diplomático en Centroamérica, cuando el Farabundo Martí y el Frente Sandinista; las guerras centroamericanas, y cuando llegó a Bogotá, era tan serio, tan puesto en la diplomacia real, que las guerrillas colombianas le tomaron confianza y lo convirtieron en confidente y, en algunos casos, también mensajero, para poder resolver los avatares de la guerra. Este personaje, un 12 de octubre hizo una fiesta en la embajada a la que yo acudí como siendo miembro de CUT y del Comando de Paro. Nos saludó de manera muy afectuosa y, cuando se enteró de que algunos de nosotros teníamos peligro de ser asesinados, ordenó a la Guardia Civil que nos permitiera pasar a la embajada a cualquier hora del día o de la noche que lo necesitáramos para proteger la vida. Posteriormente, cuando necesité el permiso para venir a España, facilitó las cosas. Tenemos constancia de diplomáticos españoles como él que han ayudado a proteger la vida de la gente amenazada en Colombia.

Ver caer de maneras atroces camaradas a tu alrededor tiene que ser aterrador.

Es muy duro. Yo llegué a España cuando habían pasado dieciséis días de haber sobrevivido a un atentado gravísimo Wilson Borja Díaz, presidente nacional de la Federación de Trabajadores del Estado. Le dispararon más de cien tiros de fusil ametrallador al coche, que quedó destrozado. Lo volvieron a armar hueso por hueso en Cuba. Luego fue representante político. Aída Avella, que había sido presidenta de la misma federación, se acababa de exiliar en Suiza, y hoy es senadora de la República de la Unión Patriótica. Luis Eduardo Garzón, presidente de la CUT, compañero de lucha, luego fue alcalde de Bogotá y ministro de Estado. Angelino Garzón sería ministro de Trabajo y vicepresidente. Vengo de una dirección obrera y de trabajadores en que la mayoría han hecho carrera política y han sido grandes personalidades. Yo no opté por ese camino, sino por la lucha campesina y obrera y la diplomacia ciudadana por la paz, y es una cosa de la que no me arrepiento. Cuando voy a Colombia y me encuentro a mis compañeros en altos cargos, en el Congreso de la República, en el Gobierno, en ministerios y altas direcciones del Estado, me reciben con reconocimiento y yo también los respeto mucho, aunque sienta en el fuero interno que alguno vendió una parte de nuestra causa. Es un camino válido. Tratamos de democratizar Colombia y cada quien asume el riesgo que quiere. Cuando voy a Colombia, también siento un bajón ante gente que no salió del país y que se quedó allí jugándosela. Yo salí. Tal vez no hubiera sobrevivido si no vengo para acá.

Cuéntame un poco más sobre las amenazas que recibías. ¿En algún momento llegaste a sentir como inminente, como seguro, que te mataran?

Cuando mataron a Jorge Ortega, porque Jorge había estado, horas antes de que lo asesinaran, en reunión conmigo y con otras personas. Yo empecé a sentirme muy vigilado en Bogotá. Muchos de esos seguimientos eran detectados por las personitas que me acompañaban a modo de escolta, estando yo estudiando Derecho en la Universidad Autónoma, junto con otros compañeros del Comando de Paro. El decano empezó a decir: «No podéis venir aquí con tantísima gente armada». Eran escoltas legales, autorizados por el Estado, pero con armamento potentísimo. Llegamos a estudiar cinco o seis dirigentes de la CUT y de la Federación con dos o tres personas al lado con sus armas debajo de la chaqueta, y saliendo en orden. Era todo un operativo. Las amenazas llegaron a la gerencia de mi empresa diciendo: «Ese hijueputa es guerrillero y lo vamos a quebrar». El gerente general de la empresa, Carlos Ossa Escobar, un demócrata que había sido miembro de la Constituyente, un día me llamó a Bogotá. Estaba yo en palenque negro, en María la Baja, y me hizo subir a la central, en Bogotá. Me pareció muy raro. Me dijo: «Hay denuncias contra ti. Parece que estás adoctrinando a obreros bananeros en la zona de Urabá. Tú hablaste el Primero de Mayo a la multitud en la ciudad de Apartadó». Dije: «Pues sí, estuve en Apartadó». Y me dijo: «Pues te van a hacer un consejo de guerra los militares, porque te consideran inmerso en el delito de rebelión». Dije: «Bueno, que procedan. Yo estoy defendiendo el papel del Estado en el tema del reparto de tierras». Me dijo: «No. Te van a matar. Te voy a sacar de allá». Y me sacó del peligro. Uno tiene una suerte de ángeles de la guarda que aparecen en el momento justo para ayudarte a salvar la vida. En otra ocasión, la contraguerrilla, el ejército profesional, me bajó de un autobús en el departamento del Casanare, en un retén sobre el río Casanare. Ordenaron a todos los del autobús y al conductor que marcharan y que yo me quedara ahí. Me dije: «Me van a asesinar, me van a desaparecer».

“La gente tiene la consigna de que el gobierno es de la burguesía, mandan los ricos y yo obedezco las órdenes que me salga de los cojones”

¡Uf!

La gente del autobús no lo permitió. ¡Ya me tenían identificado! Más tarde, me pasó otra en la base del Escorpión del Batallón Voltígeros, en Urabá, entre San Pedro de Urabá y Turbo. También me dijeron que me bajara de un campero, de un todoterreno, con orden de quedarme ahí. No veas en la que me vi. Me salvó un aguacero torrencial. Tenían dudas sobre quién era y, mientras lo resolvían, los nueve que iban en el campero empezaron a presionar, porque teníamos delante una trocha sin pavimento, un barrial. El Ejército se cansó de andar averiguando quién era y dijeron: «Váyanse». Seguí en el campero y, a la entrada de una ciudad que se llama Tierralta, me cambié de transporte y me salvé. Ya no creo mucho en milagros, pero creo que existen (risas).

¿Te tentó en algún momento echarte al monte con la guerrilla; hacer realidad la maledicencia de quienes te perseguían?

En algún momento, alguna insurgencia, mediante algún mensajero, me propuso dejar el mundo sindical e irme a combatir arma en mano. Pero de nuevo decidí que no era el camino; que el camino era la lucha obrera, la lucha civil, y que lo que podíamos hacer como pueblo organizado en la calle difícilmente lo iba a reemplazar un grupo de valientes alzados en armas. Además, ya tenía tres hijos pequeños…

¿Cómo fue tu llegada a Asturias? ¿Te costó adaptarte?

Llegué el día que entró en vigencia el euro. Me encontré cinco euros en el aeropuerto de Madrid y los guardé; todavía los conservo. Tenía treinta y nueve años y medio. En Asturias, lo primero fue hacer un curso de agricultor en invernadero, buscando ponerme a currar de lo mío; de técnico agropecuario. Lo hacíamos en Prendes, aquí al lado, en Carreño, y me encontré con una sorpresa: que la gente que estaba en ese curso no tenía interés en él; no quería aprender. Empecé a averiguar por qué y descubrí con muchísima dificultad, porque no lo entendía, que aquel era la Siberia de los cursos de formación. Iban los que tenían subsidio de desempleo y tenían que hacer obligatoriamente un curso, pero la agricultura —como, por lo que fui viendo, es habitual aquí— no les interesaba. Yo era el único que estaba allá voluntariamente y me decían: «¡Colombiano, no preguntes tanto en clase, no des la vara, que entonces nos tienen allí todo el día! Llega, tómate el café, dile a todo que sí y vete». Me sorprendió mucho España. En un momento dado, me preguntaron: «Pero tú ¿no tienes subsidio de desempleo?». Respondí: «¿Eso qué es?». Me decían: «Pues que, cuando uno trabaja un año, tiene derecho a un subsidio cuando deja de trabajar». Les decía: «Allá en Colombia no pagan nada, si no estás currando, te jodes». Luego, me encontré con que el que daba el curso recitaba cartillas, pero yo venía de ser técnico en el terreno, y empecé a cuestionarle: «pero ¿cómo revuelves cúpricos con organofosforados?».

Haciendo amigos (risas).

Nos íbamos al invernadero de prácticas a tomar el sol, comer un plátano y cultivar unas fresas y así perdí literalmente ocho meses. Buscaba ser técnico agrícola y pedir una subvención de la Unión Europea para poner unos invernaderos y empezar a producir con químicos, que era lo que enseñaban allí, pero luego meterme a agricultura orgánica, ecológica. Pero necesitaba la chapa de haber hecho el curso para acceder a un subsidio. Lo que yo no sabía es que, en España, en Europa, se es joven hasta los cuarenta, y las subvenciones eran para los agricultores jóvenes. Cumplí los cuarenta el 8 de agosto y, cuando fui a pedir el subsidio, me dijeron que hacía un mes y pico que ya no tenía derecho a él. Siempre me ha pasado que llego a todo tarde…

“Nuestra pelea no era contra el Estado, sino para que el Estado cumpliera su función. Y eso nos costó la vida de muchísima gente”

¿Qué hiciste entonces?

Me metí a jornalear. Estuve de ruso.

¿Cómo?

Ruso es como llamamos en jerga colombiana al obrero de la construcción.

¿Y dónde ejerciste?

En el puerto de San Isidro, arreglando unas casas de invierno que tiene allá gente de mucho dinero.

Ah, sí: La Raya.

Tuve un capataz que era un déspota que estaba todo el día tomando vino y gritaba a todo el mundo. Me le enfrenté muy pronto: «usted no sabe de qué lucha vengo yo; lo voy a bajar del andamio y le voy a explicar que cuatro por ocho no son doce». Pero al final aprendí que a veces hay que morderse la lengua y joderse.

Pronto se gesta el programa asturiano de acogida a víctimas de la violencia en Colombia. ¿Cómo fue su puesta en marcha?

Empecé a recorrer las ciudades de España contando el horror que había dejado atrás, y en una reunión en una fiesta del partido comunista en Madrid, una celebración multitudinaria…

La fiesta del PCE en la Casa de Campo.

…conocí a Enrique Santiago Romero, que, mira tú por dónde, veinte años más tarde sería el asesor de las FARC en las negociaciones de La Habana, y hoy por hoy es secretario de Estado. En aquel momento era secretario general de la Comisión Española de Ayuda al Refugiado. Me afectó mucho contarle lo que había dejado atrás. En el fondo, me sentía culpable de haber salido por patas para acá. Pregunté a Enrique qué podíamos hacer y, después de darle vueltas, se le ocurrió que podíamos hablar con el Ministerio de Exteriores y montar un programa de acogida temporal. Se montó estando gobernando el PSOE con la asesoría de la CEAR y el apoyo del Comité de Solidaridad con América Latina; de Francisco Javier [Fernández López], de Amnistía Internacional Asturias; del tocayo Javier Arjona, de Soldepaz, y alguna gente de la Consejería de Bienestar Social del Principado de Asturias y otras personas de las que ahora olvido el nombre, pero que se volcaron en este programa de ayuda a la dirigencia social que estaba siendo exterminada en mi país. Entre las cosas de las que yo más orgulloso me siento, está una chapa de representante de los trabajadores que me dio mi central obrera y que pone: «representante de los trabajadores». Soy un diplomático de los trabajadores colombianos y de eso no como ni vivo, pero poco me llena tanto.

¿Quiénes fueron los primeros en llegar acogidos al nuevo programa?

Gente del sindicato de trabajadores del sector eléctrico (ciento diez asesinados) que se oponía a que Fenosa, Endesa, Iberdrola… se tomaran, se robaran, las redes de generación, distribución y comercialización eléctrica de Colombia, que eran todas del Estado. Jorge Ortega había sido uno de ellos: era trabajador de Electrificadora del Caribe, la generadora de energía eléctrica del Caribe. A Asturias vino también, en aquel primer grupo, una compañera del sector bancario que andaba de gancho con otra compañera del sindicato de un banco, a la que habían asesinado en la ciudad de Fusagasugá: la vio caer a su lado de una ráfaga de disparos; quedó paralizada. Vino también un dirigente sindical de la CUT del departamento del Atlántico, del sector salud, que estaba poniendo muchísimos muertos defendiendo la salud pública. Vino un dirigente de un sindicato de funcionarios de la ciudad de Neiva, que luchaba contra la corrupción. Luchar contra la corrupción también te cuesta la vida en Colombia: el hijueputa del ladrón roba y te manda matar después; no se conforma con despedirte. Vino también una dirigente campesina que ha sobrevivido a tres atentados como dirigente de la federación agraria de CUT, que se llama FENSUAGRO. No te imaginas lo que me costó encontrar un piso arrendado para poderlos albergar, porque la gente dueña de casas en Gijón, y creo que en toda España, tenía mucho miedo de arrendarle la casa a inmigrantes que dicen que son cinco y a ver cuántos me van a acabar metiendo, que a ver cómo me van a pagar, que a ver cómo me van a dejar la casa… Ese primer grupo estuvo tres meses escasos y, después, mi central obrera me llamó a Bogotá a cuentas para reorganizar el trabajo y ver cómo hacerlo de ahí en adelante. El programa nace como respuesta a dos cosas. En primer lugar, a la violencia contra la dirigencia sindical, y en segundo lugar, al hecho de que Europa se volvió una fortaleza en donde es imposible pedir asilo con posibilidades de éxito. Optamos por un camino intermedio, que es la protección temporal. Nosotros no renunciamos, ni pedimos a nadie que renuncie, al derecho sagrado, inalienable, de tener asilo.

“En el fondo, me sentía culpable de haber salido por patas para acá”

¿Querríais ser una plataforma para el asilo permanente, no temporal?

No, no. La oligarquía aplaudiría que sacáramos al exilio permanente a la dirigencia social y las organizaciones se acabasen.

Claro. De lo que se trata es de ofrecer a la gente un respiro. Que venga y se relaje unos meses antes de volver a la vorágine.

No nos relajamos, porque no paramos de hacer actividades que en un principio yo decía que eran de denuncia, después entendí que era mejor llamar de sensibilización y ahora entiendo que es mejor llamar diplomacia. Denunciar es conmoverte desde mi dolor, pero hacer diplomacia, diplomacia ciudadana, es superar el papel de víctima y hablarte de pueblo a pueblo; contarte que estamos en esta lucha que nos junta. El internacionalismo no solamente no está mandado a recoger, sino que es una respuesta necesaria de los pueblos ante la globalización de la arbitrariedad y la captura de los Estados. Tienen que globalizarse los derechos y para ello tiene que haber diplomacia de los pueblos. A eso hemos dedicado estos veintimás años. No luchamos solo por Colombia y lo que menos hacemos es descansar en el sentido de sobar sofá. Nosotros estamos, compañero, en toda Europa, en toda España, en toda Asturias, dondequiera que nos llamen. No nos paramos a mirar de qué signo político son quienes nos llaman. Donde nos llamen a hablar de nuestra América, de Colombia, de los pueblos, vamos. Otra cosa que aprendimos, y que creemos que debiera aprender la gente asturiana, es que no estamos en una situación como para darnos el lujo de elegir interlocutores; de escoger fracciones de fracciones de fracciones en vez de optar por un espacio unitario; por un frente amplio, un frente popular que haga valer lo público. Lo único que sí evité durante años fue visitar el País Vasco, para que no me ligaran con ETA, y tuve la orientación de CUT de no ir a Irlanda, para que no me ligaran con IRA. Durante muchos años, estuve espiado por el Departamento Administrativo de Seguridad, la policía política colombiana.

¿Estando ya aquí?

Sí. Si ponen mi nombre en Internet, «Javier Orozco Peñaranda», y escriben «Operación Europa» y «DAS», sale cómo durante años fui objeto de esa vigilancia, estando viviendo ya aquí, en el barrio de La Calzada. Me tomaban fotos, a veces estando con mi hijo pequeño. Allá donde íbamos había gente fotografiando, grabando, preguntando… Se hacían pasar por periodistas, a veces: «Estuvimos en una charla tuya muy interesante. Oye, ¿quién financia a las FARC?». Yo he tenido que sufrir mucho a los falsos periodistas. Todo esto era tolerado por la policía española en tiempos del Gobierno de Aznar. Me espiaban los servicios secretos colombianos de Uribe y los españoles, considerándome, supongo, diplomacia del terrorismo internacional, cuando yo venía diciendo muchísimas veces y en todas las formas que no tengo nada que ver con actividades ilegales. Soy un diplomático de los pueblos. Descubrí que no solo en Colombia, sino también aquí, hay alcantarillas. Los escándalos de cloacas de aquí no me resultan ajenos: si gente muchísimo menos importante hemos sido sometidos a ese espionaje, ¿qué no va a pasar con los que aquí cortan tajada? Mi caso, yo lo he denunciado a la policía en Gijón; fui con un abogado y con el tocayo Arjona a denunciar este hostigamiento. También lo puse en conocimiento de la procuradora general de Asturias, una señora hermana de la que fue alcaldesa de Gijón.

Foto: David Aguilar Sánchez

María Antonia Fernández Felgueroso, hermana de Paz Fernández Felgueroso.

Eso es. Le conté todo esto, con documentos probatorios. Que dondequiera que voy, me detienen, me aíslan, me quitan la maleta, me hacen interrogatorios extenuantes. De repente, se me sientan delante en el Café Gijón, me ponen una chapa delante y empiezan a interrogarme: «¿Quién financia esto?». La procuradora, desbordada, me dijo que lo pondría en conocimiento del procurador general del Estado.

¿Has seguido teniendo miedo a un atentado estando en España?

No creo que me vayan a asesinar a tiros. No suelo salir. Pero suelo fijarme mucho cuando cruzo la calle. A mi gente le he solido decir: si un día resulto muerto, si me atropella un coche, sospechen. No somos ningún peligro para el Estado, pero el Estado es un peligro para nosotros.

Dos personas acogidas al programa asturiano fueron asesinadas a su vuelta a Colombia. El primero fue Luciano Romero.

Me dolió mucho, muchísimo. Me afectó muchísimo en lo personal. Desde luego, no más que a su familia o a su sindicato, pero mucho, porque me di cuenta de que uno puede poner mucho terreno de por medio, pero se globalizó el peligro, no solo el capital. Luciano Romero Molina llegó a Asturias en septiembre u octubre del 2004. Pasó aquí la Navidad y el año nuevo e hicimos un curso de habilidades domésticas en la Universidad Popular para aprender a hacer la compra, a cocinar… Veníamos de la cultura machista colombiana; hay dirigentes sindicales, trabajadores de empresas, que no saben freír un huevo. El curso aquel fue muy prestoso; cosas muy sencillas, pero muy prácticas. Luciano vio nevar en febrero de 2005. Le recuerdo llorando en la playa de San Lorenzo, al lado de la iglesia de San Pedro, viendo caer la nieve, y poniendo en la nieve los nombres de sus hijas y su mujer, diciendo «las amo». Marchó a comienzos de abril de 2005. El día anterior, habíamos tomado unas cervezas y me dijo: «Zorro —el apodo que me tenían allá, de otras épocas—, no dejes solas a mis mujeres». Cinco mujeres dependían de él: madre, esposa y tres hijas. «No las dejes solas, porque a mí me van a matar estos hijueputas». Se refería a Nestlé y a los grupos paramilitares de Jorge 40, que era el narcotraficante paramilitar protector de Nestlé, al que Nestlé pagaba la seguridad de las plantas y el asesinato, supongo yo, de campesinos que no querían vender la leche bien barata y de los obreros que reclamaban mejor salario. Luciano trabajaba limpiando tanques que transportaban leche con una manguera. En una ciudad que, a mediodía, tiene treinta y cinco grados de temperatura, trabajar dentro de un tanque…

Me desmayo solo de pensarlo.

Luciano se dedicaba a eso. Era un operario más, un obrerito amenazado de muerte. Se marchó con ese mal presentimiento de que lo iban a asesinar y se le orientó por parte de CUT y por la mía a no ir a Valledupar, la ciudad de la que él era, pero se cansó de estar en Bogotá y de aguantar hambre; quería ver a su mujer, su madre y sus hijas y se fue para allá. Le pusieron una trampa y lo asesinaron, lo despedazaron. Lo destrozaron a puñaladas, lo quemaron con ácido y lo botaron como basura en el basurero, pasándolo antes de botarlo, torturado, en el baúl de un taxi por los retenes de la contraguerrilla del Batallón La Popa, controlado por un general que hoy por hoy es uno de los responsables del crimen de guerra en Colombia. El crimen de Luciano fue un crimen de Estado y fue un crimen de Nestlé. Rafael Palacios, director de la Agencia de Cooperación Asturiana, internacionalista y solidario como muy pocas personas en esta región, se la jugó con nosotros en Colombia varias veces y estuvo en reunión con el fiscal Mario Iguarán en el búnker de la Fiscalía General en Bogotá. Iguarán dijo a Rafa que era un crimen pasional; que lo había mandado a matar su esposa. Rafa Palacios se indignó muchísimo y le argumentó cómo quien lo había matado eran paramilitares, que era evidente que tenían una ligazón con la empresa y que lo perseguían por defender a los presos políticos y por ser sindicalista despedido en una huelga, buscando mejores salarios. El asesinato de Luciano fue repulsado en la Plaza Mayor de Gijón por una multitud que nos llenó de valor. Ese día, me hicieron entrevistas ilegales falsos periodistas, porque luego esas declaraciones yo las vi en los expedientes de la policía secreta colombiana, donde comprobé que me estaban investigando en Gijón.

“Me espiaban los servicios secretos colombianos de Uribe y los españoles, considerándome, supongo, diplomacia del terrorismo internacional”

Más tarde, moriría asesinado Henry Ramírez Daza.

Henry había estado amparado por la gente de UGT Asturias en Perlora. ¡Cuánto dolor nos da ver Perlora abandonado, comido por el monte! Nosotros estuvimos en la Perlora que todavía funcionaba, invitados por UGT y atendidos por ellos con una solidaridad exquisita. Duramos dos meses. Los colombianos se aburrieron de estar en la playa y descansando; empezaron a decir: «Estamos aislados, no estamos en el movimiento popular, queremos estar en reuniones, no en esto». Y dije: bueno, pues vámonos para Gijón. Tocó buscar un piso arrendado. Henry obtuvo mucha solidaridad del Comité de Solidaridad con América Latina de Gijón y muchas otras organizaciones. Era dirigente sindical de la Fábrica de Licores del Tolima, que iba a privatizarse. Henry se opuso a ello con los trabajadores, en parte porque, en Colombia, a los maestros de escuela se les paga el sueldo con los impuestos de la cerveza y del aguardiente: es decir, hay que emborracharse para que eduquen a tus hijos. Privatizar la empresa suprimía rentas de la comunidad autónoma, del departamento. Henry también luchaba contra la corrupción en el municipio de Ambalema, denunciando que el alcalde era un ladrón. Estando en la casa colectiva aquí en Gijón, un día me dijo: «El alcalde de Ambalema y algunos concejales son unos grandes corruptos. Si algún día me matan, fueron esos manes. Yo creo que a mí me van a terminar matando». Henry no era comunista: ¡era concejal del Partido Liberal!

Que equivaldría a ¿qué partido en España?

A un área muy moderada del PSOE. Una tarde de catarsis Henry me dijo: «Si me van a matar, solo le pido a Dios que no sea delante de mi familia». Lo mataron, lo rafaguearon, en la sala de su casa, viendo la televisión un domingo, con el hijo en las piernas. Del asesinato de Henry se habló muy poco aquí, porque hasta en la muerte somos injustos. Pero fue asesinado por luchar contra la corrupción, y Luciano lo fue por pedirle a una multinacional que pagaran mejores salarios por un trabajo muy extenuante. Esos dos muertos y los ocho sobrevivientes a atentados que habían pasado por Asturias hacen que el programa asturiano no solo sea el pionero de los programas de protección temporal en España y tal vez en Europa, sino el más perseguido. Muchos han huido, por algunos ni siquiera puede preguntarse, otros están refugiados en Canadá o asilados en Suiza, Bélgica, Argentina, Venezuela…

¿Cuántas personas han pasado en total por Asturias a lo largo de los años?

Ciento treinta y cuatro, contando cinco que llegaron hace quince días, todos con perfil de riesgo alto. Algunos, incluso con esquemas de seguridad del Estado: coche con blindaje o semiblindaje, hombres con armas legales, chaleco antibalas, radios de comunicación… Como si fueran ministros. Aquí, no descansan del trabajo, pero sí de la persecución; de situaciones que lo ponen a uno al límite y que llevan incluso a ponerse malo de la cabeza: problemas familiares, de comportamiento, de sueño… El programa ofrece apoyo psicológico. Aguantamos mucho, pero piensa lo que es que te maten familiares, amigos, allegados, y no uno ni dos, sino cantidades; que te quiten la tierra, la casa, que tengas que huir, que si no te pueden cazar a ti amenacen a tu familia. Todo eso deja traumas muy jodidos y muchas veces hace que algunos familiares lo pongan a uno en un brete. Es muy común escuchar eso de: «¿Vale la pena lo que haces? ¿Vale la pena a lo que sometes a la familia? ¿No te das cuenta de que nos estás llevando a todos a una situación gravísima?». La última vez que vi a mi padre, me dijo: «¿A qué cementerio hay que llevarte flores?». Yo ya vivía aquí. Mi padre murió en 2003, y yo no tenía un peso para tomar un avión el día que me mandó llamar del hospital, porque se sentía muy mal. Cuando conseguí que me prestaran el dinero, me dijeron: «¿A qué vienes? Papá murió». No me lo perdoné durante más de diez años. Ahora tengo miedo de que me pase con mi madre, que está pachucha. Cuando matan a un amigo, a un compadre, a gente de tu peña, como dicen aquí, te jode muchísimo, porque conoces al padre, a la madre, a la esposa, a los hijos, el trabajo social que hacía, lo imprescindible que era. Es muy pretencioso decirlo, pero hay gente que es imprescindible en algunos sitios. En según qué circunstancias de lucha, hay gente que no tiene reemplazo, y si lo tiene, es improvisado a las carreras.

Un dirigente no se hace de un día para otro.

La burguesía lo sabe, y cuando nos da, nos da donde no podemos recuperarnos pronto. Cuando asesinan a alguien, lo han escogido muy bien.

“Más tarde comprendimos que no necesitamos gente armada para defender la vida. Lo que necesitamos es unidad”

Con la burguesía española habéis tenido vuestros problemas, también. Aquí en Gijón, los tuvisteis con Foro, ¿no es así?

Nos recortó el cincuenta por ciento del programa y nos tocó vivir una época en la que, para ir a dar charlas a la Universidad de Oviedo, teníamos que pedirle a los estudiantes que nos recogieran los billetes. Algunas veces los recogieron delante de nosotros y nos fuimos al baño a llorar. Tuve que decirles: «No hagan eso nunca más delante de nosotros. Recojan esas monedas, pero no las recojan delante nuestro». Después, sufrimos más recortes, hasta el setenta por ciento, pero siempre con la cara sonriente en el Gobierno que te lo justifica. Lo último que nos dijeron fue: «Los de aquí primero». Son treinta mil euros, pero nosotros no vamos a entrar a casa de nadie a decir que sus hijos no están primero. Protéjannos, que ya nos buscaremos la vida para que no nos falten unos frijoles. Pero fue muy humillante. De todas maneras, la solidaridad es lo que se quiere y lo que se puede y siempre se agradece. España, Asturias, nos han dado mucho. ¿Sabes otra cosa que nos sorprendió?

¿Cuál?

Los bombarderos sobre Gijón del Festival Aéreo. Veníamos del mundo de la guerra, y entre colombianos hablábamos de lo que le habíamos escuchado a algún asturiano: que las armas son muy malas; que los aviones asustan a los niños, a los perrinos… Nosotros nos decíamos: «Las armas son malas cuando no las tenemos nosotros. Ojalá nosotros tuviéramos aviación». Más tarde comprendimos que no necesitamos gente armada para defender la vida. Lo que necesitamos es unidad; gente humilde que trabaje, que organice a la población. Hoy por hoy, estamos muy metidos en el tema de que Colombia supere la guerra y de que los que fuimos formados en la ortodoxia marxista-leninista, maoísta, proalbanesa incluso, entendamos que las vanguardias no son obreras, sino populares, y las componen campesinos, indígenas, mujeres jóvenes, trabajadores no necesariamente asalariados, y la dictadura del proletariado no solo no es posible sino que no es deseable. Hay que construir frentes por la vida y por la libertad en los que no haya necesidad de ser dictador de nadie.

La democracia del proletariado.

Una suerte de convivencia en la que los derechos de propiedad tengan límites. Si la libertad es que Bill Gates o la señora dueña del Santander Central Hispano sean libres de acumular, la nuestra será morir de hambre. Eso no puede ser. Todos tenemos que tener lo suficiente para vivir con dignidad sin devastar el planeta.

Colombia vive un momento histórico. ¿Cómo las estás viviendo? ¿Qué va a pasar?

Lo que está a punto de ocurrir a partir del próximo domingo es que el Estado cumpla su papel; que se democraticen la tierra, el ingreso y la alegría; que la gente pueda comer y que no te puedan excluir seas negro, indio, mestizo, rubio descendiente de alemanes o descendiente de españoles o de italianos. Estuve en marzo con la delegación asturiana número 18: la gente asturiana sabe que de aquí sale para Colombia una delegación anual sin interrupción, una visita de verificación de los derechos humanos y de la paz y para comprobar qué tal está la gente que ha sido acogida aquí. Ni la pandemia nos paró, ni cuando Foro nos dejó sin un duro nos paró. Vamos sea como sea. El Gobierno asturiano hace varios años que no nos acompaña, y lo echamos en falta: llamo de manera pública a que el Gobierno vuelva a Colombia; a que, ya que nos acogen en su casa, vayan a tomarse un café en la nuestra. Este año, nos convertimos en misión de observación electoral y presenciamos un cambio político muy importante, y es que el Congreso colombiano empieza a tener mayoría de parlamentarios y parlamentarios de signo progre y de izquierdas. Ahora vamos a por algo mayor: la jefatura del Gobierno y del Estado, que en Colombia es una sola. Vamos a elegir un presidente de la República distinto por primera vez en doscientos años desde que España se fue, o desde que echamos a España, a la Corona en este caso.

Te veo muy seguro de la victoria de Petro.

Tengo que estarlo, hermano, porque estoy en el mundo del activismo, y no puedo transmitir dudas aunque las tenga (risas). Incluso cuando estábamos en guerra decía «esto lo ganamos», sabiendo que íbamos a morir todos y que no había tutía. Pero bueno, objetivamente las encuestas dicen que la diferencia es muy grande. Es un proyecto socialdemócrata, no es un proyecto revolucionario, porque no ganamos la guerra, no porque no haga falta. La fuerza da hasta ahí y ahí iremos. Ya hablaremos en otro momento de llegar más lejos. Adonde podemos llegar ahora es adonde está determinado a llegar el Pacto Histórico, que es una suerte, ni siquiera de federación de partidos, sino de suma muy amplia de sectores políticos y sociales; de los gigantescos movimientos sociales que hay en Colombia. Nos hemos propuesto que se cumpla la Constitución; la legalidad de 1991. Rescatar al Estado de las mafias del narcotráfico y las multinacionales que lo capturaron; salvar al Estado de su propia destrucción y reconstruir el Estado de derecho en un país en el que el ejecutivo, hoy por hoy, controla la Fiscalía General, la Contraloría, la Procuraduría, todos los aparatos de control. No hay separación de poderes en Colombia y tampoco hay un Estado social, y hay que construirlo, para que deje de suceder lo que me sucedía a mí cuando me sonaba raro, aquí en España, aquello del subsidio de desempleo. En otra ocasión estuve diez días metido en el Hospital de Jove y estaba asustado pensando en cómo iba a pagar la cuenta al salir, porque nunca he tenido un duro. Cuando me dijeron: «Bueno, te damos de alta», dije: «Por favor, ¿la cuenta?». «¿Cuenta de qué?». «¡De todo lo que han gastado en mí aquí!». Me tuvieron que explicar cómo es que, no ya por ser ciudadano, sino por ser persona, aquí no te mueres a la puerta de un hospital porque no tengas dinero. Y empecé a soñar con que en mi Colombia fuera así. De eso se trata hoy. Salud pública, educación pública, inclusión de las mujeres, respeto a los indígenas, a los negros, que las multinacionales roben, pero que no nos maten.

¿Nos conformamos con que solo roben?

Las multinacionales van a robar siempre. ¿Dónde no roban? Una vez di una charla sobre agrocarburantes en la Universidad de Oviedo y les dije: «Están preparándose para ser ingenieros de multinacionales, porque, al final, es donde hay trabajo; no se van a ir a un taller de reparación de coches. Vendan la fuerza de trabajo y ojalá les paguen bien, pero no vendan la conciencia. Usted es obrero ocho horas; las otras dieciséis es ciudadano. Y su empresa puede ser perfectamente una mierda que contamine, que robe, que explote, que joda, que pague satrapías, dictaduras, crímenes de Estado, que financie terrorismo. No lo pierdan nunca de vista; no se identifiquen con la empresa; no es cierto que eso sea una gran familia». Yo, hoy por hoy, me conformo con que Coca-Cola, Repsol, Fenosa, Endesa, British Petroleum, Texas, Shell… saqueen y paguen impuestos, porque encima no los pagan, y sobre todo con que no se beneficien del terror. Esos sí son terroristas, y no están en la lista Clinton. No hay medio de comunicación en España ni en Europa, de los grandísimos medios masivos que hay acá, que hable de estas realidades. Te censuran; sé de lo que hablo. Los medios de comunicación también están capturados por las empresas, y no va a salir nada que afecte a determinados intereses. El Gobierno que viene va a ser un Gobierno en el que la vicepresidenta es una negra.

Francia Márquez.

Francia Márquez. Descendiente de esclavos, madre soltera, segregada, trabajadora doméstica desplazada por la guerra, minera artesanal, de las que se ganan la vida bateando en un río para sacar una pepita de oro. Y nuestro próximo presidente, Gustavo Petro, es un socialdemócrata que ha dado una lucha muy dura contra la corrupción; contra la captura del Estado por mafiosos de la corrupción y del narcotráfico como Álvaro Uribe y su partido, el Centro Democrático. Es gente que simplemente va a devolvernos la libertad que nos han quitado y la dignidad que nos quieren robar los esclavistas modernos de un modelo en el que supuestamente la libertad de mercado nos iba a alimentar a todos, pero lo que ha hecho es destruir la economía campesina y hambrear a multitudes. Apostamos por eso y, más allá de las desilusiones que tengamos en el futuro, tenemos derecho a estar contentos por el resultado que va a haber el próximo domingo. Luego, a ver qué pasa, porque nos han amenazado con un golpe de Estado y con bañar en sangre la resistencia. Vamos a ver. Héctor Mondragón, de nuevo, un día nos dijo: «En Colombia, entre guerras avanzamos en la repartición de tierras, y durante las guerras perdemos lo ganado y más. Es como sacarle agua al mar con un pocillo». Hoy por hoy somos tantos sacándole al mar pocillados de agua que no aspiramos a que el mar se quede seco, pero sí a que no nos ahoguen.

Mucha suerte, Javier.

Gracias, Pablo.

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