Faro: la alquimia del barro

A Selito le preocupaba que se perdiera el patrimonio que supone la cerámica tradicional de este pueblo de Uviéu. La preocupación de Orlando era que se mantuviera un patrimonio etnográfico con siglos de historia.

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Elena Plaza
Elena Plaza
Es periodista, formadora en cuestiones de género, contadora de historias y enredada entre ruralidades.

Desmenuza trozos de barro a mano. Sentado en una silla, acomodado sobre un cojín, a un lado un balde ya lleno de pedazos limpios, entre las piernas sobre el que va descargando los que está limpiando, al otro lado un carretillo cargado de terrones de barro y hierba sacado de los praos del entorno. “Tienen raíces y eso estropea el barro, hace poros e imperfecciones en las piezas y estallan al cocer”. Selito, con sus manos anchas, desgrana la arcilla en el alfar igual que desgrana la historia de este taller tradicional, el último que queda en Faro (Uviéu).

José Manuel Vega, Selito, es historia viva, es pura etnografía, arqueólogo titulado por la experiencia de los años trabajados en el taller familiar, alquimista que se divide entre el barro rojo esmaltado y el barro negro, tan característico de la cerámica de este lugar enganchado en la ruralidad de Uviéu como las vetas que se esconden en sus raíces de las que arranca la arcilla con la tecnología del uso manual, como se hacía hace siglos. Hoy la innovación supone el empleo de pala excavadora y tractor.

Tras despedazar y limpiar los terrones se pasa al duernu y allí se mezcla para posteriormente amasar en la amasadora o molino. “Aquí en Asturies se llena todo de raíces, en otros sitios echan el barro en unas balsas con agua y lo cuelan, en otras balsas lo sedimentan y se seca el barro, pero en Asturies el clima no ayuda y hay que hacerlo así, a mano”.

Mientras Selito desgrana terrones e historias, detrás Orlando Morán Fernández le da al torno de pie, una innovación tecnológica que Lito, padre de Selito, introdujo el siglo pasado. No solo empapa las manos de barro, sino también del conocimiento que Selito le transfiere. Él tiene lo que hoy se diría know how, o esa alquimia secreta que explica por qué la cerámica de Faro es la cerámica de Faro, tan característica. Porque cuando falla esa fuente de conocimiento, si no hay la transferencia del mismo, se pierde. Porque, afirman, cuando cierra un taller es imposible reabrirlo: el maestro alfarero se lleva consigo esa magia imposible de modelizar con una cerámica seriada.

Este centenario alfar acoge piezas, restos, hornos tradicionales y más modernos. Los primeros se prendían durante horas con árguma que se carretaba desde el Naranco y al que había que entrar para tizarlo de primeras. Mantener la temperatura idónea durante horas de manera manual. A éste Selito no le tiene especial cariño, cuenta: había que madrugar y sudar mucho para tenerlo todo en orden. Los segundos, comprados de segunda mano, funcionan con gas del de bombona o electricidad. Más innovación. Pero la esencia de las piezas, de la cerámica de Faro, sigue intacta.

Selito, aunque lo aprendió todo en casa, se formó en la Escuela de Artes de Uviéu, “de aquella estaba en la calle del Rosal”, donde hoy se ubica la Escuela Municipal de Música. Allí aprendió sobre pintura, escultura, dibujo. Se recuerda desde chiquillo con un lápiz y papel entre las manos. Compartían edificio con los del Conservatorio, y se ríe mientras recuerda las perrerías que se hacían los unos a los otros. Sus derroteros iban para profesor de dibujo de instituto, “pero lo mío era el barro”.

También tuvo la posibilidad de continuar su formación en la Escuela de Artes de San Fernando, en Madrid, “pero dije que yo pallí no iba”. “¡A esti métolu yo en San Fernando de una patada en culo!”. El que lo clamaba era el mismísimo Paulino Vicente, pintor y académico de esta escuela. “Nunca me arrepentí. Cuando conocí la trastienda de esi mundillo, no me gustó”, sentencia Selito.

La historia de los Vega siempre estuvo ligada al barro. Cuenta que hay documentados 71 alfares en Faro en 1749, más otros 10 en el entorno. Su familia ya se dedicaba a la cerámica al menos desde mediados del siglo XVIII, “y no seguí investigando más atrás en los libros de asiento de la parroquia porque los tuve que devolver al cura, y no se le ocurrió más que palmala. Así que ya no continué”, dice con socarronería. Sabe con datos contrastados que la historia de Faro y el barro ya se ligó, al menos, en el siglo XI. “Esto es lo que sabemos ahora mismo, pero suponemos que es más antiguo y aparecerán más datos algún día”.

Por sus prospecciones sabe que hay una zona de praos con edificaciones enterradas más antiguas que “cuando se puedan excavar responderán a nuestras incógnitas porque nada nace por generación espontánea y aquí estamos en una vertical con bastante herencia romana: con el camino romano de La Carisa, por Olloniego, Padierni, Colloto, Lugo de Llanera, Xixón… es muy fácil que la vía pasara por aquí. Hay una zona muy descampada que para ellos resultaba muy segura. Aquí arriba hay tres castros y los astures de aquella época no eran muy buenos amigos pa ir de espicha”. Y sigue enumerando enclaves: La Grandota, Tiñana, El Cuetu la Pila cerca de La Paranza (las canteras de Tudela Veguín). “Posiblemente el origen sea romano, o puede que anterior, no sabemos todavía”.

El barro

El proceso de la cerámica y de su esmaltado es pura alquimia, ciencia de la que no se hacía en la Academia. Es maravilloso cómo esa primera persona lo discurrió. O lo que quiera y como quiera que haya pasado.

El barro colorao contiene un 38% de óxidos de metales, “una verdadera burrada, es puro metal con un 14% de óxido de hierro y un 24% de óxido de manganeso”. El esmalte que se usa contiene un 0,2% de hierro y 0,7% de manganeso, “es decir, que los óxidos metálicos no llegan al 1%. Lo curioso es que el barro viene en vetas, todas muy cerca pero de formaciones geológicas muy diferentes”. Para la esmaltada se usa arcilla calcárea del Cretácico, “la otra no se sabe la época geológica de ella”.

En el centro fabril de Faro se hacía todo lo que se precisaba: desde tubos para el agua a jarras para la sidra. “La necesidad de material de todos los tipos era grande. Aquí no había problemas de comercialización, sino de producción porque había más demanda que lo que se podía hacer. Fue la industria de Uviéu hasta que se hizo la Fábrica de Armas”.

Cuenta que también se hizo teja, “pero no sé hasta cuándo. Cuando la Catedral, con la inflación, ocurrió que la hicieron de peor calidad y hubo un juicio y hasta un alfarero fue excomulgado hacia 1511 porque le encargan teja y debió cobrar todo el pedido pero no lo entregó todo. En otros sitios lo hubieran ahorcado”.

“Documentarse es la obligación de uno: para saber a dónde vas tienes que saber de dónde vienes”, sentencia. Y ahora sabe que hay ese lugar hacia dónde ir, que la cerámica de Faro va a sobrevivir “si no tenía los días contados”.

Aquí es donde entra en juego Orlando, que cuenta que están trabajando para que se haga un Centro de Alfarería en Faro, “no un museo al uso, sino un taller escuela para seguir la tradición y formar a nuevos alfareros y alfareras”, pero piden la colaboración de las administraciones públicas, de Ayuntamiento y Principado para preservar una industria tradicional y artesana que es patrimonio. “Esperemos que no mientan”, apostilla Selito.

Reconocen que “es complicado vivir de la alfarería, y de la artesanía en general. Hay una parte pasional”. Comentan el daño de la crisis, aunque también el interés en los últimos años, quizás “una cierta moda o que la gente realmente se interesa por la artesanía”, y reconocen la existencia de varios talleres de cerámica creativa en Asturies, mientras que ellos trabajan lo tradicional con técnicas diferentes para el barro negro y el esmaltado. No resulta tan comercial y necesitaría, afirman, “de una campaña fuerte. Hay gente, incluso de Faro, que no sabe de esta tradición”.

Selito prende un pito mientras rememora la crisis cuando las tiendas de artesanía se reconvierten en tiendas de souvenirs, la invasión de productos hechos en China y la equiparación de las tiendas de artesanía, “que cumplían una labor social y de interés turístico” con el resto de tiendas a la hora de tributar. Ahora está la venta por Internet, pero no hace mucho se iba a Ferias nacionales, donde se vendía muchísimo y las tiendas iban a las ferias a comprar, “sobre todo a la de Zamora”. “Aquí no se iba a Ferias porque con la red de tiendas que visitaba era suficiente para comercializar toda la producción”, afirma.

Cuenta que también se vendió mucha producción a Japón, sobre todo teteras. “Vendimos durante muchos años a través de Artespaña, la empresa nacional de artesanía, del Ministerio de Industria, fundada sobre el 67 ó 68. Nosotros empezamos a vender con ellos hacia el 73. Había un convenio con Japón. Funcionó hasta el 82 u 83, cuando el ministro Rodríguez Inciarte le dio finiquito. Hacía una labor social y cultural al sector de la artesanía española. Fue un palo bastante gordo. En un principio no se notó su falta porque había muchas tiendas, pero luego las igualaron al resto del comercio y ahí acabaron con el sector. Por cada peseta de aquí generábamos 10 pesetas en un sector que abarcaba la hostelería, el comercio… la gente compraba artesanía”.

Pero el declive de la cerámica de Faro también comienza con la Fábrica de Loza de San Claudio: “empieza a perder espacio en las ciudades, con mayor poder adquisitivo, y queda para las villas y pueblos que, en cuanto pueden, compran loza fina de San Claudio. Entonces tiran la escudiella por la ventana porque les recuerda a épocas de miseria y pobreza”, relata Selito. “A pesar de la apariencia de primitivismo de Faro, se supo adaptar y no quedarse atrás comparada con otras vajillas. Y en ocasiones era de una calidad superior”, señala Orlando. La competencia fue grande, también con La Asturiana de Xixón. “Los chavales para qué iban a andar sacando barro de los praos”, dice Selito. “Claro, pasó igual que con la primera industria, con la mina frente a los que andaban al monte con el ganado”, relaciona Orlando. “Y que los aprendices no ganaban nada: metían la mano en bolso y sacaban pelusa. Cerca de Faro había mucha mina y fuerza bruta aquí había bastante y cobraban todos los días. Era la diferencia de meter la mano en la faltriquera y sacar metal…”, razona el alfarero.

Y ¿de dónde sale Orlando? Arqueólogo de profesión, se formó en la Escuela de Artes de Avilés como parte de su propia diversificación y complemento formativo en materia cerámica, algo con bastante relación para su trabajo. “La directora me dijo que había un alumno buscando un taller artesanal para seguir formándose y a la mañana siguiente estaba yo como una exhalación. Nos pusimos de acuerdo rápido”, narra Selito, ante la sonrisa de Orlando.

Atesora una amplia experiencia en yacimientos, como en Vigaña, Veranes, la Autónoma de Madrid, en el extranjero… “En muchos yacimientos aparece la cerámica de Faro o de Llamas del Mouro (Cangas del Narcea). Con la crisis de 2008 me empezó a fallar la arqueología y decidí apuntarme a cerámica pero como hobby, y resultó que se me daba bien y que me gustaba un montón. Cuando conocí a Selito estaba haciendo un curso del INEM que hoy ya no se imparte, una pena. Y cuando empecé en Faro ya de aquí no salí”.

También trabaja otro tipo de cerámica más moderna, “para nada está reñido la tradicional con la de vanguardia”, señala su mentor.

“Por mi parte es también el compromiso con Faro. Selito lleva años luchando por la existencia de una Asociación de Cerámica de Faro, para que no desaparezca y tratar de involucrar a Ayuntamiento y Principado para la formación y promoción. Esto no es solo un taller artesano, sino patrimonio y Faro se estudia desde el punto de vista arqueológico con bastante interés científico desde el mundo académico. Pero si un alfar cierra, es muy difícil recuperarlo porque se pierde el conocimiento y el trasvase de ese conocimiento directamente del maestro al alumno: las mezclas de barro, la cocción… La Administración tendría que tener interés porque si esto desaparece, lo hace para siempre. Hay muchos procesos muy complejos, más los secretos de las cocciones, los esmaltes: es alquimia pura. Esto es herencia de muchas generaciones y si se rompe esa cadena, desaparece, pero no sólo como taller, sino patrimonio dentro de la etnografía y no hay excavación arqueológica que no encuentres material de aquí. Hasta pasada la industrialización la vajilla asturiana era de aquí, las clases bajas comían en la escudiella e iban a por agua con el barbón a la fuente”.

“Yo, que aprendí en la Escuela de Artes”, sigue contando Orlando, “no tiene nada que ver con la alfarería tradicional. Aquí ves cosas que hay que producir y otras soluciones de trabajo diferentes de una forma más natural a la hora de aprender”.

Selito atesora unos cuantos años como alfarero, desde los 18. Cuenta 72 ya cumplidos. “Salvo la época que me tocó vestir de caqui” (se refiere a la mili). “Hasta que no estire la pata yo no dejo de mancharme las manos de barro. Mientras pueda seguiré con la manos metidas en él”.

La afinidad, la complicidad entre maestro y aprendiz se refleja en las miradas, en las conversaciones fluidas en las que parece que el pensamiento de uno habla por boca del otro. Orlando se mueve entre estantes de piezas y tubos de separación para la cocción como si él, realmente, también hubiera nacido en este medio. Selito, el alquimista, el guardián de la cerámica tradicional de Faro, ha encontrado quien mantenga su legado.

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