“Me interesa el patriotismo como una cuestión de clase, no como identitarismo y rechazo a lo diferente”

El joven politólogo y divulgador político acaba de publicar su primer libro: "Patria digna. La España que intentaron robarnos"

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David Sánchez Piñeiro
David Sánchez Piñeiro
Graduado en Filosofía y doctorando en Investigaciones Humanísticas por la Universidad de Oviedo/Uviéu. Ha colaborado con medios como La Trivial, Atlántica XXII y El Salto.

Alán Barroso (Santa Eulàlia de Ronçana, 1997) es politólogo, divulgador político y analista en televisión. Mientras que hace dos años fue entrevistado por Nortes para hablar sobre juventud, política y republicanismo, en esta ocasión el tema de la conversación es el ensayo que acaba de publicar: Patria digna. La España que intentaron robarnos (Ediciones B, 2022). Concebido como una reivindicación de un patriotismo popular y progresista, el libro consta de dos partes: una primera dedicada a recopilar toda una serie de episodios nacionales y populares de la historia de España, algunos de los cuales fueron protagonizados por personajes asturianos como Agustín Argüelles o Rafael del Riego, y una segunda en la que propone horizontes de presente y de futuro para una España mejor.

La imagen de la portada ya condensa la tesis principal del libro.

Muchas veces se dice esto de “no juzgues un libro por su portada”. Yo quería que mi libro sí se pudiese juzgar por su portada. La tesis principal del libro sería la disputa por la representación del país entre una minoría parásita e improductiva y un pueblo humilde que es mayoría y que siempre ha practicado el patriotismo, más haciendo que diciendo. Eso se ve ilustrado en que arriba están los tres poderes, que son la monarquía, el ejército y el poder económico, y abajo una masa de personas que representan a la gente común, que está tirando de la bandera. No es tanto una disputa en torno a los símbolos nacionales, sino por la representación del país en su conjunto.

Portada de Patria digna. La España que intentaron robarnos

Escribes que “España no empezó con los íberos, ni con la Reconquista, ni con el Cid Campeador, ni con los Reyes Católicos” sino que “nuestra historia como país empieza en 1808”. ¿Por qué es importante esa fecha?

Es habitual ver cómo desde las filas conservadoras trazan una línea histórica milenaria que va desde el principio de los tiempos hasta la actualidad. Y a todo eso lo llaman España, desde hace más de 2.000 años. El escritor inglés L. P. Hartley decía que “el pasado es un país extranjero” y no le faltaba en absoluto razón. En nuestro caso el pasado es tan extranjero que los protagonistas de esa historia milenaria que nos intentan hacer pasar por la historia de nuestro país nunca son el pueblo español, sino que directamente son sus élites. En lugar de hablar de esa historia de los de arriba, yo defiendo que una verdadera historia nacional se tiene que escribir siempre desde abajo, desde las raíces de su propio pueblo, que actuó la mayor parte de las ocasiones en contra de esas mismas élites que luego se han arrojado la representación total del país. Por eso, en vez de hablar, por ejemplo, en el siglo XVI, de la conquista de América, que es una cosa que se estaba gestando al nivel de las élites españolas, prefiero hablar de otro tipo de historia que estaba ocurriendo al mismo tiempo, pero a la que sin embargo no se le da tanta importancia, como puede ser la guerra de los Comuneros, la revuelta Irmandiña o las que estaban habiendo en Mallorca y Valencia en aquel momento, pero también en muchos otros territorios de la Península Ibérica. 

Más allá de esas historias particulares que convivían en aquel momento con la conquista de América, y que tenemos tan olvidadas, señalo sobre todo 1808 como un momento en el que, y aquí voy a citar a Marx, “era la España oficial la que estaba en bancarrota. Napoleón, informado por sus embajadores, sólo creyó en la existencia de esa España e ignoró la verdadera España, pletórica de energía y ansiosa de renovación.” Es decir, mientras el país en aquel momento estaba vaciado de poderes antiguos y mientras los nobles se sometían al nuevo mandamás francés e incluso el duque del Infantado, que en aquel momento representaba el Antiguo Régimen, mandaba una carta a José I, hermano de Napoleón y nuevo rey de España, diciéndole que “los grandes de España fueron siempre conocidos por su lealtad a sus soberanos, y vuestra Majestad hallará en ellos la misma afección y fidelidad”, es decir, poniéndose al amparo del nuevo poderoso simplemente con la intención de guardar sus privilegios, mientras todo eso ocurría, el pueblo tomaba las armas y luchaba. Lo hizo tomando conciencia de sí mismo por primera vez, sin ser guiado por ninguno de los poderes antiguos que hasta ese momento habían sido los únicos que habían logrado trazar la línea de por dónde tenía que ir España. 

Tras aquel momento vino la Constitución Española, que lo que hacía era desprivatizar España y la arrebataba de las manos de una monarquía absoluta, de una sola persona que defendía que la soberanía residía en ella misma. La Constitución lo que hacía era contestar esta idea y decir que la soberanía no residía ni en una dinastía, ni en una familia real, ni mucho menos en una sola persona, sino en todos los españoles. Ahí es cuando un diputado, precisamente asturiano y liberal, Agustín Argüelles, tras aprobar la Constitución, salió al balcón y exclamó “españoles, ya tenéis patria”. Los españoles estaban construyendo una patria. Eso significaba estar independizados no solamente del dominio francés, sino también del dominio interior al que durante tanto tiempo los Borbones les habían sometido. 

En su libro España, Santiago Alba Rico se quejaba de que España no hubiese sido capaz de “construir un simple cuarto de estar en el que poder tirarnos las sillas a la cabeza sin matarnos”. En una línea similar, tú lamentas que los españoles “no tenemos cosas que hacer a la vez nunca”.

Para eso utilizo la canción de Mecano: “marineros, soldados, solteros, casados, amantes andantes y alguno que otro cura despistao. Entre gritos y pitos los españolitos, enormes, bajitos, hacemos por una vez algo a la vez”. “Hacer por una vez algo a la vez” es la perfecta representación de lo que es nuestro país, en el que hemos tenido tan pocas ocasiones en las que hacer cosas al mismo tiempo. Cuando nos ponemos a pensar casi solamente nos queda comernos las uvas en fin de año y celebrar todos juntos el gol de Iniesta. ¿Por qué ha ocurrido esto? Porque los símbolos nacionales se convirtieron en símbolos de una parte. El himno es básicamente una canción militar que se puede cantar con la boca cerrada entonando “lolo, lolo, lololololololo…”  En el libro hablo de que el himno se utilizaba en un anuncio de Telepizza, diciendo que era el único del mundo que se podía cantar mientras tenías la boca llena de comida. Nuestro himno es fácilmente utilizable para hacer una especie de broma jocosa para vender pizza, pero no para representar a un país ni para tener orgullo nacional, como sí vemos, por ejemplo, en otros himnos de dentro de nuestro mismo país: Els Segadors, el himno andaluz o incluso el himno no oficial de Aragón de Labordeta. Son himnos que de verdad te hacen hinchar el pecho. El Asturias de Víctor Manuel también. Son himnos que hablan de una comunidad nacional que va hacia algún sitio, que tiene algo en común y que de verdad construyen un pueblo. 

A menudo se le critica al patriotismo su carácter excluyente y su incapacidad para integrar a personas nacidas en otro país. Sin embargo, tú explicas, a partir del ejemplo de las Brigadas Internacionales, que “lo importante no son las banderas, ni los idiomas ni la procedencia. Lo importante es lo que uno hace con sus manos. Y todo aquel que use las manos para hacer de España un país mejor, es bienvenido a formar parte de nuestra historia y de nuestro orgullo nacional”.

A mí el patriotismo entendido como identitarismo y rechazo a lo diferente no me interesa en absoluto. Me interesa, podríamos decir, como una cuestión de clase, es decir, una identificación del patriotismo con la gente que forma parte mayoritariamente de esa patria. No es una idea interclasista en la que todos somos iguales porque somos españoles, en absoluto. La mayor parte de los que definen a la nación son su gente de abajo, su gente común. Precisamente porque me siento tan lejos del patriotismo entendido como identitarismo, de esa idea romántica de una patria milenaria que viene de siempre y que tiene esencias naturales, me siento tan cercano a la cita de Lorca que inaugura el libro: “yo soy español integral, y me sería imposible vivir fuera de mis límites geográficos; odio al que es español por ser español nada más. Yo soy hermano de todos y execro al hombre que se sacrifica por una idea nacionalista abstracta por el solo hecho de que ama a su patria con una venda en los ojos. El chino bueno está más cerca de mí que el español malo. Canto a España y la siento hasta la médula; pero antes que esto soy hombre de mundo y hermano de todos. Desde luego, no creo en la frontera política.” Esa cita es una maravilla e ilustra a la perfección lo que defiendo en el libro, que no tiene nada que ver con ese nacionalismo excluyente y cerrado al que algunos están acostumbrados, sino con una cosa mucho más abierta y construida desde abajo. Precisamente por eso decía Lorca que, a pesar de sentirse español hasta la médula, estaba más cerca del chino bueno que del español malo. 

Alán Barroso. Foto: Isabel Permuy

El ejemplo de las Brigadas Internacionales es tan poderoso porque lo ilustra a la perfección. Una gran cantidad de personas extranjeras que no tenían relación con España, que no hablaban su idioma, que no conocían demasiado bien su historia y que tampoco tenían vínculos grandes con nuestro país, en el momento en que se produce la sublevación contra el gobierno legítimo, se dan cuenta de que había un orden de cosas por el que merecía la pena luchar. No luchaban por su idioma, por su patria o por la defensa de sus fronteras. Luchaban por algo mucho más bonito y al mismo tiempo más difícil de entender: una idea. Y aquella idea era la defensa de la libertad frente a una barbarie que entendían que empezaba en España, pero que seguramente iba a continuar fuera de sus fronteras, como al fin y al cabo ocurrió en toda Europa. Durante los últimos años ha habido una gran obsesión de la extrema derecha española por vandalizar todos los monumentos o recuerdos a las Brigadas Internacionales. Al final acabé entendiendo que tenía que ser porque nada podía darles más rabia, a aquellos que tienen la idea más cerrada de lo que es España, que hubiese personas que sin hablar español, habiendo nacido en el extranjero y sin haber tenido un vínculo claro con España, hubiesen hecho mucho más por la libertad de España y de los españoles que ellos, que tan españoles se reivindican y que tantos golpes en el pecho se dan hablando de la defensa de nuestra patria. Aquellas personas que sin tener nada que ver con nosotros nos defendieron tanto son muchísimo más un ejemplo de orgullo nacional que cualquiera de los que hoy en día se llena la boca de España a gritos.

“El apego a un país nunca es completamente racional y está bien que lo sea porque es lo que lo hace humano. Igual que el amor por tu pareja o por tu familia, hay sentimientos que no caben en tablas de Excel y no por ello son peores ni más peligrosos ni más rechazables”. ¿Puede chocar esta idea con la visión política exclusivamente racionalista que predomina en la izquierda?

Siempre digo que qué triste sería una vida que pudiese ser encajonada por completo en casillas de una tabla de Excel. Una vida sin pasión, sin amor, sin alegría. Y también sin pena, sin tristeza, sin amargura. El ser humano tiene muy poco que ver con esa forma robótica de entender el mundo que cree que todo cabe en demandas racionales que pueden ser planteadas y resueltas de una en una sin ningún tipo de problema. Tampoco creo que sea una dicotomía, es decir, no se trata en absoluto de elegir entre racionalidad e irracionalidad. Se trata de entender, por decirlo de una manera sencilla, que tan importantes son las cosas del comer como las cosas del sentir y que no se puede desatender a ninguna de las dos sin quedarse cojo y darse un buen golpe contra el suelo. Si no atiendes a las que se llaman “irracionales” y solamente te enfocas en las del comer va a haber alguna gente que sí se enfoque en las “irracionales”, que son tan importantes y determinantes que arrastran a gran parte de la población. Tal vez son más abstractas, pero determinan también la vida de las personas. 

Pensar que una defensa abstracta de España no se refleja en cosas materiales tampoco tendrá ningún tipo de sentido. Por eso suelo decir que el patriotismo de la derecha está vacío: porque lo llevan más como una insignia, como una especie de ornamento. Un patriotismo de verdad se ejerce, no solamente se enseña. Se quedan en el lucimiento de banderas, cuya máxima expresión es el 12 de octubre, en el que algunos supuestos patriotas se embadurnan de banderas desde la punta del sombrero hasta la punta del calcetín, lo cual parece más una una horterada de mal gusto y una humillación a los símbolos nacionales que una muestra de patriotismo real. Se creen que con eso sirve para ser patriota, pero después se les olvidan las cuestiones materiales que van asociadas a esa defensa de la patria. Al mismo tiempo parece que a nosotros se nos olvida que hay cosas “irracionales” que van más allá de las simples demandas. 

Para líderes de izquierdas como Pablo Iglesias, la fórmula “España son sus hospitales públicos” se llegó a convertir en una suerte de letanía. Por el contrario, tú explicas que “no deberíamos ser los más pesados del barrio hablando de hospitales y escuelas cada vez que queramos hablar de España”.

Creo que aquel trabajo que hicieron en aquella etapa Podemos y Pablo Iglesias repitiendo constantemente que “España son sus hospitales”, “España es su gente”, “España son sus servicios públicos”, etcétera, fue algo bueno para España. Fue el primer paso de una lucha que tenía muchos pasos después. Es imposible armarse de voluntarismo y salir directamente a reivindicar un país si previamente no has hecho un trabajo de iniciación a esa disputa. Por muy timorato e incluso naif que pueda parecer tener que decir siempre “España es no sé qué”, “España es no sé cuánto”, a pesar de eso, fue un un paso necesario y muy positivo para empezar a abrir brecha. Así que todo el respeto a aquellas personas. 

Fuera de nuestros ámbitos más militantes hay una verdadera disputa por el significado de España que no se concreta en cosas tan complejas. Seguramente tu colega de toda la vida se siente español, pero le da un poco de pereza que tú le digas “oye, pero ser español significa defender los servicios públicos”. El tipo quiere ser español y seguramente tampoco le hace demasiada gracia que ser español esté asociado intrínsecamente a defender ideas conservadoras. Probablemente tu colega sea un un tipo progresista o que tampoco tiene una ideología demasiado marcada en ninguno de los dos sentidos, pero que si se siente algo es indudablemente español, sin apellidos.

Lo que hay que conseguir es tener un discurso sobre nuestro país que no esté constantemente tirando balones hacia otros lados, sino que tengamos un proyecto de país. Creo que es algo fácilmente concebible teniendo enfrente la idea de España que tiene la derecha, que a pesar de que parezca tan simple y que por lo tanto sea más fácil de divulgar, es tan endeble porque se queda en gritos y aspavientos y no se concreta en nada real y al final excluye a la mitad de su gente y se comporta como una especie de portero de discoteca que como te salgas un poco del dress code ya no te deja entrar. Esa idea de patria excluyente que ha rechazado tanta gente y cada vez convence menos es fácilmente sustituible por una idea de España progresista, pero que no sea la más pesada del mundo hablando siempre de hospitales y escuelas cada vez que queramos hablar de ella.

¿Qué opinas de que Chanel, la representante de España en Eurovisión, se echase orgullosamente sobre los hombros una bandera rojigualda?

Ilustra a la perfección el problema que desde la izquierda hemos tenido con nuestra bandera: la repudiamos porque la asociamos a los peores años y a las peores ideas de nuestra historia y siempre que la vemos en el espacio público suele estar asociada a manifestaciones reaccionarias, pero al mismo tiempo, cuando se produce algún evento importante, se enarbola de manera masiva e incluso una gran parte de aquellos que en otros momentos la repudian y la señalan con una bandera reaccionaria, en ese momento la enseñan con orgullo. En esos momentos deja de ser bandera de parte y bandera asociada a las peores ideas y se convierte de verdad en lo que podría ser una bandera nacional, que además se puede sacar con orgullo y asociándola incluso a valores de progreso.

Alán Barroso. Foto: Isabel Permuy

Esos momentos yo creo que nos enseñan a plantearnos que antes que la resignación o el abandono merecen más la pena la recuperación y el orgullo. Porque en ese momento vimos a muchísima gente que se considera progresista poner tuits en los que al lado del nombre de Chanel ponían la banderita de España y no tenían ningún tipo de problema con ello. Y seguramente lejos de aquellos reaccionarios que ven Eurovisión como una especie de confabulación LGTBI para adoctrinar a nuestros inocentes hijos y hacerles andar por la senda de la degradación moral que nos impone el Occidente decadente, lejos de lo que esa gente podía pensar, en ese momento la bandera de España estaba siendo enarbolada por gente que tenía una visión sobre nuestro país mucho más progresista.

Yo siempre utilizo el ejemplo del nacimiento de la rojigualda, que empezó como un emblema militar asociado a los buques de guerra españoles. Sin embargo, los primeros usos políticos que se hicieron de la bandera fueron durante la Guerra de Independencia, que en aquel momento se llamaba la Revolución Española, y sobre todo asociados a la Constitución de 1812 y después a todos los defensores de la Constitución que aparecieron a lo largo y ancho de España. La rojigualda nació como un símbolo enfrentado a la monarquía absoluta de Fernando VII y durante mucho tiempo cada vez que Fernando VII veía una rojigualda se echaba a temblar porque significaba que estaban ahí los constitucionalistas, los liberales que se enfrentaban a los serviles y querían una España desprivatizada. Con el tiempo incluso la Primera República se formó con la bandera rojigualda, escribiendo en ella la palabra “libertad”. 

Un símbolo que durante mucho tiempo recordaba la lucha de los guerrilleros y de la Constitución de Cádiz frente al absolutismo monárquico acabó convirtiéndose en un símbolo asociado a ideas conservadoras que representaban precisamente aquellos que en un primer momento habían luchado contra ella. Cualquier conservador habría dicho que esa bandera nunca iba a ser la bandera de la monarquía española porque estaba enfrentada con el mismo ser de la monarquía absoluta y estaba asociada a ideas claramente liberales y antiabsolutistas. Sin embargo, acabó ocurriendo, porque fueron inteligentes y porque identificaron la idea de un país más conservador con una bandera que había nacido enfrentada a esas mismas ideas conservadoras. Un símbolo nunca está determinado desde el primer momento. Evidentemente su significado no se cambia por puro voluntarismo, sino que es un proceso largo. En el caso de la reconversión total de la bandera rojigualda de una cosa revolucionaria a una cosa conservadora duró más de un siglo. Todo el peso simbólico que ejerció sobre la rojigualda la terrible dictadura, y los años posteriores, en los que el símbolo todavía sigue estando patrimonializado por una derecha conservadora, tampoco tienen por qué durar para siempre. Episodios como los de Chanel o como cuando ganamos en algún evento deportivo y la bandera por primera vez se enarbola no contra otros españoles -esto es súper importante- sino junto a otros españoles, esos episodios, esos flashes de posibilidad nos enseñan que esa dominación de las ideas conservadoras sobre nuestros símbolos nacionales no va a ser eterna y que hay una manera distinta de relacionarnos con ellos. 

Escribes que el himno de la Guardia Civil (“Viva España, viva el rey, viva el orden y la ley”) es una contradicción absurda, pues no hay nada en España que tenga una relación tan antagónica con el orden y con la ley como la monarquía.

No hay mejor momento para hablar de esto que este 2022, en el que se está produciendo la vuelta de Juan Carlos I a España libre de sus delitos, no porque fuese inocente, sino porque o es inviolable o han prescrito. Desde el primer momento en que en España existió una ley ciudadana, escrita de manera por lo menos mínimamente republicana, en 1812, no hubo nadie más enfrentado a la ley y al orden que la monarquía absoluta, que la única ley que entendía y respetaba era la de la dinastía borbónica. Desde aquel momento se inauguró una relación complicadísima con la ley, que no solamente fue cosa de Fernando VII, sino de todos sus sucesores. María Cristina, que fue la regente de su hija, Isabel II, tuvo que salir corriendo de España precisamente porque no quería ser una reina que estuviese ligada a ningún tipo de constricción constitucional. A su hija Isabel II le pasó exactamente lo mismo, tuvo que salir huyendo de España en 1868 porque le hicieron la revolución de la Gloriosa, en la que gritaban “Viva España con honra” y no podían permitir que un Borbón siguiese pasando por encima de la Constitución. Después, cuando volvieron de nuevo los Borbones con la Restauración, siguió ocurriendo exactamente lo mismo. Nuestro país siguió siendo una constante lucha entre la defensa de ciertos límites constitucionales y una monarquía que intentaba saltárselos siempre e influir más de lo que en principio podía hacer hasta el último de los momentos, antes de la Segunda República, en el que Alfonso XIII lo que hizo fue forzar la dictadura de Primo de Rivera, precisamente para que no se pudiese hacer una comisión de investigación por los crímenes que había cometido azuzando la guerra en el norte de África, simplemente para defender sus posesiones personales y que no se le pudiese investigar, aunque fuese a cambio de darle el poder a un dictador. Después volvió Juan Carlos amparado por una dictadura. Nunca ha habido una relación buena entre la monarquía y la ley, por eso es tan contradictoria la frase de la canción del himno de la Guardia Civil.

La derecha de nuestro país ha cogido los conceptos de ley y orden como palabras fetiche que les encanta repetir pero que les cuesta un poco más ejercerlas. No hay mayor desorden en un país que el libre albedrío de aquel que tenga mucho dinero para hacer lo que le dé la gana. Cuando hay noventa mil millones de fraude fiscal cada año, que es imposible de investigar porque no hay suficiente técnicos de Hacienda, cuando los ricos hacen lo que les da absolutamente la gana y simplemente nos enfocamos en los delitos de los pobres porque son más sencillos de perseguir, en España no hay orden. En España en todo caso, hay un orden represivo, pero no hay un orden real. Simplemente lo que hay es un desorden en el que, como en una selva o en el Lejano Oeste, el único que triunfa es aquel que tiene más poder. En este caso, quien tiene más poder es quien tiene más dinero, más contactos o más facilidad para salir del paso sin necesidad de lo público o de la ley. A los más ricos no les interesa tener países por mucho que lleven pulseritas, les interesa tener tiendas en las que se pueda comprar y vender todo lo que haga falta y donde el cliente tenga toda la razón. Eso es todo lo contrario a la ley y el orden. A los progresistas nos acabaron convenciendo de que la ley y el orden tenían más que ver con la represión a trabajadores y a las manifestaciones que con leyes que igualen a los de arriba con los de abajo y con un orden que les diga a los poderosos que por mucho dinero y apellidos compuestos que tengan son iguales que una persona que tiene cien euros en el banco. 

Una de las partes que a priori pueden resultar más sorprendentes de tu libro tiene que ver con los vínculos que estableces entre patriotismo y feminismo y patriotismo y ecologismo. 

Ese supuesto patriotismo que ejerce la derecha conservadora no es tanto un patriotismo en defensa de la esencia de la patria, que es su gente y su territorio, sino más bien odio hacia una gran parte de los españoles. Como mínimo odian a los que son de izquierdas, a los que son progresistas, a los que tienen lenguas distintas al castellano, a los que han venido de fuera y son inmigrantes, a los sindicalistas, a las personas trans, al colectivo LGTB en su conjunto… Incluso odian a gran parte de los representantes de nuestro sector cultural, cantantes, actores, directores, etc. Odian a todo el mundo que no se parezca a ellos. Al final lo que les queda es una España muy pequeña, muy poco diversa y que se parece muy poco a la España real.

Alán Barroso. Foto: Isabel Permuy

Yo defiendo que no hay mayor orgullo nacional que ver cómo una gran parte de nuestro país avanza en derechos y libertades. Veo mucho más orgullo nacional en una manifestación del 8M en la que las calles se llenan de mujeres reivindicando sus derechos y diciendo que ya basta de asesinatos, de acoso, de maltrato, de brecha salarial, de brecha en los cuidados, etcétera, antes que en cualquier manifestación supuestamente patriótica en la que se enarbola muy fuerte la bandera y se grita muy fuerte “viva España”. Muchas veces intentan contraponer una cosa con la otra y es demasiado habitual ver cómo supuestos patriotas enarbolan también la bandera de España para criticar ese feminismo que “viene para quitarnos derechos a los hombres y dárselos a las mujeres”. Es más bien al revés, se trata de liberarnos todos al mismo tiempo. No creo que haya lucha más patriótica y que dé más orgullo nacional a nuestro país que esa en la que las mujeres se emancipan de una dominación y haciéndolo no solamente se emancipan ellas, sino que también nos ayudan a nosotros a emanciparnos de roles terribles: la masculinidad asociada a no tener sentimientos, a no llorar nunca, a no abrirnos y a ser malas parejas de nuestras compañeras. 

La cuestión del ecologismo tiene también mucho que ver. Una vez más el patriotismo conservador de nuestro país se queda en lo nominal, pero cuando se baja a lo más concreto, que es la defensa de la propia tierra, dejan de estar tan exaltados en la defensa de la patria. En la frase que repito tanto que dice “no es patria el suelo que se pisa, sino el suelo que se labra”, Antonio Machado seguramente no se planteaba la posibilidad de que en algún momento ni siquiera hubiese suelo que pisar, ni mucho menos que labrar. España es uno de los países más vulnerables a la crisis climática de toda Europa. Es uno de los que mayores riesgos tiene de desertificación, de incendios, de aumento de las temperaturas. Hay estudios que incluso dicen que con el aumento de las temperaturas en 2050, que parece que está muy lejos pero queda muy poco, el Sáhara se planta a las puertas de Madrid. No creo que haya lucha más patriótica posible que la de impedir eso, precisamente porque es la lucha por defender la propia tierra.

Lo que pasa es que aquellos que supuestamente defienden la patria, en el momento en el que pueden elegir entre esa defensa de una vida mejor en un país mejor, en el que la contaminación no hipoteque la vida de los que vengan después, prefieren el pan para hoy y el hambre para mañana. Son precisamente aquellos mismos supuestos patriotas los que han vendido nuestros suelos a bajo precio, han contaminado las costas construyendo hoteles en primera línea de mar y se han cargado la manga del Mar Menor en Murcia. Son los que durante el Prestige dijeron que había unos pequeños hilillos, que aprobaron la ley del suelo con Aznar y permitieron que se quemasen hectáreas y hectáreas de bosque simplemente para urbanizar encima. Al mismo tiempo que se reivindican como los más patriotas, no les importa acabar con esa patria siempre que eso les permita aumentar su patrimonio. A aquellos que tienen dinero suficiente no les importa acabar con un país mientras su bolsillo esté bien lleno. En el momento en el que acaben con ese país y sea inhabitable para la inmensa mayoría, ellos tendrán la oportunidad de salir corriendo y volar a otro país en el que se esté un poquito más fresquito o en el que estén libres de las inclemencias climáticas. Mientras tanto, ocurre que la gente normal se quedará sufriendo el resultado del saqueo al que esos mismos que ahora están fuera del país sometieron a la tierra que abandonaron con las maletas cargadas de ese expolio.

En la parte final explicas que uno de los objetivos de tu libro es que pueda ejercer como una “cura para apáticos e indiferentes”. ¿Cómo crees que se relaciona en términos generales la juventud española con la política actualmente?

Intento sobre todo luchar contra el desánimo que yo también he vivido profundamente a la hora de hablar de la historia de nuestro país, porque parece que es una historia de constantes fracasos, de tropiezos, de caer siempre hacia atrás y que no se consigue avanzar de ninguna manera. Creo que no hay nada más injusto para toda la gente que vino antes de nosotros, se dejó la vida, comió barrotes de prisión durante décadas y sufrió la represión de los poderosos. Toda esa gente que vino antes lo hizo para que nosotros pudiésemos después coger el testigo un poquito más adelante y seguir avanzando.

Un ejemplo concreto: la huelga de la canadiense de 1919 con la jornada laboral de 8 horas. La clase obrera de Barcelona logró esa conquista. ¿Sirvió para algo? Evidentemente. Sentó un precedente y permitió que el suelo mínimo a partir del cual reivindicar una jornada laboral decente fuese de 8 horas (o menos) y no el de 12 horas que había antes. Nuestra tarea no debe ser la de pensar que lo podemos conseguir todo, porque no hay ninguna generación que lo pueda conseguir todo nunca. Estamos acostumbrados a que nuestra intervención en política tiene que ser como nuestra intervención en tantas cosas hoy en día: o ganas o fracasas. Todo o nada. O te pasas el nivel de videojuego o no te lo pasas, o consigues que el tuit se haga viral o no consigues que se haga viral o a esa historia que has subido te contesta la persona que te gusta o no te contesta. Y la vida no es así, y mucho menos en política. Cito a Julio Anguita, que decía que la política es un arte agrario. La política tiene que ver más con el paso del tiempo, con el cuidado constante, con el poquito a poquito. Y claro, acostumbrados tanto a esa idea de la inmediatez, de que lo que no se consigue ya no se va a conseguir nunca, nos hace sentirnos apáticos, indiferentes respecto a lo que pueda venir, porque todo es una historia de fracasos.

Ahora mismo las fuerzas progresistas estamos evidentemente en un momento de reflujo. Eso no quiere decir, insisto, que vaya a ser así para siempre, sino que cada momento tiene su signo político. Estamos viendo una clara reacción en términos políticos. En España hemos vivido dos años en los que parecía que los progresistas no teníamos voz en las redes, básicamente porque estaban monopolizadas por gente de extrema derecha. Eso no va a ser así siempre. La cuestión siempre es estar preparados para cuando vaya a dejar de ser de esa manera. Hay que hacer trabajo previo. No sirve el desencanto absoluto con el que muchos hemos tonteado y seguimos tonteando, porque es evidente que lo sentimos en nuestras carnes, pero hay que estar preparados para cuando esa ola progresista que hace tiempo que se desplazó hacia el interior del mar, vuelva a romper con fuerza. Que nosotros estemos preparados para surfear y no viviendo en una especie de apatía o inacción absoluta que no nos permite hacer nada.

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