Félix Payo o el recuerdo de una extraordinaria humanidad

Pese a su talento y competencia profesionales, siempre fue una persona humilde, jamás presumió de nada.

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Miguel Rodríguez Muñoz
Miguel Rodríguez Muñoz
Es abogado y escritor.

Hemos perdido a Félix Payo, un hombre bueno, un médico vocacional, amante de la investigación científica, y un ciudadano comprometido con la sanidad pública. Era una personalidad, un individuo merecedor de reconocimiento social.

Compañeros suyos, personas con mucha solvencia para hablar sobre ello, han denotado su calidad profesional, su dedicación al tratamiento de la silicosis, su impulso a la creación de un pionero laboratorio de función pulmonar y de una unidad sobre la apnea del sueño en el Instituto Nacional de Silicosis, su afán investigador y el nivel de sus publicaciones en revistas científicas, así como sus toques de atención sobre la contaminación atmosférica.

Conocí a Félix hace muchos años, en algún momento de la transición política. Él salía de una reunión y yo entraba en otra; ambos estábamos vinculados a la misma organización antifranquista. Lo recuerdo junto al neumólogo Evaristo Lombardero hablando sobre la silicosis en Amigos de Mieres, llevados seguramente de la mano de Tinín y Quiroga, infatigables portavoces de la Comisión de Pensionistas. Durante muchos años cultivé un trato próximo, amistoso, con Félix. Hemos coincidido en charlas, jornadas, tertulias, fiestas y excursiones al campo. No puedo dejar de unir su figura a la de otros grandes profesionales de la medicina, como Carlos Ponte, remando impenitentes en favor de la sanidad pública. Estoy viendo a Félix asediado por las cuitas hipocondríacas de quienes todas las semanas salíamos de caminata y no puedo dejar de admirar el buen tono y la elocuencia de sus respuestas. Recuerdo con nostalgia los vinos que, junto con Nortxu, su mujer, y otros amigos, compartíamos en el Pinón Folixa al mediodía, cuando las fiestas de San Mateo gozaban de esplendor.

Castellano de nacimiento y asturiano de adopción, Félix se caracterizaba por ser muy afable y educado. De trato dulce y ritmo pausado, era un buen conversador. Tenía una notable capacidad discursiva y se explicaba con claridad y precisión, sobre todo si la plática estaba relacionada con sus inquietudes profesionales. Sonriente –se le achinaban los ojos al reír–, animoso y positivo, no parecía enfadarse nunca. Era amable, servicial, colaborador y solidario. Pese a su talento y competencia profesionales, siempre fue una persona humilde, jamás presumió de nada. Por encima de todo, Félix era un hombre, «en el buen sentido de la palabra, bueno». Hacía el bien porque –kantiano practicante, no ingenuo– entendía que estaba bien hacerlo.

Felix Payo

Tenía pues todas las cartas para no triunfar, para que la vida –valga el eufemismo– se mostrara cicatera con él. Muchos de sus éxitos profesionales fueron obtenidos contra viento y marea, venciendo muchas resistencias, lo que multiplica su valor. La muerte de Félix Payo es una gran pérdida, un suceso muy doloroso. El mundo de quienes lo conocimos y tratamos, de quienes nos vimos favorecidos por su cercanía, se empobrece. Su desaparición no admite consuelo, pero tendremos que aprender a hacer virtud del recuerdo de su extraordinaria humanidad.

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