“El periodismo ha declinado informar desde el conocimiento y ha apostado por opinar desde la deducción”

El escritor y periodista Juan Cruz presenta su último libro "1200 pasos" el próximo domingo 18 en la Feria del Libro de Gijón

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Víctor Guillot
Víctor Guillot
Víctor Guillot es periodista y dirige el Centro de Interpretación del Cine en Asturias. Ha trabajado en La Nueva España, Asturias 24, El Pueblo de Albacete y el diario digital migijon. Colabora en la Cadena Ser. Su último libro, junto a Rubén Paniceres, se titula "Ceniza a las cenizas. David Bowie y la revolución visual de la cultura pop" (Ed. Rema y vive).

Las palabras de Juan Cruz Ruiz son como latigazos que abren desgarrones en el tiempo, una luz por la que se va vertiendo la memoria sentimental del escritor hasta hacerse soluble en el papel de un libro. 1200 pasos es ese ventarrón que trae la nostalgia para hablarnos de un niño de barrio lumpen en Tenerife, durante la posguerra española. 1200 pasos son los primeros fogonazos de vida entre la verdad y la ficción del escritor y periodista, que lo suman a la genealogía de autores que encontraron en la infancia ese lugar donde la ingenuidad reflejaba con una afilada nitidez la terrible imagen del franquismo. En la larga trayectoria de Cruz, su labor de periodista se ha trenzado a la de autor que ha pulsado el nervio de la cultura en lengua española. Su legado registra el devenir de un idioma y un pensamiento. Pero en su último libro, será la memoria quien recorra como un rio de la vida esos primeros años de descubrimiento, deslumbramiento y frustración, donde las palabras gozan aún de su valor primigenio y las heridas irán oxidando, entre curas anarquistas, la amistad como una escuela de la calle, y caciques engolfados de camisas azul mahón, yugos y flechas. Juan Cruz presentó su libro este 18 de junio en la Feria del Libro.

Una prosa poética es la mejor técnica par acariciar una memoria que se presta selectiva. Esto era un juicio que ya había establecido el poeta Caballero Bonald y yo creo que esta novela, casi memoria de la infancia, nos sitúa en esa tradición.

Agradezco el juicio y la comparación, exagerada por tu generosidad, pero es cierto desde mi punto de vista, lo que dices. Yo podía haber optado por una redacción descarnada, incluso, en el lenguaje, y sin embargo, algo en mi me impuso escribir de ese modo que yo no llamaría lírico, como algunos han apreciado, sino poético, en el sentido del ritmo, más que del contenido. Para mi el ritmo en la escritura no es tanto lo que cuentas, como la intensidad, el entusiasmo, la tristeza o la alegría y el sonido de lo que cuentas. En definitiva, cualquiera puede contar una historia como estas con sujeto, verbo y predicado, pero a mi se me impuso ese estilo en mi interior y así fue como he escrito este libro, por otra parte, delicado de escribir. Yo no quería ofrecer un libro contra el tiempo, sino para contar el tiempo.

De hecho, casi son las memorias de un niño, no voy a decir, de derechas, parafraseando a Francisco Umbral, pero tienen esa vocación de inmersión en el tiempo. Esta prosodia de la que hablas te permite navegar con las palabras para provocar una catarsis en el escritor presente que transita los 1200 pasos. Visto de otra manera, conviertes el tiempo en un océano sobre el que navegas a través del idioma.

Juan Cruz, en la Feria del Libro de Xixón. Foto de David Aguilar Sánchez.

Me parece una buena descripción de mi actitud como escritor. Yo soy un escritor que busca que la explicación de aquel tiempo no sea una crónica, sino una identificación, a través de las palabras, de lo que dejó en mi la huella de un episodio tan grave y definitivo para la construcción mi vida. Soy un hombre progresista y me tengo por una buena persona por las cosas que viví entonces y que todavía están en el interior más profundo de mi ser y que, por lo tanto, forman parte de lo más inevitable.

Estos libros que nos sitúan en la infancia, tienen el valor de colocarnos en un punto de ingenuidad moral que otorgan a lo que se cuenta un verismo descarnado, incluso feroz, de la realidad, quizá porque no hay ironía y se mantiene el fulgor primigenio del significado de las palabras tal cual las aprehendimos.

Lo que yo quise sobre todo era escribir sin que pareciera que yo lo viví. Porque no sólo lo viví, sino que lo vi. Quizá lo viví después, en el sentido de que yo no era consciente de lo que mis ojos veían entonces ni de su trascendencia. Por lo tanto, es un tiempo vivido a posteriori.

1200 pasos se hermana con novelas como Una vida de violencia de Pasolini, que desde un realismo desaforado, nos habla de esa misma violencia de la que tu dejas constancia poética en tu relato. Me deslumbra esa identidad de razón entre historias de adolescentes que viven en la periferia, en los suburbios de la Roma de posguerra, como es el caso de P.P.Pasolini, y la periferia de Tenerife como es en el tuyo. Mundos distintos que cuentan una misma verdad, una verdad violenta.

Fíjate que yo no soy ajeno a esa influencia de Pasolini no tanto por su vida y las circunstancias en las que transcurrió, sino por la literatura que convivía con su entorno. Por ejemplo, para mi ha sido importantísimo Vasco Pratolini y también, por supuesto, Cesare Pavese, uno de los más importantes escritores. Ellos están detrás de la distancia que yo tomé para escribir este libro. Para mi, Cesare Pavese fue un ejemplo de concisión unida a la poesía. La poesía no es discurso, es música.

Un hecho determinante sobre el que se construye el nudo de la trama de esta novela y que, de alguna manera, es la semilla sobre la que se eleva la mirada y se erige una idea política del mundo es el de la resistencia anarquista en Tenerife, algo de lo que se ha hablado o se conoce muy poco.

Uno de los efectos que tuvo la posguerra fue la de diluir las distintas maneras de abordar la política e, incluso, de ejercerla, reduciéndolo todo a un espectro comunista. Todo lo que se despreciaba formaba parte de un magma único. Ni los republicanos, ni los anarquistas los izquierdistas eran ellos mismos, carecían de su propia singularidad; al contrario, para los demás, todos eran todos comunistas. Y eso ha llegado hasta nuestros días hasta el punto de que hoy algunos políticos que legítimamente siguen las pautas comunistas se les acusa de ser poco menos que demonios de un jardín que ellos quieren para sí mismos. Mi padre era anarquista pero después de la guerra nunca hizo ostentación de ese modo de estar en la política, sino que se replegó hasta el final de sus días como muchos españoles, fruto de ese miedo.

En tu novela, el personaje de El Bigote simboliza la violencia y la sinrazón del fascismo en la España de posguerra. No es difícil imaginar que la singularidad de vivir en una isla acentuó el miedo y la sensación de que, ante ese horror, no había escapatoria.

Sin duda, había menos escapatoria. En las cárceles se esperaba a cualquier disidente, una palabra demasiado blanda para lo que significó la persecución. Yo viví esa situación hasta que inicié mi vida universitaria. Pero se daba una paradoja: estaban los que consideraban que estaban en el uso de la razón política y nos depreciaban porque no nos atrevíamos a llegar más lejos de lo que podíamos. Hubo, pues, una persecución paradójica. Los que éramos progresistas también eran considerados por los radicales como reaccionarios y de eso también se habla en la novela.

Juan Cruz en Felix. Foto de David Aguilar Sánchez.

Y también del miedo, de ese mirar hacia otra parte cuando el fascismo saca sus garras. Casi hay una poética del miedo transferida a través de personajes como Crispín, ese personaje que te acompaña y que actúa ejerciendo constantemente la violencia y la fanfarronería entre sus amigos. Pero el miedo está también presente en el entorno familiar.

El personaje de mi madre y mi padre son representaciones que yo deduje de otras actitudes. NO tuvieron esa relevancia en ese tiempo ni trabajaron con la dinamita, pero como tu dices, es un ejercicio de simbolismo. Yo genero la invención para alcanzar la realidad.

En esa juventud que adquiere conciencia política. ¿Qué actitud tomas?

Yo era poco consciente de lo que estaba haciendo. Yo ya era periodista a los 13 años. Ese personaje que espera tantas horas para subirse a su casa, es un símbolo y metáfora de lo difícil que es a veces reconstruir la historia, que por otra parte voy reconstruyendo a retazos.

Memoria fragmentada y selectiva, como decíamos al principio

Es una novela que requiere de la síntesis. El lenguaje de la síntesis es el hallazgo de la literatura del siglo XX. Para contar un episodio te basta un trazo. De ahí viene la narrativa de Hemingway, Pavese o Scott Fitzgerald. Para mi, la literatura me ha brindado la posibilidad de combinar poesía y narración en un mismo párrafo.

Tomando una larga perspectiva de lo que ha sido tu trabajo en términos generales, podemos afirmar que en tu caso la literatura no ha renunciado a ser también periodismo o, a la inversa, la posibilidad de convertir el periodismo en un género literario.

“El columnismo de hoy está bastante confundido”

Para mi eso es fundamental Hoy he publicado un artículo sobre uno de los primeros escritores que conocí y admiré que fue Cabrera Infante y soy consciente de que cuando escribo sobre él estoy haciendo literatura.

¿El columnismo goza hoy de buena salud?

Creo que está bastante confundido. Si creemos que cada vez que hacemos periodismo no podemos renunciar a la literatura, podemos caer en la cursilería. Y yo creo que hay que tener muchísimo cuidado con el periodismo a la hora de mezclarlo con la literatura, porque podemos llegar a despreciar el género primigenio en el mundo de la información que es el que obliga a la gente a contar lo que le pasa a la gente y no lo que le sucede a uno mismo.

En el columnismo español, ¿crees que las nuevas generaciones, que no son tan nuevas, han convertido la tradición barroca y umbraliana es un constante panfleto rojipardista? No es casual que una pléyade importante de los que se atribuyen esa tradición hayan recaído en un un discurso españolista, en un nacionalismo español exacerbado, llevado hasta sus últimas consecuencias.

Hay un reaccionarismo político en muchas zonas del periodismo español, un reaccionarismo muy peligroso que ha tomado la costumbre de interpretar antes que de informar y ese es uno de los problemas sociales de la España de hoy que ha declinado informar desde el conocimiento y ha apostado por opinar, desde la deducción.

El tono de los periódicos y a la vista del éxito electoral de VOX, ¿te recuerda al ambiente guerracivilista anterior a la CE?

En los años finales de los 70, en los años finales de la Transición, recuerdo a los matones que trataban de revertir la democracia naciente. Este momento actual me retrotrae a aquellos tiempos en los que tú ni siquiera eras aún un niño. Después de la muerte de Franco, trataron de resucitarlo, matando.

¿Crees que estamos en el filo de esa circunstancia, al menos desde el lenguaje?

Y con el beneplácito de muchísimos periodistas y eso a mi me duele muchísimo porque este oficio tuvo mucho que ver con la regeneración democrática de España y ahora tiene que ver con la rendición democrática de España.

“siento estupor ante la burla que se hizo de la transición, sobre todo por quienes pretendían despertar a una situación nueva y solo consiguieron envejecerla”

De qué manera crees que es responsable la izquierda que cuestionó la transición y pasó a considerarla un régimen a partir de la irrupción del 15M

Tengo un libro que se llama Un golpe de vida en el que doy cuenta de mi estupor ante la burla que se hizo de la Transición, sobre todo por algunos tipos que parecían despertar a una situación nueva que, en realidad, lo único que han conseguido ha sido envejecerla.

¿Y todo eso para qué? Quiero decir que muchos que aspiraron a tomar el cielo por asalto, lo pisaron y después se fueron, como si el juguete ya no les gustase.

Algún día tendrán que explicar, quizá los más prominentes entres ellos, qué hicieron para hacer parecer que fue peor el pasado inmediato que el pasado que ellos nos están dejando ahora.

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