Sueños de mujer

El recuerdo de aquellas mujeres del medio rural que tuvieron y tienen que conformarse demasiadas veces con soñar a escondidas.

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Paquita Suárez Coalla
Paquita Suárez Coalla
Escritora en asturiano y en castellano, traductora y profesora en el Borough of Manhattan Community College, de la Universidad de la Ciudad de Nueva York.

La aparición de concentraciones escolares en la Asturias rural de los años 70 fue un síntoma de modernidad que a los niños de esa época nos tocó vivir en primera persona, y que nos hizo creer —a niños y a mayores— que las distancias que existían entre el mundo del campo y el de la ciudad en la última década de la España franquista comenzaban a limarse. El acercamiento entre estos dos espacios distaba aún mucho de ser uniforme y, aunque las ciudades se fueron llenando con la gente que había salido de los pueblos para ir a trabajar a las fábricas, y que iban delineando su propia identidad de urbe, la ‘modernización’ del campo no dependió siempre de esos huecos por los que nos forzaban a mirar los que se habían ido, sino de las distintas posibilidades e intereses de las diferentes familias. Comprar un tractor o una segadora podía ser más importante que tener una nevera o una cocina de gas, y no todo el mundo valoró de igual forma la adquisición de una televisión o de un radiocasete, pero los colegios, o la concentración de escuelas rurales en un solo centro, llegaron a la mayoría de los pueblos sin aviso y nos alcanzaron a todos. Y cambiaron muchas cosas, y nos obligaron a sentirnos como era difícil sentirse en las escuelas de las que veníamos, en las que se rezaba varias veces al día, nos calentábamos con una estufa de leña, íbamos calzados con chanclos y madreñas para no ensuciar el suelo y, en el caso de la escuela de Grullos, salíamos al baño a la misma caleya por la que pasaba José el de Chucho con la burra cuando venía de segar de Folguera, porque los verdaderos baños no funcionaban.

Tenía diez años recién cumplidos cuando se inauguró el colegio. Empezaba quinto de la antigua EGB y me pusieron, junto a los demás niños de este curso, en un aula desde la que podía ver a mi abuelo sallando patatas, o a él y a mi padre recogiendo fabas o maíz. La maestra que nos tocó venía de las escuelas Prahúa, se llamaba Ofelia y era una mujer entregada a la enseñanza, capaz de combinar una vocación pedagógica genuina con el guion educativo del momento. Mi madre decía que era buena maestra y a mí también me lo parecía: no daba gritos, no insultaba, no nos castigaba y nos estimulaba para estudiar más si creía que nuestro rendimiento o nuestras calificaciones podían ser mejores. Que yo recuerde, era la primera vez que me evaluaban, y la primera que no tenía que pasar buena parte de las horas de clase en el pasillo, repitiendo en voz alta con algunos de mis compañeros la lección que no sabían, o de la que no se acordaban, para luego tener que escucharle decir a la maestra —cuando descubría que seguían sin saber la lección— que yo era la más burra de todos porque había fracasado en mi intento de enseñársela. Hubo veces en aquellos días en que sentí tal impotencia y frustración que agarré de los pelos a alguno de mis compañeros —los que más se resistían a la memorización de datos— hasta hacerlos llorar. Al final acabábamos llorando juntos y yo pidiéndoles perdón, asustada por lo que acababa de hacer, pero cuando la maestra combinaba los insultos con la agresión física con fines que desconocíamos a ninguno se le salía una lágrima de los ojos. Doña Ofelia, en cambio, era una mujer que nos respetaba, que parecía querernos, y yo entendí como no había tenido necesidad de entender hasta entonces que a la escuela se iba a aprender. Además de la conjugación verbal y de los ríos de España, doña Ofelia nos enseñó a las niñas a tejer a ganchillo, y en las Navidades de ese mismo año, mientras veía programas navideños en aquella televisión en blanco y negro que por fin había llegado a casa, acabé una alfombra de nudo de la que mi madre habló por tanto tiempo que llegué a la conclusión de que había hecho una obra de arte. Esta alfombra, y una más que había tejido mi hermana mientras cantábamos villancicos frente al televisor, irían a parar directamente al armario, atesoradas en sendas bolsas de plástico y protegidas por unas bolas de alcanfor a la espera de mejor ocasión para ser usadas.

El nivel sofisticado de estas labores agradó especialmente a mi madre, quien tuvo que considerar que formaban parte de ese mismo proyecto educativo que nos había permitido ampliar el conocimiento de nuestra geografía inmediata y expandir nuestras relaciones más allá de las fronteras del pueblo. Los topónimos de Candamu, asociados ahora con las amigas y amigos que íbamos haciendo en el colegio de Grullos, adquirieron una densidad que no habían tenido hasta entonces y eso nos hizo sentir importantes.

A nosotros y a los padres de nosotros

Muchos de ellos participaban en un debate emocional de una intensidad sin precedentes desde que se supo que iban a concentrar las escuelas rurales en un solo centro. En San Román, donde estaban el hospitalillo y la farmacia, donde se habían descubierto unas cuevas prehistóricas con pinturas del Paleolítico a principios del siglo XX, y donde la marcada huella indiana parecía haber determinado la idiosincrasia de sus vecinos, se arrogaban el derecho a construir el colegio en lo que para ellos resultaba un destino natural e incuestionable, pero en Grullos —donde finalmente fue edificado— se reaccionó ante lo que se consideró una actitud de imperdonable arrogancia, con la seguridad que nos proporcionaba el hecho de vivir en la capital del concejo y convencidos de que las leyes tendrían que estar de nuestro lado.

No guardo en la memoria demasiados detalles de uno de los episodios de mi infancia de mayor transcendencia, pero conservo la esencia de este relato gracias a la narrativa cruda de mi madre y a la reproducción en estilo indirecto libre que ella nos haría muchísimas veces de los testimonios más llamativos de esta crónica local que hizo vibrar a cuantos la estaban viviendo. Su testimonio preferido era el del señor que había jurado dedicarse a la venta de cacahuetes y pipas el resto de su vida si se veía obligado a mandar a sus hijas a la escuela de Grullos. Quien eso juró fue quien primero las envió a ese colegio que dijo aborrecer, pero sí hubo gente de San Román que decidió permanecer fiel al abolengo de los antepasados enriquecidos en la H. Upmann o la Partagás —aunque no fueran necesariamente sus antepasados— y montó a sus hijos todos los días en el impredecible tren de Feve para que fueran a los colegios privados de Pravia.

El río Nalón, a su paso por San Román de Candamu. Foto: Turismo de Asturias

Lo que estaba ocurriendo en aquellas dos aldeas regadas por el río Nalón no parecía que hubiera sucedido antes pero, en contra de lo previsto, la deriva del argumento principal de esta historia acabaría sorprendiéndonos a todos al darnos cuenta de que podíamos convivir quienes parecía que inicialmente estuviéramos destinados a permanecer en discordia. Una de las mejores amigas de mi hermana era una niña de San Román; uno de mis compañeros de clase más entrañables, Justo, era de este mismo pueblo, y el día que se hizo la fiesta de la colocación de la primera piedra vinieron vecinos de todo el concejo, empezando por el alcalde, que era de San Román de Candamu.

De esa celebración recuerdo el campo de la Tiera, donde se iba a edificar el colegio, lleno de gente; la conversación casual con una prima segunda de mi padre y la inexistencia de esa primera piedra que iban a colocar. Con el tiempo aprendería que la colocación de la primera piedra de un edificio nunca se coloca, lo mismo que aprendí que en la fiesta de la Flor de Grao no hay ninguna flor. Después de ese día inaugural se abre un vacío en mi memoria y el siguiente recuerdo me sitúa en las aulas de una construcción que olía a nuevo por todos lados y que, aunque representó un cambio importante para cuatro mujeres del concejo —Margarita, Anita, Josefina y Alicia— rehusó introducirse en la biografía de mi madre como muchas veces imaginé que hubiera querido.

Es muy probable que a Josefina, Anita y Alicia las hubieran contratado de cocineras principalmente porque no tenían familia que atender, pero a Margarita acabaron dándole el puesto de limpiadora porque era soltera y tenía una hija de pocos años que criaba con bastante dificultad con la ayuda de una tía. Los puestos de cocineras se ocuparon enseguida y sin ninguna anécdota de interés que hiciera su historia perdurable, pero la decisión acerca de a quién le iba a tocar el de limpiadora, tal vez por la novedad que representaba un trabajo como este en un lugar como aquel, ocupó un espacio importante en el relato preliminar del colegio de Grullos. Por primera vez en muchos años, se daban las circunstancias para que esa decisión estuviera determinada por un pálido principio de justicia al que no estábamos acostumbrados y esto, además del trabajo en sí, fue la otra gran novedad. Reconozco que sería muy difícil entender hoy lo que significaba en la España de los 70 un trabajo de limpiadora para una mujer del campo, pero era una especie de atajo hacia un asomo de independencia y, para muchas, representaba la adquisición de un estatus social que nunca habían tenido. Significaba alejarse un poco del rabo de las vacas y de la dependencia económica de su esposo.

Por eso sospeché siempre que a mi madre le hubiera gustado ese puesto. Hablaba del trabajo con una pasión nueva, hacía comentarios sobre los comentarios de la gente con un tono de voz más alto del acostumbrado y defendía, como si se tratara de ella misma, que le dieran esa plaza de limpiadora a la mujer a la que se la acabaron dando. Mi madre, hija de una mujer que se fue a servir al poco tiempo de nacer ella, criada por la abuela y por unos cuantos tíos que estaban de caseros en una granja de vacas que más tarde fue de gallinas, seguramente hubiera sido feliz con el puesto de limpiadora de la escuela de Grullos.

Pero no le tocó. Tampoco eso le tocó a mi madre, y lo más cercano a la independencia personal que llegó a tener en su vida antes de empezar a cobrar la pensión de la agraria fue cuando se dedicó a vender quesos afuega’l pitu en los años 90 para aprovechar la leche que las nuevas regulaciones de la Unión Europea no nos permitía entregar a ningún lechero. También vendía huevos y alguna manteca. Y un litro de leche diaria a Margarita la de Julio. Mi madre se entregó a ese pequeño comercio informal con la vehemencia con que se hubiera dedicado, de haber podido, a limpiar pasillos, abrillantar aulas y restregar baños en el colegio de Grullos, repitiendo en voz alta, más para convencerse a ella misma que para persuadir a los demás, que el dinero de las ventas era su dinero. Bastantes años después, cuando mis padres decidieron deshacerse de la única vaca que les quedaba porque habían nacido mis hijas y querían pasar los inviernos con nosotros en Nueva York, mi madre volvería a entregarse con la misma pasión contradictoria con que se había entregado siempre a tantas cosas, a cuidar de las nietas, a cocinar lo que yo no cocinaba durante el resto del año y a ocuparse de las tareas menos gratas de la casa, esas que parece que se hacen solas cuando alguien te las hace.

Hasta que llegó la jubilación con la que soñaba desde hacía tiempo. La misma que quiso adelantar, sin éxito, cuando le diagnosticaron fibromialgia, o cuando los dedos empezaban a hacer dibujos imposibles en sus manos como efecto de la artritis. Quiero creer que algo tuvo que haber cambiado en ese momento en el surco más íntimo de sus emociones, aunque insistiera en poner una nota a pie de página en ese mismo capítulo y recordarnos que había perdido un mes completo de la pensión por el error que habían cometido 65 años atrás en el juzgado, cuando fueron a inscribirla, haciéndola nacer treinta días más tarde del día en que realmente había nacido.

Insatisfacciones al margen, me empeño en pensar que estuvo contenta, y a la vez me hago la pregunta de cómo habría sido su vida de haber ocupado mi madre aquel puesto de limpiadora con el que no creo que se hubiera atrevido siquiera a fantasear conscientemente. Difícil saberlo, pero estoy segura de que, de haber sido la limpiadora que no fue, mi madre no habría tenido que esperar a los 65 años para cobrar los pocos más de quinientos euros mensuales del subsidio de la agraria que ahora cobra y saber lo que es la satisfacción de abrir el monedero y ver en el dinero que saca para invitar a un café, o para darles una propina a las nietas el día del cumpleaños, la recompensa y el reconocimiento a tanto trabajo que ha hecho. Y de haber ocurrido eso 33 años antes, aquel aire de modernidad que parecía haber llegado a los pueblos cuando los colegios reemplazaron a las antiguas escuelas, también hubiera alcanzado a mi madre, una mujer que como tantas mujeres de entonces, y como tantas otras de hora, tienen que conformarse demasiadas veces con soñar a escondidas.

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