La unidad de la izquierda y el espíritu sieso de la vida (1ª parte)

Es necesario que las fuerzas progresistas recuperen la capacidad de generar ilusión y que sea capaces de enfrentar la incertidumbre con respuestas.

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Silvia Cosio
Silvia Cosio
Fundadora de Suburbia Ediciones. Creadora del podcast Punto Ciego.

El 19J llegó y fue (mucho) peor de lo esperado. Bonilla se quedó con casi todo el pastel, sobrepasó el millón y medio de votos y apenas dejó unas pocas migajas a su extrema derecha e izquierda con las que el resto de partidos pudieran consolarse. El partido de la reacción seguramente está en estos momentos subiendo a Vinted todos los vestidos de faralaes de su candidata para poder así financiar los trajes regionales que tendrán que ir comprando hasta encontrar un sitio en el que se pueda hacer con alguna vicepresidencia. El PSOE, con el peor resultado de su historia, todavía se está preguntando cómo ha podido perder unas elecciones sin haber hecho campaña con un candidato con tanta vitalidad como la momia de Tutankamón, pero con la mitad de carisma. La izquierda tampoco salió mejor parada: las dos candidaturas, Adelante Andalucía y Por Andalucía, sumaron dos y cinco escaños respectivamente, diez escaños menos que los obtenidos en el 2018 cuando se presentaron conjuntamente, perdiendo además entre las dos más de cien mil votos.

Inma Nieto y Yolanda Díaz en un acto de Por Andalucía. Fuente: candidatura Por Andalucía

Ante este panorama no es extraño que vuelvan las voces que piden la unidad de la izquierda, especialmente ahora que Sumar, la plataforma de la ministra de Trabajo, Díaz, acaba de anunciarse. A priori no parece mala idea, basta con sumar los votos y hacer las cuentas de la vieja, aplicando las particularidades de nuestra Ley Electoral, para llegar a la conclusión de que la suma de Adelante y Por Andalucía en una candidatura conjunta se hubiera traducido en más escaños y cuantos más escaños menos probabilidades de una mayoría absoluta del PP -pero también más probabilidades para una vicepresidencia para la ultra Olona– y quizás incluso más votos, ya que se podría haber seducido a los votantes desencantados de la izquierda que están hartos de las continuas peleas -con luz y taquígrafos- a la izquierda del Brandivino. En teoría, al fin y al cabo, todas sabemos que el papel lo aguanta todo.

En teoría yo también soy partidaria de la unidad de la izquierda, pero me asaltan muchas dudas: si aceptamos la hipótesis, que ya es mucho aceptar, de que la abstención es de izquierdas, y que es el resultado del desencanto de gente exquisita y exigente que está harta de las continuas peleas fratricidas entre fracciones, gente que está dispuesta a poner por delante su estricta moralidad a las necesidades del país, entonces unirse es la solución. Pero el espectáculo de Por Andalucía, con sus peleas públicas por el liderazgo, la exclusión de Podemos en la candidatura oficial por cuestiones técnicas, cutreces o sabotajes internos de última hora, las zancadillas de su ex secretario general, ahora podcaster de éxito, a la candidatura andaluza y a la propia Díaz, el intento de excluir a Teresa Rodríguez de los debates electorales, no auguran un futuro brillante para el experimento nacional de la ministra. Si la unidad de la(s) izquierda(s) va a consistir en un intercambio de cromos entre distintas organizaciones, con dirigentes y candidatos que no disimulan su mal rollo y ambición o, como en el caso asturiano, la estrategia va a consistir en expulsar a todo el mundo para asegurarse la candidatura, no solo no se va a combatir la abstención, sino que más bien se va a conseguir que hasta los votantes más animosos se queden en casa.

Juanma Moreno Bonilla en el Rocío. Foto: PP Andalucía

La segunda hipótesis, que la unidad de la izquierda implica que los votos que irían a las distintas candidaturas se sumarían automáticamente a la candidatura única en vez de quedar dispersos y con el riesgo de no tener traducción en escaños y representantes o que la representación política sea irrelevante, es un win-win de manual: la unidad de las candidaturas de izquierda en teoría aumentaría exponencialmente la utilidad de dichos votos al beneficiarse de un sistema electoral que penaliza la atomización y la pluralidad política. Pero esto implicaría aceptar que las rencillas, peleas y discrepancias que vemos entre los partidos no son una traducción de las que existen entre sus militantes, partidarios y/o votantes. O, si queremos verlo de otra manera, que las rencillas entre los partidos no acaban teniendo consecuencias entre sus militantes, partidarios y/o votantes. Estaría por ver si precisamente la candidatura de unidad, en la que algunos liderazgos van a tener que verse desplazados por otros, no aleje a los supuestos votantes porque prefieren no votar antes que tener que votar por el o la candidata que no es de su partido.

“Es necesario que la izquierda aprenda a transmitir que los desafíos a los que nos enfrentamos son complejos, pero que las soluciones, aunque no sean fáciles, harán que nuestra vida sea mejor”

Pero aun suponiendo que una candidatura de unidad supusiera un imán de atracción irresistible de votantes -de votantes que provienen de la abstención y de los votantes de cada una de las organizaciones que formarían parte de ella- y suponiendo que ninguna de dichas formaciones se dedique a boicotear el proyecto desde dentro, me sigue quedando una gran duda: ¿unidad de la(s) izquierda(s) cómo y unidad de la(s) izquierda(s) para qué?

Concentración Día contra la LGTBIfobia en el Teatro Campoamor. FOTO: Iván G. Fernández

Es innegable que el mundo tal y como lo hemos conocido está a punto de acabar: las consecuencias del cambio climático son innegables, el capitalismo de demolición está agotado, se nos acaban los combustibles fósiles, cada día somos más pobres y la desigualdad entre los que poseen casi todo y el resto es abismal, la gestión política de la pandemia ha dejado cicatrices en nuestra salud mental y al sistema sanitario listo para el expolio, estamos en guerra, la inflación convierte nuestros sueldos paupérrimos en un chiste, las grandes empresas especulan con los bienes de primera necesidad y nos encontramos al borde de una gran hambruna mundial. El suelo bajo nuestros pies es quebradizo y estamos asustados, es entonces cuando comenzamos a añorar tiempos pasados, tiempos en los que nos sentíamos o creíamos seguros. El miedo es reaccionario y siempre necesita encontrar culpables: las feministas, las personas trans y el colectivo LGTBI, el pensamiento decolonial, el movimiento antirracista, el ecologismo… Queremos volver a un estado de naturaleza idealizado en el que las cosas eran blancas o negras, buenas o malas, hombre o mujer, Primer Mundo o Tercer Mundo, en el que Europa era blanca y cristiana y todo era sencillo y binario. Nos refugiamos en las promesas de la extrema derecha, con sus recetas sencillas de volver a las raíces y la tradición, cuando lo que realmente nos están ofreciendo (y lo saben) es un mundo ya extinto que era una prisión para la mayoría. Pero al menos las derechas tienen un relato al que poder asirse. Sin embargo, la izquierda parece haber renunciado a ese relato. Ningún pensamiento político puede prosperar sin relato, mucho menos sin un horizonte vital, un proyecto de construcción colectiva. Durante las elecciones por la presidencia de la Comunidad de Madrid, Ayuso fue capaz de crear un relato de ciudad basado en recuperar la vida anterior a la pandemia, un relato falso que obviaba su gestión criminal en la primera ola. Sin embargo, ese discurso conectó con gran parte del electorado. Trump prometió que volvería hacer grande a América, que volvería a poner en el centro las necesidades y los valores de la población blanca que se sentía desplazada por la diversidad. Sin embargo, la izquierda madrileña prometió más restricciones, se presentó triste y siesa, incapaz de elaborar un relato de futuro. Una izquierda jesuítica, apesadumbrada, triste, riñona, antipática. En el extremo contrario tenemos la campaña de Petro en Colombia y su Vivir Sabroso. Una campaña basada en la esperanza y en las posibilidades reales de que todos podamos vivir una vida que merezca la pena. Es necesario que la izquierda aprenda a transmitir que los desafíos a los que nos enfrentamos son complejos, pero que las soluciones, aunque no sean fáciles, harán que nuestra vida sea mejor. Una izquierda capaz de trasmitir que una ciudad sin coches es una ciudad mejor y más habitable, que el reparto equitativo de la carga fiscal permite servicios públicos de calidad, que dotar de derechos a las minorías es reforzar los derechos de todas y todos. Una izquierda que recupere la capacidad de generar ilusión y que sea capaz de enfrentar la incertidumbre con respuestas; capaz de plantar cara a las derechas que se fortalecen ocupando el terreno abandonado. Una izquierda ambiciosa que salga a disputar la victoria y que no tenga miedo a confrontar a la derecha. Lo sé, es una tarea compleja, pero no nos hemos vestido así para nada.

(Continuará)

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