Plazas duras: la peor idea urbanística en tiempos de cambio climático

Las ciudades deben introducir vegetación y renaturalizarse para dejar de ser islas de calor en un mundo cada vez más caluroso.

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Manuel Maurín
Manuel Maurín
Es profesor titular de geografía de la Universidad de Oviedo/Uviéu y activista en diferentes movimientos por el derecho a la ciudad.

En pleno verano y con la temperatura desbocada la gente busca sombra, agua corriente y árboles frondosos para hacer frente al calor y la deshidratación, pero lo que la ciudad ofrece son avenidas desarboladas y llenas de coches, plazas duras y desprotegidas del sol abrasador, arroyos entubados bajo el asfalto y fachadas desnudas que absorben radiación y acentúan el calentamiento global, añadiendo dos o tres grados más como aportación del microclima urbano, donde vive la mayoría de la población.

Las ciudades que heredamos del desarrollismo son islas de calor en un mundo cada vez más caluroso. No sólo han contribuido a desencadenar el cambio climático, sino que impiden atenuar sus efectos y se convierten en obstáculos añadidos a los que se derivan del propio modelo energético y productivo que altera la atmósfera y amenaza la supervivencia de todas las especies, incluida la humana.

“La naturalización de las ciudades es el único camino viable y efectivo para aliviar localmente las secuelas del calentamiento”

La naturalización de las ciudades es el único camino viable y efectivo para aliviar localmente las secuelas del calentamiento y ayudar a moderarlo a nivel global. Se trata de reconstruir la ciudad integrando componentes diversos de infraestructura verde en sustitución de la infraestructura gris predominante: desde los cinturones y anillos verdes del entorno periurbano hasta los corredores verdes y azules (cauces, estanques) que conecten los espacios naturales, los parques y jardines aislados entre sí; desde la restauración de hábitats degradados y la biorremediación hasta las fachadas vegetales y la agricultura que se instala en las terrazas y las azoteas.

Renovación del Passeig de Sant Joan de Barcelona con vegetación urbana.

Esta infraestructura verde captura dióxido de carbono, proporciona sombra, refresca el ambiente, mantiene la biodiversidad y aumenta la resistencia ante las amenazas del propio cambio climático y sus eventos más extremos. Además, mejora la salud y aporta alimentos y espacios para el ocio entre otras múltiples funciones.

La Losa, Oviedo/Uviéu. Foto: Alisa Guerrero

Desde hace años los organismos internacionales y los científicos que los asesoran no dejan de insistir en las ventajas que se podrían derivar de un giro en el diseño urbano que incorporase esta perspectiva ecológica (que es también social y de género), pero los proyectos que se siguen aprobando y materializando aún continúan anclados en el viejo patrón insostenible y en la concepción de la ciudad como un armazón artificial y agresivo para la vida, la socialización y la inclusión. Es más, ese patrón se ha acentuado en las últimas décadas por diversas razones, tanto económicas como funcionales, culturales y estéticas, y las llamadas “plazas duras” constituyen un ejemplo bastante ilustrativo al respecto.

Gasholder de Londres, plaza verde recuperando la estructura de una antigua fábrica de gas.

Aunque las ciudades siempre han reservado algunas plazas amplias, abiertas y despejadas (como las históricas Plazas Mayores españolas) para acoger eventos multitudinarios, mercados al aire o grandes espectáculos, no es menos cierto que otras muchas se concibieron y consolidaron como espacios de estancia, descanso y encuentro, lo que requiere un mayor amueblamiento y acondicionamiento ambiental, que incluye la presencia de bancos, fuentes, jardines, setos y árboles.

Proyecto del Ayuntamiento de Madrid para la puerta del Sol.

Estos han sido tradicionalmente los espacios preferidos y utilizados por los residentes; aquellos espacios que Jane Jacobs aconsejaba no modificar antes de observar a fondo su vitalidad, el entramado de relaciones sociales que en ellos se establecen de manera espontánea y la forma en que se usan por los niños, adolescentes, mayores o mujeres. Jacobs lo planteaba en los años sesenta (“Muerte y vida de las grandes ciudades”, 1961), cuando se sabía poco del cambio climático, pero después esta variable no ha hecho más que revalidar la metodología de la intervención urbanística que se asienta en la observación y el dialogo con el vecindario como medio para obtener información valiosa y detectar los problemas y necesidades que cotidianamente afronta la ciudadanía.

La teórica y activista norteamericana Jane Jacobs.

Pero lo que ha ocurrido es precisamente lo contrario. Ignorando la realidad social y la ambiental, se ha ido imponiendo un estándar de intervención en los espacios públicos que parece perseguir una expulsión premeditada de la población local, como si ésta fuese un estorbo. Un estorbo para el tráfico y la movilidad, para la contemplación de los monumentos circundantes y de las propias plazas, nuevas o reformadas como monumentos de autor, como ocurre con la Plaza dels Països Catalans de Barcelona, obra de Viaplana y Piñón que abrió esta tendencia en los años ochenta y se protege hoy como patrimonio cultural.

Plaza dels Països Catalans. Foto: Arquiscopio

Concebidas para que nada les haga sombra (y nunca mejor dicho) a ellas mismas y a su entorno, en las plazas duras sobran los ancianos que necesitan reposar, las mujeres con niños que quieren jugar, los adolescentes del botellón, las parejas enamoradas. Todo lo que entorpezca el negocio turístico y hostelero que es la principal fuente económica en nuestras ciudades históricas. Y para ello lo mejor es poner las cosas dificiles, eliminando lo que invite a permanecer en el lugar, creando superficies ásperas de hormigón o granito, reduciendo la vegetación a jardineras decorativas, en el mejor de los casos.

Palacio de Congresos de Vitoria-Gasteiz. Fuente: Ecourbe

En Asturias se podría hablar de viejas reformas como la de Begoña en el Gijón de los años noventa (ya revertida) o de nuevos espacios inhóspitos como la plaza del Centro Niemeyer en Avilés o la del Conceyín en La Corredoria, sobre las que apenas ha habido debate público. Sí se han originado protestas vecinales de cierta trascendencia en Sevilla, Barcelona, Madrid y otras ciudades por actuaciones de este tipo (la última en relación con la reforma de La Plaza del Sol), pero el prestigio del arquitecto, la afección a las infraestructuras subterráneas, el ahorro de costes de ejecución y mantenimiento o las limitaciones que imponen otros organismos institucionales se utilizan como coartada para seguir eliminando el espacio público y alimentando el cambio climático, que son dos caras de la misma realidad.

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1 COMENTARIO

  1. Dafechamente d’alcuerdo. Necesítase un urbanismu muncho más amable, natural, frescu… en definitiva, verde y azul como diz el Profesor. De toles maneres, tamién creo que una ciudá debe tener de too. Nel casu, por exemplu, de la plaza’l Niemeyer, yo sí veo bien que seya un espaciu baleru, 100% diáfanu. Ta asina porque conibióse como espaciu p’acoyer masa de públicu pa conciertos y attuaciones de toa triba. Asina ye que l’escenariu l’Auditoriu pue abrise al esterior, dando a dicha plaza. Yo centraríame en “reverdizar” tol paséu la Ría, aumentar la superficie verde del Parque’l Muelle, recuperar pa la ciudá en forma d’amplios espacios verdes el descampáu que ta tres del Niemeyer y en xeneral tolos espacios que lu arrodien… Ehí sí. Yá lo d’espacios como la Plaza’l Conceyín o La Llosa na Capital, sí, paezme un urbanismu de lo más inhóspitu y hostil. Requieren una fonda reforma.

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