“Gente que no tiene patrimonio defiende la supresión del impuesto de patrimonio”

Unai Sordo, secretario general de CCOO, defiende una batalla polítca y cultural por la reforma fiscal y la mejora de los servicios públicos.

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Víctor Guillot
Víctor Guillot
Víctor Guillot es periodista y dirige el Centro de Interpretación del Cine en Asturias. Ha trabajado en La Nueva España, Asturias 24, El Pueblo de Albacete y el diario digital migijon. Colabora en la Cadena Ser. Su último libro, junto a Rubén Paniceres, se titula "Ceniza a las cenizas. David Bowie y la revolución visual de la cultura pop" (Ed. Rema y vive).

Unai Sordo (Barakaldo, Bizkaia, 1972), actual secretario general de Comisiones Obreras, ha sido protagonista de las principales políticas del cambio llevadas a cabo por el gobierno de coalición del PSOE y Unidas Podemos. Su actitud ante la pandemia fue beligerante. Defendió la viabilidad de los ERTES, arrancó una Reforma Laboral que devolvió la ultraactividad de los convenios y la estabilidad de las contrataciones, blindó la reforma de las pensiones y conquistó una subida del 36% del Salario Mínimo Interprofesional. Aún queda un año y medio para que termine la legislatura y dispone de un arsenal de medidas que componen una agenda social que pasa por la reforma fiscal que democratice la distribución de la riqueza en España y un Pacto de Rentas que englobe el fortalecimiento de las rentas más bajas, la mejora de las pensiones o del SMI ante un futuro incierto marcado por la inflación, la guerra de Ucrania, el colapso de los recursos energéticos y el riesgo a que los fascismos vuelvan a ocupar Europa. Este fin de semana estuvo en la Semana Negra de Gijón presentando su último libro: “Los sindicatos y el nuevo contrato social: cómo España salió del ERTE”.

Para comenzar esta entrevista, me gustaría que desarrollara un análisis del paquete de medidas que Pedro Sánchez anunció en el Debate del Estado de la Nación la semana pasada desde la perspectiva de CCOO.

Nos parece que la orientación del paquete de medidas es correcta. Se toman medidas de carácter fiscal con las que se pretende financiar algunas medidas de corte social que yo creo que son necesarias como el famoso bono de los 200 euros, el bono de transporte, las becas y algunas otras más. Nosotros compartimos que esa debía ser la orientación de las medidas y luego, ciertamente, podemos discutir la intensidad de las mismas. Pienso que podían haber sido medidas más ambiciosas en este tercer paquete. Quiero decir que habría que ampliarlas para contemplar una reforma de carácter fiscal en el impuesto de sociedades de más ambición y que había que actuar en el tope de los precios de algunos productos de primera necesidad porque, como se ha visto anteriormente, las rebajas fiscales tienen un efecto limitado si no van acompañadas del tope a los precios.

Me gusta diferenciar lo que llamo las políticas del vértigo frente a las políticas del cambio que vienen a ser las medidas más pegadas a una coyuntura política transitoria junto a otras de carácter estructural. Tengo la impresión de que el gobierno de Pedro Sánchez está empezando a enfocar su acción política a medidas más estructurales de cambio.

Comparto la reflexión que haces. Son medidas de emergencia que participan de una mayor estructuralidad y que necesitarían seguramente un periodo de mayor normalidad para su desarrollo. Lo que sucede es que la normalidad del periodo no la eliges tú. Hemos pasado de una pandemia a una guerra y a un incremento de precios que no veíamos desde hace cuatro décadas. Por tanto no ha habido un escenario de normalidad para poder desplegar políticas más estructurales. Yo comparto tu reflexión. En estos momentos estamos padeciendo situaciones de emergencia y eso implica que las medidas estén determinadas por la coyuntura. Sin embargo, este gobierno requeriría de políticas más estructurales como las que se abordaron con la Reforma Laboral, en la reforma de pensiones y como las que creo que habría que adoptar en materia fiscal. Es vedad que se han adoptado muchas medidas pero habría que afrontar un paquete de reformas de la estructura fiscal de este país pensando en las próximas décadas, si se me apura. Pero es que la coyuntura nos ha asaltado, literalmente, y es muy dífícil hacer políticas estructurales aunque sean muy necesarias.

“Las rebajas fiscales tienen un efecto limitado si no van acompañadas del tope a los precios”

Después de la conferencia de la OTAN, de una inflación que derriba gobiernos, cuando menos se lo esperaba nadie, irrumpe un gobierno con una agenda. Por vez primera los miembros del gobierno tienen una agenda política hasta el final de la legislatura. No sé si ha tenido la misma impresión.

Cualquier otro escenario habría sido una temeridad. En términos políticos, un adelanto electoral habría sido un suicidio y, en términos de responsabilidad, el gobierno no se lo podía permitir. Sánchez no se puede permitir una desestabilización política que es lo que conlleva unas elecciones generales. Un proceso de desestabilización política que, por otra parte, se está intentado producir desde el principio de la legislatura tanto en el parlamento como fuera de él. Creo que el PSOE e IU-Podemos tienen que hacer una especie de pacto de hierro para apurar la legislatura, y esta nueva crisis provocada por la guerra y los precios que, nada tiene que ver con la pandemia pero que nos mete en una secuencia de dificultades, requieren de mucho pulso político y una toma de medidas muy valientes, siendo conscientes de que los problemas que nos han llevado a esta situación trascienden mucho más allá de la realidad económica de España. La inflación en España tiene algunas características propias envueltas en causas de orden global que se pueden agravar con los problemas de suministro energético en cuanto acabe el verano.

En ese sentido, España es una plataforma gasística y cuenta con cierta ventaja energética respecto de Francia y Alemania, al contar con 6 plataformas en el territorio español y una regasificadora más en Portugal. A pesar de la ventaja hay corrientes de pensamiento que invitan a volver al carbón. En Asturias hemos cerrado las térmicas de una manera radical sin atender a eso que se llamó la transición justa. En todo este cambio de estrategias energéticas, en el marco del la lucha por el cambio climático, qué posición mantiene CCOO.

Algunos déficits de las transiciones en España tienen que ver con el hecho de que en nuestro país no han sido justas y han concluido en ningún lugar, provocando procesos de desindustrialización sin alternativas industriales en los territorios que sufrían esos procesos. Es un déficit histórico que se ha dado en algunas partes de nuestro país y no en otros. Asturias, en ese sentido, un caso paradigmático. La crisis resolvió la desaparición de sectores industriales con unos niveles de protección social importantes, pero sin alternativas industriales a medio o largo plazo. La transición energética es un proceso que ha venido para quedarse. Otra cosa distinta es que, coyunturalmente, retomemos actividades sobre la base del carbón o las térmicas en algunas zonas de Europa pero en el fondo es irreversible y la guerra de Ucrania es la constatación de esa irreversibilidad. La ventaja de España respecto a todas las potencialidades de las energías renovables y alternativas no se resuelve en convertirla en un gran solar eólico, solar y maremotriz, sino que también podamos desarrollar las industrias necesarias para poder evolucionar logísticamente en esos sectores. La desertificación industrial de algunas zonas debería tener una compensación. La digitalización de los procesos de producción sitúa los ejes geográficos de otra manera, la relocalización de empresas en la recomposición del marco geoestratégico mundial es muy importante y la guerra es un efecto de la recomposición. Hay que mantenerse muy atentos.

La regasificadora de El Musel, infraestructura pensada en términos geopolíticos hace más de quince años, confirmada ahora por la guerra, abandonada por diferentes gobieros de izquierdas y de derechas, es hoy el almacén de gas para Rotterdamn o Reino Unido. Me gustaría conocer como observa CCOO el replanteamiento geopolítico y si cree que debe estar en las agendas de los gobiernos y los sindicatos.

Con toda seguridad. España tiene ahora una menor dependencia de los suministros que puedan venir del Este de Europa y un mix energético mucho más equilibrado. Vamos a ser la plataforma gasística de una parte de Europa y se nos pedirá un escenario de solidaridad con otras economías que, en la segunda parte de este año correrán el riesgo de bloquearse, lo que acabaría por tener efectos clarísimos en la economía española. Aquí hay que olvidarse del concepto isla. España está, en este momento, en una mejor situación energética que Alemania, pero como si se ralentiza dramáticamente la economía alemana a causa de la escasez de gas, tendría efectos económicos directos en España en cuestión de dos trimestres. Buena parte de la industria del valor medio y el valor pequeño añadido en España está inserta en las cadenas de valor de las empresas sitas en Alemania. Este es un segmento de la economía europea de compartimentos que no son estancos. Esa mejor situación energética española nos obligará a jugar un papel solidario con otras economías de Europa. Estamos en el reverso de la crisis financiera del 2010. Ahora bien, una cosa será ser solidario en defensa propia y otra que traten de imponer restricciones injustificadas a nuestro país, cuando tenemos una cierta posición solvente como para que nuestra economía tuviera que resentirse.

Unai Sordo en Xixón. Foto: David Aguilar Sánchez.

Durante la pandemia algunos concejales y cargos autonómicos anticiparon la subida de precios y esta fase inflacionaria histórica. Los mismos “profetas” prevén el regreso a la disciplina fiscal. ¿Otea CCOO ese horizonte o cree que seguirán manteniéndose políticas expansivas?

Ese escenario está por resolverse y esa batalla va a haber que jugarla porque no van a faltar actores que, ante el deterioro de la situación económica, estén dispuestos a volver a la regla de gasto y a escenarios de austeridad a no mucho tiempo faltar. Pero yo creo que la situación será bastante distinta. La crisis, como la pandemia, no tiene nada que ver con la de 2008. Todavía esta por definir cómo será esta crisis pero lo que sí sabemos ya es que la posición de España respecto a la de Alemania será muy distinta a la de entonces. Alemania ha sido un país con un enorme superávit fiscal dentro de la zona euro que históricamente ha vendido mucho más de lo que compraba y con un superávit comercial que estaba por encima del 7% de su PIB, lo que es una absoluta barbaridad en una zona monetaria común como la eurozona. Pues bien, prácticamente ha consumido ese margen porque su sistema industrial y de competitividad se basaba hasta hace unos meses, entre otras cosas, en un precio concertado con Rusia de las materias primas y del gas. Al haber consumido todo ese margen, los incentivos de Alemania para forzar una política de devaluación interna, como la que hizo en 2010 y que nos llevaron al desastre de las políticas del año 11,12 y sucesivos, se reducen drásticamente. Como puedes ver, las próximas páginas están por definir. Es verdad que el Banco Central Europeo está subiendo los tipos de interés para hacer frente a una inflación y yo creo que esta receta será bastante inútil, porque la inflación tiene componentes distintos a los que habitualmente ha tenido que justificaban las políticas monetarias menos expansivas o más restrictivas. Pero una cosa es que tome estas medidas, y veremos hasta dónde pretenden llegar con ellas, y otra muy distinta que sea la antesala de una política de devaluación. Sea como fuere, las fuerzas sindicales europeas tendremos que luchar porque no se vuelva a dar ese escenario, porque generaría un conflicto social muy importante y sería un escenario explosivo. Europa bailaría con lobos si volviéramos al periodo 2011-2015. Entonces los populismos de extrema derecha estarían garantizados en Europa.

“Europa bailaría con lobos si volviéramos al periodo 2011-2015”

Una de las medidas que este lunes publica el diario El País es la intención del gobierno de gravar los intereses y las comisiones de la banca. ¿Qué valoración hace de este gravamen que se enmarca en las políticas de cambio?

Respecto a este tipo de gravámenes y al impuesto de sociedades, CCOO viene reivindicando una reforma fiscal que, entre otras muchas medidas, contemple el establecimiento de un tipo mínimo efectivo en el impuesto de sociedades de, al menos, el 15%, pero no como se hace actualmente, sino sobre los beneficios contables para evitar el juego de exoneraciones, deducciones y amortizaciones que utilizan las grandes corporaciones para pagar menos impuestos. Las grandes empresas en España pagan en torno al 5% del impuesto de sociedades y, a veces, ni siquiera llega a eso. Creo que este tipo de gravámenes, en una coyuntura como la actual, son absolutamente necesarios. Las empresas son el producto de como funcionan sus mercados, en algunos casos, como puros oligopolios. Están beneficiadas de la subida de los precios energéticos tanto como de la subida de los precios de interés. Tendrían que estar, si se me permite la ironía, deseando pagar estos impuestos, a poca responsabilidad social que tengan. Es más, ni siquiera había que limitar este gravamen a estos sectores. Es más que razonable que las empresas paguen al menos el 5% de los beneficios a través del impuesto de sociedades. Decir que la banca va a repercutir el impuesto es ocultar que ya lo han hecho. Amenazar que van a reestructurar las plantillas y las sucursales, también es ocultar que ya lo han hecho. Las empresas han reducido sus plantillas y sus redes en la España rural. No es que lo vayan a hacer, es que ya lo han hecho.

Del mismo modo que hay una agenda del gobierno, nuestro lector quiere conocer la agenda de CCOO hasta el final de la legislatura y si contempla una reforma fiscal integral pactada entre los socios de gobierno antes del final de este mandato.

No sólo sería necesario abordar esta reforma sino abordarla en un entorno de pedagogía social. Pocos elementos sitúan de una manera tan nítida lo que es la izquierda y lo que es la derecha hasta que se toma en serio la política fiscal. Cuando tratamos la fiscalidad, los astros se alinean enseguida. Da igual que sean posturas tan razonables y, si se me permite, tan moderadas como las planteadas por el gobierno, siempre provocan que la acción de las tres derechas sea univoca. Da igual que sea el centro liberal de Ciudadanos, la derecha moderada del PP o el fascismo; su posición siempre es uniforme. Y yo creo que en un momento en el que son tan importante los servicios públicos, los servicios de atención primaria, donde todo el mundo contempla con alivio cómo se revalorizan las pensiones con el IPC, donde se ha comprobado la diferencia que supone tener centros educativos públicos bien dotados y digitalizados durante la pandemia, cuando todo esto se ha puesto socialmente en valor, hay que abrir el debate y defender que esto se financia si hay una corresponsabilidad fiscal de toda la sociedad y, particularmente, de quien menos responsable es hoy y que son las rentas altas y de los patrimonios que no vienen de las rentas del trabajo. Hay que dar esa batalla que es una batalla política, cultural, ideológica, y que no se debe quedar sólo en un debate. Es el momento de esa batalla sobre el discurso. Este individualismo y esta campaña anti-impuestos que hay, por ejemplo, en Madrid, hay que contrarrestarla. A la gente la están engañando. Les están sacando la renta de sus bolsillos. Si te rebajan 10 euros del impuesto del IRPF y después te sacan 200 euros por tener un seguro privado o un medico privado, o pagar un concertado o una pensión privada, realmente te están timando. Hay que ser beligerante con el discurso fiscal acompañado del discurso sobre los recursos públicos y las contingencias de la gente que cubren los servicios públicos, porque la derecha ha conseguido que cale en los votantes que la rebaja de los impuestos es positiva incluso quien no la disfruta. Es alucinante que la gente que no tiene patrimonio defienda la supresión del impuesto de patrimonio.

Unai Sordo. Foto: David Aguilar Sánchez

Son las narrativas de la derecha. Por eso le vuelvo a pedir definición y claridad en los objetivos inmediatos de su agenda, más o menos moderados.

Nosotros estamos muy centrados, como has podido ver en toda la discusión de la renta a través del salario y a través de las políticas impositivas. El impacto de la inflación sobre el conjunto de los salarios es enorme y, sobre todo, en los salarios más bajos. Las empresas están repercutiendo buena parte de incremento de los costes energéticos en la cesta de la compra y la inflación subyacente ya está por encima del 5%. Los factores que influyen en esa inflación, los beneficios de las empresas, explican el conjunto de la inflación. Las empresas están trasladando buena parte de los costes intermedios a los precios finales que luego pagan los asalariados y consumidores pero no están incrementando los salarios en una proporción ni siquiera parecida. Como no hemos podido trasladar el acuerdo de los salarios con CEOE estamos tratando que el aumento salarial sea a través de los convenios colectivos, incrementando los niveles de conflictividad, dando la batalla en los convenios y no son pocas las victorias que estamos consiguiendo. Esa es la estrategia básica que está desplegando CCOO. Somos conscientes de que las dificultades en otoño e invierno serán muchas pero nuestra intención es que los asalariados no sean los paganos de esta crisis y para eso trasladamos la responsabilidad a la patronal y emplazamos al gobierno con determinadas medidas para que pueda facilitar ese pacto de rentas, que no debe confundirse con un pacto de reducción salarial.

“Si te rebajan 10 euros en el IRPF y después te sacan 200 por tener seguro médico privado te están timando”

Se ha tratado de orientar los pactos de renta hacia la órbita histórica de los Pactos de La Moncloa, y en aquel contexto, se dice, sirvieron para rebajar la inflación del 30%; pero da la impresión de que este nuevo pacto de rentas, embarnecido con la retórica del pasado, es una rebaja de los salarios.

Es una analogía bastante errónea. Los pactos de La Moncloa fueron pactos políticos. No fueron pactos entre sindicatos y patronal, aunque tuvieron su correlación con la negociación de los convenios colectivos de entonces. La relación de los sindicatos y los partidos era muy distinta, entre el PSOE y UGT y el PCE y las CCOO.

Lo que venía siendo “la correa de transmisión” que tantos dolores de cabeza dio después en las décadas de los 80 y 90.

Así es. Ahora trabajamos desde una enorme autonomía pero entonces había cierta concertación en las estrategias.

La UGT se resistió inicialmente a los pactos de la Moncloa.

No se entienden esos pactos sin entender la coyuntura política del momento. Los pactos se firman para garantizar la Transición democrática, algo que entonces no estaba tan claro. Estos acuerdos, como no se explican sin la coyuntura política, creo poco tienen que ver con lo que actualmente estamos viviendo. Un acuerdo de rentas debe incluir un acuerdo salarial, pero un acuerdo salarial exclusivamente no debe proceder de un pacto de rentas. Y la diferencia es que un pacto de rentas incluye hablar de fiscalidad, de protección de rentas bajas, de revisión de precios, de pensiones, de protección social, de prestaciones, de bases de cotización salarial, de Salario Mínimo Interprofesional y, en función de qué piezas quiera mover el gobierno, nosotros tendremos unos márgenes u otros. Si tenemos la garantía de que el SMI llega a cierto nivel o que la prestación de desempleo se mejora o se mejora las pensiones más bajas, a mi sindicato le deja unos márgenes para negociar una clausula de revisión salaria distintos que no tengo si el gobierno no mueve ninguna pieza. Acabo de leer una entrevista a la Ministra de Hacienda donde en principio parece que se abre a contemplar esa posibilidad, se abre a que ese perímetro sea más amplio para facilitar el pacto salarial y pienso que por ahí podemos transitar aunque veo que la CEOE se niega radicalmente a estar en ese escenario.

Precisamente, sin la apertura de ese marco por parte del gobierno, se percibe que las empresas, cuando negocian las subidas salariales con los comités, amenazan con el descuelgue salarial. Es un mecanismo que desequilibra la negociación e induce a la devaluación salarial.

Si miras los datos agregados, en España, sin embargo, los descuelgues salariales no suelen ser tan abundantes como el incumplimiento flagrante que en muchos sectores se da de los convenios colectivos. El descuelgue o las modificaciones de trabajo gozan de un procedimiento pactado y hay un proceso que tiene que ser negociado. Es verdad que a veces hay posiciones abusivas por parte de las empresas, pero suelen ser procesos pactados. Los trabajadores afectados anualmente por un descuelgue suelen ser unos pocos cientos de miles. No le quito ninguna importancia al problema pero lo que quiero remarcar es que la devaluación de los salarios no viene tanto por los descuelgues de los convenios como del incumplimiento de los convenios y también procede en muchas empresas de procesos de sustitución que despiden a los trabajadores de mejores salarios para incorporar a las plantillas a trabajadores con peores salarios y a veces con condiciones que no se corresponden con sus cualificaciones reales. Es bastante más subterráneo el proceso de devaluación de los salarios. El gran problema para renovar estos acuerdos salariales es la actitud negativa para negociar la clausula de revisión salarial y de los pactos de rentas no lo quieren ni ver. Y serían necesarias medidas fiscales y de protección social y CEOE no tiene mucho entusiasmo por ese escenario.

Foto: David Aguilar Sánchez

El gobierno corre el riesgo de que las reformas en materia laboral se queden en medidas inocuas. ¿Es el pacto de rentas el gran objetivo antes de que termine la legislatura?

Sería muy importante. Imagínate para nosotros lo que sería abordar la crisis desde una acuerdo salarial que permita subidas no como la de la inflación de ahora mismo, pero sí subidas salariales contempladas en el corto, en el medio y largo plazo que nos hagan prever que no habrá un gran proceso de devaluación de los salarios, que fuera acompañado de medidas de inclusión social, de protección de las rentas más bajas, de la mejora de la prestación de desempleo como hicimos con los ERTES , de mecanismos para garantizar una subida SMI allí donde lo tenemos comprometido. Sería un esquema de salida de la crisis diametralmente distinto al de hace una década. Sería una gran carta de presentación para el gobierno, los agentes sociales y para el dialogo social; pero es un escenario muy complejo porque la CEOE no va a remar a favor de este escenario.

Vamos concluyendo esta entrevista y me gustaría que hiciese un juicio del nuevo proceso político de escucha “Sumar”, protagonizado por la ministra de Trabajo, Yolanda Díaz. En Matadero, el discurso fue esperanzador pero no sé hasta que punto se sostiene sobre pies de barro en el contexto de la crisis y de la situación de IU y de Podemos. Me interesa más su juicio como hombre de izquierdas antes y no tanto como secretario de CCOO.

Pues lo observo como una apuesta necesaria a la que le deseo la mejor de las suertes. La confrontación electoral que habrá dentro de un año y medio en España será la más importante en bastantes años o incluso décadas, porque la actual configuración de las derechas, con una extrema derecha autonomizada del PP que podría tener, si dispone de la mayoría suficiente, unos efectos letales sobre la convivencia en España, sobre los derechos sociales, civiles, políticos y democráticos. Ese escenario es un riesgo perfectamente posible en este momento y ante esa previsión hay que configurar dos escenarios políticos muy bien articulados y muy bien armados: uno en torno al PSOE y otro en torno a Unidas Podemos o como lo queramos llamar. Creo que tiene que haber un espacio de disputa de centralidades y mayorías. Ninguno tiene que renunciar a ganar electores. Y estoy convencido de que eso no es irse al centro, es hacer políticas que conquistan la centralidad.

Yo he defendido la centralidad entendida, no como un viaje hacia políticas liberales sino hacia un sentido de la política social desde las instituciones, la democracia, los consensos, los acuerdos y un fuerte sentido de progreso y cohesión social. Y en ese sentido, Yolanda Díaz, a la izquierda del PSOE, está disputando esa centralidad.

Pero hay que disputársela no ya al PSOE, sino a todo el espectro político. En España no se puede resignar nadie a que un trabajador al que le hemos subido el SMI un 36% vote a la extrema derecha porque su sentimiento de masculinidad se sienta amenazado en los últimos años y encuentra en esta banda de misóginos y machistas una referencia cultural ante un miedo a una transición que no ha sabido interpretar. Pues ahí hay que disputar ese espacio. Y también lo hay que disputar en esa gente que, en vez de irse a la calle, hemos salvado su puesto de trabajo a través de los ERTES, pero resulta que por su sentido de la nación española, se siente impelido a votar a estos cafres en vez de votar las opciones políticas y sindicales que mediante 30.000 millones de euros hemos salvado 3.5 millones de puestos de trabajo. A eso me refiero con disputar la centralidad. No voy a resignarme a creer que de repente hay tres millones y pico de fascistas, porque no es así y porque no están simple. La centralidad, efectivamente, no es irse al centro ni tampoco devaluar las políticas sociales ni las reformas que han impulsado el contrato indefinido. La centralidad consiste en que eso que eso ocupe la centralidad del sentido común de la gente. Yo creo que hoy las izquierdas deben interpretarse en clave más cooperativa que competitiva. Y si no es así, entonces se impondrá la resignación que es lo que está pasando en algunos territorios. Madrid es uno de los ejemplos más paradigmáticos. Gente que vota contra sus intereses materiales objetivos. Y esto es así. No porque la gente sea idiota sino porque vincula su voto a otro tipo de motivaciones personales y culturales. Yo creo que la izquierda se debe empeñar en construir un relato basado en políticas útiles y en configurar candidaturas potentes y perder menos el tiempo en mirarse al ombligo que eso, si se me permite, le pasa muy a menudo.

La superioridad moral con que la izquierda ha hecho sus análisis en algunas ocasiones la ha distraído propiciando el abandonado espacios políticos, sociales, culturales. En política, cuando dejas de ocupar un espacio, lo ocupa tu adversario.

Seguramente es así. Vivimos en sociedades cada vez más desvertebradas. En el sindicalismo vivimos un poco más al margen de esa realidad, porque el sindicato sólo existe donde está organizado y donde no lo está ejerce una representatividad, una función constitucional en ese sentido. La política en general, desde hace bastantes décadas, y más aún, la sociedad se ha individualizado. En ese sentido, en el pecado está la penitencia y configura sus posiciones políticas o económicas en base a retornos culturales que le llegan a través de las redes sociales, los bulos, y no tanto de participar en procesos colectivos vecinales, culturales, sindicales. La política progresista tiene que hacer un esfuerzo de reempoderamiento social porque el otro escenario es muy susceptible de ser colonizado por las ideas reaccionarias y lo que dicten los medios de comunicación.

Mark Fisher acuño el concepto de realismo capitalista y su visión de los modelos laborales desestructurados y atomizados como consecuencia de la revolución digital. ¿Se está revisando el sindicalismo en este aspecto? Se lo pregunto porque en EEUU esta comenzando a resurgir un incipiente despertar de la filiación sindical. Vemos como los trabajadores luchan por su derecho a la sindicalizacón contra una corporación emblemática del capitalismo de plataforma como AMAZON.

El sindicalismo está haciendo un papel de adaptación muy intenso pero es francamente complejo. El capital se organiza para obtener el mayor rendimiento posible de las plusvalías que generan los trabajadores y para eso necesita tenerlos desvertebrados, desagregados. Es una estrategia. La digitalización, al final, da una vuelta de tuerca más a este proceso. Pero esto viene de más atrás, de la cultura postfordista de la cadena de valor y la producción fragmentada y también de las empresas en red, compitiendo entre sí, desreguladas. Viene, como digo, de unas cuantas décadas atrás. Ahí tenemos el sector del transporte, provocando un colapso económico con el incremento de los carburantes, que viene fragmentándose desde los 90, sometido a condiciones de reajuste de costes entre las grandes corporaciones respecto a una constelación de autónomos y pequeñas empresas sin capacidad para mantener precios. Todo esto viene de los años 70 y, efectivamente, el sindicalismo se tiene que readaptar. Ya no se trata de organizar a miles de trabajadores en torno a una empresa, sino de organizar a trabajadores que, ni siquiera, tienen un espacio de trabajo. En esta economía digital, es el algoritmo el que determina las condiciones de contratación. Pero no hay que caer tampoco en el fetichismo digital. En el fondo, es otra forma de gestionar las relaciones de poder.

Más allá de la adaptación del sindicalismo, se hace imprescindible una regulación del trabajo en el capitalismo de plataforma.

Si, hay que llegar a equilibrios. Nadie niega la importancia de la digitalización. Una digitalización de sectores enteros es un avance enorme, pero no se puede llegar a la fetichización. Una cosa es que la digitalización sirva para trabajar mejor y otra es que sirva para eliminar los derechos de los trabajadores. Claro que está muy bien concertar un viaje con un taxi a través de una plataforma que te genera un servicio de mayor calidad y un precio más equilibrado, pero eso no puede ser la excusa para evitar tarifas mínimas, convenios colectivos, prestaciones mínimas y que se intente confundir con debates técnicos o la posmodernidad que, en realidad, son debates sobre correlación de fuerzas. Hay que organizar y no solo de una manera, sino de muchas maneras, porque se ha desmaterializado el puesto de trabajo. Y hay que adaptarse porque, incluso, al empresario tampoco lo ves porque es un accionariado. Es un poco lo que decíamos en nuestro último congreso: integrar lo que el capital desintegró. La gran misión del sindicalismo que no quiere ser solo corporativismo, es ofrecer una propuesta sindical sociopolítica y no solo laboral.

Como se sitúa el sindicalismo en Europa, cuando caen gobiernos como el de Draghi ante la debilidad de las democracias.

El sindicalismo de la UE debe reforzarse desde el propio sindicalismo europeo y no como un agregado de los diferentes sindicatos en los respectivos países miembros. Es manifiestamente mejorable el papel que debe jugar en su relación con las instituciones comunitarias. El interlocutor cualificado es la Confederación Europea de Sindicatos. Y en su seno es difícil conciliar posiciones. El sindicalismo europeo es muy variado y los modelos laborales europeos también. Se habla de oídas cuando se comparan unos sindicatos con otros en Europa. El modelo del dialogo social que hemos sacado en España es admirado en cada uno de los países de Europa y el papel en la crisis anterior ha sido referencia. Aún así, en cada país, tenemos modelos muy distintos. El sindicalismo mediterráneo, central y nórdico deben conjugar sus respectivas sensibilidades porque la oposición a esas políticas de austeridad de las que hablamos anteriormente tiene que contar con el sindicalismo europeo. No podemos volver a la lógica de 2010 porque el riesgo de implosión es enorme. y el riesgo a un empobrecimiento interno también. Igual que en España ha salido una respuesta progresista, en el resto de la Unión supondría un cuestionamiento del propio marco europeo y un riesgo que alimentaría una hidra reaccionaria y nacionalista de primera magnitud.

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