El drama de Italia: el fascismo en la antesala del Gobierno y la izquierda en paradero desconocido

"Ma dove cazzo è finita la sinistra?" es la pregunta que más veces le he hecho a mi gente italiana, aún no he encontrado la respuesta

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Paco Álvarez
Paco Álvarez
Periodista, escritor y traductor lliterariu d'italianu. Ye autor de les noveles "Lluvia d'agostu" (Hoja de Lata, 2016) y "Los xardinos de la lluna" (Trabe, 2020), coles que ganó en dos ocasiones el Premiu Xosefa Xovellanos.

El genial Giorgio Gaber cantaba aquello de “Io non mi sento italiano ma per fortuna o purtroppo lo sono” (“Yo no me siento italiano, pero por suerte o por desgracia lo soy”). Yo sí me siento italiano, pero por suerte o por desgracia no lo soy. Aunque desde hace más de veinte años mantengo una relación intensa con Italia: viví allí un tiempo y volvería a vivir allí mañana mismo si mis circunstancias laborales me lo permitieran, he traducido hasta la fecha una docena de libros del italiano al castellano y al asturiano, he tenido dos parejas italianas, viajo a Italia cada vez que consigo reunir un puñado de días libres y un puñado de euros, nunca me he sentido extraño ni extranjero en el territorio que traza entre el Tirreno y el Adriático el mapa de esa bota con tacón que baila ruidosamente al ritmo de mil culturas y de mil acentos en el centro del Mediterráneo… Y a pesar de todo eso y de lo poco o mucho que haya en mí de homo politicus, sigo sin entender los avatares de la política italiana. Alucino con su constante putiferio (aclaro que esta palabra en italiano significa follón, alboroto…) y no me cabe en la cabeza que mi admirada Italia, esta Italia de las luchas partisanas y de la conquista de grandes derechos, vaya a acabar en manos de la extrema derecha a finales de este mes.

Durante mucho tiempo, ante la recurrente preguntaba de “¿Cómo son los italianos?” yo solía responder que las italianas y los italianos son muy parecidos a nosotras y a nosotros, en lo bueno y en lo malo. Era una verdad relativa, una verdad a medias… Vabbè, yo trataba de convencerme a mí mismo de que era una verdad, pero quizás no lo era. Hace unos días, Corriere della Sera publicaba un reportaje en el que ponía el acento sobre algunas de las diferencias culturales y sociológicas que hay entre Italia y España. Lo titulaba así: España-Italia: “No somos tan parecidos. Vosotros, los italianos, sois más hogareños: nosotros sabemos divertirnos”. Sirva este ejemplo del periódico italiano de mayor difusión para constatar que una de esas diferencias estriba en que en la prensa española no simplificamos los titulares de información general hasta el extremo de plantearlos como si fueran una crónica de fútbol y entrecomillando frases que ninguna de las fuentes consultadas dice en el texto (aunque los secuaces pseudoperiodísticos al servicio de sujetos como Eduardo Inda se sitúen al margen de este y de todos los principios deontológicos de esta profesión).

La escritora Clara Sánchez contaba en ese reportaje del periódico milanés que sus novelas se publican antes en italiano que en español, que se siente muy querida por el público italiano y que “los italianos tenéis una pátina de glamour en todas partes”. Le mandé esta frase a mi ex pareja Elena intentando tocarle la fibra sensible de italiana que lleva veintipico años viviendo fuera de Italia, pero ella —férrea antifascista e inquebrantable socarrona, como buena milanesa seguidora del Inter—, me contestó: “Espera a las elecciones del 25 de setiembre y ya te diré yo lo de pátina de glamour“. El día 25 se celebrarán en Italia unas elecciones legislativas de las que, si no lo remedia ‘Nuestra Señora de las Urnas’ con un milagro demoscópico ajeno a cualquier proceso de beatificación o de canonización, saldrá un Gobierno encabezado por una primera ministra neofascista. Y en el fascismo, sea cual sea su pelaje, no hay nada de glamour, sólo hay óxido y podredumbre, que son sinónimos de fealdad, toxicidad, corrupción, muerte y miseria.

Georgia Meloni, en un mitin en Pescara la semana pasada. Foto: Twitter

La candidata neofascista en cuestión se llama Giorgia Meloni, es cabeza de lista del partido ultraderechista Fratelli d’Italia y la sitúan al frente en casi todos los sondeos. Para una parte del electorado, Meloni simboliza la ruptura con todo lo anterior, aunque en realidad es una burda continuidad de todo lo anterior: lleva un cuarto de siglo viviendo de la política, no tiene oficio ni beneficio conocido aparte del pesebrismo político, y se ‘educó’ en el Movimento Sociale Italiano (MSI), fundado por los acólitos de Benito Mussolini un año después de que el cadáver de Il Duce acabara colgado boca abajo en una céntrica plaza de Milán (gajes del oficio de los genocidas).

Meloni entró, a temprana edad, en el Fronte della Gioventù, el Frente de Juventudes del MSI; los falangistas crearon en la España franquista el Frente de Juventudes, la coincidencia de nombres no parece casual. Fue ministra de Juventud (o del Frente de Juventudes, quién sabe) en uno de los gobiernos de Silvio Berlusconi. Berlusconi, multimillonario corrupto y putero de alto standing, se convirtió en primer ministro tras una campaña electoral en la que su emporio de comunicación, capitaneado por Mediaset, que copaba tres cuartas partes de la cuota de pantalla en Italia, intensificó en sus informativos la sección de sucesos retorciendo los hechos para que pareciera que los dos grandes y únicos problemas de Italia eran la delincuencia y el pasotismo del Gobierno de entonces frente a esa delincuencia que, según los secuaces periodísticos de Berlusconi, casi siempre llevaba la firma de la población inmigrante. Berlusconi llegó al poder agitando la bandera del miedo frente a la delincuencia callejera y la inmigración, la misma bandera que le servía para tapar todos sus crímenes y los de sus aliados políticos y empresariales: connivencia con la mafia, fraude fiscal, prostitución de menores, corrupción sistemática…

‘Berlusco’ se lo montó muy bien. Formó coaliciones capilares aplicando una geometría relativamente variable, siempre con la derecha y la extrema derecha. Se subieron a su carro desde los fascistas de Alleanza Nazionale de Gianfranco Fini hasta una parte de las ratas que abandonaban el barco de la histórica y endémica Democrazia Cristiana, pasando por lo que entonces era la Lega Nord de Umberto Bossi: un partido de fachas viscerales que enarbolaban la bandera independentista de una Padania que sólo era un pajote mental, un territorio geográfico que nunca ha tenido entidad histórica ni política alguna.

Berlusconi estuvo al frente del Gobierno italiano en tres ocasiones; en una de ellas vivió un intenso romance político con su admirado José María Aznar, presidente del Gobierno español. La mejor definición de esa relación la encontré en una pintada que vi por entonces en un muro de Bolonia: Berlusco e Aznar, i coglioni vanno sempre in coppia. La traducción literal sería: Berlusco y Aznar, los cojones siempre van en pareja. Pero coglione significa también inútil, incluso gilipollas. Y, si tengo que elegir, creo que este último término les queda niquelado a esos dos. Con todo, Berlusconi no se prestó a formar parte de la foto de las Azores, quizás porque en Italia se estaba manifestando el mayor movimiento en contra de la invasión de Irak o quizás porque lo frenó la solemnidad de un artículo de la Constitución que dice que L’Italia ripudia la guerra come strumento di offesa alla libertà degli altri popoli e come mezzo di risoluzione delle controversie internazionali;, A Aznar no lo frenaba nada, se la pelaban todas las constituciones y lo que a él le ponía era poner los zapatos encima de la misma mesa que el zoquete de George Bush.

Matteo Salvini con Mike Pompeo, secretario de Estado en el Gobierno “del gran Donald Trump”, dice Salvini. Foto: Twitter

Cambiaron, al menos nominalmente, las tornas en las derechas italianas desde entonces. A día de hoy Forza Italia no es la fuerza predominante, pero sigue siendo una fuerza determinante para decantar la balanza. Ese partido, que es el equivalente ideológico italiano del Partido Popular, forma parte de lo que en Italia los medios de comunicación políticamente correctos llaman “coalición de centro-derecha”, porque para ellos parece un tabú identificarla como una coalición de derecha y de extrema derecha, aun cuando los dos partidos con mayor peso en esa coalición son Fratelli d’Italia y la Lega, que ya no es Lega Nord, porque sus dirigentes vieron que si buscaban un nombre más ‘inclusivo’ geográficamente podrían rascar votos en esa Italia del sur a la que en otro tiempo los supremacistas de la Liga Norte tildaban públicamente de “sucia y ladrona” Ahora se llaman Lega per Salvini Premier (Liga por Salvini como Primer Ministro) y la encabeza, obviamente, Matteo Salvini, ese tipo que hace unos años decía que la marina militar italiana debería bombardear a los barcos de inmigrantes indocumentados que se acercaran a las costas de Italia. Ese tipo que

Salvini y Meloni posan juntos para la foto en sus redes sociales, y acompañan la imagen prometiéndose amor eterno “frente a la izquierda” en una paradisiaca playa italiana; libre de inmigrantes, faltaría más. Su playa paradisiaca no existe, por suerrte: Italia es una península de gentes que, hayan nacido en Italia o hayan decidido establecer sus raíces allí, son italianas.

¿La izquierda? ¿Qué izquierda? La pregunta que más veces le he hecho a mi gente en Italia en los últimos años es Dove cazzo è finita la sinistra? ¿Dónde coño, dónde cojones ha ido a parar la izquierda italiana? Aún no he encontrado la respuesta…

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