Nikki Hill, apuéstalo todo al rock

La cantante de Durhan reventó el Centro Cultural de Mieres con un rock and roll fulgurante y eléctrico

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Víctor Guillot
Víctor Guillot
Víctor Guillot es periodista y dirige el Centro de Interpretación del Cine en Asturias. Ha trabajado en La Nueva España, Asturias 24, El Pueblo de Albacete y el diario digital migijon. Colabora en la Cadena Ser. Su último libro, junto a Rubén Paniceres, se titula "Ceniza a las cenizas. David Bowie y la revolución visual de la cultura pop" (Ed. Rema y vive).

Pues no está nada mal comenzar un domingo de septiembre con un concierto de Nikki Hill. Hacía tiempo que no veía una cola tan larga para ver un espectáculo de genuino rock and roll. Mieres sorprende con estas reacciones. Como diría un cursi, los rockers son inasequibles al desaliento. El domingo dieron buena prueba de ello. La pantera negra de Durham, Carolina del Norte, irrumpió en el Centro Cultural para dar una lección de rock and roll a los 450 asistentes que llenaron el auditorio. Sus canciones son sencillas, electrizantes y eficaces, también conservan cierto aroma de rudeza, sin aparentes complicaciones, pero con una afinación certera, como lo hacía Chuck Berry en sus conciertos al que, inevitablemente, acude uno cada vez que escucha un tema de Nikki Hill, quien con tres discos a las espaldas, sintetiza muy bien todos los matices de la música negra americana, desde el billy más clásico, pasando por el blues, el reggae o el soul. O sea, pura negritud.

Los de Mieres son gente exquisita. Aunque habían pagado su entrada, la butaca venía sin numerar, así que iban sentando sus culos en los asientos por orden de llegada, tras atravesar una exposición inefable con la que uno se habría arrancado los ojos si no fuera porque venía a darlo todo en un concierto de puro rock and roll con la resaca de la noche anterior a cuestas. El personal no tardó mucho tiempo en levantarse de sus asientos y comenzar a bailar al ritmo de Get down, Crawl, la canción que abre el álbum Feeling Roots, el último disco de Nikki Hill.

Nikki Hill FOTO: Xurde Margaride

Acompañada de una banda sólida, en la que destacan los riffs de Laura Chaves, una magnífica Ronnie Vood capaz de acolchar con sus cuerdas los punteos de Matt Hill, un guitarra tan profundo y poderoso como lo es el rock and roll que sigue el curso del Mississippi. Curiosamente, el sonido de Hill despliega un mapa genealógico y especialmente magnético que se identifica con la obra de Berry tanto, Jerry Lee Lewis o Fat Domino, tanto como la de los Rolling Stones, Keith Richards, mayormente. Eso no le ha impedido que su música se acople a los más inverosímiles acordes de AC/DC o Clutch con una facilidad pasmosa. Es lo que llamamos oficio.

A lo largo de dos horas, la cantante y compositora repasó los temas de sus tres discos Feelin Roots, Heavey Hearts Hard Fist y Here´s Nikki Hill. La pantera se mostró infatigable, con esa voz que alcanza agudos más elevados que el Everést y se desgarra como una hoja de papel para sondear graves que sólo se registran en el núcleo de la tierra. Sus canciones han evolucionado en esta última década desde sus primeras derivaciones del blues a material más complejo, melódico y artístico. El oficio es, sobre todo, versatilidad, sin animo de experimentar, sin más pretensiones que las de ofrecer una mierda buena, salvaje, capaz de salvarte una tarde de domingo en la que, efectivamente, no tienes nada mejor que hacer.

Nikki Hill en concierto FOTO: Xurde Margaride

Nikki Hill sigue sin cosechar un single de éxito pero es uno de los casos prototípicos en que una mujer y su banda emergen del underground convirtiéndose en la sensación internacional de su género convocando a multitudes gracias a sus conciertos. Curiosamente, Nikki se consolida no sólo como intérprete y compositora, sino también como productora de sus propias canciones. El elemento central de sus conciertos son las explosiones de voz que inundan las salas, la elegancia contenida con la que se mueve sobre los escenarios, la energía que derrocha junto a Matt Hill, ejecutando unos solos de guitarra con el estilo y la presencia de un carnicero con su cuchillo. La ternera estaba fresca.

Hacía, al menos, tres tres años, que no había vuelto a ver un concierto de Nikki Hill. Sigue derrochando la misma simpatía con el público. La pandemia no ha hecho mella en su carácter que transmite más con las canciones de su repertorio que con estúpidos soliloquios sobre lo mejores o peores que hemos salido de esta mierda, el gran hit de la música indie desde que se declaró la cuarentena. No sé, llámalo entereza, llámalo resistencia o, yo qué sé, llámalo rock and roll, a secas.

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