Teresa Mallada: crónica de una muerte anunciada

Su amabilidad burguesa maquillaba un proyecto político hueco que tan pronto imitaba a Casado como a Feijóo.

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Víctor Guillot
Víctor Guillot
Víctor Guillot es periodista y dirige el Centro de Interpretación del Cine en Asturias. Ha trabajado en La Nueva España, Asturias 24, El Pueblo de Albacete y el diario digital migijon. Colabora en la Cadena Ser. Su último libro, junto a Rubén Paniceres, se titula "Ceniza a las cenizas. David Bowie y la revolución visual de la cultura pop" (Ed. Rema y vive).

Teresa Mallada nunca llegó a ser confirmada como presidenta de su partido en un congreso regional y, aun así, se mantuvo cinco años como una sirena adherida al mascarón de proa del Partido Popular en Asturias. Tenía el mérito de manejar la gramática exacta del idioma liberal que cualquiera, con un poco de interés en lo que se trajina en los sótanos de Fruela, puede llegar a recitar sin mayor dificultad: menos impuestos, más eficacia, más transparencia, menos administración, más diligencia, bla, bla, bla… Más que conocer el idioma liberal, Teresa Mallada siempre parecía haberlo memorizado en sus intervenciones parlamentarias y eso la había convertido desde el principio en una política elegante y amable pero previsible y fácil de repeler en la dialéctica política.

Con suavidad y cortesía, Mallada nunca ejerció el papel de opositora con rudeza ni visceralidad, a diferencia de Mercedes Fernández “Cherines“. Se alejaba del estilo de Isabel Díaz Ayuso, no estaba en la órbita de Esperanza Aguirre, tampoco en la de Cayetana Álvarez de Toledo, pero en cinco años de actividad política, nunca fue capaz de proponer nada que marcara realmente la diferencia con Foro, Ciudadanos o Vox que, de una manera u otra, han tenido mucho más fuste parlamentario y han logrado, al menos, que los medios de comunicación les prestase más atención. La amabilidad burguesa de Mallada maquillaba un proyecto político hueco que se vestía con los ademanes de Casado con la misma facilidad que los apartaba para dar paso a los de Núñez Feijóo. El gallego, buen conocedor del cambio de ciclo, está buscando otra cosa.

“El PP nunca ha entendido en Asturias que necesita un proyecto político propio, capaz de responder a la realidad asturiana”

Tener de segundo de abordo a Pablo González le ha hecho un flaco favor. Las investigaciones y los procesos en Gijón han lastrado más a Mallada que al propio González, acostumbrado a la insidia y la sospecha. Pero a diferencia de Mallada, Pablo González es un hombre de corcho y siempre flota, incluso cuando atraviesa el océano bajo el ojo de un huracán. Hace dos años, el dirigente popular que en estos momentos controla la gestora de Gijón, se balaceaba entre el discurso iliberal de Ayuso y el pragmatismo de Feijóo. De ambas situaciones se desprendía una lógica de orden interno que predominaba por encima de la búsqueda de propuestas institucionales que encontraran cauce en el Parlamento o en los municipios. Demasiado ruido para tan pocas nueces. Ni una cosa ni la otra, sino todo lo contrario. Y a seguir.

Teresa Mallada junto a Pablo Casado y Alfredo Canteli. Foto: twitter PP.

Hace tres meses, este columnista certificaba una reunión entre Mallada y Feijóo que apartaba definitivamente a la ex presidenta de HUNOSA de la dirección regional del PP. Esta es, por lo tanto, crónica de una muerte anunciada. Pero ya antes se detectaron síntomas de esta lejanía entre los dos políticos. Especialmente bochornoso resultó comprobar en el Teatro Campoamor el ejercicio de mimetismo que la dirigente asturiana trató de ofrecer a sus militantes sobre el escenario junto al futuro presidente del PP. Después quiso representarlo en la Junta también, con la misma avidez, preñando sus discursos de constantes paráfrasis del líder popular, pero todo se quedaba en una impostura, no llegaba a convencer a nadie. El peor error de un político es querer parecerse a otro. Hay que reconocer que Adrián Barbón también pecó de lo mismo, pero goza de la autoridad de los votos. El PP nunca ha entendido en Asturias que necesita un proyecto político propio, capaz de responder a la realidad económica y política asturiana, sin renunciar a la modernidad, la democracia, la centralidad y que sea lo verdaderamente estimulante para estar integrado en un proyecto nacional sin estridencias. Mallada, en definitiva, no ha comprendido todavía la importancia que tienen en política los detalles y los matices. El mayor problema del PP en Asturias es que no conecta con su propia burguesía y, menos aún, con su industria, y por eso languidece.

Mientras tanto, el presidente gallego está muy interesado en cerrar un congreso de urgencia en el PP asturiano que lo devuelva a la normalidad orgánica. En algunos otros territorios también cuecen las mismas habas. De algún modo, Feijóo tiene maneras de Fouché, como las tenía Francisco Álvarez Cascos en su faceta más ruda y, sobre todo, José Manuel Romay Beccaría en su faceta más refinada, y necesita un partido elástico pero centralizado para confirmar que, tras las próximas municipales y autonómicas, se da por cerrado un ciclo político y el comienzo de uno nuevo dominado con su nombre.

Núñez Feijóo tiene el respaldo de las encuestas, salvo la última del CIS, y espera a que el frio invierno le haga el trabajo sucio hasta entonces. De los bloqueos en el Consejo General del Poder Judicial y el Tribunal Constitucional ya se encarga su partido. Pero necesita expandir su poder territorial. De las 17 comunidades, el PP solo controla cinco: Galicia y Andalucía con mayoría absoluta. Madrid, Castilla y Leon y Ceuta con mayoría simple. En el breve tiempo que ha ejercido de líder de la oposición, ha demostrado que no es tan bueno y solvente como parecía. Su silencio tras el triunfo de los neofascistas Fratelli d´Italia es estremecedor. ¿Acaso es imposible que en España haya una derecha que no le tenga miedo a la democracia? En Europa, desgraciadamente, tampoco.

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