El salario social básico o el lado iluminado de la carretera

No comparto la simplificación buenista y condescendiente de la «inocencia» generalizada del pobre, pero rechazo de todo punto los discursos que alientan la «sospecha» del pobre

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Belén Suárez Prieto
Belén Suárez Prieto
Correctora de textos de profesión. Vivo en El Tiempo Delicuescente.

El debate hasta aprobar la ley que regula el salario social básico en el Parlamento asturiano (en el año 2005) fue largo, intenso, enconado en ocasiones, durante el mandato del Gobierno de coalición del PSOE e Izquierda Unida-Bloque por Asturies, con discrepancias entre los socios acerca de si se debería considerar el salario social como un derecho subjetivo o no. Recuerdo a la portavoz de Izquierda Unida en el Parlamento, Noemí Martín, rebatir el discurso de las voces apocalípticas que decían que la aprobación de este derecho, toda vez que otras comunidades autónomas no lo tenían reconocido, iba a suponer un efecto llamada e iban a llegar hasta aquí caravanas y caravanas de personas pobres, a censarse en las ciudades y en las aldeas asturianas para poder cobrar el salario social.

Siempre ha existido la sospecha del pobre.

Recuerdo cuando, al fin, se aprobó la ley y el orgullo que nos produjo a muchas, a eso queremos que se destine parte de nuestros impuestos, a dar un sustento mínimo a aquellas personas a las que la vida ha colocado en el lado oscuro de la calle, allí lejos, el «dark end of the street» de Van Morrison. Un sustento que se pretende coyuntural, temporal, no indefinido y que ha de ir acompañado con medidas que promuevan la formación y la búsqueda de empleo.

Se dice con frecuencia, sobre todo, en discursos de la derecha, que la mejor política social es el empleo. A mi modo de ver, el empleo es otra cosa, fundamentalísima, pero el empleo es el empleo y la mejor política social es aquella que provea de derechos a quienes habitan en ese lado oscuro y arrinconado de la calle, derechos que faciliten llegar a encontrar un empleo, pero también derechos que resulten respetuosos con la imposibilidad de la persona para trabajar en un momento dado.

Porque el universo de la pobreza es complejísimo y normalmente la pobreza material viene acompañada de otras vulnerabilidades; muchas veces, acompañada de una enorme vulnerabilidad personal y de un gran aislamiento social.

Pienso en esas mujeres que conozco, algunas son amigas mías. Logramos ser amigas, superando abismos que podrían separarnos: de origen geográfico, de etnia, de idioma; abismos de religión, de modo de vestir, de educación. Un gigantesco, a priori, abismo social.

Solidaridad vecinal durante la pandemia. Foto: Iván G. Fernández

Son amigas mías y son perceptoras del salario social básico, algunas. Alguna otra está esperando que le concedan el ingreso mínimo vital. Y escribo «salario social básico» y escribo «ingreso mínimo vital» y pienso en que esta es la patria que yo quiero, si me siento orgullosa de alguna patria es por estas cosas. Este es el lado iluminado de la carretera de mi patria, el «bright side of the road» de Van Morrison.

Estas mujeres han sido golpeadas crudísimamente por la vida, pueden ser expatriadas, si de patria hablamos, o no; han sido golpeadas por los padres de sus criaturas, estando embarazadas, han sido forzadas sexualmente; han sido y son discriminadas por no ser blancas, han sido y son explotadas laboralmente.

De pronto, se han visto solas, con criaturas pequeñinas, y los poderes públicos (en la patria en la que a mí me gusta vivir y que hace que me identifique con ella, en una identificación que trasciende un lugar en el mapa) acuden a socorrerlas y las unidades de trabajo social están saturadas e iniciativas solidarias ciudadanas complementan ese socorro. Pero, de verdad, en ocasiones, no se puede pedir a todo el mundo que trabaje y no por eso debemos culpar a la persona. Hay mujeres que, con vidas durísimas, podrían trabajar si hubiera medidas públicas reales y realistas de conciliación y si, además, hubiera un acompañamiento estrecho, comprensivo y compasivo de los poderes públicos, mediante unos servicios sociales mucho mejor dotados de personal de varios perfiles y de medios materiales, con un tercer sector que no se convierta en una pata más de la Administración. Solo así podrían trabajar estas mujeres tan golpeadas, con apoyos personales limitadísimos, con recursos materiales que no les permiten hacer eso tan reconfortante que es pasar la tarde tomando un café o cuatro vinos con una amiga, sin dejar de hablar, alternando la risa con las lágrimas…

No crean que comparto la simplificación buenista y condescendiente de la «inocencia» generalizada del pobre, pero rechazo de todo punto los discursos que alientan la «sospecha» del pobre, que dan alas a esos otros discursos reaccionarios y ultraliberales, cuyo aliento ya sentimos en la nuca. De cuánta explotación laboral ha librado el salario social básico.

Y qué me dicen de las niñas y de los niños. Las niñas y los niños no aspiran a vivir del salario social básico. Las niñas y los niños hijas e hijos de progenitores perceptores del salario social básico aspiran a aquello a lo que aspira cualquier niña, cualquier niño: a jugar, al amor de su madre y de su padre, a tener seguridad y certezas, comida en el plato varias veces al día, a no sentir temor, a que su abuelo esté en la puerta del cole y a que su abuela les compre churros para merendar, a poder llevar los libros y los cuadernos el primer día del cole y a dar patadas a un balón, a vivir en una casa que no tenga humedades y cuyas ventanas cierren bien, para que no se cuele el frío, a recibir muchos mimos, a ir al cole con una mochila y con unos playeros y a poder celebrar su cumpleaños con una tarta, unas velas y un grupín de amigas con las que corretear.

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