Sombras en la sanidad pública asturiana

Asturias ha pasado en poco tiempo del orgullo de su modélica respuesta a la pandemia al desencanto de las listas de espera y los déficits en centros de salud

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Diego Díaz Alonso
Diego Díaz Alonso
Historiador y activista social. Escribió en La Nueva España, Les Noticies, Diagonal y Atlántica XXII. Colabora en El Salto y dirige Nortes.

La gestión de la pandemia de la Covid19 ha sido sin lugar a dudas el gran éxito de la presidencia de Adrián Barbón. No solo en términos sanitarios y estadísticos, sino también comunicativos. Lo segundo no desmerece lo primero. Al contrario. Es un elogio. Contar las cosas bien es tan importante como hacerlas bien. En aquellos meses dramáticos, el presidente, un extraordinario comunicador, supo conectar con el sentido común de la gente, transmitir con pedagogía la gravedad del momento y galvanizar un saludable orgullo asturiano en torno a la calidad de nuestra sanidad pública. ¿Había algo de exageración en el relato de la sanidad asturiana doblegando al virus? Seguramente. Carlos Ponte, histórico defensor de la sanidad pública, rebajaba por aquellos días en Nortes el subidón: no es que tuviéramos la mejor sanidad pública del mundo mundial, es que aquí la habíamos recortado menos que en otras partes. En todo caso, ya daba igual. La idea de la excelencia de la sanidad pública asturiana había calado en una sociedad deprimida, acostumbrada a ser el farolillo rojo de todos los rankings, y necesitada de hitos para reforzar su autoestima.

Todo buen relato necesita un buen antagonista, y el presidente asturiano supo encontrar a una villana a la altura: Isabel Díaz Ayuso. Frente al desastre del neoliberalismo madrileño, una Asturias envejecida y empobrecida, demostraba al mundo que con muchos menos medios que otros, sabía cuidar de su gente mejor que la región más rica de España. Barbón explotó a fondo ese antagonismo, y jugó a ello con tanta habilidad como Díaz Ayuso supo erigirse en la defensora libertad, entendiendo esta como tomarse unas cañas con los amigos en un ambiente de relajación de las medidas sanitarias. “Vivir a la madrileña” lo llamó.

“Todo buen relato necesita un buen antagonista, y Barbón supo encontrar a una villana a la altura: Isabel Díaz Ayuso”

Tras la brillante gestión de los peores momentos de la curva, la pandemia concluyó de un modo confuso, recordando a esas series que te atrapan capítulo a capítulo, pero luego se cierran con un final decepcionante que te deja mal sabor de boca. La dimisión de Rafa Cofiño, director general de salud pública del Principado, y gran arquitecto de la respuesta asturiana a la Covid, tuvo algo de eso. Cofiño no aclaró las causas de su dimisión, pero dejó algunas pistas en sus redes. Mientras el Gobierno de Adrián Barbón y el vicepresidente Juan Cofiño apostaban por alargar las medidas de excepción, el director de salud pública abogaba por empezar a normalizar un virus que tras la vacunación, el tiempo transcurrido y el resto de medidas sanitarias puestas en marcha, ya no era tan peligroso. Se impuso el relato sobre la ciencia y ganó el Cofiño vicepresidente. El Cofiño ex director general es ahora uno de los miembros del “comité de sabios” que asesora en temas de salud a Yolanda Díaz y la plataforma Sumar.

Rafael Cofiño, ex director de Salud Pública. Foto: Iván G. Fernández

Dejar caer a Cofiño no fue una buena idea. El final de la pandemia afortunadamente llegó, pero junto con el fracaso de la reforma del Estatuto parecen haber dejado a Barbón sin mucho que contar a una sociedad asturiana que probablemente ya no tenga tan buena imagen de su sanidad pública.

Recortes en la atención presencial, debilitamiento de los centros de salud, protestas de un personal de enfermería exhausto e interminables listas de espera, acaparan cada vez más noticias en los medios asturianos, mientras la sanidad privada crece con el apoyo de un consejero de salud que bendice sin complejos la llegada del Grupo Quirón. La fuga de las clases medias a los servicios privados en busca de “calidad”, es siempre la antesala de un mayor abandono y deterioro de lo público. Que los asturianos que se lo pueden permitir estén optando cada vez más por los seguros privados, no alivia ni mejora la situación de la pública, sino que por el contrario contribuye a su marginación, a convertirse en un servicio mediocre, asistencial, pensado para los más pobres de la sociedad.

Movilización por la atención primaria en Ciudad Naranco, Oviedo/Uviéu. Foto: Iván G. Fernández

Las movilizaciones por la sanidad asturiana han sido hasta ahora episódicas y sobre todo muy localistas. Sigue faltando coordinación. Confluencia de pacientes y profesionales, de los problemas de los barrios y los problemas de los pueblos, de la lucha por la atención primaria y la exigencia del fin de las listas de espera. Las asociaciones vecinales, los sindicatos, las plataformas por la sanidad pública y los partidos de izquierdas deberían estar trabajando en esa dirección. La reciente marea en defensa de la sanidad pública madrileña, debería servirnos de referente para poner aquí en marcha un movimiento plural y multitudinario. Aunque los problemas de Madrid no sean comparables a los de Asturias, el orgullo sanitario asturiano no debería devenir en autocomplacencia ni ceguera ante lo que está pasando. El malestar crece, y las derechas también hablarán en campaña de los problemas de sanidad. Su receta ya la conocemos, radicalizar y profundizar las dinámicas puestas en marcha por este Gobierno socialista: recursos públicos, conciertos privados. Es decir, asegurar con el dinero de todos, los beneficios de un negocio sanitario que es el primer interesado en el colapso del sistema público.

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